La hija del dragón (El dragón de Hagure 1) Capítulo 3
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Capítulo 3

SHIO

Lo primero que llama mi atención al entrar en el vestíbulo de Onuki Holdings es el mármol del suelo. Italiano, según me informan, con vetas grises que parecen ríos secos.

El dinero nuevo se nota en todo lo demás: los tornos de acceso con lector biométrico, las cámaras en los ángulos del techo que cubren cada metro cuadrado sin dejar ni un punto ciego. Hasta en la recepcionista, demasiado perfecta.

—Es solo una verificación estándar, Aramaki-san. Un momento —me dice cuando me pide la documentación.

Espero y sonrío. Llevo cuatro años siendo Shio Aramaki y a estas alturas me ajusto a ese personaje mejor que a mí misma.

La recepcionista me devuelve la identificación con una reverencia y me entrega una tarjeta de acceso que pesa menos que un chicle.

—Nivel uno. Planta sexta, departamento financiero. Komiya-san la espera —me informa.

Paso la tarjeta por el torno y se ilumina una luz verde con un pitido.

Primer dato: el acceso está segmentado por niveles.

Esta tarjeta abre la planta seis y las zonas comunes.

Nada más. Las plantas de dirección requieren otra autorización.

Guardo esa información en mi cabeza mientras camino hacia los ascensores pareciendo que estoy nerviosa por mi primer día de trabajo y no por las razones que pondrían nerviosa a cualquier persona de este mundo.

El ascensor sube en silencio. Acero cepillado, espejo en la pared del fondo, cámara en la esquina superior derecha. Observo mi reflejo, Shio Aramaki es una mujer discreta que viste bien pero no demasiado. Que destaca lo justo para que la tomen en serio y lo justo para que no la recuerden.

Planta seis. Las puertas se abren a un pasillo enmoquetado con luz cenital suave.

Segundo dato: los portátiles en los escritorios que alcanzo a ver no tienen puertos USB.

Están sellados. Y las redes Wi-Fi que detecta mi móvil son tres, todas cifradas, todas con nombres genéricos que sugieren segmentación por departamento.

Quien diseñó la seguridad informática de este edificio sabía lo que hacía.

***

Komiya-san es un hombre de cuarenta y pocos con gafas redondas y una corbata que lleva estampados unos pequeños patos amarillos. Eso me desconcierta más que toda la seguridad biométrica del vestíbulo.

—Aramaki-san, bienvenida. Siéntese, por favor. ¿Café? ¿Té? Tenemos un hojicha bastante decente.

Le tomo la palabra y pido hojicha.

Su despacho es pequeño, extremadamente ordenado, con una foto de dos niñas en uniforme escolar sobre su mesa.

Director de recursos humanos. Según mi investigación previa, lleva once años en Onuki Holdings y no tiene ninguna conexión con la estructura criminal.

Es uno de los muchos empleados limpios: la capa exterior, la fachada que hace que todo esto funcione y le otorga un aire respetable.

—He revisado su expediente —dice, sirviéndose un té—.

Francamente impresionante. Su universidad en Londres no da ese tipo de recomendaciones a la ligera.

Y trabajó en una consultora de primer nivel.

Aquí va a encontrar algo diferente. Somos más pequeños, más ágiles.

La directora, Onuki-san, prefiere equipos reducidos con acceso directo.

Nada de cadenas de mando interminables —me informa.

A continuación, me explica la estructura: cuatro analistas en el departamento financiero, un controller, y por encima de todos ellos, la directora. No hay director financiero intermedio. Azusa Onuki supervisa de manera directa.

—Lee cada informe. Revisa cada número. No he conocido a nadie que trabaje más horas en este edificio. —Baja la voz, como si compartiera un secreto—. Entre nosotros, creo que no duerme.

Sonrío. Komiya es un hombre amable. Amable de verdad. Me cae bien. Ese podría ser un problema.

No estoy aquí para que me caiga bien la gente.

***

Mi escritorio está junto a la ventana, aunque mis únicas vistas son un trozo de cielo entre dos edificios.

El portátil es de una calidad excelente con el puerto USB sellado con una pieza de plástico negro que parece imposible de quitar.

La red Wi-Fi me da acceso al sistema SAP, a la base de datos de clientes y a un servidor compartido con carpetas ordenadas por trimestre.

Nivel uno.

Paso la primera hora tratando de familiarizarme con el sistema. Los datos están bien organizados, con una estructura de carpetas que delata a alguien obsesivo. Cada transacción tiene su código, su fecha, su contraparte. Todo cuadra.

Todo cuadra demasiado bien.

En consultoría aprendes una cosa: cuando los libros están perfectos, mienten. No siempre, pero las empresas con una contabilidad inmaculada suelen tener un segundo juego de libros en algún otro lugar. Es como un restaurante con la cocina demasiado limpia: o acaban de fregar o no cocinan ahí.

Encuentro lo que busco a las once de la mañana.

No es gran cosa. Es un proveedor de suministros para Hagure Dining Group que factura servicios de consultoría genéricos por importes que siempre terminan en cifras redondas.

Trescientos mil yenes. Quinientos mil. Doscientos mil.

Nadie factura en cifras redondas. Nadie.

Ni siquiera los consultores más vagos del mundo se molestan en redondear sus facturas al yen exacto.

Es una mancha minúscula en una sábana blanca, pero está ahí.

Hago clic, miro, cierro. Veinte segundos. Si alguien revisa los logs de mi sesión, verá que una empleada nueva exploró el sistema durante su primer día. Algo normal.

Lo que no verán es que acabo de confirmar mi primera hipótesis: la rama de restauración de Onuki Holdings tiene facturas que quizá no cuadran. Proveedores genéricos, cifras redondas, servicios vagos. Es la firma clásica de una operación de blanqueo de baja intensidad.

Y Hagure Dining Group es el proyecto personal de Azusa Onuki.

***

La veo por primera vez a las dos y cuarto de la tarde.

No la escucho llegar. Nadie la escucha llegar. Cuando levanto la cabeza ya está ahí, de pie junto al escritorio de Tanaka, el controller, revisando un documento que él le muestra en la pantalla.

La hija del hombre que destruyó a mi padre.

La frase me atraviesa el estómago. Hace falta. Necesito que me ancle a la realidad, porque durante tres segundos, al ver a esa mujer, acabo de olvidar por qué estoy aquí, y eso es imperdonable.

Ella desvía la cabeza y me mira.

Pero no como hizo Komiya, con amabilidad. Me mira como se mira un problema nuevo. Con atención. Con algo que podría ser curiosidad pero que en su cara parece más bien una evaluación de riesgos.

—Aramaki-san —saluda.

—Onuki-san. —Me levanto. Reverencia. Treinta grados, la medida justa entre respeto y dignidad—. Gracias por la oportunidad de trabajar aquí.

—¿Cómo está siendo el primer día?

—Productivo. El sistema está muy bien organizado.

—Lo organicé yo misma.

Lo dice sin presumir. Es un dato, como la temperatura exterior o el precio del yen. A continuación, se da la vuelta y desaparece como llegó, sin hacer ruido. Como un fantasma.

Me siento y miro la pantalla sin ver los números.

Debo tener cuidado. No solo con la seguridad, o con los logs en el sistema. Esto va más allá de mi identidad falsa. Tengo que tener cuidado con lo que acaba de pasar dentro de mi cuerpo cuando Azusa Onuki me ha mirado.