Capítulo 3
Ágata Guirado comparaba el colgante que sostenía entre los dedos con su diseño original en papel vegetal.
La composición de apenas dos centímetros consistía en una flor bellísima, similar a una gerbera, con una enorme espinela púrpura en el centro y pétalos de turmalina rosa.
Se preguntaba si el resultado final había superado la idea primigenia.
Siempre le sucedía igual: dibujaba en un arrebato y luego iba añadiendo detalles mientras trabajaba en la pieza.
Adoraba el reto y la tensión de modificar la pieza cuando no había posibilidad de rectificar.
Apartó la vista del colgante un inst ante para estudiarse los pulgares y los índices.
Ágata siempre trabajaba con las manos y el alma desnudas.
¿Cómo habrían sido sus manos de no haberse apasionado por la joyería?
Por más que se cortara y limpiara las uñas, estas habían adquirido un tono grisáceo indeleble en los bordes, por no hablar de las yemas callosas.
Suspiró. Qué ironía que el precio de crear belleza fuese recibir fealdad a cambio.
Ágata apartó el pensamiento negativo de su cabeza y se puso sus guantes de encaje negro. Era hora de mostrar su obra.
Se levantó del taburete y bajó al saloncito del piano.
Aurelio estaba revisando documentos en un delicado buró de cedro con miniaturas costumbristas.
En los dos últimos años, Ágata había perfeccionado sus habilidades como orfebre y él, como inversor y diamantista.
La mayoría de los joyeros eran ambas cosas, puesto que parte de su trabajo era hallar el mejor proveedor de gemas y negociar bien para poder ofrecerles a sus clientes un precio justo.
Aurelio prefería el aspecto más artesano del oficio y delegaba la adquisición de las gemas a contactos de confianza.
Su padre estaba muy concentrado leyendo una carta. Ágata dedujo que debía de ser la que acompañaba la encomienda de esmeraldas que estaba examinando. Cuando se acercó más, reconoció de inmediato la elegancia de aquellos trazos.
—¿Se los envía su amigo François?
—Técnicamente, su hermano Antoine. Ya sabes, el administrador del negocio. Con el mal carácter que se gasta, cuesta creer que él y François sean familia, pero viendo la calidad de estos nobles berilos… —dijo girando uno de ellos entre los dedos— me aventuro a pensar que el de mayor talento es él.
—¿Ha estado aquí? —preguntó ella desconcertada.
—Qué va, hija, me los ha entregado uno de sus mensajeros de confianza hace un par de horas.
—Pero normalmente vienen de parte de don François, ¿no?
—Estará ocupado en otros menesteres.
Ágata asintió. Jean-François y Jean-Antoine Mellerio eran unos joyeros franceses de ascendencia italiana que tenían la principal sede de su negocio en Madrid.
Ágata siempre había sentido curiosidad por los Mellerio porque desde niña su padre le contaba historias de lo mucho que aprendió de François en su taller de París, cuando apenas contaba veinte años.
Según Aurelio, en el pasado habían sido una de las firmas predilectas de la Casa Real española y Ágata soñaba con descubrir cómo encandilaron a la reina Isabel II, pero en los tiempos que corrían Aurelio prefería evitar hablar de la monarquía.
—¿Qué tal con el encargo de doña Marcela? —preguntó el joyero tras un silencio.
Ella suspiró y obvió el tema que le intrigaba solo por verlo sonreír.
—Debería mejorar el engarzado —respondió con honestidad—. Y los detalles de los pétalos.
—Siempre dices lo mismo, y luego siempre está perfecto. —Tendió la mano para observar la flor de cerca—. Por no hablar de que esta plata brilla más que el sol, hija.
—Porque es muy agradecida. Ojalá las personas también fuesen de plata, y se les pudiese quitar todo lo negro con solo pasarles un paño. —Tras dudar un instante, la joven se atrevió a plantearlo—: ¿Usted cree que podríamos decirle a doña Marcela que es una pieza mía?
La sonrisa de Aurelio se convirtió en una fina línea.
—Vamos, padre —insistió Ágata—. Dudo que haya alguien en Málaga que no sepa que le ayudo con los encargos. ¿Por qué no reconocerlo abiertamente?
—Tú lo has dicho, Ágata. Piensan que me ayudas, no que te ocupas de trabajos tú sola.
—A doña Augusta Crooke le gustó saberlo.
Aurelio alzó tanto las cejas que casi se le pegaron al nacimiento del pelo.
—¿Le confesaste que habías hecho su pulsera?
—Me insistió mucho y…
Ella se miró los pies y su padre se llevó las manos a la cara.
—Padre, ya le digo que todo el mundo lo sospecha desde hace tiempo.
—Ahora mismo solo me estás dando motivos para que te lo prohíba, Ágata. Nos vas a poner en un compromiso serio.
—Padre —lo miró suplicante—, doña Augusta se quedó encantada al enterarse de que se la hice yo. Doña Marcela de seguro que también lo aplaude. Ellas y doña Carmela componen el trío de osadas de la oligarquía malagueña.
—Ya, y no hace falta que te recuerde que sus maridos detestan esa osadía.
A la mayoría de los caballeros no les parece decoroso que una mujer se dedique a un oficio; es más, les parece que devalúa el valor de las joyas.
Tampoco debería tener que recordarte que el señor Bereton odia que sus inquilinos sean la comidilla de la Alameda.
—A ese británico aburrido le encanta ser la comidilla de los ricachones, padre.
—Ágata.
Se miraron a los ojos. Aurelio entendía a su hija, y le dolía no poder darle lo que tanto ansiaba: libertad para diseñar, más horas en el taller, una clientela propia.
Reconocimiento. Ágata estaba a solo dos meses de cumplir los catorce años, pero ya podía hablar, mirar y gruñir como una anciana cascarrabias.
—Cambiando de tema, en un momento vendrán los cofrades. Las esmeraldas son para ellos. Haz el favor, acicálate un poco, hija —dijo señalándole el peinado.
Al llevarse la mano al pelo, Ágata recordó que había bajado con el monóculo en su sitio, justo encima de su pasador de carey con una biznaga grabada.
Su padre se había negado a comprarle una lupa de joyero, así que Ágata se las ingenió con el cristal de unas gafas de lectura.
Ella misma lo cercó con latón y lo unió a un prendedor con una cadenita.
Luego se le ocurrió ligar su lupa a un pasador con el que podía coronar su semirrecogido.
De ese modo podía llevarlo siempre encima.
La primera vez que la vio usarlo, Aurelio estuvo a punto de reñirla, pero le produjo tal admiración el invento que acabó por halagarla y solamente le rogó que no lo llevara delante de los clientes.
Antes de que Ágata tuviera tiempo de obedecer a su padre, aparecieron los cofrades de la Archicofradía de la Sangre, una de las más antiguas de Málaga.
Se trataba de uno de los principales clientes del taller Guirado.
En el curso de la última década, Aurelio había realizado diversos trabajos para ellos: los candelabros del Cristo, varios broches para María Santísima de Consolación y Lágrimas…
El hermano mayor y su tesorero no habían avisado de que acudirían a la cita con Esteban José Pérez y Martínez-Fernández, el nuevo obispo de Málaga.
—Un honor contar con su presencia, don Esteban —le tendió la mano el joyero—. Sean bienvenidos también ustedes, don Pancracio y don Ciriaco.
—Su excelencia reverendísima insistió en acompañarnos, don Aurelio —explicó don Pancracio, el hermano mayor de la cofradía—. Como ya sabe, hace tiempo que deseamos encargar la nueva custodia.
—Espero que no le importune mi presencia —se excusó el obispo—, no estoy aquí para incomodarle, sino por curiosidad y admiración, señor Guirado.
No solo he oído maravillas, sino que además he tenido el gusto de ver algunos de sus trabajos.
El puñal que realizó para la Virgen de la Zamarrilla me dejó maravillado.
Aurelio asintió ligeramente agradecido por los elogios y Ágata sonrió orgullosa de que una personalidad tan importante se hubiese tomado la molestia de visitarles para alabar la destreza de orfebre de su padre.
Entonces el obispo la miró desconcertado.
De repente, la alegría de Ágata se desinfló.
Aunque era evidente que don Esteban no había oído hablar de la hija del joyero, su excelentísima reverencia dio señas de percatarse de su existencia y no la ignoró como tenían por costumbre los otros dos cofrades.
Don Esteban la examinó al detalle, desde su peculiar adorno de cabello hasta sus guantes de encaje negro, algo desconcertantes en una moza tan joven.
«Un granate, el obispo, como casi todos los sacerdotes», se dijo Ágata, y enseguida se amonestó. Ya no tenía edad de andar catalogando y comparando a la gente con gemas, sin embargo, era difícil deshacerse de los hábitos adquiridos en la infancia.
—¿Ha podido conseguir las esmeraldas, don Aurelio? —preguntó el hermano mayor de la cofradía centrándose en el asunto a tratar.
—Justamente me han llegado esta mañana, don Pancracio.
Aurelio le hizo un gesto con la cabeza a Ágata, que se dirigió a la estantería más cercana y tomó un paño de terciopelo azul marino, contenta de hacer algo útil.
—Su hija está hecha toda una mujercita, don Aurelio —comentó don Pancracio—, es clavada a su madre cuando era moza. Le había contado que nos criamos en el mismo barrio, ¿verdad?
La joven puso los ojos en blanco antes de girarse hacia ellos con el retal. «Menuda sorpresa que los caballeros hablen de una como si no estuviera», pensó. Desanduvo sus pasos para colocar el terciopelo sobre el buró y Aurelio dispuso las esmeraldas encima formando una hilera.
—¿Por qué este fondo azul oscuro? —preguntó don Esteban.
—Las gemas se muestran sobre paños oscuros para resaltar su brillo —intervino veloz Ágata—, igual que las estrellas lucen más en el terciopelo de la noche.