Capítulo 9
SHIO
Azusa Onuki me pide que trabaje en su despacho y no tengo más remedio que decirle que sí, porque no puedes negarte a nada que te pida la hija del jefe del clan.
Trato de parecer sorprendida, pero en realidad, llevo seis semanas esperando esto.
—A partir de hoy vas a llevar la auditoría interna de Hagure Dining —me informa de pie junto a su escritorio, con un café en la mano que no ha tocado—. Necesito que revises las cuentas de los últimos dieciocho meses. Proveedores, facturas, flujo de caja. Todo el grupo de restauración.
—¿Todo el grupo? ¿Acceso total? —pregunto confusa.
—Acceso total —repite, clavándome la mirada—. Trabajarás aquí, en el despacho contiguo al mío. Necesito tener acceso directo a tus informes.
—Entendido.
Su despacho está en la planta 32. Nunca había subido de la sexta. Esta planta es muy diferente: suelos de madera, muebles de roble oscuro, cuadros en las paredes. La ventana da al norte, sin sol directo, con una vista de tejados que se extienden hacia Shibuya.
Mi zona de trabajo es una habitación pequeña con un escritorio, una silla, un portátil nuevo y una puerta que comunica directamente con el despacho de Azusa. La puerta está abierta, desde mi silla puedo ver su mesa, su silla vacía, la taza de café que sigue sin tocar.
Es una trampa.
No lo sé con certeza, pero me lo imagino. Azusa Onuki no hace nada sin una razón. Si me sube a la planta 32 es porque quiere tenerme cerca. Y la gente que quiere tenerte cerca o confía mucho en ti o te está vigilando. Seguramente lo segundo.
En el nivel 2 de seguridad que me dio la semana pasada, las carpetas se multiplican: los ocho restaurantes del grupo Onuki, cada uno con su estructura de proveedores, sus flujos de caja, sus transferencias intercompany.
Ya había encontrado a las dos consultoras, los proveedores fantasma con las iniciales de Igarashi en las notas a pie de página.
Pero desde este nivel de seguridad, con la visión completa del grupo, el patrón cambia de forma.
Hay un tercer proveedor que no aparecía en las cuentas de Hagure: una sociedad con domicilio en Singapur y una estructura de pagos que conecta tres restaurantes del grupo con una misma cuenta offshore.
No es solo Hagure. Igarashi está usando toda la rama de restauración como lavadora.
Hagure es el centro, pero las tuberías pasan por todas partes.
El blanqueo tiene más capas de las que pensaba. Y ahora que puedo ver el sistema completo, el dibujo se muestra más claro y más grande de lo que imaginaba desde la sexta planta.
Trabajo durante tres horas sin levantar la cabeza.
Memorizo los números clave sin copiar nada.
Cada archivo que abro queda registrado en los logs y lo sé, pero ya no puedo permitirme ir despacio.
Si Azusa me ha subido a la planta 32 y me ha puesto en el despacho de al lado es porque ha decidido algo.
A la una, Azusa aparece en la puerta que conecta los dos despachos.
—¿Has comido? —pregunta.
—No —respondo, bajando la voz hasta convertirla nada más que en un suspiro.
—Yo tampoco. Matsubara me ha dejado bentō. Hay suficiente para las dos si te apetece —propone.
Me deja sin palabras, pero acepto.
Su despacho tiene una mesa baja junto a la ventana, de las que se usan para reuniones informales.
Azusa coloca dos bentō de madera lacada sobre la superficie.
El contenido es de Hagure: arroz con sésamo negro, salmón marinado en miso, encurtidos de rábano, una ensalada de algas que huele de maravilla.
Azusa come despacio, con los palillos en la mano izquierda. No sabía que era zurda.
—¿Qué has encontrado? —pregunta sin mirarme, concentrada en un trozo de salmón.
—¿Puedo ser totalmente sincera? —pregunto casi temblando.
Sé que me la estoy jugando. Literalmente. Si es una trampa y conoce la estructura de empresas fantasma, mi vida no vale nada.
Ella me clava la mirada y asiente despacio.
—Desde Hagure ya tenía localizadas a dos empresas fantasma, pero ahora he encontrado otra más en Singapur. La estructura es mucho más grande de lo que parecía desde el nivel 1 de seguridad —admito con un suspiro.
—¿Cuánto más grande? —insiste y sigo sin saber si es una trampa porque mantiene una expresión totalmente neutra.
—No se trata de un proveedor fantasma aislado. Es una red. Alguien usa toda la rama de restauración como canal de salida. Los importes están calibrados para no disparar ninguna alerta, pero el volumen total es significativo —le informo.
Azusa deja los palillos sobre el bentō. Me mira y por un instante, estoy convencida de que voy a morir.
—¿Estás diciendo que alguien usa mis restaurantes para mover dinero?
Dudo un instante. Sospecho que ella lo sabe. No sé si no ha hecho nada todavía porque está involucrada o porque hacerlo es peligroso. Porque en el mundo en el que se mueve, hay una diferencia muy grande entre saber las cosas y decirlas en voz alta.
—Estoy diciendo que hay un patrón que quizá merezca la pena investigar —respondo con precaución.
—Bien. —Coge los palillos y vuelve al salmón—. Investiga. Quiero un informe preliminar para el viernes.
Eso es todo. No hay sorpresa ni indignación. No hay ni rastro de la reacción que debería tener una directora que descubre que alguien está utilizando su negocio para desviar dinero. O ya lo sabe y quiere ver hasta dónde soy capaz de llegar.
O quiere que yo lo descubra para señalarlo sin mancharse las manos y eso acaba con mi apetito.
A las cuatro, le llevo el primer borrador de la estructura de proveedores. Me quedo de pie a su lado, señalando los números en la pantalla de su portátil.
Ella se inclina para mirar al mismo tiempo que yo y sus dedos rozan el dorso de mi mano. Es un contacto mínimo, la punta de sus dedos en mis nudillos. Su piel contra mi piel. Suave. No debería dejarme sin respiración.
Retiro la mano. Rápido, demasiado rápido y el gesto delata justo lo que no quiero que se vea.
Azusa no me mira ni hace ningún comentario. Sigue hablando del proveedor de Singapur como si nada hubiera pasado, porque en el fondo no ha pasado nada. Ha sido un roce casual. Dos manos que se cruzan sobre un portátil en un despacho. Pasa cien veces al día en cien mil oficinas del mundo.
Y mis rodillas siguen temblando.
—Puedes irte —dice de pronto, rompiendo la magia.
Salgo del despacho casi corriendo, bajo en el ascensor, cruzo el vestíbulo y salgo a la calle. Camino hasta la estación de Roppongi. Bajo las escaleras del metro. Espero en el andén. Me siento en el primer tren.
Y entonces acaricio de manera instintiva la zona en la que sus dedos rozaron mi piel.
El tren traquetea hacia Shimokitazawa. La gente a mi alrededor mira el móvil, duerme, lee manga. Nadie mira a nadie. Nadie sabe que mientras rozo con la punta de los dedos el dorso de la mano, estoy pensando en la heredera del clan más poderoso de Tokio desnuda en mi cama.