Capítulo 5
SHIO
Veintidós días sentada en un escritorio junto a la ventana de la planta seis, bebiendo hojicha tibio, respondiendo correos con educación y siendo la analista financiera más aburrida de Tokio.
Por las noches, soy otra persona.
El armario empotrado del apartamento de Shimokitazawa ya no está vacío.
Las puertas correderas se abren a una pared cubierta de papel.
Informes trimestrales que he memorizado antes de devolver.
Notas escritas a mano en una libreta de cien yenes que compré en el Daiso de la esquina.
Líneas de rotulador rojo conectando nombres con fechas, fechas con cantidades, cantidades con direcciones.
En el centro de todo, la foto de mi padre. No la que llevo en el móvil, esa en la que sonríe detrás de la barra de nuestro restaurante.
El muro crece cada noche. Lo monto cuando llego del trabajo y lo desmonto antes de acostarme, dejando las hojas apiladas en una carpeta dentro de la maleta que guardo bajo el futón.
Si alguien entrase en este apartamento y abriese el armario, vería una pared blanca y ropa colgada.
Si moviese la ropa y mirase la carpeta, pensaría que soy una analista financiera con mucha obsesión por mi trabajo.
Pero nadie va a entrar. Nadie sabe que vivo aquí, excepto Ren, el chaval del konbini, que a estas alturas me saluda con un “buenas noches, vecina” y me guarda el último onigiri de umeboshi cuando me ve llegar tarde.
Y hoy el muro me ha dado algo.
Todo comienza con los proveedores. Hagure Dining Group tiene catorce proveedores registrados en el sistema SAP.
Doce son normales: productores de pescado, distribuidores de sake, una granja de wagyu en Kagoshima, una empresa de manteles de lino.
Tienen su historial de muchos años, tienen registros fiscales cruzados, tienen facturas con importes irregulares como las que tiene cualquier negocio real.
Números con decimales, con IVA desglosado, con conceptos específicos.
Los otros dos proveedores son distintos.
Las otras dos consultoras. Ambas facturan “servicios de consultoría estratégica” por importes redondos.
300.000. 500.000. 200.000. Nunca decimales.
Y cuando busco sus registros mercantiles en la base de datos, los dos tienen la misma fecha de constitución, el mismo domicilio fiscal y el mismo apoderado.
Un nombre que no reconozco. Todavía.
He anotado las facturas de los últimos cuatro trimestres. Dieciséis meses de pagos regulares a dos empresas fantasma que facturan aire. La suma total es discreta, repartida en cantidades que no disparan alarmas automáticas, pero también es constante.
Es un blanqueo básico, discreto, bien calibrado. El dinero entra sucio por un lado y sale limpio por el otro, con facturas que justifican el movimiento.
Pego las hojas en el muro con cinta adhesiva. Las facturas a la izquierda. Los proveedores reales a la derecha. En medio, una línea roja que conecta las dos consultoras con el apoderado compartido.
Me siento en el suelo, con la espalda contra la pared opuesta al armario, y estudio lo que tengo.
Lo que tengo es una mancha, todavía no es una conexión. ¿Quién da las órdenes? ¿Dónde va el dinero después de salir de la consultora? ¿A una cuenta personal? ¿A la estructura criminal directamente?
Desde Nivel 1 no puedo saberlo. Necesito Nivel 2. Y para eso necesito que alguien me dé acceso.
No puedo pedirlo. Pedirlo en la tercera semana sería sospechoso. Tengo que esperar a que me lo ofrezcan.
La paciencia. El ingrediente secreto.
***
Mi padre hacía ramen de cerdo. Tonkotsu. Los huesos hervían desde las cuatro de la mañana en una olla de cien litros que ocupaba media cocina. A las siete entraba yo, con el uniforme del colegio, y el vapor me pegaba la camisa al cuerpo antes de sentarme en el taburete alto de la barra.
—Prueba —decía, entregándome una cucharilla.
Yo lo probaba. A los siete años no sabía distinguir el umami del glutamato, pero conocía la diferencia entre un caldo bueno y uno perfecto.
El bueno sabía a cerdo. El perfecto sabía a todo lo demás: a la cebolla que se había quemado un poco en el fondo, al jengibre fresco, a esa nota salada que mi padre llamaba “el alma del hueso”.
—¿Y? —preguntaba, con el delantal manchado, clavándome la mirada como si mi opinión fuese la única que importaba.
—Le falta algo.
—¿Qué le falta?
—No sé. Algo.
Se reía. Esa risa que terminaba en las arrugas de los ojos.
—Algo. Eso es precisamente lo que le falta. Siempre le falta algo. Y el día que no le falte nada, dejo de cocinar. Porque la gracia está en buscar lo que falta.
***
Cuando empujo la puerta a las once de la noche, Ren levanta la cabeza de su teléfono móvil y hace un gesto de saludo que es mitad reverencia, mitad espasmo.
—Vecina. Umeboshi guardado. Lo tengo detrás, en la reserva de emergencia.
—¿Cuántos vecinos tienes en reserva de emergencia? —pregunto con curiosidad.
—Solo tú y el señor Uchida del tercero, pero él compra siempre el de atún, así que no hay conflicto —explica muy contento.
Cojo el onigiri, un vaso de tonkotsu instantáneo y un café frío. Ren lo escanea todo sin prisa. A esta hora el Lawson está vacío y él estira cada transacción como si fuera la última conversación del día.
—Oye, ¿todo bien? —pregunta sin mirarme, concentrado en meter los palillos en la bolsa.
—¿Por qué?
—Compras ramen instantáneo todos los días. Todos. No te juzgo, pero llevo tres semanas viéndote entrar a las once de la noche con cara de no haber dormido lo suficiente y compras la misma cena. ¿No te estarás, no sé, castigando por algo? Solo pienso en voz alta, ¿eh? No lo tomes como algo personal.
La pregunta me pilla con la guardia baja. Ren guarda el cambio en la caja, no me mira, pero tiene las orejas rojas.
—Es algo temporal —digo sin dar más explicaciones.
—Ya. —Cierra la caja—. Mi madre siempre dice que lo temporal es lo que más dura. Pero qué sabrá ella, solo lleva cuarenta años cocinando.
Se me escapa una sonrisa. La primera del día.
—Gracias, Ren.
—Si un día quieres comida de verdad, los martes la señora Okada del izakaya de la esquina prepara un nikujaga que te cambia la vida. Dile que vas de mi parte y te cobra la mitad. Me debe un favor porque le arreglé el router.
La melodía de la puerta me despide. Camino por Shimokitazawa con la bolsa en una mano y el teléfono en la otra.
La foto de mi padre me mira desde la pantalla cuando lo enciendo.
Un hombre sonriendo detrás de una barra.
Un hombre que habría odiado verme comer ramen instantáneo cada noche en el suelo de un apartamento de veinticinco metros cuadrados.
Pero lo entendería porque él también buscaba lo que faltaba, cada mañana, con la cucharilla y el caldo y la olla de cien litros.
La diferencia es que lo que le faltaba a él se podía encontrar en una cocina. Lo que me falta a mí, está encerrado en un edificio de Roppongi, detrás de cuatro niveles de seguridad, protegido por una mujer que todo el mundo dice que es extremadamente peligrosa.
Hay algo que me preocupa y no tiene nada que ver con los proveedores fantasma.
Cada búsqueda que hago en el sistema queda registrada en algún sitio. Es imposible que un sistema corporativo de este nivel no tenga logs de actividad. Cada clic, cada archivo abierto, cada consulta. Todo deja huella en algún lugar. Otra cosa es que lo revisen o no lo hagan.
He tratado de ser cuidadosa. No he buscado nada que una analista de Nivel 1 no buscaría en el curso normal de su trabajo.
Me he molestado en camuflar las consultas que de verdad me interesan entre docenas de consultas anodinas: informes trimestrales, presupuestos de departamento, organigramas.
Si alguien revisa mis logs, verá a una empleada nueva explorando el sistema. Normal.
Pero ni siquiera sé quién tiene acceso a esos logs o con qué frecuencia los miran. Desconozco si hay alertas automáticas que se disparan cuando alguien accede a ciertos archivos.
Estoy dejando huellas en la nieve esperando que nadie las vea.
Me meto en el futón e intento dormir con el sonido de un tren lejano como ruido de fondo.
Necesito acceder al nivel 2 de seguridad.
Pero, sobre todo, necesito dejar de pensar en el cuello de Azusa Onuki cuando cierro los ojos, porque eso no estaba en ningún plan y es un desperdicio de energía que no me puedo permitir.
Pero ahí está. Cada noche.
Me doy la vuelta en el futón. Cierro los ojos. Pienso en proveedores fantasma hasta que el cerebro se rinde y me deja dormir.