La hija del joyero Capítulo 2
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Capítulo 2

—Exquisito. Deliciosamente exquisito.

Los ojos grises de doña Hortensia de Espinosa refulgían embelesados.

La señora se hallaba en el quicio del portón escalonado que unía el patio principal de la vivienda de los Guirado con el salón para las visitas.

Aurelio solía recibir allí a sus clientes por ser la estancia más bella de la casa, con sus muebles de caoba y sus paredes color granate.

Sin embargo, casi todos los que adquirían una joya suya no podían evitar el gesto de buscar la luz del patio para admirar mejor los detalles.

El caballero la atendía contento de que su obra fuese del agrado de su clienta. Eso sí, después de haberla devuelto a su estado original. De ahí que su hija Ágata presenciase la escena en silencio, sin ocultar su irritación.

A punto de poner los ojos en blanco por el goce de doña Hortensia, la pequeña centró la atención en su acompañante, otra señora que rondaría su edad, unos treinta y cinco años, aunque se la veía más distinguida.

Sus ropas, a pesar de ser más oscuras y sobrias que las de su fastuosa amiga, se notaban de mejor calidad, y confeccionadas con mayor exquisitez, algo que Ágata asociaba a la fortuna.

Ella había visto a todo tipo de personas entre la clientela de su padre.

Había aprendido que quienes tenían mucho dinero no necesitaban exhibirlo, pero, por esa misma razón, invertían en materiales caros casi sin darse cuenta.

Además, el semblante de la amiga de Hortensia mostraba una serenidad y una dignidad propias de la elegancia que venía de cuna, o de invertir más horas en la lectura que en eventos sociales.

La señora parecía haberse interesado en Ágata mucho antes de que la niña se fijara en ella.

Tenía unos ojos negrísimos y profundos. «¿Obsidianas?

», se preguntó la cría con sus propios ojillos oscuros achicados.

La mujer le sonrió, como si aprobase que la analizara y compartiera su exasperación por la efusividad de doña Hortensia.

—Oh, don Aurelio —exclamó la clienta una vez más, esa vez mirándolo con una mano al pecho, sobre un largo collar de diminutas turquesas facetadas y acabados con brillantes, un sautoir magnífico que el mismo Aurelio había realizado años atrás por encargo de su marido—, ¡ha vuelto a superarse!

Si no fuera porque soy una católica fervorosa, le tacharía a usted de alquimista.

—No hay satisfacción más grande para un artesano que cumplir un encargo.

—Pero… ahora que lo veo bien… —la señora dejó sus cumplidos en el aire—. Quizá con unos trocados el anillo habría quedado aún más llamativo.

Tanto Ágata como su padre pusieron los ojos como platos, y el caballero hubo de reaccionar deprisa y amonestar con la mirada a su niña antes de que soltase una impertinencia. La acompañante desconocida se percató del duelo silencioso entre padre e hija y contuvo la risa.

—Vamos, Hortensia —intervino con ánimo mediador—, acabas de decir que la pieza te satisface. Incluso ibas a blasfemar en honor al arte de don Aurelio.

—Bueno, siempre se puede mejorar.

Aurelio sonrió incómodo y Ágata parecía a punto de explotar. La amiga de doña Hortensia no quiso pasarlo por alto:

—Tal vez su hija tenga algo que decir, don Aurelio. He oído que es muy espabilada para su edad y que la está usted instruyendo en el arte de la joyería.

—¡Santo cielo! —clamó Hortensia—. No será verdad.

—Poca cosa, señoras mías —restó importancia él—. Qué menos que la hija de un joyero sepa distinguir una piedra de otra.

«¡¿Distinguir una piedra de otra?!». Ágata bajó la cabeza con la mirada en llamas. «Menuda humillación», pensó.

—Me encantaría ver de lo que es capaz —dijo la acompañante.

La pequeña dudó un instante hasta alzar la cabeza, pero le mantuvo la mirada a la señora, desafiante, algo que pareció gratificarla.

Aurelio le dio un toque a su niña con la cadera para tantearla.

No le hacía gracia exhibirse como juguete de distracción, y mucho menos para complacer a dos mujeres ostentosas, pero al final asintió, incluso con un poco de malicia.

Aurelio sonrió encantado, deseoso de que su niña les enseñase un par de cosas.

Hincó una rodilla en el suelo y extrajo de su chaqueta una cajita de cuero.

Al abrirla, las damas se maravillaron al descubrir más de una veintena de piedras relucientes de muy diversas formas, texturas y colores.

El hombre las hizo sonar entre sí con un ligero movimiento de muñeca. Ágata sonrió con deleite.

—Es un viejo juego que compartimos mi hija y yo. Si es capaz de decirme qué son al menos cinco de ellas, se la regalo.

—¿La caja entera?

—Por supuesto, doña Hortensia; después de todo, podría preguntarle por cualquiera. ¿Quieren ustedes participar?

Las mujeres se miraron, una dubitativa y la otra con claras muestras de motivación. Terminaron por asentir. El joyero tomó primero una piedra diminuta de color rojo ligeramente apagado, tallada con apenas unas pocas caras.

—Yo creo que es un rubí.

Ágata frunció el ceño, espantada por la sugerencia de doña Hortensia; la otra dama se dio cuenta y dijo:

—¿Coral?

—Ya puestos, ¿por qué no ladrillo? —ironizó Ágata pestañeando varias veces.

Doña Hortensia la fulminó por el tono impertinente y Aurelio estuvo a punto de amonestarla. El humor de su hija a veces pecaba de hiriente, pero la otra visitante parecía divertirse con la actitud pícara de la niña.

—Es un jacinto de Compostela. Más opaco, y también más común. —Ágata se puso seria con el juego.

Las mujeres dibujaron con los labios una «o» de admiración, don Aurelio sonrió orgulloso. Dejó el jacinto y extrajo otra piedra, blanquecina y sin tallas.

—¡Esta es muy fácil! —exclamó Hortensia—. Un cuarzo.

—Diamante.

—¡Diamante! —se escandalizó la clienta, convencida de que su amiga había optado por algo impensable para hacerse la interesante, pues de ninguna de las maneras esa piedra podría ser valiosa.

Las dos señoras alzaron todavía más las cejas cuando Ágata identificó la gema en bruto como un topacio blanco y se ahorró el comentario jocoso.

Siguieron jugando. La tercera fue una turmalina violácea que las invitadas tomaron por amatista.

Después Hortensia se confundió con un minúsculo zafiro de agua que sorprendió a su acompañante, pues lo creyeron vulgar vidrio coloreado al estar tallado en cuadrado y no diamantado, como solía hacerse con las gemas más costosas.

Finalmente, el caballero sacó una piedrecita de un negro hipnótico.

—¿Aventurina oscura?

—De eso nada, amiga —se burló la invitada de Hortensia—, la aventurina es de mis gemas favoritas, tiene un destello difícil de imitar. Esta piedra no brillaría si no fuera por sus caras. ¿Tal vez es ojo de halcón?

Los tres adultos miraron a Ágata, que primero entornó los ojos y luego relajó el rostro.

—Esta gema sí podría confundirse con un rubí de haber tenido fondo rojizo, pero es una mucho menos valiosa: espinela negra.

La amiga de doña Hortensia admiró la hazaña, pero esta parecía tan molesta por haber perdido contra una niña que alzó la barbilla.

—Puede que esta exhibición de conocimientos le conceda cierto prestigio a su hija, Aurelio, pero mantenerla en los talleres solo la denigrará ante la sociedad. Y supongo que no querrá que sus manos de señorita queden tan maltratadas como las suyas, cosa que podría suceder si termina tallando.

Aurelio encogió los dedos, irreversiblemente teñidos de tizne como los de cualquier artesano que trabajase la talla y el pulido.

Ágata, que consideraba que ningún honor sería más grande para ella que lucir algún día las uñas pintadas con el color de su esfuerzo, se ofendió, pero doña Hortensia salió por la puerta antes de que nadie pudiese decirle nada.

Su acompañante se agachó y le tendió unos preciosos guantes de encaje. Ágata los tomó extrañada y volvió a sostenerle la mirada, valorando su negrura. «¿Azabaches?».

—Un regalo, bonita —le dijo la mujer—, por ganarme en cultura. Ocurre poco y me complace cuando pasa, más si se trata de una criatura.

—Es muy amable regalándole sus guantes, señora marquesa.

Ágata se estremeció al escuchar el título de la elegante señora. Era la primera noble que conocía.

—No le doy mis guantes, don Aurelio, sino una idea para el futuro. Úsalos cuando desees cubrir lo que nadie tiene por qué ver si no lo deseas, Ágata. Me encantaría contribuir a que hagas algo interesante y osado con esas manos.

—Gracias, doña Amalia —dijo su padre con una inclinación de cabeza.

La señora le devolvió el gesto cortés y se despidió. Ágata la siguió con la vista mientras se reunía en la acera con la malhumorada doña Hortensia. Quiso indagar, pero su padre se le adelantó:

—Nada de atajos, Ágata. Vamos, ¿qué puedes decirme de nuestras dos invitadas?

—Dibujó una mueca divertida cuando notó que lo observaba con reproche—.

No me mires así, hija, todo buen joyero debe hacer oídos sordos de lo que le dicen sobre las gemas que recibe y debe valorarlas por sí mismo.

Así que no remolonees y responde a lo que te he preguntado.

Era otro juego que se traían. Si los Guirado eran los mejores complaciendo a sus clientes era precisamente porque tenían el talento de analizarlos primero.

Al detalle. Sus características, sus defectos, sus anhelos, sus posibles melindres para evitar las quejas.

Igual que Aurelio le había enseñado a catalogar cualquier gema o piedra dura, instruía a Ágata para hacer lo mismo con la gente.

«Las personas son como las piedras preciosas, hija», le decía siempre, «identificar de qué tipo es cada una resulta crucial para comprender su comportamiento, saber tratarlas sin que se quiebren, alteren ni desluzcan, o para sacar su verdadero rendimiento teniendo en cuenta sus límites».