Capítulo 4
«¿Topacio azul?», elucubró Ágata en su vigesimoquinta tentativa.
Velasco llevaba instalado con ellos algo más de un mes y la joven todavía no sabía identificar la verdadera esencia de sus ojos.
En ese instante, mientras practicaba con algunas de las herramientas del taller bajo la supervisión de Aurelio, los ojos del mozo adquirieron un tono azul sutilmente vivo, como el de los topacios orientales.
Frustrado porque no acaba ba de cogerle el truco, apretó la mandíbula y se revolvió el cabello de una pasada nerviosa.
De reojo se percató de que Ágata había interrumpido su trabajo para observarles.
—¿Qué miras? —le espetó él entre dientes.
—Solo a una segueta agonizando por culpa de un torpe.
—Ágata.
Aunque su padre se dirigió a ella, los miró a ambos exigiéndoles concentración. Luego le rogó a su discípulo que no descuidara el eje con el que estaba serrando el metal. Equivocarse no solo sería un desperdicio de metal noble, sino que podría hacerse un corte muy feo en el pulgar.
—No entiendo por qué cortar el metal pudiendo verterlo en un molde.
Ágata puso los ojos en blanco y Aurelio se adelantó a su lengua viperina:
—Ya llegaremos al mar cuando hayamos surcado el río, Velasco.
Primero debes aprender todas las técnicas básicas, las que no emplean fuego.
La soldadura y la fundición son complejas y peligrosas.
En este taller hay demasiadas cosas con las que puedes hacerte mucho daño.
Nunca toques nada sin que te dé permiso primero, ¿de acuerdo?
Mientras su padre hablaba, Ágata no pudo evitar que se le escapara una mirada de soslayo al cajón secreto, ese que Aurelio siempre le había prohibido.
—Al menos podría ponerse el batín en condiciones —atacó gratuitamente la joven a Velasco para sacarse el cajón de la cabeza—. Hasta el más tonto se daría cuenta de que esos trajes de señorito son una trampa para el polvo de oro.
—¿En serio vas a hablarme tú a mí de vestimenta? —le soltó Velasco, fulminándola con la mirada; además, tenía las mejillas encendidas por el esfuerzo y la vergüenza.
Ágata le sacó la lengua por meterse con su estilo personal. Los guantes de encaje y su pasador de lupa eran su sello distintivo, aunque a veces también intentaba decorar sus vestidos con detalles de metal.
—Al menos yo no tengo que pelearme con la segueta.
—¿Y por eso quieres pelearte conmigo?
—Porque eres un malcriado.
—Y tú, un incordio.
—¡Ya está bien!
Aurelio suspiró incómodo por la tensión que había entre los dos jóvenes.
El maestro orfebre pensó que ofrecerle trabajo a Velasco era una buena oportunidad, para él y para su madre, pero el carácter combativo del muchacho resultaba difícil de domar, especialmente cuando chocaba con el de Ágata, que era incluso peor.
La hija del joyero volvió a estudiarlo en silencio mientras recibía instrucciones para manejar la segueta.
Ágata seguía molesta por que su padre hubiera propuesto tomarlo de discípulo el día que se presentaron él y su madre en casa de los Guirado.
El joven acababa de cumplir diecisiete años, un poco mayor para empezar en un oficio artesano, y aún más en uno tan complejo como la joyería; sin embargo, Aurelio vio algo en el muchacho.
Ágata quería pensar que no se debía únicamente a que era varón y, por tanto, posible heredero de su taller.
En realidad, la joven sabía que tenía más que ver con la tesitura en la que se hallaban pese a lo que su aspecto y su educación trataban de ocultar. Cerelia de Amores y su hijo Velasco no pasaban por el mejor momento.
Originarios de Cádiz, habían vivido los últimos años entre la tacita de plata y Ceuta. Sus vidas habían girado siempre alrededor del coronel Espíndola, marido de Cerelia y padre de Velasco, cuya muerte los había dejado en la ruina.
Francisco Espíndola, el menor de cuatro hermanos varones, venía de una larga estirpe de aristócratas militares, y por tanto estaba muy lejos de heredar el título nobiliario familiar.
Desde muy joven se manifestó como un derroche de virtudes.
Era alto, fuerte, hábil, inteligente y extraordinariamente apuesto.
No tardó en sobresalir tanto en el ejército como entre las compañías femeninas.
Al coronel Espíndola no le hacían falta el dinero o las mujeres, porque siempre los había tenido, y Cerelia se dio cuenta de ello nada más ennoviaron.
Aun así, se desposó con aquel hombre solo bueno en su profesión, al que todo el mundo admiraba, porque su padre la obligó.
Siempre podría presumir de que dormía con el militar más guapo y cotizado del Ejército, solía decirle su madre para consolarla.
Pero lo único que consolaba a Cerelia era que las correrías de su marido no trascendían más allá de la intimidad del matrimonio y solo la atormentaban a ella.
Un buen día, Francisco Espíndola apareció muerto.
No sucedió en un acto heroico o en el ejercicio de su cometido, como cabría esperar en un oficial con su reputación.
No. Murió en un callejón en una reyerta, con una puñalada en el bazo y otra en el cuello, desangrado como un cerdo.
Jamás llegó a apresarse al asesino, pero todo el mundo suponía que había sido el marido celoso de una de sus amantes.
Lo habían amenazado muchas veces en varias de las cantinas que frecuentaba.
Así que Cerelia no sintió ningún pesar al empeñar su sortija de pedida.
Tampoco parecía tan humillada por su situación actual como cabría esperar.
Su marido no solo había faltado a sus votos matrimoniales, también se había dado a los hábitos del juego y la bebida y les dejó tales deudas que Cerelia se vio obligada a vender su casa de Cádiz y a trasladarse a la vivienda de una tía abuela de Málaga; doña Engracia de Amores residía en la Alameda de los Tristes, cerca de la Alameda Principal y del río Guadalmedina.
La viuda parecía serena, como si la muerte de su marido la hubiese librado de una carga pesada. A Velasco se la habían puesto encima.
Ágata se enteró de todo tras otra visita de doña Cerelia a su padre y dedujo que el joven debió de enterarse de quién era en realidad su progenitor después de fallecer.
Cuando los rumores sobre las andanzas del coronel hicieron insostenibles las mentiras con las que lo habían protegido desde niño.
Cerelia incluso le contó a Aurelio que Velasco se estaba formando para ser militar como Francisco.
De modo que, hasta cierto punto, Ágata podía entender por qué Velasco estaba siempre tan enfadado. No se trataba únicamente de que su padre fuera un libertino; le habían arrebatado sus sueños. Ella sabía que se moriría si le pasara lo mismo.
Por mucho orgullo que gastase de cara a la galería, Ágata tenía claro que Velasco había aceptado la propuesta de Aurelio por necesidad.
De hecho, aunque ella bromeaba mucho con los conjuntos de tres piezas de Velasco, se dio cuenta de que no tenía otros ni compraba nuevos.
La muchacha nunca había visto la casa de la Alameda de los Tristes, pero le constaba que era pequeña para todos los miembros de la extensa familia Amores que vivían allí, razón por la cual Velasco había aceptado la habitación que el maestro joyero le ofreció en la vivienda Guirado. Justo enfrente de la de Ágata.
Y así habían pasado los días.
Pese a las disputas y los choques entre ellos, Ágata no podía negar que Velasco era constante y aprendía deprisa; tenía un don natural para el manejo de la textura.
Un día, Aurelio alabó su destreza para el pulido tras observar con la lupa el acabado que le había dado a un cáliz de plata al que querían incrustar algunas gemas.
—Para afilar, más bien. Solía encargarme de los cuchillos cuando mi pad…
Velasco se interrumpió, y lo hizo tan abruptamente que Ágata levantó la cabeza de la sortija de oro que estaba repasando. El joven tragó saliva y le quitó con delicadeza la copa de las manos al maestro joyero.
—Cuando asistía a cacerías.
—Así que tu padre te llevaba de caza —concluyó Ágata—. Qué propio de los señoritos.
Por muy claros que fuesen los ojos de Velasco, siempre se tornaban oscuros cuando le mencionaban a su padre. Aurelio riñó a Ágata con la mirada, pero ella se encogió de hombros.
—Las cacerías son alardes de extravagancia y barbarie —prosiguió la joven—. ¿Puede haber algo más incoherente que ir acompañado de mascotas para perseguir a otras pobres criaturas?
—Solo una cría tomaría los perros de caza por mascotas. Las damiselas bobas son las únicas que tienen animales por gusto; por suerte, el maestro no te ha consentido eso.
—Tú sí que eres un consentido. El talento no debe de ser lo único que te viene por herencia.
—Ágata.
La hija miró al padre, incómoda. Deseaba herir a Velasco porque, en el fondo, estaba celosa de los halagos que le prodigaba Aurelio en tan poco tiempo. Que tuvieran razón de ser la ofuscaba aún más.
Velasco los dejó mudos cuando Aurelio le ofreció un carboncillo para evaluar sus habilidades pictóricas.
Les contó que había sido instruido por los mejores profesores de Cádiz en muchas disciplinas por expreso deseo de su padre.
El coronel y sus hermanos habían recibido la misma formación antes de unirse al Ejército.
De ahí que Velasco también contara con una vasta cultura en historia, geografía y política.
No obstante, su moderación no procedía del conocimiento; era pura apatía general.
Ágata suponía que también tocaba el piano y que lo detestaba, como parecía detestar tantas cosas. Era la única explicación que encontraba a que Velasco observase el pianoforte de su madre con tanta inquina cuando pasaba por la biblioteca. Y eso inflamaba aún más sus celos.
Luego, cuando lo veía leer a solas, con esa expresión melancólica que cincelaba sus rasgos, con las finas cejas fruncidas y los preciosos labios en un mohín triste, Ágata volvía a sentirse mal por envidiar a alguien que debía de estar sufriendo por el dramático cambio que había dado su vida.