La hija del joyero
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Capítulo 1
Brillaba con una luz especial, igual que la joya que sostenía entre sus dedos.
En plena oscuridad, como un conjunto de estrellas en mitad de la noche, aquel minúsculo diamante y sus trocados en oro reflejaban cada destello que les obsequiaba el único candil encendido en aquel rinconcito del taller, además de la emoción de los ojos infantiles que no dejaban de observar el conjunto.
Ágata contemplaba aquella obra perfecta, con la mirada y con sus diminutos dedos teñidos de tizne tras varias horas de cincelado y pulido, orgullosa del resultado.
A sus once años, conservaba la mirada de fascinación infantil, pero ya estaba presente la pasión de la joyera en que se convertiría.
Absorta como estaba, se sobresaltó cuando le hablaron desde la puerta:
—Hija, ¿qué haces despierta a estas horas?
Hacía largo rato que había pasado la medianoche y la moza dio por sentado que no habría nadie despierto en toda la vivienda. A punto estuvo de caérsele la sortija de la impresión, pero la escondió a la espalda.
—Nada, padre.
Le puso el gesto de cuando la pillaban haciendo lo que no debía, una sonrisilla enterada entreverada de apuro.
Aurelio Guirado la miró entre la ternura y el reproche, porque su hija tenía la extraña habilidad de ser tan encantadora como exasperante.
Luego, el joyero entró en la estancia, la vela que llevaba en la mano iba revelando las incontables maravillas que albergaba: maquinaria pesada; herramientas de todos los tipos, tamaños y formas; piedras preciosas y polvo de oro.
La inspiración flotaba en el aire junto con el serrín a la espera de ser fusionada con el metal.
Cuando llegó hasta la pequeña, alzó una ceja y tendió la mano.
—Vamos. Dámelo.
Ella primero permaneció quieta. Al final resopló y acabó cediendo. El padre hurgó en el bolsillo del chaleco y sacó su preciosa lupa de joyero con detalles dorados. Ágata la miró con el mismo anhelo con el que se contempla la luna llena. Cuando Aurelio identificó el objeto chasqueó la lengua.
—El anillo de doña Hortensia. Ágata, la dama dijo que no quería trocados.
—Padre, esa señora no tiene ni idea. —Forzó un puchero—. ¿Cómo va a ir sin dibujos un diamante tan grande?
—Ya hemos hablado de esto. El joyero debe limitarse a realizar el encargo tal y como desea el cliente.
—Menudo insulto para el diamante.
Aurelio le dedicó a su hija una expresión de malestar.
Se había hecho famoso en Andalucía por darles a sus clientes exactamente lo que pedían, por muy complejo que fuese el trabajo.
O sencillo. En los últimos tiempos, la insólita destreza de la niña lo había animado a permitirle que contribuyese en sus tareas.
Pero Ágata poseía un espíritu inquieto algo travieso, como el que se les supondría a los duendes, y llevaba algunos meses alterando los encargos justo antes de entregarlos, solo porque nunca se daba por satisfecha.
Aunque podría acabar siendo un problema, Aurelio sintió una pizca de orgullo por el ánimo apasionado que su hija estaba desarrollando hacia su profesión.
Así que, al final, el maestro joyero acabó por sonreír.
—¿Un insulto para el diamante o para ti?
Dejó su vela en la mesa y tomó el taburete más próximo. Ágata mantuvo la vista fija en el suelo.
—Sabes la diferencia entre el artesano y el artista: el artesano trabaja para los demás; el artista, para sí mismo, por eso nunca sabe cuándo parar.
Aunque nosotros disfrutemos mucho de nuestro oficio, los Guirado somos joyeros artesanos especializados en cumplir los deseos del cliente.
Y tú, hija, eres demasiado… Vas demasiado por libre. A ver, ¿qué es lo que te digo siempre?
Ella suspiró y paseó sus enormes ojos negros por la estancia en penumbra mientras recitaba:
—Que «en una joya es la gema la protagonista y no la mano del joyero».
—¿Por qué?
Esa vez respondió entre dientes:
—Porque «ni siquiera el mayor artista es más hábil que la naturaleza, pretenderlo sería creerse mejor que Nuestro Señor, y eso no es ni humilde ni de buen cristiano».
Al momento, Ágata miró a su padre a los ojos, con una expresión tan sentida que el hombre tuvo que hacer un verdadero esfuerzo para no reírse.
—¡Esa señora vive enajenada, padre!
—«Enajenada». A saber de dónde aprendes esas palabras.
—De los libros de la biblioteca del señor Bereton.
Aurelio enarcó las cejas. Su hija nunca dejaba de sorprenderle.
—¡Lo que nos faltaba! Y sospecho que no le has pedido permiso. Por no hablar de que preferiría que leyeses cosas más apropiadas para tu edad, Ágata.
Ella puso los ojos en blanco. Solía leer textos provocadores y adelantados, otra opción la aburría. De todos modos, no consintió que Aurelio cambiase de tema.
—Padre, a doña Hortensia le encantarán los dibujos que le he hecho a su anillo.
—No los pidió —insistió él.
—Es tan simplona que no sabe ni lo que quiere.
—Ágata.
El joyero estuvo a punto de tirarle de la oreja, sin embargo, al final sonrió y la envolvió con sus brazos, obligándola a apoyar la mejilla contra su pecho. Aurelio Guirado y su hija se pasaban el día discutiendo, pero se adoraban.
—¿Qué voy a hacer contigo, hija?
—Enseñarme, ¿qué si no? ¿Cuándo me dejará ver su cajón secreto?
Aurelio dirigió una mirada inquieta al objeto por el que le preguntaba.
Un poco más a la izquierda de donde se encontraban, al fondo, cerca de su mesa y envuelto por las sombras, se hallaba un precioso arcón de madera oscura y detalles nacarados.
Le había dicho a Ágata que allí guardaba sus diseños y obras más controvertidas, lo cual era cierto.
En parte. Le aterraba el momento en que tendría que compartir con su hija alguno de ellos, especialmente el que le quitaba el sueño cuando pensaba en él.
Aurelio tragó saliva y rodeó a Ágata en un gesto de protección.
—Vamos, padre, me prometió que algún día me lo enseñaría —insistió Ágata, que había nacido con vocación de rebelde.
—Ese día no es hoy.
—¿Y mañana?
—Tampoco.
—¿Cuándo?
Aurelio se rio, fingió que pensaba.
—¿Cuando te comportes como alguien responsable?
—Eso suena muy aburrido —masculló por lo bajo, y enseguida sentenció con franqueza—: Yo lo que quiero es ser la mejor joyera de España, padre.
—«La mejor de España» —repitió revolviéndole el flequillo—. ¡Casi nada!
—Usted es el joyero más famoso de Andalucía y yo soy su hija, así que no puedo ser menos.
Aurelio se carcajeó con su argumentación hasta que su pequeña mostró gravedad en el rostro.
—Padre, lo digo muy en serio, algún día sabré todos sus secretos y haré que nuestro apellido sea conocido en todo el mundo, ya lo verá.
Aurelio rio de nuevo, aunque con cierta amargura. El deseo de su pequeña era imposible por muchas razones, pero su amor por ella era tan grande que no pudo más que permitir que siguiera fantaseando.
—Tú eres capaz de cualquier cosa, hija mía. Aunque solo Dios sabe qué maravillas y calamidades supone soñar tan alto.