Capítulo 2 – La fotografía
El día después del funeral amaneció con una claridad impasible, de esas que parecen limpiar los bordes de las cosas sin atreverse a tocar el fondo.
Valeria se levantó temprano, espantada por el vértigo de una casa demasiado silenciosa y por la certeza, clavada como una chincheta en el centro del pecho, de que la ausencia empieza a trabajar en cuanto uno abre los ojos.
Puso agua a calentar, recogió el cabello en una coleta rápida y, sin sentarse a desayunar, decidió afrontar lo inevitable: ordenar.
No era sólo una tarea. Era, en su manera obstinada de habitar el mundo, un rito de restitución.
Volver a dar nombre a los objetos, asignarles una ubicación, separarlos para que cupieran en una vida sin Aurora.
Empezó por el salón; retiró el cenicero vacío, lavó las dos tazas que habían quedado en el fregadero, dobló con cuidado la mantita de cuadros que su madre se echaba sobre las rodillas en enero, cuando el radiador no bastaba.
Luego, como si hubiese elegido la sala para no entrar aún en la habitación de Aurora, abrió el aparador de madera oscura.
Las bisagras protestaron con un quejido breve.
Dentro, cajones intactos: servilletas con vainica, sobres amarillentos, un joyero humilde con un camafeo resquebrajado.
Y, en el fondo del tercer cajón, casi escondida bajo un mantelito de encaje, una caja de hojalata con flores pintadas y una abolladura en la tapa.
La levantó con dos dedos, tanteando el peso; adentro sonó un leve chasquido, el desplazamiento de papeles contra papeles.
La llevó a la mesa y, antes de abrirla, respiró hondo, como hace quien se prepara para un olor dormido.
No olía a naftalina ni a humedad -un pequeño milagro-, sino a papel envejecido, a tinta seca, a ese perfume que tienen los recuerdos cuando han esperado demasiado para ser convocados.
Dentro había postales sin sello, entradas antiguas de cine, dos pañuelos de seda, un recorte de periódico con un titular subrayado (“Bombardeos sobre Berlín”), y un manojo de fotografías en blanco y negro, sujetas por una goma que se deshacía al roce.
Valeria las liberó y dejó que la primera cayera sobre la mesa.
La imagen, de bordes dentados, mostraba una terraza de café: mesas de hierro, sillas trenzadas, toldos rayados, un árbol pelado, un rótulo a medias: “-rquet-rie”.
Al frente, tres figuras: Aurora, joven, con un abrigo claro y los labios pintados; a su lado, un hombre de traje oscuro que le rodeaba la cintura con naturalidad; un poco detrás, otro hombre, más alto, de rasgos angulosos, sosteniendo un cigarrillo entre los dedos.
Valeria supo -no por datos, sino por la punzada en el centro de la lengua- que ese segundo hombre era el foco alrededor del cual giraría el resto.
No había fecha en el reverso. Tampoco lugar.
Sólo el papel desnudo y una sombra de tinta que pudo ser el intento de una firma borrada por un gesto o por el tiempo.
Aun así, la escena respiraba París. No era sólo el toldo, ni la tipografía del rótulo, ni la solaridad rara que tienen las fotografías tomadas en inviernos claros; era el aire entre las personas, esa distancia urbana y cercana a la vez que Valeria había sentido en sus viajes como reportera a la capital francesa.
París es un gesto en las manos y en los hombros, un modo de estar sentados.
Apoyó el índice en el borde de la fotografía para no tocar las figuras con la grasa de la piel.
Había, en la colocación de los cuerpos, un triángulo que la intrigó: el hombre del traje que sujeta a Aurora; Aurora, que mira de frente a la cámara, seria pero no tensa; y el hombre del cigarrillo, medio paso atrás, como si se hubiera detenido en ese instante incierto en que uno decide si entra en una foto o deja que el tiempo lo pase de largo.
-Eduardo -dijo Valeria sin sonido, probando el nombre que el acta había traído a su mesa el día anterior.
La sílaba no golpeó la imagen; la rozó. Quizá, pensó, porque en las fotografías la verdad no se deja pronunciar: sólo se insinúa.
Llevó la foto hacia la ventana, inclinándola para que la luz de la mañana revelara el grano, las imperfecciones, el leve arañazo sobre el hombro del hombre del cigarrillo.
En el borde inferior derecho, casi escondido, un sello seco emergió bajo el ángulo adecuado: “Photographie A. Varenne - Paris XIe”.
Un rastro. Un taller. Una calle posible.
Volvió a la mesa y, obedeciendo a esa formación minuciosa que Aurora le había inculcado en las salas de lectura: “lee primero la escena, luego los márgenes, después el envés”, examinó las otras imágenes.
En una, su madre posaba sola, junto a un puente, el pelo sujeto en un moño apretado; en otra, se veía un grupo numeroso a la salida de lo que parecía un ministerio, cada cual con su abrigo, su prisa, su confianza teatral en la costumbre.
En ninguna, el hombre del cigarrillo. Sólo en la primera, la triangular, la presencia se manifestaba con discreción obstinada.
No recordaba haber visto esa fotografía antes, y eso la sobresaltó.
Se consideraba dueña del archivo emocional de la casa; había repasado muchas veces los álbumes, había ordenado cajones, había sido niña curiosa y adulta sensible a los rastros.
Que la foto apareciera ahora, en la caja de hojalata, significaba dos cosas: que Aurora la había ocultado deliberadamente, o que la casa seguía guardando sorpresas como trampillas secretas.
Ambas opciones la atraían y la enfurecían a la vez.
Tomó una lupa pequeña -un regalo de un colega de la redacción- y se inclinó sobre los rostros.
El hombre del traje que rodeaba a Aurora era distinto del del cigarrillo: mandíbula más blanda, nariz recta, ojos que evitaban la cámara con una cortesía tímida.
El del cigarrillo, en cambio, miraba un poco hacia abajo, como si dudara del derecho de quien fotografía a capturarlo.
Su traje era más gastado en los codos, la corbata, más estrecha.
En el dedo anular izquierdo no llevaba alianza.
Valeria no supo por qué ese detalle la atravesó.
Anotó en el cuaderno: “Hombre A (brazo en Aurora). Hombre B (cigarrillo). ¿Cuál es E.?”
El piso respiraba con ella. La luz había ganado claridad, se abría paso por entre las cortinas con la insistencia de un vidrio que se limpia.
En la radio, una voz hablaba de pactos y de escaños; la apagó.
El mundo podía seguir su curso; el suyo, de momento, transcurría entre una caja de hojalata y una intuición.
El teléfono sonó. Carmen, la vecina, preguntó si necesitaba algo del mercado.
Valeria agradeció y dijo que no. No quería salir de esa especie de territorio arqueológico en el que cada gesto era un descubrimiento.
Colocó la fotografía en el centro de la mesa, la aseguró con dos pesos -un salero y el cenicero vacío- para que no se curvara, y buscó en la agenda de su madre: “Varenne”.
Nada. Probó un índice de estudios fotográficos que guardaba para sus reportajes; tampoco.
París XIe, sin embargo, estrechaba el mapa.
Rue de la Roquette, Boulevard Voltaire, Avenue Parmentier: nombres que poblaron su cabeza con la familiaridad de las ciudades que se han amado a distancia.
La puerta del armario del salón, que alineaba vajillas y manteles con la disciplina severa de Aurora, miraba muda hacia ella.
Valeria se levantó, movida por una corazonada, más que por un plan.
Abrió el batiente inferior. Detrás de una bandeja de alpaca, encontró un sobre alargado de papel fotográfico.
Dentro, tiras de negativos envueltas en papel de seda.
El crujido leve del celofán le produjo una emoción infantil y profesional a la vez: esa mezcla de juego y rigor que había sentido las primeras veces que reveló imágenes en el laboratorio del periódico.
Se acercó a la ventana, dejó que la luz pasara a través de los negativos y los pegó, con dos trocitos de cinta, al cristal.
Allí estaban: la terraza del café desde otros ángulos; Aurora sola, más cerca, más lejos; el hombre del traje apoyado en la barra interior; y, en una de las tiras, el hombre del cigarrillo entrando en cuadro, desenfocado, como si no hubiese sido convocado por el fotógrafo, sino por el azar.
Aquella casualidad, o esa apariencia, la convenció de algo: la presencia verdadera casi nunca se anuncia.
La revelación más íntima, sin embargo, no vino del rostro, sino de un detalle secundario: en el negativo donde el hombre del traje se inclinaba hacia el camarero para pagar, la mano que sostiene la cartera muestra, en el interior de la piel, un tatuaje minúsculo: dos letras, E.
M. Valeria sintió que la sangre se le aceleraba, no por la certeza -las letras podían pertenecer a cualquiera-, sino por la posibilidad.
Tomó nota, trazó a lápiz un círculo: “E.M. en muñeca Hombre A”.
Y entretanto, otra idea se abría paso con la paciencia de la fiebre: “¿Y si E. no es el del cigarrillo, sino el del brazo?”
Se apartó un instante para que el cuerpo cooperara con el pensamiento.
Abrió la ventana, dejó que el aire frío le limpiara la cara, y al cerrarla se vio reflejada -doble- en el vidrio: su silueta superpuesta a las sombras de París en negativo.
A su espalda, la habitación de Aurora, con la cama tendida y los libros en su sitio, parecía esperar una decisión.
Le habló a la casa como se habla a alguien querido que finge dormir: “Voy a entenderlo, mamá.”