Capítulo 2 – La fotografía #2
Regresó a la mesa con otra urgencia: situar el tiempo.
Si podía fechar la foto, el rompecabezas ganaría contornos.
La moda de los abrigos, el corte de las solapas, el ancho de las corbatas podían ayudar, pero ella no confiaba en la especulación estética sin respaldo.
Buscó en los cajones y encontró la libreta de hule.
En una página, entre listas de la compra y teléfonos a medias, Aurora había anotado: “Café - Varenne - invierno 41/42”.
Valeria sintió algo parecido a un alivio feroz.
Ese rango estrechaba no sólo el año, sino el contexto: París ocupado.
El gesto de los cuerpos en la foto adquirió, bajo esa capa invisible, otro peso: no era sólo una terraza; era un espacio bajo vigilancia.
La palabra ocupación introducía otra pregunta: ¿qué hacía Aurora en París en 1941?
Valeria ya conocía parte de la respuesta: huir.
Lo había contado -a trozos, con saltos- en tardes generosas.
Pero huir y permanecer son movimientos distintos.
Y en la foto, Aurora no parece de paso: está en escena.
Con alguien que la rodea con un brazo. Con alguien que fuma cerca.
Con un fotógrafo que sabe dónde apuntar.
Dejó la lupa, se frotó los ojos y se permitió un café ahora sí, para espantar el hormigueo de las sienes.
Mientras la cafetera susurraba, observó de nuevo la imagen.
El hombre del cigarrillo -que podría ser Eduardo o no serlo- llevaba el cabello peinado hacia atrás, un mechón rebelde cayéndole sobre la frente; los zapatos, bien lustrados pero con el borde gastado; el abrigo, quizá demasiado fino para ese invierno.
Aurora, en cambio, llevaba guantes. Detalles.
Migas. Valeria se reconoció en ese oficio de perseguir indicios mínimos hasta que ceden.
Por un segundo, casi sonrió: su madre la había entrenado para esto sin decírselo.
El timbre la sacó del bucle. Esta vez no era Carmen. Al abrir, encontró al hombre del abrigo gris del funeral, sin sombrero, con el mismo gesto de discreción que confunde. Traía en la mano un sobre pardo.
-Perdone la intromisión -dijo-. No quise molestarte ayer. Me llamo Leandro. Fui compañero de su madre en Exteriores. Ella… -buscó la palabra- deseó que, llegado el momento, tuviera usted esto también.
El corazón de Valeria se apretó como si un puño tomara de golpe el ritmo. Leandro: una L. posible. Lo hizo pasar. Él no miró la casa, no dejó que la curiosidad lo desorientara. Tomó asiento en el borde de la silla, con esa compostura de los hombres que han vivido la mitad de su vida midiéndose.
-No quiero quedarme -añadió-. Sólo cumplo.
Le tendió el sobre. Dentro, dos copias de la misma fotografía que Valeria tenía sobre la mesa -otra tirada del taller de Varenne- y un recorte pegado a una cartulina: “Arresto en la Rue des Écouffes. Documentos falsos requisados.” Le acompañaba la fecha: enero de 1942.
-Su madre -dijo Leandro, como si cada palabra hubiese sido ensayada- me pidió que, si un día la veía con el acta en las manos, le entregara la foto. Dijo que usted sabría leer lo que hay y lo que falta.
-¿Quiénes son? -preguntó Valeria, sin aliento.
Leandro miró la imagen otra vez, con una nostalgia que no era todo dolor: también reconocimiento.
-El de la izquierda -el hombre del traje- se llamaba Esteban en aquella época. No le puedo jurar que fuese su nombre. El otro… -su dedo señaló al del cigarrillo- tenía varios. Uno de ellos era Eduardo.
El mundo pareció encajar, y, al mismo tiempo, abismarse. Dos nombres, dos hombres, dos posiciones. Valeria pensó en las letras tatuadas del negativo y en el sello E. del lacre. Pensó en la inicial L. de la carta de París. Leandro. La L. que certificó el acta en 1949.
-¿Usted es la L.? -se atrevió.
Leandro sonrió sin vanidad ni misterio .
-Soy una de ellas -dijo-. No fui el único que envió papeles desde París. Pero sí, esa carta es mía.
Se levantó, como si no quisiera que el tiempo se abriera demasiado.
-Su madre fue una mujer valiente. Y prudente. No siempre esas dos cosas caminan juntas. -Miró de reojo el portafolios-. Si va a seguir, vaya con cuidado. En Berlín aún quedan quienes prefieren que los papeles sigan dormidos.
No dio más explicaciones. Valeria lo acompañó a la puerta.
Al cerrar, apoyó la espalda en la madera y dejó que el aire hiciera su trabajo.
Tenía en la mesa una foto, un negativo con iniciales, un recorte con un arresto, un hombre con un nombre múltiple y otro con un nombre tatuado.
Tenía, además, algo más difícil de nombrar: la sensación de que la imagen no sólo mostraba, sino que velaba.
Que lo importante, quizá, estaba en la distancia entre los cuerpos, en la mano que sujeta, en la otra que fuma sin mirar, en el ángulo de los hombros, en la forma en que la sombra del toldo cae sobre el borde del vaso.
Tomó el lápiz y escribió el esqueleto de lo que sería su carta de navegación:
Fechar con precisión la foto (buscar registros del estudio Varenne en París XIe, invierno 41/42).
Identificar a Esteban (¿alias? ¿E.M. tatuado?).
Confirmar si Eduardo es el hombre del cigarrillo (cruzar con acta y con recorte de arresto).
Entrevistar a Leandro con tiempo (preguntas concretas; pedir otros nombres L. de la red).
Viajar: París antes que Berlín. Buscar Rue des Écouffes.
La tarde había avanzado sin pedir permiso.
En la calle, un organillo desafinado insistía en una melodía.
Valeria guardó los negativos en fundas nuevas, numerándolos; plastificó las copias; devolvió la caja de hojalata a su sitio -no por ocultarla, sino por respeto a la trastienda que había sido-.
Luego se quedó mirando la fotografía inicial, la triangular, la que desde el primer segundo había llamado con una voz sin garganta.
La miró hasta que las formas se deshicieron en grises y su madre dejó de ser un rostro para convertirse en una voluntad: la de no rendirse nunca a la versión más cómoda de los hechos.
Se sirvió el café ya frío, lo bebió como se beben las decisiones, sin azúcar, y se puso el abrigo.
Antes de salir, guardó una copia de la foto en el bolso, junto con el papel manuscrito de Aurora.
Cerró la puerta. En el rellano, la luz amarilla de la bombilla hacía sombra en los peldaños.
Bajó despacio, sabiendo que iba a empezar por lo visible para llegar, con suerte, a lo oculto: una imagen velada que, vista desde el ángulo correcto, devuelve el contorno de una vida.
En la calle, Madrid tenía brillo de cuchillo limpio. Valeria miró hacia el cielo sin paisaje, apretó el bolso contra el cuerpo como quien siente latir a través de la tela, y caminó hacia la primera cita que no había concertado aún: la ciudad de las fotografías.
1936: Primer encuentro (Valencia)
El camión se detuvo a las afueras de Valencia cuando el sol ya arrancaba destellos metálicos a los raíles del puerto.
El aire estaba cargado de sal y de humo de carbón, y tenía ese regusto a fruta madura y a aceite caliente que anuncia la proximidad de un mercado.
Aurora descendió con las piernas entumecidas y una determinación discreta que la mantenía erguida.
Llevaba la carta en el bolsillo interior del abrigo -la “E” del lacre humillada por la costura-, la maleta pequeña con lo imprescindible y una dirección copiada en un papelito arrugado: Calle de la Paz, número 14, tercer piso.
Una prima lejana, decía el plan; en realidad, un nombre prestado por una vecina que conocía a otra, y así hasta formar un hilo de confianza delgado como una hebra.
Las retaguardias se tejen con remiendos.
El conductor les deseó suerte a los pasajeros con un gesto levantado del mentón, y cada cual se dispersó hacia su urgencia.
El puerto rugía: grúas que chirriaban, marineros de mangas enrolladas, consignas gritadas por hombres que empujaban fardos, y un silbido agudo que parecía llamar al orden a una ciudad empeñada en mantener cierto pulso de normalidad.
Valencia sabía poner flores en mitad del ruido.
Aurora caminó por la Avenida del Puerto dejando que la marea de voces la arrastrara sin perder su propósito.
Un vendedor ambulante ofrecía mandarinas brillantes como monedas nuevas; una mujer con delantal colgaba sábanas en una terraza alta; un chico con periódicos bajo el brazo voceaba titulares que mezclaban frentes y esperanzas.
Los letreros, con su caligrafía altiva, le parecieron de pronto una guirnalda de invitaciones: Mercería, Sastrería, Café, Telégrafos.
Se aferró a esa idea para acallar la punzada que le subía desde el estómago: el miedo, cuando se reconoce con nombre propio, aprende a sentarse a tu lado.
Hizo la mitad del trayecto a pie. El resto, en un tranvía que tintineaba como vajilla.
La Calle de la Paz la recibió con sus fachadas elegantes, balcones de hierro trabajado y hojas de plátanos de sombra que se movían apenas, como abanicos discretos.
El número 14 era un edificio con portón de madera y picaportes bruñidos.
Dentro, el zaguán olía a cera y a agua reciente.
Subió las escaleras midiendo el esfuerzo: cada tramo le recordaba que su cuerpo también tenía memoria y cansancio.
Tocó. Abrió una mujer de unos cincuenta, rostro amable y firme, un delantal atado con un lazo exacto.
-¿Aurora? -preguntó, con la seguridad de quien, sin conocer, reconoce-. Pasa, hija. Soy Amalia.