Epílogo
Alfonso XII falleció repentinamente por culpa de una despiadada tuberculosis tres días antes de cumplir los veintiocho años.
A la ceremonia en su honor, celebrada en la nueva catedral de Madrid dedicada a la Almudena, la reina María Cristina de Habsburgo-Lorena acudió acompañada por la baronesa de Valdecarros, su amiga y joyera de máxima confianza.
Juntas pondrían el llamado «anillo maldito» al cuidado de la Virgen.
Seis años atrás, Ágata aceptó el encargo de alterar la pieza creada por su padre a fin de que el rey pudiera conservarla.
Decidió reemplazar el ópalo que atormentó la conciencia de Aurelio Guirado por la perla de los barones de Valdecarros para acabar con la maldición que asediaba a las gemas y a todas las familias vinculadas a ellas.
La sortija robada y regalada por Viviana Olivieri dejó de ser la misma, aunque conservaba su esencia de dos piedras.
Ágata engarzó el ópalo en el anillo de pedida en honor a la memoria de su padre y a la de su amigo Velasco.
Arturo y ella no creían en maldiciones, pero sí en el valor sentimental de los objetos.
Desde entonces, Ágata lucía en su mano derecha, ya siempre descubierta, la alianza de su padre en el pulgar, la de su madre en el índice, el ópalo en el corazón y la alianza de casada en el anular.
Libre quedaba el meñique, que era el dedo de medir para los joyeros.
Ágata y Arturo contrajeron nupcias apenas unos meses después de que lo hicieran los reyes de España y se instalaron en Madrid.
La joyera regresó a Málaga brevemente para recoger las pertenencias y liberar al señor Bereton de seguir custodiando la casa y el taller donde los Guirado habían vivido, amado y trabajado con tanta pasión.
Cerraba una etapa habiendo logrado su sueño de infancia: ser la mejor joyera de España.
En la capital, Raimundo continuó siendo la cara visible de la joyería española como Real Guardajoyas; el Barón Tasador siguió siendo la figura más importante de la joyería en las sombras de Madrid, y la joyera de Málaga se convirtió en el nexo entre ambos mundos con el respaldo de sus mecenas: la reina y Lázaro Galdiano, que gracias a su fortuna logró dedicarse por completo al coleccionismo.
La trágica muerte del rey reabrió una herida antigua.
María Cristina le confesó a Ágata que, poco antes de morir, el rey se obsesionó con el recuerdo de su primer amor y le rogó a Raimundo que le permitiera tener el anillo de Mercedes con él durante su convalecencia.
Ágata se preguntó si eso fue lo que firmó su sentencia de muerte.
María Cristina le recordó que no creían en la maldición, pero la reina pensaba que lo mejor que podían hacer era entregárselo a la Virgen de la Almudena, como medida protectora.
Así, la regente le pidió a Ágata que fabricara un receptáculo para guardarlo y que nadie osase llevar puesta esa sortija nunca más.
Porque hay que reparar los errores, pero no olvidarlos.
Tras poner a buen recaudo la joya y encender los cirios tal y como les había indicado el obispo, María Cristina de Habsburgo-Lorena se acarició distraídamente la barriga de embarazada y Ágata Guirado se llevó la mano cargada de anillos a la suya.