La hija del dragón (El dragón de Hagure 1) Capítulo 7
35%

Capítulo 7

SHIO

El nombre que buscaba aparece un jueves a las cuatro de la tarde escondido en una nota a pie de página.

Hasta que llego a esa nota.

JI.

Jō Igarashi.

Las iniciales se me quedan clavadas en la retina como el flash de una cámara.

JI. Jō Igarashi. El nombre no aparece completo en ninguna parte del sistema de Nivel 2.

Solo las iniciales, solo en notas a pie de página, solo en documentos de más de un año de antigüedad.

Alguien los ha limpiado parcialmente. No del todo.

Lo suficiente para que un empleado normal no los encuentre.

Abro el buscador interno y tecleo “JI-2019”. Tres resultados. Tecleo “JI-2018.” Dos más. Tecleo “JI-2017.” Uno. Seis documentos en total, todos con la misma estructura: autorizaciones de pago a empresas de consultoría genérica referenciados a operaciones del wakagashira.

Las abro una a una. Veinte segundos por documento. Leo, memorizo, cierro. No descargo nada, tampoco lo imprimo ni copio. Todo se queda en mi cabeza, donde los logs del sistema no pueden seguirme.

Las direcciones de los pagos cambian, también los importes. Las empresas receptoras mudan el nombre cada seis meses. Pero el patrón es el mismo: dinero que sale de Hagure Dining, transita por una empresa fantasma y desaparece en una cuenta que no está en el sistema de Nivel 2.

Y todas las operaciones llevan las mismas iniciales. JI.

Cierro el último documento y me quedo mirando la pantalla. El reloj de la esquina inferior dice las cuatro y treinta y dos. Tanaka, el controller, teclea a tres escritorios de distancia. La impresora del fondo escupe un informe que nadie recogerá en los próximos diez minutos.

Todo sigue igual. Excepto que ahora tengo un nombre que lo cambia todo.

***

Sabía que los Onuki habían destruido a mi padre. Eso lo sé desde que tenía dieciséis años y empecé a investigar con un portátil de segunda mano en la biblioteca pública de Hackney. Sabía que fue el clan. Sabía que fue extorsión. Sabía que fue Shinjuku.

Lo que no sabía era el nombre.

Mi padre tenía tres restaurantes de ramen.

Los abrió uno a uno a lo largo de quince años, empezando por un local de doce asientos en un callejón trasero de Shinjuku.

El segundo en Takadanobaba. El tercero cerca de la estación de Shin-Ōkubo.

Los tres funcionaban bien. Los tres tenían clientela fija, proveedores leales y buena reputación.

La destrucción se hizo poco a poco. Proveedores que dejaron de servir sin explicación alguna.

Inspecciones sanitarias que aparecían cada semana con listas de infracciones inventadas.

La licencia del primer restaurante fue revocada por una queja que nadie pudo identificar.

Los bancos cerraron de pronto las líneas de crédito a pesar de que todos los pagos estaban al día.

En menos de un año pasamos de tres restaurantes a ninguno. Mi padre lo perdió todo y fue demasiado para él.

Todo eso lo sabía. Lo que todavía no tenía era un nombre. Tenía un clan, una estructura, la certeza de que alguien había dado la orden. Pero un “alguien” abstracto, uno que no tenía cara ni nombre. Ahora sé que esa persona ocupa una silla en las reuniones del clan y le faltan varias falanges.

Jō Igarashi es el hombre que destruyó a mi padre.

***

Salgo de Onuki Holdings a las seis en punto. Hoy camino, no cojo el metro. Necesito mover las piernas, sentir el aire de Tokio en la cara.

Shinjuku. El barrio de mi padre.

El local del primer restaurante ya ni siquiera existe.

En su lugar lo han juntado con el de al lado y han puesto una tienda de ropa de segunda mano con un letrero de neón rosa.

Al lado, una máquina expendedora de bebidas calientes.

Enfrente, un pachinko con las puertas abiertas y el ruido de las bolas de metal cayendo como lluvia dentro de una lata.

Me quedo de pie en la acera, delante de la tienda de ropa, mirando el escaparate, pero no veo camisetas y vestidos usados, veo un pequeño restaurante con doce asientos, una barra de madera y una olla de cien litros al fondo.

Lo que huelo no es el aceite de las freidoras del restaurante de al lado, huelo el caldo de cerdo a las siete de la mañana y siento el vapor que se pega a la piel.

Una mujer sale de la tienda con una bolsa y me mira raro.

Llevo cinco minutos parada en la acera con los puños cerrados dentro de los bolsillos del abrigo y los ojos humedecidos.

Si pudiera explicarle por qué estoy aquí, no me creería.

Si pudiera explicarle lo que había antes en este local, le daría igual.

Es una tienda de ropa usada. Quizá para ella siempre ha sido una tienda de ropa usada.

El mundo entero funciona así. Las cosas desaparecen y el espacio que dejan se llena con otra cosa y nadie se acuerda de lo que había antes, así que sigo caminando.

El segundo restaurante es ahora una farmacia.

El tercero, el de Shin-Ōkubo, es un local de pollo frito coreano que huele bastante bien.

Por algún motivo me enfurece que alguien cocine en el sitio donde mi padre cocinaba.

Me enfurece que el mundo haya seguido funcionando.

Que Shinjuku siga aquí, con sus neones y su ruido y sus millones de personas que no saben que un hombre se arrodilló en un almacén vacío, decidió que no podía aguantar más y se quitó la vida.

Jō Igarashi.

Juro que encontraré el modo de hacérselo pagar.

***

A las once de la noche, en el apartamento de Shimokitazawa, abro el armario y monto el muro una vez más.

Las hojas de los proveedores fantasma siguen a la izquierda.

Los datos de Hagure a la derecha. Los seis documentos de hoy están en mi cabeza, no en papel, todavía no están ahí, primero debo transcribirlos de memoria, sentada en el suelo con la libreta sobre las rodillas, con la caligrafía más pequeña que me permiten los dedos.

Seis referencias. Seis autorizaciones de pago. Todas vinculadas a operaciones del wakagashira. Jō Igarashi.

Cuando termino de escribir, arranco la hoja de la libreta y la pego en el centro del muro, encima de la foto del registro mercantil de mi padre. Cojo el rotulador rojo. Escribo el nombre en mayúsculas, despacio, apretando la punta contra el papel hasta que la tinta se extiende más de lo necesario.

JŌ IGARASHI.

Lo rodeo con un círculo. Trazo líneas desde el nombre hasta los proveedores fantasma, hasta las fechas, hasta Shinjuku. Desde el nombre hasta la foto de mi padre en su registro mercantil, un documento burocrático que debería ser neutro pero que para mí pesa igual que una lápida.

A continuación, me siento en el suelo, con la espalda contra la pared, y miro lo que he hecho.

El muro ya no es una constelación de datos con un centro vacío, ahora tiene gravedad. Todo orbita alrededor de ese nombre escrito con un rotulador rojo, con la tinta todavía húmeda.

Esta noche no pienso en Azusa Onuki. Hoy no hay espacio para nada que no sea esto.

Mi padre se levantaba a las cuatro de la mañana para hacer caldo. Hervía los huesos con paciencia porque sabía que las cosas que importan necesitan tiempo. Tardó quince años en construir sus restaurantes. Jō Igarashi tardó meses en destruirlos.

Ahora sé su nombre. Ahora sé quién firmó las órdenes. Y ahora sé exactamente lo que necesito encontrar: las pruebas que conectan a Igarashi con la operación de extorsión que mató a mi padre. No al clan. A él. De manera personal, con su firma, sus iniciales, y su huella.

Porque tener un nombre le da un propósito a mi rabia.