La hija del dragón (El dragón de Hagure 1) Capítulo 6
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Capítulo 6

AZUSA

Le pido a Shio Aramaki que me acompañe a Hagure un martes por la noche como si fuese una invitación normal.

No lo es, aunque eso no tiene por qué saberlo.

Tenemos una cena con los Yamamoto, un grupo inversor de Kōbe que quiere entrar en la segunda ronda de financiación de Hagure Dining.

Son cuatro: el patriarca, dos hijos y un abogado que toma notas y no come casi nada de lo que le ofrecemos.

Necesito a alguien que pueda explicar la estructura financiera de Hagure sin que los números suenen a lo que realmente son.

Aramaki llega diez minutos antes que los inversores. Lleva el mismo traje gris de siempre, pero se ha cambiado la blusa blanca por una negra y se ha soltado el pelo. Detalles mínimos. Sabe que Hagure no es una oficina.

—Llegas temprano —digo desde la barra, donde estoy revisando la lista de platos con Matsubara.

Matsubara levanta una ceja, pero no dice nada. Nunca dice nada cuando hay alguien nuevo en la barra. Solo observa, con esa paciencia de artesano que me hace confiar en él más que en la mayoría de las personas que conozco.

La cena empieza a las siete. Los Yamamoto son educados, formales, previsibles. El patriarca hace preguntas sobre márgenes de beneficio. El hijo mayor quiere saber sobre nuestros proyectos de expansión. El abogado escribe sin levantar la cabeza.

Aramaki les explica las proyecciones financieras a cinco años con una claridad que me sorprende.

No porque dudase de su competencia, más bien porque hay una diferencia entre leer un informe bien hecho y escuchar a alguien traducir los números en una historia que tiene sentido.

Aramaki no habla de cifras, habla de futuro.

El hijo menor, que no había abierto la boca en veinte minutos, le hace tres preguntas seguidas.

Eso es lo que necesitaba ver. Funciona bajo presión y sabe leer una sala.

Los Yamamoto se van a las nueve y media. Satisfechos. El abogado cierra su cuaderno con una reverencia. El patriarca me estrecha la mano. El hijo menor le pide una tarjeta a Aramaki. Ella no tiene y le da el correo corporativo con una sonrisa que parece diseñada para ese momento exacto.

Matsubara recoge los platos. La cocina se cierra. Hagure queda vacío excepto por ella y por mí, sentadas en la barra de ciprés con los restos del omakase entre las dos.

Debería enviarla a casa. La cena ha terminado. La prueba ha terminado y ha funcionado de manera satisfactoria. Es buena, mañana le daré acceso al nivel 2 de seguridad y veré qué hace con datos reales.

En lugar de eso, le sirvo sake. Junmai daiginjo de Niigata, el que guardo detrás de la barra y que no está en la carta.

—¿Siempre guardas un sake secreto? —pregunta, mirando la botella sin etiqueta.

—Solo para las ocasiones especiales.

—¿Los Yamamoto no lo merecían?

—Los Yamamoto han bebido el Kubota Manju que estaba en la carta. A cien mil yenes la botella, no se han quejado.

—¿Y este?

—Este no tiene precio porque me lo regala el productor cada noviembre. Es un hombre que lleva cuarenta años haciendo sake en un pueblo de trescientas personas y que se niega a vender a distribuidores. Solo produce para amigos.

Aramaki levanta el vaso. Lo huele antes de beber, pero no es un gesto de cortesía, es un reflejo. Alguien, en algún momento de su vida, le enseñó a oler antes de probar.

—Arroz y agua —dice de pronto—. Nada más. Es sorprendente que algo tan simple pueda ser tan completo. La mayoría de la gente cree que la complejidad viene de añadir cosas. Más ingredientes, más técnica, pero lo difícil es justamente lo contrario, reducir capas hasta que solo quede lo esencial.

—¿Me estás hablando de sake o de contabilidad? —pregunto, arqueando las cejas.

—Las dos cosas funcionan igual. Un balance limpio es un balance donde no sobra nada. Si hay una línea de más, es que algo está mal —responde con media sonrisa.

Cambio de tema. No porque quiera, me gustaría tener una conversación real con ella, me parece una persona inteligente, pero debo comprobar algo.

—A propósito de balances —digo, haciendo girar el vaso entre los dedos—. He estado revisando las cuentas del último trimestre de la rama inmobiliaria. Hay una discrepancia del cuatro por ciento entre los ingresos declarados y los flujos de caja. ¿Lo has notado?

Es mentira. No hay ninguna discrepancia del cuatro por ciento. Los números de la rama inmobiliaria están limpios. Es una trampa. Si Aramaki lo ha revisado, dirá que no ha encontrado nada. Si no lo ha revisado, dirá que lo mirará. Si es una espía competente, no corregirá a su jefa.

—No he llegado a la rama inmobiliaria en detalle todavía —dice—. Puedo revisarlo mañana si quieres.

Respuesta perfecta. Ni corrige ni confirma. No se delata sabiendo demasiado ni finge saber demasiado poco. Es justo lo que haría una persona inteligente que está ocultando algo.

Matsubara sale en ese momento de la cocina secándose las manos. Se detiene al vernos. Lleva cuatro años viéndome sentada sola en esta barra después de cada servicio, con un whisky y el portátil, sin compañía. Que haya una mujer sentada a mi lado bebiendo sake es algo nuevo.

—¿Necesita algo más, Onuki-san?

Le digo que puede irse y nos deja solas de verdad.

Aramaki hace girar el vaso de sake entre los dedos. Tiene las manos pequeñas, los nudillos algo pronunciados. Una cicatriz fina en la muñeca izquierda, medio escondida por la manga de la blusa.

—¿Puedo hacerte una pregunta, Onuki-san?

—Depende de la pregunta.

—¿Por qué restaurantes? —suelta de pronto.

Es extraño, nadie me pregunta eso. Todo el mundo asume que Hagure es una extensión del negocio familiar, una pieza más del engranaje, una manera fácil de lavar dinero o alguna tapadera.

—Porque la comida no miente. Todo lo demás en mi trabajo se puede falsificar. Un balance, una reunión, una sonrisa. La comida no. No hay forma de fingir un buen plato —respondo.

—Mi padre decía algo parecido —añade con una sonrisa cargada de melancolía.

Lo dice sin pensar y su cara cambia justo después de decirlo, como si acabase de darse cuenta de que me ha dicho algo que no quería decir.

—¿Tu padre cocina? —pregunto con cautela.

—Cocinaba. Murió hace tiempo.

Eso es todo. No da más explicaciones. Cierra la puerta con la misma limpieza con la que abre los archivos financieros: accede, mira, sale.

Excepto que ahora sí ha dejado huella, porque ahora sé que su padre cocinaba. Y que está muerto. Y que a ella, cuando habla de su padre muerto, le cambia la cara de un modo que no se puede falsificar.

Todos los balances del mundo se pueden maquillar. Esa expresión, no.

Se va a las once con una reverencia. Todo muy formal. La puerta de hinoki se cierra detrás de ella y Hagure vuelve a ser mío.

He aprendido tres cosas esta noche. Que Aramaki funciona bien bajo presión y sabe leer una sala. Que pasó el test del cuatro por ciento sin delatarse en ninguna dirección. Y que su padre cocinaba y está muerto.

Y también me he descubierto mirándole la boca mientras hablaba al menos tres veces.

Y estoy sonriendo.

Mañana le daré acceso al nivel 2 de seguridad. Veamos si los cimientos de esta pared aguantan más peso o se derrumban.