Capítulo 2 – La fotografía #4
La tarde volvió a doblarse en trabajo. En la esquina de la mesa de Aurora, una pila de cartones de racionamiento aguardaba sellos; al lado, listas de embarque; en el suelo, cajas con fichas alfabéticas.
El Ateneo, al caer el día, parecía una colmena que hubiese aprendido a leer.
Cuando cerraron, Esteban se despidió con un apretón de manos que fue más un reconocimiento que un protocolo.
-Mañana -dijo-, si no hay bombardeo.
-Mañana -repitió ella.
Camino de casa, Aurora miró el cielo donde las gaviotas describían círculos torpes.
En el bolsillo, la carta latía con una presencia educada.
Al llegar al edificio, en el portón, dos hombres discutían en voz baja; uno dijo un nombre que Aurora aún no sabía que recordaría años después: Leandro.
Subió sin detenerse. Amalia la esperaba con un plato de arroz y una conversación corta.
“Lo has hecho bien”, dijo, sin testigos.
Aurora sonrió como sonríen los que guardan cansancio y gratitud a partes iguales.
Las semanas siguientes siguieron el curso de los días que se parecen y, sin embargo, no se repiten.
Aurora y Esteban compartieron pasillos, pilas de papeles, silencios que no eran incomodidad, sino oficio.
Él le enseñó a leer los sellos como si fueran poemas: consulado, prefectura, aduana; ella le enseñó a distinguir, en las cartas, la mentira piadosa del dato útil.
En una ocasión, al revisar una lista de evacuación, Esteban señaló un nombre y dijo:
-Este no llegará. Tiene doble marca.
-¿Doble?
-Sí. Una mano quiere salvarlo, otra quiere contarlo. Cuando las marcas se pisan, el papel se rompe en el medio.
-¿Y entonces?
-Entonces buscamos tercer papel.
La frase se le quedó incrustada. Tercer papel.
Como tercera vía, tercera orilla, tercera vida.
Una tarde de domingo, Esteban le habló de París sin alardes.
“Ciudad de cafés y de piedras que escuchan”, dijo.
Aurora pensó en fotografiar los dos sustantivos y guardarlos en un sobre.
No dijo que la carta que llevaba en el abrigo olía a cera parisina.
No dijo que a veces la rozaba con las yemas como quien palpa una grieta para medir su hondura.
El primer bombardeo que les rozó les enseñó a bajar la cabeza sin perder la línea de una frase.
Las sirenas parecían animales antiguos heridos.
Aurora bajó al sótano del Ateneo con la carpeta de autorizaciones abrazada al pecho; Esteban, a su lado, le hizo un hueco entre dos cajas.
Allí, la vida se redujo al latido del miedo y al olor de la cal húmeda.
Cuando cesó, subieron como quien renace por escalera.
En el vestíbulo, una grieta nueva cruzaba la pared.
Nadie la señaló. Al volver a sentarse, Esteban dijo:
-En tiempos así, lo más valiente es seguir, Aurora.
-Seguir -repitió ella-. Y apuntar bien los nombres.
Quizá por eso, cuando a finales de mes Esteban tuvo que volver a Madrid con urgencia y pasó a despedirse, Aurora lo escuchó con atención exacta. Él dejó sobre su mesa una hoja con una dirección escrita con caligrafía de colegio.
-Si en algún momento la carta que guardas te lleva a París, busca este estudio: Photographie A. Varenne - XIe. Dile que vas de mi parte. No te preguntará nada. Te hará tres fotos y te dará cuatro papeles. Ninguno será el verdadero, pero abrirán puertas.
-¿Por qué me ayuda? -preguntó Aurora, sin reproche.
Esteban sostuvo su mirada sin dramatismos.
-Porque una vez alguien me ayudó a mí -dijo-. Y porque los pasos que damos a tiempo salvan a otros fuera de tiempo.
No hubo promesas ni citas. Un apretón de manos, una inclinación de cabeza, la certeza silenciosa de que los encuentros que importan no necesitan retoques.
Esteban salió por el pasillo con el mismo paso claro con que había entrado aquella primera tarde.
Aurora guardó la dirección junto a la carta del lacre. Dos puertas juntas.
Esa noche, en el cuarto pequeño, encendió la vela y sacó la carta.
La sostuvo a contraluz. El lacre, con su E elegante, parecía un ojo antiguo que la mirara sin juzgar.
No la abrió. Apoyó la tarjeta de Esteban sobre el sobre, como si así, al dormir, dos geografías se reconocieran: Valencia y París.
Antes de apagar, escribió tres palabras en el margen del papel donde anotaba todo: “Primer encuentro. Puentes.”
Se durmió con el rumor del puerto entrando por la ventana, y, en el sueño, una terraza de café se dibujó bajo un árbol pelado.
Había un hombre con un cigarrillo, un fotógrafo que enfocaba y una mujer -ella- que aprendía, sin saberlo, a no preguntar en voz alta y a llevar, cosidos al forro del abrigo, los mapas necesarios.
Carta desde París (1939)
El sobre era de un beige ya casi ámbar, con los bordes suavizados por un uso discreto.
No estaba lacrado -quizá lo estuvo y alguien, con el cuidado de quien no quiere dejar huellas, retiró la cera-, pero conservaba, en la esquina inferior, una mancha circular rojiza como una ausencia.
En el anverso, a pluma, una caligrafía elegante: “A. P.” y una dirección que Aurora ya no tenía cuando Valeria la leyó: Rue du Faubourg Saint-Antoine, 147, Paris XIe.
En el reverso, la fecha: diciembre de 1939.
Y dos sellos: uno francés, con Marianne mirando al futuro; otro, oblicuo, con la palabra “Contrôle”, que denotaba una censura tímida, todavía en sus primeros tanteos.
Valeria colocó el sobre bajo la lámpara, como hiciera la víspera con el acta, y dejó que la luz sacase a la superficie el relieve de las fibras.
Dentro, doblada en tres, la carta. Al desplegarla oyó el susurro de la tinta seca, ese crujido pequeño que emiten los documentos cuando vuelven a respirar.
El papel, de gramaje medio, llevaba en el membrete una silueta casi borrada: Café de la Roquette.
Abajo, a la derecha, en el margen, había unas iniciales: L. y una rúbrica contenida.
Valeria leyó:
París, 12 de diciembre de 1939
Aurora,
He esperado varios días antes de escribirte.
La ciudad nos enseña que el silencio, bien administrado, es una moneda más útil que el pan.
También que cada palabra que sale de nosotros puede convertirse en un objeto contundente en manos ajenas.
Por eso te suplico que, si decides conservar esta carta, lo hagas entera y no por pedazos; no se deben guardar las llaves separadas de su cerradura.
Hemos llegado -no como llegan los que arriban a puerto con bautismos de champán, sino como llegan los náufragos: con las manos en el borde y la mirada buscando una tabla.
París no se da del todo; se ofrece y se retira en la misma tarde.
Hay cafés que todavía sirven la ilusión de la costumbre, y calles donde los pasos suenan a ensayo.
Trabajo donde puedo; ya sabes -no hace falta decirlo- que mi ocupación oficial admite variaciones según el ojo que la mira.
Si algún día me preguntas qué hago, responderé lo mismo que me digo a mí mismo cuando me interrogo sin compasión: sostener papeles para que no se los lleve el viento.
Fui hasta el taller que te describí en mi última nota.
Allí, el hombre de los negativos me habló sin mirarme, con esa delicadeza que tienen los que aprenden a no delatar con los ojos.
Me pidió tres veces tu nombre y yo le di tres veces el mismo.
No por fidelidad; por estrategia. Al final, lo aceptó tal cual.
Si algún día cruzas el puente y decides venir, pregunta por Varenne en el XIe.
No pronuncies tu nombre en voz alta si no estás sola.
Deja que la tinta trabaje por ti. Él sabrá.
Ayer, en el Marais, vi un quiosco donde un hombre vendía postales con puentes.
Compré una, no por el dibujo sino por el gesto: hay que aprender a cruzar sin mirar abajo.
Sería tonto negarlo: he pensado en ti. El frío se instala en los huesos cuando uno empieza a contar días sin respuestas.
La ciudad lo compensa -un poco- con su obstinación de seguir encendiendo luces a la misma hora.
E. me preguntó por ti. Sí, así, con una inicial, como si supiera que los nombres son ya demasiado pesados para llevarlos en los bolsillos.
Lo vi en un café del Boulevard Voltaire.
Llevaba el abrigo más fino de lo que recomienda la estación.
Fumaba sin prisa. Tiene una manera de inclinar la cabeza que confunde porque parece consuelo y es cálculo.
No te asustes de mis palabras: sigo creyendo en su capacidad para sostener la verdad en circunstancias adversas.
Pero conviene no olvidarlo: hay hombres -y E.
es uno de ellos- que han hecho del margen su morada.
No te cruces con él si estás sola. Y si te cruzas, no aceptes que te hable de puentes. Hay puentes que no llevan a ninguna orilla.
Ilse ha cambiado de pensión. Dice que el espejo de su cuarto le devolvía una cara que no reconocía.
Yo le he dicho que no es el espejo: es el tiempo que hace su trabajo.
Se ríe como si la risa fuera todavía de su propiedad.
Me ha pedido, por cierto, que te envíe un recado: no vuelvas al puente (sabrás cuál).
Ella cree que todo lo que se ha dicho allí ya fue escuchado por quien no debía.
Sé que en Valencia trabajas, que pones en fila los nombres con una diligencia que me hace pensar que la vida te eligió para anotar.
No subestimes ese don. Quien nombra sostiene.
Quien sostiene, salva. He recordado -lo hago a menudo- la tarde del Ateneo en la que tu pluma se negó a transformar una “S” en “Z” a pesar de la orden.
Me pareció de una lealtad casi insolente.
Desde entonces supe que, si alguna vez necesitaba que alguien escribiera mi verdad en una mesa, esa persona tendrías que ser tú.