La hija del joyero Capítulo 3 #3
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Capítulo 3 #3

Se volcó en el trabajo de ganzúa para no hacerse mala sangre.

En un momento dado notó que, por más que se ajustaba la lupa, la gargantilla ya no brillaba tanto.

Había caído la tarde y, si quería seguir, debía encender un candil.

Solo entonces se dio cuenta de que su padre llevaba fuera más de dos horas, en teoría con la clienta.

Decidió acercarse discretamente a la biblioteca para indagar en la demora del maestro joyero. Sin embargo, antes de entrar oyó los gritos.

—No puede hablar en serio. ¡Esto es humillante!

—Es el precio que estimo.

A Ágata le desconcertó escuchar a su padre alzando la voz y a la defensiva.

La voz que trataba de intimidarlo no pertenecía a una mujer, era grave aunque juvenil; bastante para las formas desagradables que gastaba.

Finalmente, entró sin llamar en la estancia y vio a su padre acompañado no solo de una mujer muy sofisticada vestida con un traje borgoña de exuberantes mangas trocadas, sino también de un muchacho que vestía con tanto refinamiento como ella.

Incluso sin verlos de frente, Ágata no dudó de que esa chaqueta carmesí debía de costar una fortuna.

Al percibir su presencia, el joven se dio la vuelta y Ágata se quedó petrificada.

«Aguamarinas», fue lo primero que pensó.

El mozo tenía unos ojos azules impresionantes, claros como el agua pura.

Ese zagal la miraba con un gesto afilado, como si le hubieran diamantado los iris.

El resto de su rostro parecía igualmente cincelado, bello como solo registraban los libros de poesía, pero Ágata seguía hipnotizada por esos ojos del color de una de sus gemas favoritas.

—¿Qué miras, niña? —le gruñó el muchacho en un tono que no casaba con su aspecto.

—Velasco, hijo, no seas maleducado —lo riñó la señora.

«Niña», la había tildado el tal Velasco. Casi le dieron arcadas mientras paladeaba su nombre. Ágata se sintió estúpida y a continuación arrugó la nariz, con clara intención de replicarle.

—Disculpe, don Aurelio —intervino la mujer para impedir la escalada—. Imagino que esta encantadora jovencita es su hija.

—Mi única hija, sí —asintió orgulloso al tiempo que le pedía con la mano que se acercara—. Ágata siempre me acompaña en el taller.

—Mucho gusto, Ágata. Me encantan tus guantes.

Velasco resopló por la nariz ante el cumplido de su madre y volvió a dedicarle una mirada de desdén. «Niña», resonó una vez más en la mente de Ágata, y supuró de nuevo la herida en el amor propio.

—Hija —le dijo Aurelio—, esta es la señora Cerelia Amores y Sostoa, acaba de enviudar y me ha traído algunas joyas de su ajuar que desea empeñar.

—No lo diga como si estuviésemos mendigando.

—¡Velasco! —amonestó de nuevo doña Cerelia a su hijo, si bien sus riñas sonaban más a caricias que a quejas reales.

El joven era un par de años mayor que Ágata, pero parecía el que más mandaba de los dos.

La hija del joyero reparó entonces en las joyas que descansaban sobre el buró de su padre.

Seis piezas, entre pulseras, colgantes y sortijas.

Una de ellas le pareció un anillo de pedida, lo cual la dejó turbada.

Dedujo que estaban tardando tanto en ponerse de acuerdo en las tasaciones porque esas piezas debían de tener un gran valor sentimental.

Sin embargo, y a diferencia del grosero de su retoño, la señora no parecía alterada ni por la visita ni por su propósito.

Le resultó extraño no haberlos visto nunca por la Alameda Principal, pues conocía al menos de vista a todas las personas adineradas de la ciudad de Málaga.

Mayores y jóvenes. Se acordaría de él si se hubieran cruzado.

«Tal vez es otra gema insulsa como el señor Bereton», barajó Ágata, pese a la mirada cortante del muchacho.

—Sigo pensando que este caballero podría hacernos una oferta mejor, madre —insistió el joven—. Será el mejor joyero de Andalucía, pero su extraordinario camafeo merece mayor atención.

—¿Por qué piensa que es «extraordinario», joven? —preguntó Aurelio con genuino interés y redoblado sosiego al tiempo que alzaba la mano para tranquilizar a doña Cerelia.

—Porque la escena pintada a mano es de gran complejidad técnica y, aunque desconozco los materiales empleados, sé que los de esta pieza son distintos a los de otros camafeos pintados.

Para el fastidio de Ágata, el muchacho tenía razón.

—Así que su hijo entiende de arte —quiso constatar Aurelio, consciente de que se le habían pasado por alto los detalles que el joven apuntaba.

—Recibió instrucción, sí —corroboró doña Cerelia orgullosa—, y aunque yo no sea la más indicada para hablar, puedo asegurarle que conocerá pocos jóvenes que dibujen mejor que él.

Aurelio se concedió un breve instante para meditar, sin dejar de observarles.

—Señora, joven, tal vez sí que pueda proponerles algo más acorde con sus intereses personales.

Ágata palideció tras escuchar la propuesta de su padre. Quiso fulminar esos ojos mezquinos. «¿Gemas? Son más bien vidrios corrompidos».

Por primera vez la hija del joyero había errado su análisis intuitivo y, por desgracia, iba a tener mucho tiempo para reflexionar al respecto.