Capítulo 2 – La fotografía #3
La casa era modesta y luminosa, con macetas en el alféizar y una mesa de madera en la cocina sobre la que reposaban una jarra de agua y una hogaza.
El olor a pan la desarmó. Comió sin prisa impostada, como quien cumple un rito.
Amalia habló poco; preguntó lo justo, ofreció una manta para la noche, señaló el cuarto pequeño recogido a toda prisa.
“No es mucho, pero tendrás puerta”, dijo, y Aurora se lo agradeció con una gratitud que no supo envolver en palabras.
-¿Tienes dónde buscar trabajo? -preguntó Amalia, sentándose frente a ella con una taza de caldo.
-Sé mecanografiar. Y taquigrafía -respondió Aurora-. En Madrid estaba en una oficina. Puedo coser, limpiar, lo que haga falta.
-Taquigrafía -repitió Amalia, como si la palabra tuviera brillo-. En el Ateneo Mercantil andan necesitando manos para ordenar correspondencia y actas. También hay una oficina de Exteriores improvisando una sección aquí. Puedo preguntar.
-Gracias.
Amalia asintió, satisfecha con la respuesta de ambas.
-Y eso que llevas tan guardado -dijo, señalando con la barbilla el bolsillo interior donde el abrigo abultaba un poco- también te habrá de servir cuando sea su hora. No lo mires como un peso, sino como un lugar.
Aurora apretó sin querer el forro del abrigo. A veces la gente que sabe mirar te desnuda con precisión y sin violencia.
-No sé si es un lugar -dijo-. Es una puerta. Y aún no sé si la abriré.
-Ya lo sabrás -respondió Amalia-. Aquí el tiempo se mide en días sin sobresaltos. Come, y luego descansa. Esta tarde vamos al Ateneo. Hoy reparten listas.
El Ateneo Mercantil era un hervidero. En el vestíbulo, donde antaño se habrían discutido negocios y lecturas, se amontonaban mesas con papeles, sellos de caucho, lámparas de flexo, tinteros custodiados como medicina.
La luz entraba por los ventanales altos y dejaba polvo de oro en suspensión.
Hombres con el gesto aprendiendo a mandar y mujeres con el gesto aprendiendo a no pedir permiso sostenían la estructura invisible de la retaguardia.
Amalia habló con una conocida -Paquita- que apuntaba nombres sin levantar la vista, y Aurora fue guiada hasta una mesa donde un hombre de corbata floja y ojeras hondas hacía de puente entre la burocracia y el día .
-Cuerpo de copia y taquigrafía -dijo Paquita-. Aurora Pérez. Rápida y limpia, de Madrid.
El hombre alzó un momento los ojos y los dejó sobre Aurora con un interés sin curiosidad.
-Mañana a las ocho -dijo-. Si trabajas bien, habrá continuidad. Si no, también, pero será en otra mesa. -Y sonrió con cansancio-. Aquí lo único que sobra es trabajo.
Aurora asintió. El hombre escribió una nota, le puso un sello -el golpe seco de la goma sobre el papel la sobresaltó- y se la tendió.
Al girarse para dejar paso al siguiente, alguien la rozó suavemente por el brazo.
No fue un empujón ni un accidente; fue una advertencia amable de presencia. Se volvió.
El joven diplomático no parecía joven. O quizá su juventud estaba en la mirada y no en los pliegues del traje.
Alto, delgado, con una palidez que no pertenecía al Levante, llevaba el cabello peinado hacia atrás, sin brillantina, y un alfiler discreto en la corbata.
El nudo, bien hecho; las manos, largas, de uñas cuidadas; los hombros, en esa postura de los que han aprendido a escuchar de pie.
Un leve olor a colonia cítrica se mezcló con el de la tinta y el polvo.
-Disculpe -dijo-. He sido yo.
Aurora apartó medio paso, con la cortesía que se reserva a los desconocidos que parecen saber su sitio.
-No se preocupe.
-¿Nueva? -preguntó él, con una voz que no imponía ni pedía, sino que se ofrecía como un puente.
-De Madrid -respondió-. Aurora.
-Esteban -dijo él, y hubo un segundo -pequeñísimo, contado con reloj de bolsillo- en el que a Aurora le pareció que Esteban era el nombre que uno se da para cruzar ríos-. Trabajo en Exteriores. De paso por aquí. Si se queda en el Ateneo, nos cruzaremos.
El comentario no fue una promesa ni una coacción. Fue una posibilidad. Esteban inclinó la cabeza con un gesto mínimo de despedida y avanzó hacia el interior. No llevaba prisa y, sin embargo, su paso tenía la claridad de los que ya saben adónde van.
-Te han mirado las manos -susurró Paquita con media risa-. Eso es buen presagio.
Aurora volvió a casa con Amalia cuando las sombras empezaban a alargarse en la Calle de la Paz.
En el balcón del frente, una joven tendía manteles; en la esquina, un organillo desafinado arrancaba una habanera a una rueda testaruda.
La ciudad respiraba de costado, esforzándose por no mostrar el dolor.
Amalia encendió la lámpara de quinqué y cortó pan.
La vida, en su casa, estaba hecha de actos sabios: reservar media naranja para la mañana, guardar la ropa más cerca del calor, dejar la jofaina lista por si llegaban noticias.
Aurora agradeció esa forma de cariño que no exige confesiones.
-¿Y ese muchacho? -preguntó Amalia con una sonrisa neutral, hija de una paciencia vieja.
-Esteban -dijo Aurora, probando el nombre en la boca-. Diplomático. Parecía de paso.
-Los de paso dejan honduras -sentenció Amalia, y no explicó. No hacía falta.
A la mañana siguiente, Aurora llegó al Ateneo antes que la luz.
El techo alto devolvía el eco de los pasos.
Los primeros nombres atados a funciones despegaron el día: copiadoras, archiveros, matasellos, taquígrafas.
Le asignaron una mesa junto a la ventana.
El papel, dispuesto en pilas que daban sed de orden; las cintas de la máquina de escribir, nuevas; los dedos, listos para obedecer al oído.
Empezaron con correspondencia: oficios, acuses de recibo, cartas a familias.
Aurora, metódica, convirtió el ruido en cadencia. Trabajar le aquietaba la sangre.
Fue en la tercera hora cuando Esteban se acercó con una carpeta de color canela. Saludó a todos con respeto no contagioso -cada cual tenía su guerra- y dejó la carpeta sobre su mesa.
-Podría ayudarnos con esto -dijo, sin imperativos-. Son listados de evacuación y autorizaciones de paso. Conviene que estén listos esta tarde.
Aurora abrió la carpeta. Reconoció inmediatamente la caligrafía de imprenta de las hojas oficiales y el temblor en los márgenes de las notas manuscritas: decisiones tomadas deprisa con letra nerviosa.
Las columnas de nombres eran ríos que pedían desembocar en trenes, camiones, mulas; las autorizaciones tenían el tamaño de una puerta y el peso de una vida.
Su dedo recorrió una línea, sin leerla en voz alta: “Vogt, Ilse - pasaje hacia…” La palabra se desvanecía bajo una mancha de tinta.
“Ilse”, musitó, sin saber por qué el nombre le golpeaba como si viniera de lejos.
-¿La conoce? -preguntó Esteban, atento a esa inflexión involuntaria.
-No. Me ha parecido familiar -mintió. La familiaridad, a veces, no es con la persona, sino con el dolor que su nombre arrastra.
Esteban inclinó levemente la cabeza.
-Hay nombres que regresan -concedió-. Yo sólo me ocupo de que, cuando regresen, encuentren una mesa donde se los escriba sin errores.
Durante las horas siguientes, trabajaron cerca, cada uno en su precisión.
Él entraba y salía, traía y llevaba carpetas, firmaba con una rapidez correcta, se detenía para explicar un matiz, y volvía a desaparecer como presencia pensada para el pasillo.
Ella transcribía, sellaba, grapaba, revisaba con una disciplina que le pareció de pronto una forma de oración.
De vez en cuando, los ojos se cruzaban. No era coqueteo. Era coincidencia.
A mediodía, salieron al patio. Había sombras de parra y bancos de hierro. Esteban sacó de su chaqueta una cajetilla de tabaco; ofreció. Aurora negó con la cabeza. Él tampoco encendió. Se sentaron, dejando entre ambos un hueco suficiente para que cupieran la prudencia y el azar.
-¿Cuánto hace que salió de Madrid? -preguntó Esteban.
-Dos días. Parece un mes.
-El tiempo se estira donde hay riesgo .
-Y donde hay decisiones.
-¿Trae familia? -preguntó con cuidado.
-Traigo una carta -dijo ella, y se sorprendió contándolo-. Una carta con sello y silencio.
Esteban no pidió más. Se limitó a decir:
-Las cartas no son sólo papel. Son direcciones que alguien nos escribe cuando aún no sabemos leerlas.
El comentario la sostuvo por dentro como un andamio.
En ese momento, un mensajero atravesó el patio con el trote de quien no quiere perderse en su propio encargo.
Entregó un manojo de sobres a Esteban, que los miró con el ceño fino de los que hacen cuentas con relojes.
Entre ellos, un telegrama. Esteban lo abrió y leyó sin variar el gesto.
-¿Mala noticia? -preguntó Aurora, sin atrevimiento.
-Noticia -respondió-. Vienen delegados de Madrid. Quieren ver cómo nos organizamos. Y quieren nombres.
-Los nombres pesan -dijo Aurora.
-Los nombres salvan -corrigió Esteban-. O hunden. Por eso conviene escribirlos bien.
De camino a las mesas, Aurora notó algo en la muñeca de Esteban cuando él subió la manga para ajustarse el puño de la camisa: un trazo de tinta, no grueso, no vistoso.
Podía ser una mancha. Podía ser un tatuaje tibio.
Dos letras, quizá. La mirada acudió sola.
Esteban lo advirtió y, por primera vez, la observó con una franqueza sin defensa.
-Lo hice de crío -dijo, mostrando el pulso apenas-. Una fanfarronada. E. M.. No significa gran cosa.
Aurora, con la cabeza, dijo que entendía.
Por dentro sintió que una línea se trazaba, de esas que los mapas sólo muestran después de mil leguas andadas.
E. M. Dos letras que -en otra ciudad, otro tiempo- un negativo registrarían como indicio.
Allí, en Valencia, no eran más que un dibujo antiguo, un capricho de juventud.
El destino trabaja con materiales pobres.