Capítulo 19
SHIO
Los documentos ya no están sobre la mesa.
Sabe algo. O al menos lo sospecha. O quizá es la persona más cuidadosa que he conocido en mi vida y ha decidido que la precaución con la mujer con la que se está acostando es mejor que la confianza.
En cualquier caso, lo que tengo hasta ahora no es suficiente.
Tengo el esquema de la offshore, las autorizaciones con las iniciales JI.
Las cuentas en Singapur y Hong Kong. Pero me falta la pieza que conecta a Igarashi directamente con los Mishio: los mensajes donde negocia con el clan rival a espaldas de Kōzō.
Sin eso, las pruebas muestran blanqueo de capitales, pero no traición.
Y blanqueo sin traición no destruye a Igarashi.
Me destruye a mí y quizá a Azusa de rebote.
Los mensajes están en su móvil. Lo sé porque la he visto responder correos de Igarashi a las once de la noche. He visto el nombre de Igarashi parpadear en la pantalla de bloqueo mientras dormía.
Su móvil es el único acceso que me queda. Y esta noche voy a cogerlo.
***
Llegamos al penthouse a las nueve. Lo de siempre.
Algo de trabajo, whisky, mucho flirteo. La rutina que hemos construido en los últimos días: dos mujeres sentadas en el suelo de un apartamento de Roppongi, con un portátil entre ellas, resolviendo un rompecabezas que las dos entienden desde ángulos opuestos.
Después hacemos el amor en su cama, con la ciudad mirando desde el ventanal.
Es lento esta noche. Cuidadoso. Ella me toca con una atención que se parece a una disculpa, aunque no sé de qué se está disculpando.
Le beso el dragón en su espalda. Cada escama.
Llego al punto donde la tinta se detiene y sigo besando la piel vacía, la parte que nunca fue tatuada, la parte que espera. Ella tiembla cuando lo hago.
Cuando la toco, me concentro en aprenderla. En guardar en mi memoria la presión exacta que la hace cerrar los ojos, el punto donde mi lengua la hace agarrar la sábana, el gemido largo que deja escapar cuando llega al orgasmo.
—Shio —suspira cuando mis labios besan su cuello y es algo tan vulnerable que la culpa me atraviesa como un cuchillo.
Porque me imagino que esta es la última vez. Esta noche la estoy memorizando porque mañana podría no quedar nada.
Después, tumbadas. Su respiración se ralentiza. Su mano sobre mi cadera se afloja y se duerme con la boca contra mi hombro.
Espero.
Cuento los minutos. Diez. Veinte. Treinta. A las dos y media, su respiración es profunda y regular. La mano que tenía en mi cadera ha caído sobre el colchón, los dedos abiertos, relajados.
Su móvil está en la mesilla de noche, a su lado. Boca abajo. Cargando.
Me muevo despacio, desnuda, los pies descalzos sobre el parquet no hacen ruido.
Cojo el móvil. Lo giro y la pantalla se ilumina. El código de desbloqueo es 4719. El mismo que usa para la puerta de Hagure. He visto cómo lo teclea un montón de veces. Cuatro. Siete. Uno. Nueve.
La pantalla se abre.
Correo. Mensajes. Contactos. Calendario.
Aplicaciones bancarias. Notas. Todo. Toda la vida digital de la heredera de un poderoso clan en la palma de mi mano.
Podría copiar los contactos del clan entero.
Podría fotografiar las cuentas bancarias de Onuki Holdings.
Podría acceder a los correos de Kōzō que ella reenvía a su carpeta personal.
Podría destruir al clan Onuki desde este teléfono, esta misma noche, en quince minutos.
Tengo un arma nuclear en las manos. Treinta centímetros separan el teléfono de la cara de la mujer que confía en mí.
Escucho su respiración. Huelo su pelo. Si se despierta ahora, me verá de pie en la oscuridad con su móvil desbloqueado y sabrá exactamente lo que estoy haciendo y lo que soy.
Mi vida no valdría nada. Quizá no valga nada a partir de ahora en cualquier caso.
Las manos me tiemblan, pero lo hago de todos modos. Porque mi padre se levantaba a las cuatro de la mañana para hacer caldo y Igarashi le destruyó en seis meses y eso no se arregla con besos ni con sábanas de algodón egipcio, ni con orgasmos.
Abro la carpeta de correo. Hay una subcarpeta sin etiqueta, solo con dos iniciales: “JI”. La abro. Cuarenta y tres elementos, y no son correos: son capturas, reenvíos, pantallazos de conversaciones que alguien lleva meses enviándole a Azusa. Hisako, casi seguro.
Lo entiendo antes de seguir leyendo: Azusa está vigilando a Igarashi desde mucho antes de que yo llegara a Tokio.
Los más recientes hablan de la operación en Shinjuku, de los dos muertos, de los Mishio.
Y ahí están: capturas de una cadena de mensajes entre Igarashi y un contacto identificado solo como "TS-K" que solo puede ser Mishio.
Negociaciones. Términos. Territorios. Igarashi ofreciendo información interna del clan Onuki a cambio de un acuerdo de no agresión en Shinjuku.
Traición pura, en texto, con fechas y horas, fotografiada por alguien que ha entrado en el teléfono del wakagashira sin que él lo sepa.
Aprieto los botones de volumen y bloqueo a la vez. Captura. El obturador suena diminuto en el silencio del penthouse pero a mí me suena como un disparo. Azusa no se mueve. Repito. Y otra vez. Seis veces en total.
Mi propio móvil está en la mesilla de mi lado de la cama, donde lo he dejado antes de dormir.
Llevo días trayéndolo al dormitorio. Ahora ya no se molesta en pedirme que lo deje a la entrada.
Una pequeña concesión que esta noche le va a costar caro.
Lo cojo. AirDrop. Las seis capturas saltan del móvil de Azusa al mío en cuatro segundos.
Borro las capturas de su galería. Borro la papelera.
Lo que no puedo borrar son los logs del sistema, y eso lo sé.
Lo hago de todos modos porque no tengo tiempo de hacerlo más limpio.
Tiemblo igual que aquella primera noche, cuando estuve de pie en el salón con los documentos delante y no me atreví a coger mi teléfono.
Esta noche es peor porque estoy a treinta centímetros de la mujer que me ha abierto su casa, su restaurante, su cama y su cuerpo, y estoy robándole el teléfono mientras ella duerme desnuda junto a mí.
Seis capturas de los mensajes sobre Igarashi. Solo eso.
No copio los contactos. No fotografío las cuentas. No toco los correos de Kōzō. No toco nada que pueda destruir a Azusa o al clan entero. Tengo acceso a todo y elijo copiar solo lo que necesito para destruir a Igarashi.
Solo a Igarashi.
Es una elección consciente. Con el arma nuclear en las manos, elijo disparar con un fusil. Elijo proteger a la persona que duerme a mi lado. Elijo la precisión sobre la destrucción. Elijo la venganza de mi padre sobre la aniquilación del clan que lo mató.
Es la elección más importante que he hecho en mi vida.
Y no sé si me hace mejor persona o peor traidora.
Cierro el correo. Bloqueo el teléfono. Lo dejo en la mesilla, boca abajo, cargando. Justo como estaba. Vuelvo a la cama y me meto bajo las sábanas. Su cuerpo busca el mío en sueños, su mano sube a mi cadera, se pega a mi espalda.
Su aliento en mi nuca.
No duermo. No puedo hacerlo. Todavía estoy temblando.
Me quedo tumbada con los ojos muy abiertos, mirando la luz de Tokio en el techo, contando las respiraciones de Azusa contra mi espalda, sintiendo las fotos en el móvil que tengo a mi lado arder como si las seis capturas pudieran incendiar el penthouse.
A las seis de la mañana suena su teléfono.
Azusa se mueve. Se despierta. Coge el móvil de la mesilla y mira la pantalla. Algo cambia. Lo siento contra mi espalda: los músculos se tensan, la respiración se detiene un segundo, y cuando habla, su voz sale fría. Es la voz que da órdenes sobre represalias.
—¿Cuándo? —pregunta.
Escucha lo que le dicen.
—Entendido. Voy ahora mismo.
Cuelga. Se levanta sin mirarme. Camina al baño. Cierra la puerta. Abre el grifo y lo deja correr.
Cuando sale del baño, vestida, con el pelo recogido y la cara de la directora puesta como una máscara de hormigón, me mira y su voz es igual que una puerta que se cierra.
—Ven a mi despacho a las ocho en punto —ordena—. No llegues tarde.
Sale del apartamento. No hay un hasta luego o un beso en la frente como los otros días. Solo hay frío.