Capítulo 17
SHIO
Por mucho que trabaje en mi vida, nunca podré pagarme un penthouse como este.
Y me he dejado el teléfono móvil en el bolsillo de mi chaqueta a la entrada.
Trabajamos durante un par de horas con dos vasos de un whisky carísimo.
Los documentos revelan una capa más: hay una cuarta empresa, registrada en las Islas Vírgenes Británicas, que conecta el dinero de Singapur con una cuenta en Suiza.
La estructura es elegante. Quien la diseñó tiene formación financiera muy seria.
—Esto no lo montó un aficionado —digo, señalando el esquema que he dibujado en una hoja.
—No —dice mientras da un sorbo a su vaso de whisky—. No lo montó un aficionado.
En su tono de voz hay cansancio, pero también hay algo más.
Rendición, quizá. Lleva una semana gestionando cadáveres y rumores y un padre que quiere casarla a toda costa para conseguir una buena alianza con otro clan.
Pero esta noche, sentada en el suelo de su salón con las piernas cruzadas y el pelo suelto, con la blusa sacada del pantalón y un par de botones desabrochados, Azusa parece más pequeña.
—¿Te encuentras bien? —pregunto con un poco de miedo.
—No.
Es la primera vez que me dice que no. Sin excusa.
—¿Qué necesitas?
—A ti —suspira.
Me levanto, cruzo el espacio que nos separa y me arrodillo delante de ella. Le quito el vaso de las manos y lo dejo en el suelo. Acaricio sus mejillas, siento el hueso de la mandíbula bajo los pulgares. Su pulso me llega a las yemas de los dedos. Rápido.
Y la beso.
Es muy diferente a los besos de Kioto. Aquellos fueron hambre pura.
Hoy es deliberado. Nos besamos despacio, sabiendo que esta noche no hay prisa, aprendiendo la forma en que nuestros labios encajan, la presión exacta que la hace abrir la boca, los gemidos que se le escapan cuando mi lengua roza la suya.
Acaricia mi pelo. Lo suelta del moño y los mechones caen sobre mis hombros. Ella hunde los dedos y tira suave, lo justo para que mi cabeza se incline hacia atrás y su boca baje a mi cuello.
Siento sus dientes, la punta de su lengua, sus labios.
Cada terminación nerviosa en mi cuerpo se enciende como el neón de Kabukicho cuando cae la noche de golpe.
Nunca he sentido esto. Con nadie. Los hombres con los que había estado me tocaban lo justo para abrirme las piernas y meterla en mi interior.
Esto es muy diferente. Esto es un incendio.
Mi chaqueta cae al suelo. La blusa sale por la cabeza y mi sujetador desaparece. Siento el aire acondicionado en mis pechos y a continuación, su lengua en mis pezones, trazando círculos que me hacen arquear la espalda y gemir.
—Shio —murmura contra mi pecho izquierdo.
La desnudo despacio, y es la sensación más maravillosa que he sentido en toda mi vida. Siento su piel rozando la mía, suspiro cuando desliza la mano entre mis piernas y asiento cuando me pregunta si prefiero ir a su dormitorio.
Me tumba con cuidado, se coloca de rodillas a mi lado y me acaricia con la punta de los dedos.
Lo hace con delicadeza, como si quisiera aprender de memoria cada una de mis curvas.
Y todo mi cuerpo se vuelve loco de deseo.
Con cada roce, con cada caricia, borra de un plumazo a los hombres que vinieron antes de ella, borra los techos que miré preguntándome si el sexo era simplemente eso, porque no me parecía gran cosa.
Ahora entiendo lo que es estar excitada de verdad.
Llego al orgasmo con un grito ahogado, arañando el dragón en su espalda, con los ojos cerrados, temblando bajo sus manos como nunca lo había hecho.
—Quédate justo donde estás —susurra mientras coloca ambas piernas a los lados de mi cara y empieza a bajar hasta que su sexo roza mi boca.
Y lo lamo como si fuese lo más delicioso del mundo, porque nunca había sentido algo tan maravilloso. Es como aprender un idioma nuevo, tiembla cada vez que mi lengua roza su clítoris, arquea la espalda, hunde los dedos en mi melena y tira de ella.
—Shio —jadea cuando llega al clímax.
Y cuando dice mi nombre con la voz rota y las manos todavía en mi pelo, me atraviesa la culpa porque no soy quien digo ser. Eso es mentira. Todo lo demás, lo que he sentido hoy, es verdad. Pero esas dos realidades no pueden coexistir.
***
A las cuatro de la mañana, Azusa duerme como un tronco.
Respira despacio. Boca abajo. El pelo negro esparcido sobre la almohada blanca. El dragón inacabado visible en la penumbra del dormitorio. Tiene una mano debajo de la almohada y la otra extendida hacia mi lado de la cama, los dedos abiertos, buscando algo que ya no está.
Porque yo no estoy en la cama.
Camino descalza hacia el salón, vestida solo con unas bragas. Los documentos siguen sobre la mesa. Las tres carpetas de Nivel 4. Las páginas que conectan a Igarashi con las empresas fantasma, con los pagos no autorizados, con la estructura de blanqueo que llevo meses rastreando.
Con la venganza que llevo diez años planeando.
Mi móvil está en el bolsillo de la chaqueta, colgada en la entrada. Ha confiado en mí.
Me tiemblan las manos. El mismo temblor fino del shinkansen, el de la botella de agua que no podía abrir. Pero esta vez no es miedo. Es saber lo que tendría que hacer y no estoy haciendo.
Porque si saco esas fotos ahora, mato algo que mi cuerpo ha decidido que quiere mantener vivo.
Regreso al dormitorio, me meto entre las sábanas y Azusa se mueve. Su mano acaricia mi cadera, murmura algo que no entiendo y se pega a mi espalda. Piel contra piel. El calor de su cuerpo contra el mío. Huelo a ella y huelo a mí y huelo a lo que hemos hecho.
No duermo. Me quedo tumbada en la oscuridad con los ojos abiertos y pienso que seguramente, mi padre tampoco habría querido las fotos. Al menos, esta noche no.