La hija del dragón (El dragón de Hagure 1) Capítulo 12
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Capítulo 12

AZUSA

He pedido a Shio Aramaki que se quede con el pretexto de repasar los números de la offshore.

Lo que no le he dicho es que llevo tres días sin dormir más de cuatro horas seguidas pensando en ella, o que Igarashi ha puesto una queja formal ante mi padre sobre mi “intromisión” en las operaciones de Shinjuku.

Tampoco le he dicho que esta noche necesito estar a su lado.

Matsubara se va a las once y cuarto. Termina de limpiar, cuelga el delantal, me deja el bentō en la nevera y se despide con una reverencia.

Y llega el momento que estaba esperando. Nos quedamos solas.

Saco el sake de detrás de la barra. El mismo junmai daiginjo de Niigata de la última vez y sirvo dos vasos sin preguntar.

Los números de la offshore ocupan los primeros veinte minutos de la conversación.

Transferencias internacionales, estructura de pagos en capas, una cuenta en Singapur que redirige a otra en Hong Kong y luego a una tercera en las Islas Caimán.

Aramaki lo ha mapeado todo en una hoja de cálculo que parece el esquema del metro de Tokio.

—Es una operación sofisticada —admite, señalando un nodo del esquema—. Quien lo diseñó sabía lo que hacía. Las cantidades están calibradas justo por debajo de los umbrales de reporte automático en cada jurisdicción.

—¿Puedes rastrearlo hasta el origen?

—Puedo rastrear el flujo de dinero. Para llegar a quién lo autoriza necesitaría documentos de Nivel 3. Ya sabes, cuentas maestras, autorizaciones internas, actas de decisiones.

Nivel 3. Los documentos que solo yo y el CFO podemos ver.

—De momento sigue con lo que tienes —respondo.

Cierra el portátil. Bebe un trago de sake y se queda callada. No sé si espera que hable o si simplemente está cómoda en el silencio.

Yo no estoy cómoda. Estoy cansada y el cansancio afloja cosas que normalmente mantengo cerradas.

—Mi madre murió cuando yo tenía siete años —confieso, y no tengo ni idea de por qué se lo digo.

No es una información relevante. No tiene nada que ver con la offshore ni con el blanqueo ni con nada que justifique decirlo en voz alta a las once y media de la noche en un restaurante vacío.

—Cáncer de páncreas. Pasaron solo cuatro meses entre el diagnóstico y el final. Fue rápido. Mi padre no habla de ella. Nunca ha hablado de ella. En esta familia procesamos las pérdidas en silencio.

—¿Y tú? —me corta.

—¿Yo qué?

—¿Hablas de ello o también lo mantienes en silencio?

—Intenté no recordar durante veinte años y luego abrí Hagure.

—Lo he notado, no es un restaurante —dice, haciendo girar el vaso de sake entre los dedos.

—Creo que tiene doce asientos y una cocina. Eso lo convierte en restaurante —replico.

—Es más bien un monumento a tu madre. O más bien a lo que ella habría querido que fueses.

Nadie me ha dicho eso. Ni Hisako, que me conoce mejor que ninguna otra persona. Ni Matsubara, que lleva cuatro años cocinando en un mausoleo imaginario que construí para una madre muerta. Nadie ha mirado Hagure y ha visto la verdad.

—Mi padre quiere casarme —confieso, porque esta noche parece que las palabras salen sin permiso.

—Lo sé. La cena con Hayami.

—En mi mundo, una mujer que no se casa esconde algo. Y si la encuentran escondiendo algo, se convierte en una debilidad que sus enemigos explotan.

—¿Y tú qué escondes? —pregunta muy bajito.

—Lo que soy cuando no llevo traje.

Sirvo más sake. Mis dedos rozan los suyos al pasar el vaso. No retiro la mano esta vez. Ella tampoco.

—Yo también escondo cosas —reconoce—. Cosas que no puedo decir en voz alta.

Me acerco un poco y retiro un mechón de pelo de su cara. El reverso de mis dedos roza su sien y baja por la mejilla muy despacio mientras ella se inclina hacia mi tacto.

Mi mano baja a su cintura y su espalda toca la barra de acero de la cocina abierta. El metal debe estar frío, pero Shio no se queja. Tiene los labios entreabiertos y la respiración acelerada.

Cuatro centímetros entre nosotras. Dos. Su respiración me llega a los labios y siento el calor de su cuerpo en mi mano a través de la tela del vestido.

Un centímetro.

Siento su aliento en mi boca cuando mi teléfono suena.

Es el tono que tengo asignado a Hisako: tres notas secas que suenan en el silencio de Hagure como disparos.

Nos apartamos al mismo tiempo. Medio metro de distancia instantánea. Mi mano sigue sintiendo su cintura, mi boca sigue sintiendo su respiración.

—Necesito que vengas ahora. Un almacén de Onuki Holdings en la zona portuaria. Incendio. Los Mishio —anuncia en tono cortante.

Cuelgo y le dedico una mirada de disculpa a Shio. Todavía tiene la espalda contra la barra de acero y las manos agarradas al borde. No dice nada, solamente asiente, pero tiene los ojos muy abiertos con una expresión que yo diría que es más vértigo que miedo, porque yo siento lo mismo.

—Tengo que irme —anuncio—. Esto no ha…

—Lo sé, no ha pasado.

Las dos sabemos lo que no ha pasado y también lo que estaba a punto de pasar y que el teléfono es lo único que lo ha impedido, como si fuese una señal divina.

—Cierra cuando salgas, por favor. El código de la puerta es 4719.

Le doy el código de la puerta de mi restaurante, de la única puerta que me importa en esta ciudad. Y lo hago sin pensar. O más bien porque todavía sigo pensando en cómo se sentía su cintura bajo mi mano y mi cerebro no funciona con la claridad habitual.

Al salir, Hisako me espera en el Lexus con el motor encendido. Pregunta si estoy bien y tan solo ordeno que conduzca.

***

El almacén arde. Toda la zona portuaria huele a plástico quemado. Bomberos, policía, dos hombres del clan que me informan con frases cortas. Daños materiales. Sin víctimas. Los Mishio nos han enviado un mensaje. La guerra entre nuestros clanes ha escalado un grado más.

Gestiono, hago llamadas, doy instrucciones.

El seguro, los abogados, la versión oficial para la prensa, las instrucciones al clan para que no escalen la represalia sin autorización expresa de mi padre.

Todo encaja. Todo fluye. Muchos años de entrenamiento haciendo este trabajo mientras mi cabeza está en otra parte.

Porque sigo pensando en Hagure. Contra la barra de acero. Sigo pensando en ese centímetro de distancia y en su respiración en mi boca.

A las tres de la mañana, en el coche de vuelta, Hisako me informa justo de lo que no quería escuchar.

—Segawa ha identificado al usuario de las búsquedas anómalas. Shio Aramaki. Se lo ha comunicado a Igarashi esta tarde.

Cierro los ojos y respiro hondo.

Ahora Igarashi tiene su nombre. Va a investigar y va a encontrar la laguna pre-2019, No sabemos nada de ella antes de esa fecha. El problema es que tirará del hilo, no se quedará quieto. Y yo he estado a un centímetro de besarla.

—Hisako, he cometido un grave error esta noche —confieso, mientras el coche cruza Roppongi.

Pero cuando llego a mi casa no duermo. Me siento en el sofá con las luces apagadas, observando a través de la ventana cómo la ciudad de Tokio brilla al otro lado del cristal, y pienso en que hace cuatro horas le he dado a una mujer que podría ser una espía el código de la puerta de mi restaurante.

Y el problema es que si tuviera que elegir entre el código y borrar el centímetro que nos separaba, elegiría borrar el centímetro.

Sin dudarlo.

Y eso dice algo muy importante sobre mí.