La hija del joyero Capítulo 3 #2
8%

Capítulo 3 #2

Miró a su padre con tiento, preocupada por que lo hubiese molestado al entrometerse.

Pero este solo le sonrió, al igual que el obispo, quien pareció encantado con su poética respuesta.

Don Pancracio y don Ciriaco se crisparon.

Ellos solo debían respeto a una señora, la Virgen de Consolación y Lágrimas, y a su parecer el resto estaban mejor calladas.

El cofrade tesorero le tendió un sobre al joyero.

—Sentimos no dejarle una seña más generosa, don Aurelio. Como bien sabe, nuestros principales benefactores son miembros de la nobleza y no están en su mejor momento.

—Vivimos tiempos difíciles en general, sobre todo para la fe, y no precisamente por culpa de la masonería —comentó el obispo—. Con todos estos cambios de Gobierno, la Iglesia está recibiendo abusos y vejaciones inaceptables.

—Quizá la Iglesia no sea la mayor perjudicada en los últimos tiempos —dijo Aurelio. El silencio incómodo que provocaron sus palabras lo llevó a ponerse en pie y abreviar la visita con cortesía—. No se preocupen, caballeros, todavía quedan semanas para que concluya su preciosa custodia.

De vuelta en el taller, padre e hija ocuparon sus respectivas mesas de trabajo, de espaldas y separados por la mesa de los diseños.

Sobre ella descansaban los bocetos que Aurelio había dibujado para la custodia en grafito y en tinta.

Ágata estaba convencida de que la decoración floral de esa pieza con todas esas geometrías que imitaban el trigo y las vides cargadas de uvas sería una de las más elaboradas de su padre.

Le fascinaban en especial los dos querubines de alas desplegadas que estaban situados en lo más alto del astil, como si sujetaran toda la composición.

—¿Hará la custodia en plata dorada con esmaltes, padre?

Él afirmó con un ligero murmullo. Ágata sospechaba que la concentración de su padre no se debía solo a la fundición que pretendía realizar.

—Relevada, recortada y picada de lustre.

Otra vez el mismo resoplido de confirmación.

—¿Por qué a los ornamentos se les da tantos baños de diversos metales?

—Todos los metales tienen una función, Ágata —dijo con palabras por fin—. El hierro mata a los hombres, el cobre transmite calor, la plata es mística y el oro conduce.

—«Conduce» —repitió escéptica—. El metal más preciado para fabricar joyas «conduce».

—Justamente —asintió Aurelio—. Incluso a nivel químico, el oro es un conductor extraordinario. Tal vez por eso atrapa tanto las miradas.

Harta de la charla errática, Ágata se dio la vuelta para confrontarlo y la intensidad de su mirada provocó que él también se girase.

Cuando tuvo su atención, la joven tomó uno de los trozos de metal que su padre tenía a un lado y fue a morderlo para hacer la gracia. Aurelio se carcajeó al quitárselo.

—No me seas, hija. La parte del cuerpo empleada para valorar una joya es lo que indica la naturaleza de quien tasa: los joyeros medimos con los dedos, especialmente con el meñique —le mostró el suyo moviéndolo varias veces, donde llevaba la sortija de oro de su difunta esposa—; el tasador, con el ojo y muy cerca; solo el ladrón muerde, como los carroñeros.

A Ágata no le gustaba la gente que se dedicaba solo a tasar, como los marchantes y los especuladores.

Un diamantista que no era joyero solo podía tener intereses deshonestos.

Tras una mirada cómplice, cada uno volvió a sus quehaceres y entonces Ágata se atrevió a hacer la pregunta que le rondaba la cabeza:

—¿A qué se refería don Ciriaco con eso de que los nobles no están en su mejor momento, padre?

El joyero suspiró y ajustó su muela de doble punta para colocar una de las esmeraldas.

—¿Te acuerdas de doña Amalia?

—La marquesa de Loring.

Hacía tiempo que la dama no pasaba por Málaga, pero Ágata la tenía muy presente, igual que el resto de los malagueños. La historia de cómo se ganó sus guantes de encaje junto con la admiración de la aristócrata se había hecho bastante conocida.

—Dicen que ella y su marido están mediando bastante con don Antonio Cánovas del Castillo para restaurar la monarquía —le contó Aurelio, que no solía dar pábulo a los rumores, sin levantar la vista de la esmeralda con la lupa de joyero puesta—.

Desde que Isabel II se exilió en París, la aristocracia española va dando bandazos sin saber muy bien qué hacer, ni con su dinero ni con su tiempo.

A eso se referían. A los nobles les encanta inmiscuirse en los asuntos de Estado y eso que la mayoría no tienen ni idea de cómo encarar este país y sus miles de problemas de convivencia.

Probablemente, ni las Cortes Generales lo sepan.

Ágata se quedó muda. Estaba convencida de que su padre volvería a esquivar el tema como hacía siempre.

Sin embargo, prosiguió y le recordó que hacía justo un año que los militares se habían levantado contra el reinado de los Borbones.

«Revolución Gloriosa», lo llamaba todo el mundo, aunque el general Juan Prim y el general Francisco Serrano, o sus segundos al mando, todavía no parecían saber cómo orientar aquel nuevo Gobierno, que tenía poco de revolucionario, ya que se parecía demasiado al fracasado intento de insurrección protagonizado dos años atrás por el Ejército bajo el mando de Leopoldo O’Donnell, y aún menos de glorioso, en cuanto había sido promovido por Antonio de Orleans, el duque de Montpensier, que salivaba por la corona de España desde hacía lustros.

El duque era el cuñado de Isabel II, pero también su más traicionero enemigo.

Quienes lo habían tratado dudaban de que España se encaminara hacia la tan ansiada democracia, pues aseguraban que el duque solo buscaba el momento apropiado para hacerse con el poder.

Ágata era demasiado joven para la política y los líos familiares de la alta nobleza, pero no para entender que sus clientes habituales y potenciales atravesaban una mala racha. Sacudió la cabeza y esa vez fue ella quien cambió de tema.

—¿Qué más va a llevar la custodia, padre? —preguntó observando el boceto.

—He barajado algunas opciones. Dado que han hecho un gasto considerable con las esmeraldas, estoy sopesando otros materiales más asequibles.

Es otra característica que ha dado fama al taller, y más en los últimos tiempos: ofrecer siempre un amplio abanico de posibilidades sin excluir los presupuestos más modestos.

No todo el mundo puede permitirse un rubí, pero quizá sí un coral.

Igual pasa con el oro y la plata. Nuestro trabajo es proponer a nuestros clientes la joya más bella que se puedan permitir.

La hija del joyero se fijó entonces en las diminutas piedras redondas que compondrían las uvas de las vides.

—Así que, aparte de usar metales pesados para el interior de la peana, también empleará piedras diversas. ¿Nácar? ¿Marfil?

—Haré las uvas con perlas.

La mueca de desagrado de Ágata fue tan exagerada que Aurelio se rio.

—¿Por qué no te gustan las perlas, hija? Son muy bonitas.

—Son las únicas piedras preciosas, si es que se las puede llamar así, que los joyeros no podemos tallar o moldear. Exigen que uno se adapte a ellas.

—Mira, en ese sentido son ideales para ti, para inculcarte humildad. Te vendría de perlas, ¡nunca mejor dicho!

Dejaron la conversación al distraerse con el ruido de la puerta principal de la vivienda. No le dieron importancia, pues los Bereton recibían visitas continuas, pero, a los pocos minutos, el mayordomo Clemente se presentó en el taller.

—Disculpe, don Aurelio, acaba de llegar una clienta para usted.

—¿Por la puerta de la Alameda? —preguntó extrañada Ágata.

—Gracias, Clemente —repuso Aurelio para acallar a su hija—. Soy consciente de que avisarme no forma parte de su trabajo.

—Otras tareas que sí lo son me producen mayor hastío, mi estimado señor —sonrió él bajo su enorme bigote canoso.

—Ahora vuelvo, hija —le dijo Aurelio.

Ágata decidió ponerse a trabajar en la gargantilla para la señora Rafaela Crooke, la prima de doña Augusta. Quedó tan maravillada con el último colgante de diamante para su cordón de terciopelo negro que encargó al instante esa pieza de oro, platino, diamantes y zafiros.

«Otra señora que nunca sabrá que su joya favorita la hice yo», suspiró Ágata.