Capítulo 2 #4
Entró rauda a la casa de los Bereton por el acceso de la Alameda Principal.
Sabía que no debía hacerlo, pero necesitaba librarse cuanto antes de las miradas.
Solo entonces, con la respiración agitada, abrió la mano para mirar la canica.
No la había arrojado a la fuente, lo que había tirado era la piedra que había usado como punzón.
Feliz, introdujo su premio en la cajita de gemas que le había dado su padre.
Aunque su estratagema debería haberle proporcionado una satisfacción inmensa, no fue así.
Aprovechó que se encontraba allí el coche de caballos de la familia británica para esconderse un instante del mundo.
Se planteó acariciar la quijada de uno de los caballos, pero su relincho de protesta la disuadió.
Ágata notó que una tímida lágrima se escurría por su mejilla.
La apartó al momento con el dorso de la mano.
Clemente la descubrió un rato después y la instó con dulzura a que cruzara la vivienda hasta su casa.
El mayordomo fingió que no se había percatado de su pesadumbre, pero le acarició la cabeza.
Ágata recorrió los pasillos de mármol de techos altos que daban a la vivienda de los Guirado.
Atravesó el salón del piano y subió a su habitación.
Encontró a su padre terminando de acicalarse para la cena, se había puesto al cuello una lustrosa corbata color borgoña.
En cuanto el joyero vio el rostro inquieto de Ágata reflejado en el enorme espejo de pie, se giró preocupado.
—Hija, ¿qué te sucede?
Tras unos segundos de silencio, la chiquilla corrió a sus brazos.
—Algunos niños dicen que soy rara. Que no podré ser joyera. Que tendré que casarme.
Se apretó todavía más a él.
—Usted no me va a obligar, ¿verdad, padre? Usted jamás me echará del taller, ¿a que no?
Aurelio miró al techo e inspiró profundamente por la nariz. Se arrodilló y tomó a su pequeña por los hombros.
—Hija, lo que jamás haré es forzarte a nada que no quieras hacer. Pero, respecto a lo que te han dicho, me temo que tienen razón en las tres cosas. Aunque ninguna es necesariamente mala, todo sea dicho.
—Yo lo que quiero es ser joyera. Como usted, padre.
—Ágata, ya lo hemos hablado —suspiró—, puedo instruirte, pero algún día tendrás que asumir el papel que te exige la sociedad, y eso implica casarte con un hombre llegado el momento, sí.
El que tú elijas —corrigió deprisa antes de que ella saltara de nuevo—, eso, por mi parte, puedo prometértelo.
Tu madre, que en paz descanse, no nos perdonaría a ninguno de los dos que acabaras con alguien que no fuera de tu elección.
Más le vale al candidato ser culto, honrado y que te proteja de todo lo malo.
Margarita se lo había hecho jurar antes de morir. Le aterrorizaba que su pequeña pasara por los mismos martirios que ella, sobre todo cuando la vio dibujar antes de que aprendiera a caminar, tarareando las melodías que ella interpretaba al piano.
—Yo no necesito que nadie me proteja, padre —protestó Ágata—. Prefiero estar sola toda la vida antes que no ser joyera.
—El amor tiende a cambiar los planes.
—Pues entonces odio el amor.
—Hay una cosa que no te he contado todavía del estilo Guirado —le dijo Aurelio, risueño, cambiando de tema.
Ágata alzó la cabeza como un conejillo en mitad del campo delatando su posición.
—Buscamos que las piedras preciosas destaquen por encima del metal, porque nuestro estilo se asemeja al amor: queremos transmitir que el metal adora a las gemas a las que acompaña.
Eso se debe a que si las personas son gemas, los Guirado somos metales nobles.
Estamos naturalmente predispuestos para sacar lo mejor de la gente y adorarla como es, así que es inevitable que tú llegues a amar a alguien con todas tus fuerzas, Ágata.
Ella le miró desafiante.
—No quiero querer a nadie si tengo que dejar el taller.
—No podrás evitarlo. Y te darás cuenta cuando encuentres la gema que engarzar y que te permita sacar todo tu esplendor.
—A lo mejor no soy un metal precioso. A lo mejor soy como el mercurio y estoy hecha para encontrar el oro donde haga falta.
Aurelio rompió a reír. La extracción de oro por mercurio era un método antiguo y descartado por su alto grado de toxicidad.
Sabía que Ágata estaba haciendo broma con su propio carácter problemático, además de jugar con su nombre, Auro , que significaba « oro» , para dar a entender que ella prefería seguir sus pasos y punto.
—Quizá sí sea oro lo que necesitas, hija, pero no como crees. Yo, desde luego, no te entregaría a un hombre que valiera menos.
—¿No quedamos en que no éramos ricos?
—Eso lo dijiste tú, no yo.
Ella parpadeó sin comprender. Él le acarició el flequillo.
—La riqueza es relativa, Ágata. Yo recibí algo muy especial el día que conocí a tu madre, y cuando naciste, comprendí que ya no necesitaba nada más de esta vida.
Ágata se quedó pensativa.
—¿Por eso no tenemos mascota?
Aurelio Guirado, entre risas plenas, volvió a abrazar su tesoro más valioso.