La hija del joyero Capítulo 2 #2
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Capítulo 2 #2

Si en los diamantes estaba el peso, el color, la talla, la pureza y la fluorescencia, cualquier rasgo, comportamiento o actitud podía decirles mucho sobre el fondo de una persona.

«Los ojos son clave», remarcaba el joyero, «aquellos que manifiestan pocos cambios corresponden a una personalidad también insulsa; en cambio, cuantas más aristas, mayor complejidad de espíritu.

Lo que no siempre era sinónimo de mejor.

Incluso dentro de los diamantes, también existen distintos niveles de calidad».

Aurelio Guirado tenía el don de identificar la verdadera naturaleza de las personas y formaba a su hija para que aprendiera a hacer lo mismo. La pequeña meditó sin dejar de observar a las dos señoras a lo lejos.

—De doña Hortensia ya sabemos que es como la pirita —dijo Ágata—, brilla una barbaridad, pero es pesada, con muchos picos y relieves. Se cree mineral precioso y no llega ni al metal más básico. Por no hablar de que está hecha de azufre.

—No seas dañina, hija —la reprendió.

A continuación, Aurelio la animó a seguir con la otra señora, que, a fin de cuentas, era la novedad, el verdadero reto.

La chiquilla se mordió el labio, había comprendido algo importante.

«No es oscura», concluyó. «Al menos no del todo».

Algunas personas eran de un tono o de un material muy distinto al que parecían en un principio.

Tras meditar otro instante más, dijo muy segura:

—Doña Amalia es como el granito.

—Vaya, eso sí que no lo esperaba. ¿Descartas entonces compararla con una gema preciosa?

—Algunas piedras duras son bonitas como cristales. Ella lo es. Está compuesta por un montón de matices. Con el granito se construyen templos y palacios. Es una roca hecha para aguantar mucho peso, mejor que no te caiga encima.

—Bien visto.

Aurelio le tendió la caja de piedras que se había ganado; ese día había acertado siete en total.

Luego le explicó a su hija que aquella señora supuestamente de granito, la famosa doña Amalia Heredia Livermore, la marquesa de Loring, tal como se la había presentado cuando llegó sin anunciar con doña Hortensia, era una de las mujeres más ricas, cultas e influyentes de Málaga.

Doña Amalia era la principal valedora de la Asunción, el primer colegio para señoritas de España, de ahí que se mostrase tan satisfecha de la cultura de Ágata.

Le contó también que ella y su marido el marqués, don Jorge Loring, se proponían adquirir una mansión en la calle Alcalá de Madrid y que se decía que tenían muy buenos contactos con las más altas esferas del país, entre ellas, el que fuera ministro de Gobernación y de Ultramar, Antonio Cánovas del Castillo, malagueño también, y con la mismísima reina Isabel II.

—¿Doña Amalia es amiga de la reina? —Ágata arqueó las cejas.

—Bueno, fue ella quien les concedió el marquesado por sus labores de caridad cuando la epidemia de cólera asoló la ciudad antes de que tú nacieras —respondió Aurelio—. Desde entonces los marqueses de Loring se llevan muy bien con doña Isabel.

—Me pregunto qué tipo de gema será la reina.

—A saber, hija.

—Me gustaría conocerla.

Justo entonces irrumpió el castellano de sutil acento británico del señor Bereton:

—¡Don Aurelio! ¿Cómo es que ha estado aquí doña Amalia y no se me ha avisado al respecto?

El caballero, ataviado con un traje gris y corbata azul, a juego con su cabello canoso y sus ojos traslúcidos, descendió por la lustrosa escalera principal de mármol y se mostró molesto cuando el joyero se encogió de hombros.

—Me dijo que esta mañana prefería evitar las visitas, mister Bereton.

—Siempre que esas visitas sean personas non gratas, como es el caso de doña Hortensia, ¡esa mujer es peor que una jaqueca!

Pero resulta que vino acompañada de la marquesa de Loring.

Oh, my God! Cuando Clemente me ha preguntado si me parecía bien ofrecerles un té, por poco me caigo del diván.

Debió haberlo mandado usted a verme antes para que me previniera, ¡mi esposa no me lo perdonará, Aurelio!

El orfebre contuvo la sonrisa imaginando al viejo mayordomo conteniendo la risa cuando eso ocurrió.

Se disculpó con el caballero inglés, él tampoco sabía que doña Hortensia se presentaría con tan ilustre compañía.

Eso no evitó que Charles Bereton saliera corriendo en su búsqueda para evitar el posible enfado de su mujer.

A Ágata el señor Bereton no le caía demasiado bien.

El inversor londinense llevaba décadas viviendo en Málaga y seguía valorando a la gente en función de su dinero, de sus títulos o de sus reconocimientos, por eso compró un enorme edificio de seis plantas a la familia Ugarte-Barrientos y residía en la parte que daba a la Alameda Principal, la zona residencial más exclusiva de la ciudad.

De no haber sido porque las señoras salieron por allí, el señor Bereton jamás se habría dignado a ir a casa de sus inquilinos, los Guirado, que estaba ubicada en la fachada que salía a Puerta del Mar.

Ágata no lo entendía. La Alameda Principal era bellísima, no podía negarlo.

Las fachadas de las mansiones daban color por su variedad en tonos y materiales, pero las casas de la Alameda apenas contaban con una pequeña acera cubierta de vistosos naranjos y adelfas, ya que enseguida daban paso a los carriles de tierra por donde circulaban los vehículos.

El centro de la avenida destinado al tránsito peatonal y protegido por los árboles de espesas hojas sí que era más amplio y fresco.

No obstante, Ágata seguía prefiriendo su lado de la vivienda.

Puerta del Mar era una calle más auténtica, repleta de rótulos y escaparates de los distintos oficios.

Su casa, el número 20, contaba con un jardín precioso de jazmines, damas de noche y una pequeña higuera con muchas clavellinas alrededor que Aurelio y su madre plantaron cuando acababan de instalarse allí.

Era su manera de estar más cerca de la naturaleza que tanto amaban.

Ágata alzó la cabeza y contempló el enorme portón de madera, con la graciosa aldaba que le recordaba a un boquerón malagueño, pero de cola rizada.

Todo cercado en piedra y mármol rojo, sobre el cual se leía: TALLER GUIRADO .

JOYEROS Y DIAMANTISTAS . Aquello siempre la hacía sentirse la futura heredera de un legado.

Luego volvió el rostro hacia la izquierda, donde la oligarquía malagueña paseaba por la Alameda Principal. Sin dejar de mirar a aquellas personas, reflexionó en voz alta:

—Padre, viviendo entre tantas joyas y piedras preciosas, ¿por qué no somos ricos?

El maestro orfebre se rio.

—¿Eso crees, que no somos ricos?

Ágata intuía que era una cuestión determinante, pero cuando fue a hablar de nuevo, Aurelio la interrumpió:

—¿Qué tal si vas a jugar a la fuente de Génova?

A la niña no le quedó más remedio que acatar para contentarle.

Sabía que era más madura de lo que correspondía.

Tras el fallecimiento de su madre, no quería separarse de su padre ni dejarlo solo ni un instante, ella también la echaba de menos.

Así fue como se acercó al oficio familiar y despertó su vocación, que a su vez la alejó de llevar una vida acorde con su edad.

Aurelio Guirado solía decirle a Ágata que le recordaba a su Margarita. Sobre todo, cuando se enrocaba. Su esposa también tenía mucho carácter e ingenio, y la misma sonrisa pícara cuando llevaba la razón. Al joyero le encantaba hablarle de su madre y de sus pasiones, de cómo se enamoraron.

Margarita, como toda mujer de buena familia, había recibido una educación centrada en la lectura, la costura y la música, pero lo que ella sentía por el piano era especial, soñaba con trabajar como instructora de otras jovencitas, algo que solo le había confiado a Aurelio.

El día que este pidió su mano le prometió que podría dedicarse a su verdadera pasión.

Tanto fue así que se instalaron en la mansión del señor Bereton porque el caballero británico contaba con un pianoforte de mesa magnífico del que Margarita se enamoró al instante.

Gracias a él pudo recibir a muchas alumnas y así la señora de Guirado se hizo famosa en Málaga por su carácter y por su talento con la música.

Según Aurelio, Ágata había heredado el temperamento de su madre, pero no tenía ni un atisbo de su pasión por el piano.

La música no era lo suyo, como tampoco lo eran otras aptitudes propias de las damas, como la costura o el bordado, que requerían de un tipo de paciencia de la que ella carecía.

A ella le cautivaba la joyería porque exigía estar en tensión y permanentemente concentrada.

A veces Ágata miraba el piano de su madre con una nostalgia difusa, la recordaba siempre tocando, radiante de felicidad.

Sin embargo, no estaba segura de si era su recuerdo o las anécdotas de Aurelio.

A menudo le venían melodías a la cabeza, e incluso las tarareaba mientras trabajaba en el taller, sin saber si eran reales o producto de su imaginación.

Ella apenas tenía cinco años cuando murió; si no fuese por el retrato que conservaban en la biblioteca, tenía claro que ni siquiera recordaría su rostro.

En cualquier caso, a Ágata le hacía feliz que el parecido con su madre hiciera feliz a su padre.

Ágata suspiró resignada camino de la plaza.

La fuente de Génova se encontraba ubicada en el extremo de la Alameda Principal que colindaba con el muelle.

La zona tenía bastante trasiego de viandantes y, dadas las fechas estivales, también se veían a los biznagueros y cenacheros, ataviados con el mismo uniforme regional de camisa blanca, pantalón negro y fajín rojo, unos vendiendo jazmín y los otros, lo que diera el mar.

La Alameda era un buen lugar de esparcimiento, especialmente para los hijos de la gente adinerada que vivía por allí, porque la amplia avenida era el espacio perfecto para lucir y disfrutar sus juguetes.