Capítulo 2 #3
Ágata vio a lo lejos a Marcos jugando con el precioso tragabolas de madera que la familia Gross había hecho traer desde Hannover.
No pudo evitar una mueca de fastidio. Por supuesto, estaba acompañado de Juana y Lucas, nietos de los Crooke, y de Matilde, la menor de los Livermore.
En Málaga eran habituales los apellidos extranjeros, principalmente británicos, aunque sus portadores ya eran tan malagueños como cualquiera que se llamara Pepe o se apellidara García.
No obstante, Ágata sentía que no tenía nada en común con esos niños que habían nacido y crecido a apenas tres o cuatro casas de distancia de la suya y tenían una edad similar.
Debía de ser mutuo, pues cuando la vieron llegar los cuatro jóvenes vecinos se callaron abruptamente.
No se le daban muy bien las conversaciones grupales. Ágata prefería tratar con adultos. Consideraba a los niños gemas en bruto, por lo que resultaba difícil determinar si estaba ante un feldespato inofensivo o un rubí astillado.
Caminó ligera hacia la fuente sin mirarlos y se mojó los dedos con el propósito de refrescarse la nuca.
Para Juana, que era un año mayor que ella y la más refinada, el gesto fue lo mismo que si se hubiera metido entera.
La miró tan horrorizada que hizo reír a su hermano.
Los Crooke estaban acuclillados a los pies de la fuente jugando a las canicas.
Ágata las admiró de soslayo. No fueron tan discretos Marcos y Matilde a la hora de mirarla a ella.
El primero dejó de lanzar bolas a su tragabolas de madera y la segunda, que estaba sentada sobre el filo de la fuente peinando a su muñeca, se la tendió con ternura.
—¿Le haces los lazos a Samanta, Ágata?
Samanta, la muñeca bisque de porcelana sin esmaltar, se llamaba originariamente Clementine y había llegado desde París la pasada primavera, desplazando a la anterior Samanta, fabricada en Alicante íntegramente de insulso trapo.
Matilde, de diez años, despertaba en ella un instinto de sobreprotección desmedida pese a sus comportamientos caprichosos, así que alargó el brazo para ceder a su petición.
A Ágata se le daban fatal la costura y el bordado, pero tenía un talento prodigioso para dar bellas formas a los materiales más insospechados con las manos.
No tardó ni un minuto en devolver a todos los lazos de Samanta el esplendor que debieron de lucir cuando estuvo expuesta en su escaparate originario de París.
Mientras, Matilde movía los pies contenta y, nada más recibir su muñeca de vuelta, le dedicó a Ágata su sonrisa más tierna.
—¡Gracias, Ágata! ¿Quieres peinarla?
—No deberías dejar que toque a Samanta, Mati —dijo Juana sin mirarlas, con retintín altivo—. Igual te contagia eso que la hace ser tan rarita. Además, ella nunca trae nada para jugar. Por no tener, no tiene ni mascota.
—Juana tiene razón, yo nunca jugaría con ella, a ver si se me pega algo —comentó Marcos.
Ágata puso los ojos en blanco haciendo caso omiso a sus crueldades.
—Mejor que no juegues con nadie —replicó Ágata—. De hecho, deberías guardar en casa tu tragabolas.
—¿Por qué? —Los cuatro parpadearon confusos.
Ágata suspiró y señaló el busto de madera.
—Se le está desdibujando el lado derecho.
—¡Eso no es verdad! —gritó Marcos, horrorizado, al tiempo que se agachaba a recogerlo del suelo.
Picados por la curiosidad, todos se acercaron al punto exacto que decía Ágata. El dueño apretó los labios.
—No es… para tanto.
—¿No? —preguntó Matilde.
—Por supuesto que no —dijo Juana molesta.
—Ágata nunca se equivoca —habló Lucas por primera vez.
—Por supuesto que sí —le corrigió su hermana—. Ahora mismo lo ha hecho. Y claro que no es para tanto, Marcos.
—Qué pena que se esté borrando la cara —la ignoró Matilde.
—¡Que no! —pataleó Juana—. Solo ve cosas que nadie más ve, como los locos, ¿es que no os dais cuenta?
—Yo… —titubeó Marcos—. Le pediré a mi padre que me lo arreglen.
—Tendrá que devolverlo al fabricante —reflexionó Ágata—. Los ebanistas de Málaga son buenos, pero entienden más de muebles y de puertas que de juguetes.
—No puede ser… —murmuró Marcos.
—Seguro que tú puedes arreglarlo, ¿a que sí? —dijo Lucas—. Ágata es capaz de hacer cualquier cosa. La tía Augusta y sus amigas de la Asociación de Amigos del País siempre dicen que su madre era muy mañosa y que ella ha salido igual.
Ágata se esforzó por ocultar su satisfacción y mantuvo una expresión concentrada observando el tragabolas que Marcos sostenía en brazos. Juana chasqueó la lengua.
—La tía no dijo nada de eso.
—Claro que lo dijo, pero tú eres una envidiosa cochina.
—Tú sí que eres un cochino.
—Si lo arreglas, Ágata, te doy una de mis canicas.
—¡Ni hablar! ¡Las canicas también son mías, Lucas!
—No sé mucho de madera —atajó Ágata la pelea de los hermanos—. Aunque…
Miró con deseo la esfera de vidrio anaranjado y rojizo que le ofrecía el zagal y después se agachó para coger una piedra de tono oscuro y con el canto un poco afilado.
—Puedo intentarlo —dijo mostrándosela, dando a entender que la usaría como buril.
Los cuatro observaron la improvisada herramienta con atención. Marcos horrorizado y negando despacio, Juana escéptica. Matilde y Lucas asintieron. Tres contra dos.
Tras un buen rato en silencio en el que Ágata fue repasando con la piedra el dibujo originario del busto de madera del tragabolas sin que los niños le quitaran la vista de encima, la hija del joyero sonrió radiante y alzó la cabeza.
Fue un reto arriesgado, pero el resultado dejó mudo a su público.
No solo había restaurado los detalles desgastados, sino que había repasado el resto para que resaltaran aún más. Marcos lo acarició emocionado.
—Muchas gracias, Ágata.
—La tía Augusta tenía razón —asintió Lucas tendiéndole a Ágata la canica.
—No hay satisfacción más grande para un artesano que cumplir un encargo —repitió ella las palabras de su padre mientras alargaba la mano para tomar la esfera.
Pero Juana lo impidió.
—Sí, hombre, que se va a llevar nada mío la enterada esta. Solo ha arañado un par de veces las marcas que ya tenía. ¡Y con una simple piedra!
—Eso da igual, Juana —replicó su hermano—, le dijimos que le daríamos la canica.
—Lo has dicho tú, no yo. Así que ni hablar —escupió enrabietada—.
De todas formas, ¿qué es eso de darle un pago?
¿En serio te crees una artesana de verdad?
—La miró con una sonrisa mezquina—. Todo el mundo dice que tu padre te consiente demasiado y que te anima a pasarte el día mirando a la gente y recitando piedras como una chiflada, ¡menuda estupidez!
¿Para qué te enseña cosas que nunca te servirán para nada?
Porque nunca podrás ser joyera ni trabajar.
Para algo existen los maridos. ¿O es que te crees especial?
—Ya vale, Juana —rogó Lucas.
Ágata tragó saliva, apretando los labios.
—Yo no quiero un marido —dijo Matilde abrazándose a Samanta—. Mi madre dice que tener marido es una cruz.
—Eso da igual, Mati, porque mi abuela dice que tarde o temprano todas las mujeres tenemos que buscar un marido en condiciones que nos mantenga. Bueno, menos la majadera esta de Puerta del Mar, que dudo que nadie quiera casarse con ella.
—Hazle caso tú a la tonta de tu abuela, que yo voy a ser joyera como mi padre.
Ágata aprovechó el desconcierto que causaron sus palabras para tomar la canica prometida. Sin pensárselo dos veces, la arrojó con fuerza a la fuente. Los cuatro niños presenciaron el gesto boquiabiertos. Ella alzó el mentón.
—A lo mejor eres tú la que no encuentra marido y tienes que casarte con el bobo de Marcos, Juana. Yo no te quiero ni como clienta.
Lucas se echó a reír y fue a buscar la canica a la fuente mientras los dos aludidos se sonrojaban.
—¡Tú nunca encontrarás a nadie que te soporte, Ágata Guirado! —le gritó Juana con las mejillas encendidas al tiempo que la hija del joyero salía corriendo—. Y si no te casas, serás la típica solterona amargada, ¡que para una señora es lo mismo que estar muerta!
«Pues antes prefiero estar muerta que ser otra esposa estúpida más», se dijo Ágata para sus adentros.