Capítulo 15
SHIO
Me voy del ryokan a las seis de la mañana con los zapatos en la mano y el corazón en la garganta.
Intento no hacer ruido. De niña aprendí que el tatami no cruje si pisas cerca de las paredes.
Camino pegada al borde del pasillo, paso la recepción donde el encargado duerme con la cabeza sobre el mostrador, y salgo al jardín interior.
A esta hora, el aire de Kioto no es ni frío ni caliente, parece que aún no se ha decidido.
No le dejo una nota ni le envío un mensaje.
Prefiero irme, porque si entra en mi habitación cuando se levante, con el kimono abierto y el pelo mojado tras la ducha, las cosas entre nosotras no se van a quedar en simples besos.
Y si hacemos el amor, el plan que llevo construyendo ladrillo a ladrillo durante diez años, se convierte en escombros.
Desde la puerta del ryokan llamo a un taxi. El taxista es un hombre de unos sesenta años que no hace preguntas, apenas habla, lo cual es perfecto en estos instantes.
Me subo al Shinkansen de las seis cuarenta y cinco. Asiento 7A, ventanilla. El vagón está medio vacío: principalmente empresarios madrugadores con portátiles, una pareja de jubilados con termos de té y poco más. Nadie me mira, pero a mí me tiemblan las manos.
No un temblor dramático ni visible a simple vista, pero sí es un temblor fino, constante, algo que noto cuando intento abrir la botella de agua que he comprado en el quiosco del andén.
Me cuesta un poco. Lo intento dos veces y a la tercera, la tapa cede y un poco de agua se derrama sobre la mesa plegable.
Lo limpio con la manga de la chaqueta y me quedo mirando la mancha que se va secando mientras el tren se pone en movimiento y Kioto desaparece por la ventanilla.
***
La besé.
Apenas lo puedo creer. Besé a Azusa Onuki. La hija del kumichō del clan que destruyó a mi padre. Besé sus labios en una habitación de ryokan, con sake y su kimono bajado hasta la cintura. Mi cuerpo ganó la batalla, lo deseaba desde hacía semanas.
Ahora mi cerebro no tiene elección.
¿Cómo he llegado hasta aquí?
Tengo claro que no empezó con el beso. El beso fue solo la culminación, nada más.
Empezó antes. Mucho antes. Empezó en la planta seis, el primer día, cuando levanté la cabeza del informe y la vi de pie junto al escritorio de Tanaka y lo primero en lo que me fijé no fue su cargo ni su apellido sino su cuello.
Me dije que era nada más que odio, la reacción física era rabia. Que lo que sentía en el estómago cuando esa mujer entraba en la planta era el reflejo de diez años de venganza concentrados en un punto. Rabia que se parecía al deseo, pero que no lo era.
Luego vinieron las manos. El roce sobre el portátil en su despacho. Sus dedos rozando mis nudillos. Dos segundos que me dejaron temblando durante todo el trayecto en metro hasta Shimokitazawa. Me dije que era confusión. Adrenalina. Los nervios de una espía en territorio enemigo, nada más.
Luego el manga-kissa. Tumbada en un cubículo de plástico después de que los hombres de Igarashi me persiguieran por Kabukicho, temblando de miedo, y lo único que veía cuando cerraba los ojos era su cara.
Sus manos moviéndose en el aire cuando habla de números.
El mechón que se le cae sobre el ojo izquierdo.
Me dije que era tan solo el susto. Que el cerebro busca anclajes cuando tiene miedo y el anclaje más reciente era ella. Nada más.
Luego Hagure. El sake. Su mano retirándome el mechón, bajando por la mejilla, por la cintura. Mi espalda contra la barra de acero. La distancia entre nosotras desapareciendo y todo mi cuerpo diciendo que podía hacer conmigo lo que quisiera hasta que el teléfono de Hisako rompió el momento.
Me dije que era el sake. La noche. La intimidad de un restaurante vacío. Circunstancias, no sentimientos. Nada más.
Pero anoche, en su habitación, cuando acaricié con la punta de los dedos el tatuaje de su espalda, cuando se giró mostrando los pechos y me besó, reconocí en ella el mismo deseo que yo siento, la misma hambre. Anoche no pude decirme nada para engañarme.
Porque anoche entendí claramente lo que era.
***
He tenido algunos novios. Tres, si cuento al chico de Hackney que duró dos semanas.
Relaciones que empezaban con curiosidad y terminaban con alivio.
Sexo que cumplía una función biológica sin llegar a ningún sitio.
Me acostaba con hombres y después me quedaba tumbada en la cama mirando el techo, preguntándome si eso era todo, si el problema era yo, si había algún interruptor en mi cabeza que estaba apagado y que la gente normal tenía encendido, porque no sentía nada.
El último se llamaba James. Era programador. Buena persona. Me regaló un libro de cocina japonesa por mi cumpleaños y me dijo que le gustaba mi forma de oler la comida antes de probarla. Se lo agradecí, pero lo dejamos al día siguiente. Nunca pude explicarle por qué.
El tren pasa por Nagoya y los edificios se multiplican fuera de la ventanilla. El empresario del asiento de al lado se ha dormido con el portátil abierto en una hoja de cálculo con muchos colores.
Pienso en Akane. La compañera de clase que me prestó un libro y me tocó la mano al devolvérmelo. No pasó nada. Pero recuerdo el roce de su mano y la extraña sensación que sentí entre mis piernas.
Pienso en todas las veces que mi cuerpo intentó decirme algo y yo no escuché.
Yo estaba bien. Desde anoche lo tengo muy claro. Solo estaba buscando en la dirección equivocada. Anoche encontré la dirección correcta.
***
El shinkansen llega a Tokio a las nueve y cuarto. La estación es un hormiguero de trajes oscuros y maletas con ruedas. Me bajo del tren, camino por el andén, paso los tornos y salgo a la calle.
Entro en el baño de la estación, me miro en el espejo sobre el lavabo y veo la misma imagen de siempre. Pero detrás de esa cara hay alguien diferente a la mujer que subió al shinkansen ayer rumbo a Kioto.
Detrás de esa cara hay una mujer que desea a otra mujer. Que ha deseado a esta mujer específica desde el momento en que la vio en la planta seis, con su cuello y sus manos. Que lleva semanas llamándolo odio, confusión, adrenalina, circunstancias, porque prefería engañarse a sí misma.
Pero ya no quiero engañarme más. Los besos de ayer por la noche, el deseo que sentí al ver sus pechos desnudos, solo han confirmado lo que mi cuerpo llevaba años susurrando.
Y lo peor de todo es que esto es una auténtica mierda.
Porque soy Shio Enomoto. Hija de Noboru.
Y he venido a Tokio a vengar a mi padre destruyendo al clan que lo empujó a quitarse la vida.
He fabricado una identidad, me he infiltrado en una empresa, he encontrado pruebas que apuntan a Jō Igarashi como el responsable directo.
Y he besado a la hija del kumichō.
Y ahora voy a tener que destruirla.