La hija del dragón (El dragón de Hagure 1) Capítulo 4
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Capítulo 4

AZUSA

Igarashi llega tarde a propósito.

Es una táctica que usa desde antes de que a mí se me permitiese entrar en esta sala. Llegar de vez en cuando cinco minutos tarde a la reunión del clan no es un descuido. Es un mensaje que nos dice que su tiempo es más valioso que el nuestro. Nos reta a empezar sin él si nos atrevemos.

Y nadie se atreve.

La sala trasera de Hagure no se parece en nada al restaurante que los clientes ven.

Aquí no hay decoración, las paredes son de hormigón visto, la mesa rectangular y pesada, de cerezo oscuro, y no hay ventanas.

Ocho sillas. Mi padre en la cabecera. Senda a su izquierda, con su taza de té que nunca abandona.

Los demás distribuidos según una jerarquía que no está escrita en ningún sitio pero que todo el mundo respeta.

Yo me siento al lado de Senda. Siempre al lado de Senda.

Es el único flanco de esta mesa donde sé exactamente qué hay a mi espalda.

Igarashi entra con Nishida medio paso por detrás.

Nishida se sienta al fondo, junto a la puerta, con la espalda contra la pared y las manos sobre los muslos.

El irezumi de la carpa koi le asoma por el puño de la camisa.

Es un hombre que sabe estar quieto. Eso le hace más útil que la mayoría de los que se sientan a esta mesa.

Igarashi ni siquiera se disculpa. Mira a mi padre. Mira a los demás y, a continuación, me clava la mirada.

Empezamos con lo habitual durante unos veinte minutos. Territorio. Ingresos. La zona de Shinjuku, que es de Igarashi, lleva tres trimestres cayendo porque aprieta demasiado fuerte. Esto lo sé pero no lo digo.

—Los ingresos de Shinjuku —dice mi padre, mirando un papel que lleva cifras escritas a mano, nunca impresas, nunca digitales.

Igarashi se inclina hacia adelante. Despacio.

—Estamos en proceso de ajuste. Hay dos negocios que se resisten. Lo resolveremos esta misma semana —le asegura, entrelazando las manos sobre la mesa.

—¿Cómo?

—Como siempre se resuelven estas cosas —dice sin más.

Mi padre no parpadea. Senda bebe un sorbo de su taza de té. Yo miro las cifras que tengo delante y abro la boca, aunque quizá no debería.

—El problema no son dos negocios que se resisten. El problema es que en Shinjuku estamos cobrando un treinta por ciento por encima de la tarifa que acordó el consejo hace dieciocho meses.

Toda la sala se queda en un silencio demasiado incómodo.

Igarashi gira la cabeza hacia mí muy lentamente.

—¿Y eso te lo ha dicho quién?

—En los libros se declara que algunos comerciantes no pagan.

“Impagos”, dice el informe. Pero si no pudiesen pagar, pedirían un aplazamiento, es demasiado peligroso no pagar.

No lo hacen y la razón es que todos pagan hasta el último yen.

Solo que pagan más de lo que aparece en los libros del clan.

La diferencia se la queda alguien y la esconde tras la palabra “impagos”.

Lo digo mirando a las cifras, sin levantar la voz. Como si fuese un problema contable y no una grave acusación de que está robando al clan.

Igarashi sonríe. Creo que duda entre si merece la pena responder o es más eficiente esperar a que el problema se resuelva solo. Al final, decide responder.

—Agradezco tu interés, pero quizá deberías centrarte en tus restaurantes y dejar la zona de Shinjuku a quien lleva treinta años gestionándola —dice sin perder la sonrisa.

—Si quien lleva treinta años gestionándola puede explicar dónde va la diferencia, estaría encantada de centrarme en mis restaurantes —murmuro, esta vez manteniéndole la mirada.

Mi padre levanta la mano. Solo tres centímetros, pero la conversación muere de inmediato.

—Igarashi. Revisa la tarifa de Shinjuku y tráeme un desglose antes de fin de mes —ordena.

—Kumichō, con todo el respeto...

—Fin de mes —zanja mi padre.

Igarashi asiente lentamente y, a continuación, me mira. No dice nada, pero sus ojos llevan una amenaza implícita. La reunión termina quince minutos más tarde. Mi padre sale primero. Senda segundo, con su taza de té, como un monje camino de otra meditación. Los demás en fila.

Igarashi se detiene en la puerta. Nishida ya está fuera, esperando.

—Tu padre no va a estar siempre sentado en esa silla, Azusa. Lo sabes, ¿verdad?

Usa mi nombre de pila. No el apellido y tampoco el cargo. Es la versión elegante de escupir en el suelo junto a mis botas.

—Buenas noches, Igarashi-san —digo, tratando de mantener la calma.

Cuando sale y cierro la puerta, el hormigón de las paredes absorbe el eco de sus pasos.

Tu padre no va a estar siempre sentado en esa silla.

No es una amenaza nueva. Es una predicción. Y lo peor de las predicciones de Igarashi es que suelen cumplirse.

***

Hisako me espera en el coche. Un Lexus negro con cristales tintados que dejamos aparcado en la calle trasera de Hagure. Es leal. Puede arrancarte el brazo con la mano izquierda mientras conduce con la derecha.

No arranca. Eso significa que tiene algo.

—¿Qué ocurre? —pregunto, abrochándome el cinturón de seguridad.

—Tengo el informe preliminar de Shio Aramaki.

—Habla.

—El máster en la universidad de Londres es real. Las notas son reales. Su trabajo en consultorías de primer nivel son reales. La recomendación del profesor Henderson también es real. Hasta ahí, todo limpio.

Espero. Hisako no habría mencionado “hasta ahí” si todo fuese limpio del todo.

—¿Pero?

—Antes de 2019 no existe. Ningún registro escolar, ninguna dirección, ningún historial médico, ninguna huella digital. Es como si hubiese nacido a los veintiuno.

—¿Podría ser un cambio de nombre legal?

—Podría. Pero los cambios de nombre dejan registro. Este no lo tiene. Es una identidad que empieza en un punto concreto y no tiene raíces por ninguna parte.

Miro por la ventanilla. Ginza a las once de la noche es un circuito de taxis y luces que se reflejan en el asfalto mojado. Ha llovido mientras estábamos en la reunión y ni siquiera me he dado cuenta hasta ahora.

—¿Mishio? Nuestras relaciones son muy tensas con ellos.

—Es la hipótesis más lógica. Si quisieran meter a alguien dentro, el departamento financiero sería el lugar ideal —responde con calma mientras gira a la derecha.

—¿Alguna conexión?

—Ninguna. Pero eso es justamente lo que esperarías si lo han preparado bien.

Hisako tiene razón. La ausencia de conexión no es prueba de inocencia, es más bien todo lo contrario.

—¿Sigo investigando? —pregunta con cautela.

La pregunta tiene más capas de las que parece a simple vista. Seguir investigando significa dedicar recursos y cuando se dedican recursos, tarde o temprano, alguien se entera y luego hay que dar explicaciones muy incómodas.

—Todavía no. Quiero ver cómo trabaja, qué busca, qué preguntas hace. Si rinde cuentas a Mishio, en algún momento cometerá un error. Siempre lo cometen. Y si no es del Mishio, tengo una excelente analista con un pasado que no es asunto mío.

Hisako asiente y el Lexus se desliza por Ginza sin ruido.

—Hay otra cosa —dice, sin apartar la vista de la carretera.

—¿Qué?

—He revisado los logs del sistema. Aramaki accedió ayer a las facturas del Hagure Dining Group. Abrió el archivo durante unos veinte segundos y lo cerró.

Veinte segundos. Suficiente para ver las cifras redondas. Insuficiente para extraer datos. Es el comportamiento de alguien que sabe lo que busca, pero no quiere dejar huella.

O quizá el comportamiento de una analista curiosa en su primer día de trabajo que abrió una carpeta al azar y no encontró nada relevante.

—¿Veinte segundos exactos?

—Veintidós.

—Monitoriza sus búsquedas a partir de ahora —ordeno—. Sin que se note. Quiero un informe de cada archivo que abra. Podría no ser nada… o podría estar buscando algo en concreto.

Cruzamos Roppongi y el edificio donde vivo aparece al fondo, una torre de cristal que se confunde con las demás. Treinta y ocho plantas de personas que no se conocen, apiladas en apartamentos casi idénticos, separadas por muros tan finos que a veces escucho la televisión del vecino.

El día ha sido interesante. Catorce horas de trabajo.

Una reunión del clan donde acusé a Igarashi de robar delante de mi padre.

Una nueva empleada con un agujero de muchos años en su biografía que ha tardado veintidós segundos en encontrar en concreto el tipo de factura que usamos para blanquear dinero.

—Hisako.

—¿Sí?

—Esa chica es inteligente.

Hisako aparca frente al edificio. Apaga el motor y me mira por el retrovisor.

—¿Eso es bueno o malo?

—Las dos cosas, depende de sus intenciones.

Salgo del coche. Subo al piso treinta y ocho, me quito los zapatos en la entrada, me sirvo un Yamazaki con dos hielos y me siento en el sofá frente al ventanal.

Shio Aramaki. Una pared nueva en un edificio viejo. Posiblemente haya encontrado una grieta en mi estructura el primer día. Eso me preocupa y al mismo tiempo me interesa.

Normalmente, la gente que intenta infiltrarse comete uno de dos errores: o bien se esconde demasiado y pasa desapercibida, o se acerca demasiado rápido y levanta sospechas.

Lo que no hacen es sentarse en su escritorio y encontrar, en veintidós segundos de navegación casual, el punto exacto donde la estructura falla.

A menos que sepan dónde mirar o que alguien les haya dicho qué buscar.

Doy un trago al whisky. Me quema la garganta, pero lo necesito.

Mañana le daré más acceso para ver cómo reacciona. Mañana la pondré a trabajar con datos reales, no con las carpetas de bienvenida. Vamos a ver qué hace con lo que le damos. Si tira del hilo equivocado, Hisako lo verá. Si no tira de ningún hilo, me puedo relajar.

Y si tira del hilo correcto y lo hace bien, entonces tengo un problema mucho más interesante que una espía del Mishio. Tengo a alguien que sabe muy bien lo que hace y eso es bastante más peligroso.