La hija del dragón (El dragón de Hagure 1) Capítulo 13
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Capítulo 13

SHIO

El shinkansen a Kioto tarda dos horas y quince minutos y Azusa no dice ni una sola palabra durante la primera hora, ni siquiera cuando el Monte Fuji aparece por primera vez entre las nubes.

Se dedica a leer una novela de fantasía y yo finjo hacer lo mismo con un informe, aunque en realidad, lo que hago es mirarla continuamente por encima de los papeles.

No hemos hablado de lo que pasó en Hagure, de cómo retiró el mechón de pelo de mi cara y acarició mi mejilla. O de su mano en mi cintura y la barra del bar contra mi espalda. Mucho menos del escaso centímetro de distancia entre nuestros labios antes de que sonase ese maldito teléfono.

Han pasado cuatro días y entre nosotras tan solo ha habido saludos cordiales, nada que recuerde a que estuvimos a punto de besarnos en su restaurante.

Cuando la azafata pasa con el carrito, Azusa pide un café solo y yo un té verde. Por algún motivo, me hace gracia que nos lo sirvan en vasos de plástico, últimamente me he acostumbrado a beber con ella sake de Niigata en copas de cerámica.

Cualquiera que la viese en estos momentos pensaría que es solo una empleada de una oficina de alguna gran empresa. Azusa Onuki, directora de Onuki Holdings, hija de un kumichō, del temible dragón, leyendo tranquilamente un libro de fantasía juvenil en el shinkansen.

***

La subasta gourmet se celebra en una casa de té en Higashiyama, a veinte minutos a pie del ryokan.

Hay treinta compradores en total, todos del sector de la restauración de lujo, todos pujando por lotes de sake artesanal, cerámica de Bizen y cuchillos de acero Aogami forjados de manera artesanal en Sakai.

Azusa ha venido a pujar por un lote de sake de un productor de Niigata que solo vende cien botellas al año, aunque no creo que las quiera para los clientes, sino para su colección particular.

Yo no sé por qué estoy aquí. Teóricamente he venido porque ella me lo ha pedido, ha insistido en que necesitaba a alguien que entienda de números. Es solo una excusa y las dos lo sabemos.

Lo primero que te viene a la mente al entrar es que están quemando demasiado incienso de sándalo.

Los compradores se sientan en cojines sobre el suelo y Azusa se mueve entre ellos con naturalidad, al fin y al cabo prácticamente ha crecido en habitaciones como esta.

Se descalza sin mirar, se arrodilla sin esfuerzo, saluda con reverencias calibradas al milímetro según el rango de cada interlocutor.

Es un idioma que domina a la perfección.

—El precio de esas botellas es desorbitado —susurro, acercándome a ella con discreción.

—Lo sé. Es el precio de la exclusividad. Nadie más en Tokio tendrá este sake. En mi mundo, la diferencia entre lo bueno y lo excepcional es muy importante y siempre justifica un sobreprecio —responde como si se lo estuviese explicando a una niña pequeña.

Se lleva con facilidad el lote y paga sin parpadear. El productor, un hombre de unos setenta años con las manos más curtidas que he visto en toda mi vida, le hace una reverencia tan profunda que casi toca el tatami con la frente.

—¿Tú cocinas? —pregunta de vuelta al ryokan, mientras caminamos por una calle estrecha de Higashiyama donde los farolillos de papel proyectan círculos de luz sobre la piedra.

—¿Por qué lo dices?

—Llevo un tiempo notando que siempre hueles la comida o la bebida antes de probarla. Lo hiciste con el sake la primera noche en Hagure. Lo haces con el té cada mañana en la oficina. Suele ser un reflejo de alguien que ha trabajado con comida de manera habitual.

—Mi padre tenía restaurantes —confieso, y lo extraño es que no me arrepiento—. Ramen, en Shinjuku.

***

Nos quedamos en un ryokan tradicional, con el suelo de tatami, futones en el armario y un jardín interior con bambú y piedra que se puede ver desde las habitaciones. Las nuestras son contiguas, separadas solamente por un fusuma de papel tan fino que puedo escuchar su respiración al otro lado.

A las nueve de la noche, después de cenar kaiseki, me tumbo en el futón mirando el jardín. Una rana canta en algún lugar. En Kioto, el silencio es real, algo que en Tokio no existe.

A las diez de la noche la escucho hablar por teléfono en voz baja. Estas paredes no fueron diseñadas para la privacidad y la mayor parte de las palabras llega con claridad.

—Dile a Hisako que contenga la situación. Sin represalias hasta que yo vuelva. ¿Entendido? Nada de movimientos sin mi autorización expresa. Nada —repite.

Luego silencio. Escucha lo que le dicen con paciencia.

—Me da igual lo que quiera Igarashi. Si mueve una pieza sin mi visto bueno, responderá ante mi padre, no ante mí. Que le quede muy claro.

Más silencio, escucha de nuevo.

—No se mueve nada hasta que yo esté en Tokio. Y necesito el informe de Segawa sobre mi escritorio cuando llegue.

Cuelga y el tatami cruje cuando se levanta. Escucho sus pasos hacia la ventana. Imagino que mira el jardín, igual que yo desde mi habitación. Las mismas piedras y el mismo bambú. La misma rana.

Esto es lo que Azusa Onuki hace cuando no sonríe para los inversores ni discute precios de comida o bebida exclusiva para su restaurante.

Es una mujer que da órdenes a medianoche y habla de represalias.

Una mujer que pertenece a un mundo que odio, un mundo en el que las decisiones tienen consecuencias que no se miden en yenes.

Y esa es la mujer a la que estuve a punto de besar.

Esa. Con su voz de mando y sus represalias. La hija del temible Dragón, la cabeza de un clan criminal, el mismo que destruyó a mi familia.

Me doy la vuelta en el futón porque prefiero no pensar en ello, cojo el teléfono para distraerme y se me hiela la sangre al ver el correo electrónico.

Es un aviso automático del servidor de Onuki Holdings. Alguien ha accedido al registro de mis búsquedas archivadas y también ha revisado mis correos. No dice quién. Solo que el acceso se realizó ayer a las cuatro de la tarde, fuera del horario habitual del departamento de informática.

Alguien está revisando lo que yo hago, rastreando mis huellas.

El aviso no identifica quién, pero solamente hay un número limitado de personas en Onuki Holdings con acceso a los logs de actividad de otro usuario: Segawa en IT, Azusa, el controller.

Y ahora, si la cadena de mando funciona como yo creo que funciona, el wakagashira.

Igarashi. El hombre por el que mi padre está muerto.

Cierro el correo y apago la pantalla. Me quedo en la oscuridad con el sonido de la rana y el crujir del tatami al otro lado mientras Azusa camina por su habitación.

Me viene a la mente su advertencia: “Ten cuidado con lo que buscas en el sistema. Cualquier anomalía va directa al wakagashira”.

Me lo dijo bien claro. Me avisó. Y aun así, yo seguí buscando.

El problema es que sé perfectamente lo que quiero.

Por primera vez en mi vida lo sé sin ninguna duda.

Lo supe en su restaurante, cuando su mano bajó a mi cintura y no solo no me aparté, sino que se me aceleró el corazón.

O cuando sentí su aliento en los labios y todo mi cuerpo dijo sí antes de que mi cerebro pudiera reaccionar.

Quiero cruzar el fusuma, abrir ese panel de papel, entrar en su habitación y terminar lo que empezamos.

Y es lo único que no debería hacer, porque al otro lado hay una mujer que da órdenes y habla sobre represalias.

Y en mi teléfono hay un aviso que dice que alguien me sigue los pasos.

Y si cruzo ese fusuma, si toco a esa mujer y termino lo que empezamos, no habrá vuelta atrás.

Ni para ella ni para mí. Tampoco para la venganza que llevo diez años cocinando a fuego lento.

Oigo el tatami crujir. Azusa se mueve al otro lado, se tumba en silencio.

La rana canta.

No cruzo el fusuma hasta que la escucho pronunciar mi nombre muy bajito entre suspiros.

Y cruzo.