Capítulo 11
SHIO
Los números demuestran que Igarashi está subiendo las tarifas de extorsión en Shinjuku sin contar con el jefe del clan.
Igarashi está escalando. Y lo está haciendo sin autorización, porque los documentos internos que he visto llevan sus iniciales pero no la firma de Kōzō Onuki.
Lo que significa que el kumichō no sabe nada, o si lo sabe, finge no saber.
Quizá si lo sabe y ha decidido que mientras el dinero fluya no necesita una guerra abierta dentro del clan.
En cualquiera de los tres casos, es un problema para Igarashi. Un wakagashira que opera sin autorización es un wakagashira que puede ser destituido si alguien presenta las pruebas adecuadas a la persona adecuada. Y destituido en este caso es un eufemismo.
Todavía no tengo esas pruebas, pero cada vez estoy más cerca.
***
El viernes por la tarde encuentro algo que no estaba buscando.
Es un documento interno, está archivado en una subcarpeta de Hagure Dining que se llama “Operaciones 2023 / Varios.” Un memorándum sobre una transacción inmobiliaria entre Onuki Holdings y una empresa llamada Mishio Real Estate con dirección en Yokohama. Firmado por Azusa Onuki.
Mishio.
Es el nombre que aparece en todos los informes sobre la guerra entre clanes. Es el clan rival. El enemigo.
Leo el documento con detenimiento. Una compraventa de un terreno industrial en la zona portuaria de Yokohama.
El precio es de 340 millones de yenes. La empresa compradora es una filial de Mishio-gumi registrada como sociedad inmobiliaria.
Onuki Holdings vende. Mishio compra. La transacción parece legítima, pero es una transacción entre dos clanes que están en guerra abierta, y eso no es normal.
Mi primera reacción es copiar esto, envíarlo a alguien, hacer algo.
Luego me lo pienso mejor. Si Azusa Onuki ha firmado una transacción con los Mishio, hay dos opciones.
O está traicionando a su propio clan, o el documento es una trampa.
Y si es una trampa, está diseñada para ver quién lo encuentra y qué hace con él.
Así que decido no hacer nada. Cierro el documento y vuelvo a las facturas.
Si es una trampa de Azusa, acabo de pasar la prueba.
Si no lo es, acabo de dejar pasar una oportunidad única.
***
A las seis de la tarde salgo de Onuki Holdings, pero esta vez no voy a Shimokitazawa, voy a Shinjuku.
Ni siquiera sé por qué voy, en el fondo, no tengo nada que hacer allí.
Ya he visitado los antiguos tres locales de mi padre, ya he confirmado que uno es una tienda de ropa, otro una farmacia y el tercero un restaurante de pollo frito.
Ya he llorado lo que tenía que llorar frente a cada uno de los locales y más tarde en mi apartamento.
Pero hoy necesito caminar por donde él caminaba.
Necesito pisar el mismo asfalto, oler las mismas freidoras, escuchar el mismo ruido del tráfico de Kabukicho.
Es una necesidad que no responde a la lógica.
En Londres, cuando el vacío me dolía demasiado, cocinaba ramen en mi piso compartido de Hackney con ingredientes de un supermercado asiático que había a menos de cien metros.
Aquí puedo olerlo de verdad. Y olerlo de verdad es mucho peor, porque los recuerdos son más fuertes.
Camino por la calle principal. Paso el cruce de Yasukuni-dōri, bajo las luces del Toho Cinema y giro hacia el callejón donde estaba el segundo restaurante. La farmacia está cerrada pero el letrero de neón sigue encendido, brilla en verde contra el cristal oscuro.
Me detengo delante y cierro los ojos.
Y los abro casi de inmediato porque algo ha cambiado detrás de mí.
Hay dos hombres al otro lado de la calle, caminando en la misma dirección que yo.
Ambos con corte de pelo militar, trajes baratos, uno de ellos con la mano derecha en el bolsillo de una forma que no me da ninguna tranquilidad.
Están a unos treinta metros. No me miran directamente, fingen mirar escaparates que no tienen nada interesante.
Los vi al salir del metro de Shinjuku-sanchōme. Estaban en el andén. Pensé que salían de alguna oficina de la zona y ahora están aquí, tres calles más allá, manteniendo la misma distancia.
Se me acelera el corazón. Quizá son de Igarashi.
Azusa me advirtió en el pasillo de Sōen.
Nishida me interrogó en el cóctel. Si han identificado mi usuario en los logs y se lo han dado a Igarashi, es cuestión de tiempo que alguien venga a hacer preguntas.
Preguntas de las que no se hacen en los despachos, de esas que no suelen acabar bien.
Cambio de acera de inmediato, acelero el paso y giro a la derecha por un callejón lateral.
Kabukicho es un auténtico laberinto si sabes usarlo: callejones de dos metros de ancho, escaleras que suben a bares del segundo piso, pasajes entre edificios que conectan calles que el mapa de Google ni siquiera muestra.
Mi padre me traía aquí de niña, cuando todavía vivíamos en Shinjuku, y recuerdo las reglas: no corras, no mires atrás más de una vez, en cuanto puedas, mézclate con la multitud.
Así que no corro, porque correr atrae las miradas.
Camino rápido, eso sí. Muy rápido, como si tuviese mucha prisa por llegar a algún lugar.
Giro a la izquierda, paso entre un izakaya con cortina de noren y una puerta metálica sin letrero, salgo a otra calle.
Miro atrás. Ya no los veo, pero eso no significa que no estén.
Giro de nuevo. Un salón de pachinko. El ruido de las bolas de metal golpeándose dentro de las máquinas es ensordecedor, un chaparrón metálico que se come cualquier otro sonido.
Entro y me encuentro con filas de máquinas con luces intermitentes, hombres con la mirada fija en las pantallas, el aire tan denso que se puede masticar.
Una mujer con delantal me ofrece una bandeja de bebidas.
Niego con la cabeza. Me meto entre dos filas de máquinas y me quedo de pie, con la espalda contra una columna, contando hasta sesenta.
Salgo por la puerta trasera a otro callejón.
Miro en ambas direcciones. No hay nadie.
Camino hasta la avenida principal y me mezclo con la multitud de un viernes por la noche en Kabukicho.
Hay oficinistas borrachos, grupos de turistas con mochilas sacando fotos con sus teléfonos, chicas jóvenes con faldas muy cortas y tacones imposibles que se ríen demasiado fuerte.
Los he perdido. Creo. Espero. No estoy segura.
Cuando llego a la estación de Shinjuku son ya las diez y cuarto. Miro el panel de salidas y el último tren a Shimokitazawa sale a las once cuarenta y tres. Puedo cogerlo. Puedo ir a casa, montar el muro, comer ramen instantáneo, fingir que esta noche ha sido normal.
Pero cuando la adrenalina baja, las piernas ya no me responden. Me tiemblan las rodillas. Me apoyo contra una columna del andén y me doy cuenta de que estoy sudando a pesar de que la temperatura en la estación es de dieciocho grados. Tengo la boca seca y el corazón latiendo demasiado rápido.
No me lo puedo creer. Me han seguido. Esto no es ninguna película. Ha sido gente real, de carne y hueso, con manos en los bolsillos y corte de pelo militar. Cuando decidí venir a Tokio ya sabía que era peligroso, pero una cosa es saberlo y otra muy diferente sentirlo.
Decido no coger el último tren. No quiero llevar a nadie hasta mi apartamento.
Prefiero pagar mil doscientos yenes por un cubículo de dos metros cuadrados con un sillón reclinable, una manta fina y un ordenador que no pienso usar.
La recepcionista me da una llave de plástico y señala el pasillo sin mirarme.
Aquí nadie mira a nadie. No hacen preguntas. Eso es lo bueno de lugares como este.
A mi alrededor, los sonidos de veinte personas durmiendo en cubículos idénticos al mío. Ronquidos. El teclado de alguien que sigue despierto. El zumbido del aire acondicionado. Los pasos de alguien que pasa por el pasillo.
Debería estar pensando en los dos hombres que me siguieron. Debería estar calculando riesgos, planificando qué hacer.
Estoy muerta de miedo y aun así, pienso en Azusa.
En cómo mueve las manos cuando habla de números, con los dedos trazando líneas invisibles en el aire.
Es como si los datos tuvieran una forma física que solo ella puede ver.
Pienso en cómo se le cae el mechón sobre el ojo izquierdo cuando se inclina sobre un documento y no se lo aparta porque sus manos están siempre ocupadas.
O quizá es porque sabe que le queda bien.
Pienso en la microexpresión de su boca cuando dije “mentirosa” en el pasillo de Sōen. Pienso en cuando dijo “ahora” en el momento en que me sacó de delante de Nishida, y en que “ahora” en sus labios no significaba urgencia sino protección.
Estoy en un cubículo de plástico rodeada de hombres roncando, con las rodillas todavía temblando porque hace una hora alguien me seguía por Kabukicho, y lo único que veo cuando cierro los ojos es a Azusa.