La hija del dragón (El dragón de Hagure 1) Capítulo 16
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Capítulo 16

AZUSA

Igarashi mata a dos personas un martes por la noche y yo no me entero hasta el día siguiente, mientras tomo el café.

Hisako me llama a las siete y cuarto.

—Dos operarios del clan Mishio. Almacén de distribución en Shinjuku.

Igarashi envió a Nishida con tres hombres.

La versión oficial es una disputa territorial por un local de pachinko.

La versión real es que Igarashi quiere demostrar que Shinjuku sigue siendo suyo —informa casi como si estuviese dando las noticias.

—¿Mi padre lo autorizó? —pregunto confusa.

—No. Igarashi actuó por su cuenta. Pero tu padre no va a desautorizarlo públicamente. No ahora que los Mishio están escalando en sus operaciones.

Cierro los ojos y respiro hondo. Dos muertos.

Dos personas que ayer tenían nombre y planes para el próximo fin de semana y seguramente una familia.

Ahora pasan a ser un problema logístico.

En mi mundo, los muertos se gestionan: se mueve dinero, se limpian conexiones financieras, se preparan versiones para la policía.

—¿Necesitas que haga algo? —pregunto.

—Necesito que muevas tres transferencias de la cuenta de operaciones de Shinjuku a la de contingencia. Hay que desvincular a Igarashi del almacén antes de que alguien mire las escrituras.

—Dame una hora.

Cuelgo. Me visto y bajo al coche. Tokio sigue funcionando ajeno a lo que ocurre fuera de las noticias de cada día. Los semáforos cambian de color, la gente cruza las calles, los trenes llegan a sus horas. Nadie se ha enterado. Nadie se va a enterar. Son dos realidades paralelas pero muy diferentes.

Paso las siguientes dos horas en mi despacho con el portátil y tres teléfonos.

Llamo al abogado del grupo, a nuestro contacto en la policía del distrito de Shinjuku.

Llamo a la aseguradora del almacén con la versión de un cortocircuito eléctrico que causó un gran incendio.

Nadie va a verificar porque nadie quiere verificar nada que tenga la firma del clan Onuki.

Es mi trabajo y se me da bien. Muevo piezas. Limpio rastros. Hago que las cosas que no deberían haber pasado dejen de existir en los registros. Soy eficiente y rápida. Soy la hija que mi padre necesita.

Y me da asco.

Pero el asco es un lujo que no me puedo permitir.

***

A las diez, Shio entra en mi despacho con el informe semanal de Hagure Dining y se detiene en la puerta.

Es consciente de que algo ha cambiado. Llevo una semana evitándola desde lo que ocurrió en Kioto, limitando el contacto entre nosotras a correos y reuniones con Tanaka presente, manteniendo una distancia profesional que las dos sabemos que es ficción.

—¿Mal momento? —pregunta desde la puerta.

—No. Pasa.

Se sienta. Deja el informe en mi escritorio. Lo abro. Números. Gráficos. El trabajo impecable de siempre.

—Necesito que reclasifiques tres transferencias de la cuenta de operaciones de Shinjuku —digo sin mirarla—. A la cuenta de contingencia general. Con fecha retroactiva de hace dos semanas. Concepto: mantenimiento de inmuebles.

Se queda callada. Sé lo que está pensando. Le estoy pidiendo que falsifique una fecha y un concepto en una transferencia que está vinculada a algo que ha pasado esta noche. Le estoy enseñando la parte de mi trabajo que huele a otra cosa. A consecuencias.

—¿Importe?

—Cuarenta y siete millones de yenes.

—¿En tres transferencias separadas?

—Quince, quince y diecisiete. Distintas cuentas de origen. Mismo destino.

Asiente. Coge el informe. Se levanta y se detiene en la puerta.

—Onuki-san.

—¿Sí?

—¿Ha pasado algo?

La miro. Me está dando la oportunidad de decir la verdad. De contarle que anoche murieron dos personas porque mi wakagashira es un animal que marca su territorio con sangre. De decirle que el dinero que le estoy pidiendo que mueva es el precio por tapar dos cadáveres.

—Reestructuración de activos, nada más —disimulo—. Rutina.

—Entendido.

Sale y cierra la puerta con cuidado. Me apoyo en el respaldo de la silla y cierro los ojos. Cuento hasta treinta. Cuando llego a treinta, abro los ojos y sigo trabajando.

Shio ha visto mi cara. Ha visto la frialdad con la que he dado las instrucciones. Ha visto que le he mentido sobre el motivo. Empieza a ver la realidad de mi mundo. Y no ha salido corriendo. Ni siquiera me ha mirado con asco. Ha dicho “entendido” y ha cerrado la puerta despacio.

No sé si eso me consuela o me aterra.

***

Organizamos la reunión de crisis a las cuatro en la sala trasera de Hagure. Mi padre, Igarashi, Senda, Nishida y dos shateigashira que no abren la boca.

Mi padre está furioso. Lo sé porque habla menos de lo normal, que ya es decir. Igarashi explica la operación con calma. Se cree por encima de todo. Siempre pensó que los resultados justifican los métodos. Mi padre escucha. Senda bebe té. Nishida mira la mesa.

—No autoricé esto —dice mi padre.

—La situación lo requería. Los Mishio estaban presionando el perímetro. Si no respondemos, perdemos Shinjuku —se defiende Igarashi.

—Si respondes sin mi autorización, pierdes mi confianza.

Igarashi asiente, pero no se disculpa. Nunca lo hace.

Al salir, uno de los shateigashira leales a Igarashi se detiene junto a la puerta. No me mira directamente. Mira al vacío entre la pared y mi hombro, que es peor.

—La directora pasa mucho tiempo con su analista nueva. Demasiado, diría yo.

Lo dice lo suficientemente alto para que yo lo oiga. Lo suficientemente bajo para poder negarlo si alguien le pregunta. Se va. Nishida, detrás de él. No dice nada. Tampoco hace falta.

Están empezando a hablar.

He sobrevivido muchos años en este mundo porque nadie hablaba de manera clara.

Porque la sospecha era vaga, difusa, algo que flotaba en los pasillos.

Ahora empieza a tener forma. En mi mundo las mujeres son esposas, madres o simple decoración, pasar demasiado tiempo con otra mujer para alguien que opta a dirigir el clan es peligroso.

***

A las siete de la tarde salgo sola y cruzo Shibuya en hora punta. Lo hago sin Hisako. Camino entre la multitud del cruce más famoso del mundo: con trescientas personas cruzando en todas direcciones cada vez que el semáforo cambia. Y nadie me mira. Nadie sabe quién soy.

Me gustaría tener esto, caminar por una calle sin que nadie sepa mi apellido. Poder ser invisible. Poder besar a una mujer sin que nadie de mi clan tome nota.

El semáforo cambia y yo escribo un mensaje corto en mi teléfono.

“Ven a mi penthouse esta noche. 21:00. Hay trabajo pendiente.”

Shio responde en cuarenta segundos.

“Entendido.”

Una palabra. La misma que ha dicho esta mañana cuando le he pedido que falsifique transferencias para tapar dos muertos.

Sé que me he vuelto loca. Soy consciente de que esto es lo último que debería hacer, pero no puedo evitarlo.

Mi mente me recuerda tres cosas: que probablemente Shio no sea quien dice ser.

Que alguien en el clan sospecha de nosotras.

Y que cuando cierre la puerta no voy a poder mantener la distancia.

Tokio sigue funcionando. Los trenes llegan. La gente cruza. Los muertos se tapan con dinero y los vivos seguimos caminando hacia las decisiones que nos van a destruir.