La hija del dragón (El dragón de Hagure 1) Capítulo 8
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Capítulo 8

AZUSA

Igarashi lleva tres meses empujando la idea de una alianza matrimonial con los Hayami y esta noche mi padre ha decidido no descartarla. Me presentan al que pretenden que sea mi futuro marido entre el primer y el segundo plato de un omakase en un restaurante que no es el mío.

—Wataru Hayami —dice, con el tono con el que me presentaría a cualquier socio comercial—. Hijo de Hayami Kenji. Clan Hayami, Yokohama. Treinta años.

Wataru Hayami hace una reverencia y me dedica una mirada que es mitad cortesía y mitad resignación. Creo que a él tampoco le hace mucha gracia.

El restaurante es un kaiseki en Akasaka que mi padre frecuenta cuando quiere impresionar sin recurrir a Hagure.

Suelo de tatami, sala privada, un biombo de papel que nos separa del mundo.

La camarera trae el segundo plato: sashimi de hirame sobre hielo picado, con un shiso tan fresco que puedo olerlo desde el otro lado de la mesa.

Wataru es guapo de una manera objetiva. Mucho.

La mandíbula cuadrada, el pelo cortado con precisión, traje azul marino que se ha puesto para agradar pero no para deslumbrar.

Las manos bien cuidadas. Un reloj bonito pero discreto.

Lleva la corbata aflojada un centímetro, lo justo para parecer relajado sin faltar al respeto a mi padre.

Si yo fuese la mujer que quieren que sea, sería perfecto para mí. Pero no lo soy.

—Wataru gestiona la rama de logística de los Hayami —continúa mi padre, dirigiéndose a mí pero hablando para la mesa entera—. Ha modernizado el sistema de distribución del puerto con unos resultados excelentes.

Igarashi está sentado en el extremo de la mesa.

No debería estar aquí. Se supone que es una cena familiar, no una reunión del clan.

Pero mi padre le ha invitado, porque en su cabeza Igarashi sigue siendo su mano derecha y nada de lo que yo diga sobre discrepancias en Shinjuku va a cambiar treinta años de lealtad percibida aunque yo no tenga nada claro que sea real.

Hablamos de todo un poco, de logística, de Yokohama, del futuro del comercio marítimo. Sabe de lo que habla. Hace preguntas inteligentes sobre Hagure Dining sin ser intrusivo. No me interrumpe, es educado. No me explica cosas que ya sé ni me mira el escote.

Parece un buen hombre y eso es peor que si fuera repulsivo y un machista.

Porque si fuera repulsivo, podría rechazarle sin sentir ninguna culpa. Si fuera estúpido, tendría una excusa. Si fuera violento o arrogante, mi padre lo entendería. Pero Wataru Hayami es inteligente y respetuoso y eso me deja sin razones para decir que no.

Excepto la razón que no puedo decir en alto y menos delante de otro clan.

El tercer plato es wagyu a la brasa con sal de Okinawa. Igarashi espera a que mi padre se levante para ir al baño. Es todo lo que necesita.

—Buen chico, el Hayami —dice, sin mirarme, cortando la carne con una precisión que resulta excesiva para una cena.

—Lo es.

—Hay gente en el consejo que lleva tiempo comentando. Una mujer de tu edad, de tu posición, todavía sin compromiso. La gente habla, ¿sabes?

—La gente siempre habla.

—Ya. Pero hay cosas de las que es mejor que no hablen. ¿No crees?

Se me revuelve el estómago, pero mantengo la calma. He sido entrenada desde pequeña para mantener siempre la compostura, independientemente de lo tensa que sea la situación.

—No sé a qué te refieres, Igarashi-san.

Wataru mira su plato en silencio. Ha escuchado la conversación, pero ha preferido no levantar la cabeza. No sé si ha entendido a lo que se refiere o si le importa.

Mi padre vuelve del baño. Se sienta. Mira el wagyu y la conversación se corta en seco.

—¿Está bueno?

—Excelente —dice Igarashi, con una sonrisa. Sabe que ha conseguido clavarme un cuchillo, aunque desconoce a qué profundidad.

El resto de la cena transcurre sin incidentes.

Wataru me habla de un proyecto de renovación portuaria en Yokohama.

Yo respondo con datos sobre el crecimiento del sector hostelero en Ginza.

Somos dos profesionales intercambiando información en un contexto social.

Es eficiente, cortés, justo lo que se espera de dos jóvenes herederos de un clan.

Nadie menciona un posible matrimonio de manera directa.

No hace falta. Igarashi ha organizado esta cena, ha sugerido a los Hayami, ha creado el escenario.

Mi padre se ha limitado a no decir que no.

En nuestro mundo, no decir que no es lo mismo que decir que sí.

Sé que la propuesta llegará en semanas. No de mi padre, del propio Igarashi, que la presentará como idea de todos, algo bueno para el futuro del clan.

Y mi padre dejará que ocurra porque es más fácil que enfrentarse a la pregunta de por qué su hija no quiere casarse.

***

En el coche, de vuelta a Roppongi, Hisako conduce en silencio.

—¿Qué te ha parecido? —pregunto.

—¿Hayami?

—Sí.

—Parece competente. Y no desagradable.

—No desagradable. Qué elogio.

—¿Quieres que diga lo que realmente pienso? —pregunta con respeto.

—Prefiero que no lo hagas.

Hisako asiente. Conduce y las luces de Tokio pasan por la ventanilla en rayas de color. Rojo, blanco, amarillo, neón. Me recuesto contra el asiento y cierro los ojos.

Igarashi lo sabe, o al menos lo sospecha. No hay mucha diferencia en la práctica. Lo de la mesa no ha sido un comentario casual. Ha sido una marca, como las que se hacen en los árboles para saber por dónde se ha pasado. Ha pasado por aquí. Ha visto algo y volverá.

Soy la heredera de un poderoso clan y cada día que no salgo con un hombre es un día más de munición para Igarashi.

Cada cena a la que no llevo acompañante, cada boda de un shateigashira a la que acudo sin pareja.

Cada vez que mi padre pregunta “¿hay alguien?” y yo respondo “estoy muy ocupada con el trabajo” y él acepta la respuesta porque aceptar la respuesta es más fácil que hacer la pregunta de verdad.

Porque la pregunta de verdad en el mundo en el que nos movemos, es una pregunta que no tiene una respuesta segura.

Tenía dieciséis años cuando lo supe. Una compañera de clase con el pelo corto y la risa fácil.

Me prestó un libro de Banana Yoshimoto y me acarició la cintura con disimulo.

No pasó nada más. No necesitó pasar nada más.

Lo supe en la piel, en la parte baja de mi vientre.

Era algo que no había sentido con ningún chico.

Tuvimos algún encuentro furtivo en el instituto.

Besos y muy poco más. Ella tenía miedo de que mi padre se enterase.

Todo el mundo sabía a qué se dedicaba. Desde entonces he tenido muchos más encuentros.

Casi todos fuera de Tokio. Mujeres sin nombre ni historia, sin ninguna conexión con mi mundo.

Hoteles de Osaka y Kioto donde nadie sabe quién soy o a qué me dedico.

Noches breves que luego se evaporaban sin dejar marca.

Las reglas estaban claras desde el principio. Una noche, sin preguntas.

—Hisako.

—¿Sí?

—¿Segawa ha enviado el informe semanal de logs?

—Lo recibí esta tarde. Iba a enseñártelo mañana.

—Enséñamelo ahora —exijo.

Hisako saca el teléfono del bolsillo con la mano derecha sin dejar de conducir con la izquierda y me lo pasa.

Lo leo por encima. Accesos normales, tráfico de red estable, un aviso de mantenimiento programado para el servidor de backup.

Y al final, en una línea que parece rutinaria: “Búsquedas anómalas detectadas en el módulo de facturación, Q4. ID de usuario pendiente de identificación. Se recomienda monitorización pasiva.”

Búsquedas anómalas. Módulo de facturación. Justo donde están los proveedores fantasma de Hagure.

—¿Segawa envía esto a alguien más? —pregunto.

—Es el informe estándar de IT. Va a la directora, al controller y al wakagashira.

Al wakagashira. A Igarashi.

Igarashi ha leído la misma línea sobre búsquedas anómalas, de eso estoy segura. Y si Igarashi es la mitad de inteligente de lo que creo que es, va a pedir a Segawa que identifique al usuario.

Cierro los ojos. Dos amenazas simultáneas. Igarashi sospechando de mi sexualidad en una mesa mientras comemos wagyu y un informe de IT que podría llevar hasta Shio Aramaki si alguien tira del hilo.

—Mañana necesito que averigües una cosa sobre Segawa, el director del departamento de informática. ¿Con quién habla fuera de IT? ¿A quién le debe favores? Todo lo que nos pueda dar una palanca sobre él —ordeno.

Hisako asiente sin preguntar por qué.

Llegamos a Roppongi. Subo al piso treinta y ocho. Me quito los zapatos y me siento en el sofá sin encender las luces. Tokio brilla al otro lado del cristal, millones de ventanas iluminadas, millones de personas viviendo vidas donde tu sexualidad no tiene ninguna consecuencia.

La jaula no está hecha de barrotes. Está hecha de expectativas. De un padre que no pregunta porque es mejor no saberlo. De un mundo en el que ser quien soy es una grieta que alguien podría explotar.

Abro el Yamazaki y me sirvo un par de dedos y pienso en Wataru Hayami, que parece un buen hombre y que no merece una esposa que cierre los ojos y piense en una mujer mientras le hace el amor.

Y pienso en Igarashi, que es capaz de oler la sangre a kilómetros y que ahora tiene dos hilos de los que tirar: mi sexualidad y unas búsquedas anómalas que le llevarán hasta una nueva empleada con muchos años desaparecidos en su biografía.