Capítulo 10
AZUSA
El cóctel en Sōen es idea de mi padre, así que no es negociable, nada de lo que él propone lo es, porque en realidad no son propuestas, son órdenes.
Sōen ocupa el piso cuarenta del edificio Onuki, encima de las oficinas y debajo del cielo.
Un moderno bar de cristal y acero con vistas a todo Tokio.
Está diseñado para impresionar a la gente que necesita ser impresionada.
Los ventanales van del suelo al techo. El mobiliario es negro.
Incluso la iluminación está calibrada para que todo el mundo parezca más atractivo de lo que en realidad es.
Han sido invitadas sesenta personas. Clientes inmobiliarios, inversores, los abogados del grupo, y media docena de miembros del clan vestidos con trajes que les sientan muy mal.
Música jazz a volumen bajo. Camareros con bandejas de champán que se deslizan entre los grupos con la precisión de bailarines de ballet.
He traído conmigo a Shio Aramaki. Me ha parecido útil que conozca a los proveedores clave de la rama de restauración. Al menos eso es lo que me he dicho a mí misma y lo que le he dicho a ella. Eso es lo que repetiré a cualquiera que pregunte.
Se ha puesto un vestido negro, no el traje gris de siempre.
Un vestido que le llega a la rodilla, sin adornos, con un cuello que deja al descubierto unas clavículas que llaman demasiado mi atención, aunque intente disimularlo.
Hoy se ha dejado el pelo suelto y huele a una colonia diferente a la que suele utilizar.
Durante las conversaciones, habla de proyecciones sin dificultad, sonríe en los momentos correctos. Hace las preguntas adecuadas que le hacen parecer inteligente sin ser una cotilla.
Desaparece cuando debe hacerlo.
Es profesional. Impecable.
Estoy en el otro extremo del salón, hablando con un inversor de Nagoya cuando Nishida se acerca a ella. Le dice algo, ella escucha, pero desde aquí puedo observar el cambio en su postura. Sus hombros se tensan y aprieta la copa de champán con más fuerza de la necesaria.
Me disculpo con el inversor de Nagoya y camino hacia la barra, recordándome a mí misma que debo mantener la compostura y no hacer nada estúpido como correr o cruzar la sala en diagonal.
Nishida habla en voz baja, pero llevo muchos años leyendo a la gente y sé perfectamente que, a veces, lo que parece una conversación no es en realidad una conversación.
Está a unos cuarenta centímetros de ella.
Demasiado cerca para ser cortés, pero demasiado lejos para ser un avance.
Es la distancia exacta de la intimidación profesional: invade tu espacio sin tocarte, te obliga a retroceder o a quedarte quieta sabiendo que te están acorralando.
Aramaki no retrocede.
—...y la directora es muy exigente con las credenciales de su equipo. Espero que las tuyas aguanten un examen detallado —escucho al llegar.
—Mis credenciales están verificadas por recursos humanos, Nishida-san —responde Shio.
—Ya. Recursos humanos —repite, chasqueando la lengua—. Pero hay cosas que recursos humanos no revisa, ¿verdad?
—¿Como qué?
—Como de dónde viene realmente una persona. A quién le debe favores… o para quién trabaja de verdad.
Lo dice clavándole la mirada, sin ningún tipo de ambigüedad.
No es una charla de cóctel. Es una amenaza, igual que la que me dedicó Igarashi en la cena con Wataru.
En realidad, le está diciendo algo así como “te estamos vigilando, así que ándate con ojo si quieres seguir con vida”.
Y lo peor es que lo está haciendo en público, a la vista de todos, sintiéndose impune.
Al llegar junto a ellos, me coloco al lado de Shio, pero no la miro, miro a Nishida.
—Nishida-san. ¿Todo bien?
Nishida endereza los hombros y el irezumi de la carpa koi desaparece bajo el puño de la camisa.
—Perfectamente, directora. Solo conversábamos —disimula.
—Qué amable. Aramaki, los del grupo Yamamoto quieren preguntarte algo sobre la proyección del tercer trimestre. Están junto a la ventana.
—Ahora voy —responde sorprendida. Se nota que está muy tensa.
—Ahora —repito.
Se aleja de nosotros y Nishida me mira. Decido darle dos segundos de contacto visual. Dos. Ni uno más.
—Nishida-san. La próxima vez que quieras hablar con alguien de mi equipo, me lo dices antes. En mi departamento la gente trabaja tranquila o no trabaja. ¿Lo has entendido? —pregunto, aceptando la copa que me sirve el camarero.
Hace una reverencia y se va hacia la esquina donde Igarashi le espera de pie con un whisky en la mano, observando la sala como si fuese el dueño de todo el edificio.
Nishida le dice algo al oído. Igarashi me mira.
No aparta la mirada ni sonríe. No necesita hacerlo.
Levanta el whisky un centímetro en mi dirección, un brindis mínimo que podría significar respeto o podría significar “te acabo de pillar.”
Imagino lo que puede estar pensando. La analista nueva que tiene búsquedas anómalas en el sistema + la directora que la protege públicamente delante de su hombre de confianza. Uno más uno. No necesita ser ingeniero espacial. Necesita ser Igarashi, y eso es bastante peor.
***
Diez minutos más tarde, encuentro a Shio en una esquina.
Está de pie junto a la ventana, con la copa de champán intacta, observando Tokio desde el piso cuarenta.
Desde aquí la ciudad parece un circuito impreso: luces dispuestas en cuadrículas que se extienden hasta el horizonte.
Su reflejo en el cristal es una silueta oscura, recortada contra un millón de ventanas encendidas.
El vestido negro se confunde con la noche de fuera y su piel hace un contraste delicioso.
—¿Estás bien? —pregunto, colocándome a su lado.
Se gira y me mira. Controla la expresión, pero puedo ver la rabia que intenta ocultar.
—Estoy bien. Gracias por intervenir.
—No lo he hecho por ti.
—Mentirosa —susurra, y su escote se tiñe ligeramente de un color carmesí que consigue que mis piernas tiemblen.
Lo dice bajito. Casi sonriendo. Con una seguridad que no debería tener ninguna empleada al dirigirse a mí. Y lo peor es que tiene razón. Lo hice por ella. No por mí, o el departamento o la cadena de mando. He cruzado la sala para defender a una mujer que me importa más de lo que debería.
Por supuesto, mantengo la compostura y trato de disimular. Eso lo hago muy bien.
—Nishida es el perro guardián de Igarashi. Si te ha hablado es porque Igarashi le ha dicho que lo haga. Ten cuidado con lo que buscas en el sistema. Cualquier anomalía va directa al wakagashira.
Le estoy dando una información que no debería conocer.
Le estoy diciendo que el sistema está vigilado.
Le estoy advirtiendo. Si es una espía, acabo de darle una ventaja operativa enorme.
Si no es una espía, acabo de asustar a una empleada que no entiende por qué el segundo del clan está interesado en sus búsquedas.
—¿Por qué me dices esto? —pregunta confusa.
—Porque prefiero que tengas cuidado a que cometas un error que me salpique.
Otra mentira, y llevo dos en apenas treinta segundos.
—Entendido —dice, clavándome la mirada—. La próxima vez que alguien de Igarashi se acerque, puedo defenderme sola.
—No lo dudo.
—Pero gracias de todos modos —agrega.
Se aleja de mí y se mete en el ascensor. Las puertas se cierran y me quedo en la esquina, sola, con la copa vacía y la vista panorámica de Tokio, preguntándome a mí misma por qué le acabo de dar una información tan importante a una de mis empleadas.
***
El cóctel termina a medianoche. En el aparcamiento, Hisako espera en el Lexus.
—¿Cómo ha ido? —pregunta.
—Igarashi ha enviado a Nishida a interrogar a Shio Aramaki.
—¿Delante de la gente?
—Delante de sesenta personas —asiento.
—Cada vez se vuelve más audaz —gruñe.
—Lo sé.
Hisako arranca. Salimos del garaje.
—¿Y tú qué has hecho? —pregunta, mirando la carretera.
—He intervenido.
—¿Públicamente?
—Sí.
Hisako no dice nada durante un semáforo entero. En su vocabulario, un semáforo de silencio es todo un sermón. El limpiaparabrisas se mueve. Ha empezado a llover.
—Azusa —dice al fin—. Igarashi ya sabe que las búsquedas vienen del ordenador de esa chica. Si ahora te ve protegiéndola delante de su gente, va a sumar dos y dos. Y a Igarashi se le dan muy bien las sumas.
—Lo sé.
—¿Entonces por qué lo has hecho?
Miro por la ventanilla. Roppongi brilla. El edificio donde vivo aparece al fondo, treinta y ocho plantas de cristal y hormigón.
—Porque estaba ahí y no pude evitarlo —admito con un suspiro.
Hisako asiente. No discute. Me conoce desde niña. Sé que puedo confiarle mi vida si fuese necesario.
Porque estaba ahí y no pude evitarlo.
Eso, en mi mundo, es lo más peligroso que puede decir una mujer sobre otra mujer.