La hija del dragón (El dragón de Hagure 1) Capítulo 2
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Capítulo 2

AZUSA

El despertador suena a las cinco cuarenta y cinco. Llevo despierta desde las cinco.

Tokio amanece con una precisión que siempre me ha parecido arquitectónica.

Primero la luz gris en los bordes del ventanal.

Luego el tráfico, capa sobre capa, hasta que la ciudad alcanza su volumen de crucero.

Desde el piso treinta y ocho de este edificio en Roppongi, el amanecer parece un plano técnico cobrando vida.

El suelo está frío bajo mis pies descalzos. Ochenta metros cuadrados de parquet oscuro, muebles que elegí porque no ocupan espacio mental: líneas rectas, colores neutros, nada que llame la atención. Mi madre habría odiado este apartamento. Demasiado vacío, habría dicho. Demasiado silencio.

Murió cuando yo tenía siete años. Cáncer de páncreas, cuatro meses entre el diagnóstico y el final. En esta familia, incluso la muerte es eficiente.

En la ducha, el agua caliente me recorre la espalda y pasa sobre el tatuaje sin detenerse.

Noto el relieve de la tinta bajo los dedos cuando me enjabono, un reflejo que he repetido cada mañana durante diez años.

El dragón empieza en el omóplato izquierdo y baja serpenteando por la columna hasta detenerse a mitad de la espalda, inacabado.

Como una frase que alguien dejó de escribir.

Me lo hice a los dieciocho. Un acto de lealtad. El artista era Tsujimoto, el tatuador del clan, un viejo con manos de cirujano y menos de ocho dedos completos. Hizo el contorno y las primeras escamas en dos sesiones. Nunca volví para la tercera.

No sé por qué.

Miento. En el fondo, sí lo sé. No volví porque terminar el dragón habría significado que estaba dentro del todo, y hay una parte de mí que se niega a cerrar esa puerta.

Una parte pequeña, silenciosa, que ocupa el mismo espacio que una grieta en un muro de carga: invisible hasta que el edificio se mueve y cede.

Traje gris carbón, corte recto. Blusa negra sin cuello. El reloj de mi abuelo, demasiado grande para mi muñeca, con la correa ajustada al máximo. Kanjirō Onuki fundó este clan con las manos vacías y el reloj es lo único que conservo de él. Pesa más de lo que debería para ser solo metal y cristal.

Me miro en el espejo del recibidor. La mujer que me devuelve la mirada es la que todos esperan ver: sin una arruga en la tela ni en la expresión. Cada mañana, antes de salir, la construyo pieza a pieza. Cada noche, cuando vuelvo, la desmonto.

Nadie ve el proceso intermedio.

***

La sala de reuniones del último piso de Onuki Holdings huele a colonia masculina. Siete hombres alrededor de una mesa ovalada. Yo soy la única mujer. Lo soy siempre.

Mi padre ocupa la cabecera. Kōzō Onuki. Sesenta años, pelo canoso cortado a cepillo, traje azul marino con un alfiler de corbata que perteneció a su padre.

Habla poco, pero cuando lo hace, la gente deja de respirar.

No porque sea especialmente elocuente. Porque las consecuencias de no escuchar son desproporcionadas.

—Los números del trimestre —dice, sin mirar a nadie en particular.

—Un ocho por ciento de incremento en la división inmobiliaria —respondo—. Hagure Dining sube un doce. Los clubes se mantienen estables.

—¿Estables?

—Estables es positivo en un trimestre donde Ginza ha perdido un cuatro por ciento de tráfico nocturno.

Me mira. No es una mirada de aprobación. Es una auditoría. Mi padre no felicita: verifica.

—Prepárame un desglose por unidad de negocio para el viernes.

—Ya está hecho. Lo envié ayer.

Dos de los hombres a su derecha intercambian una mirada rápida.

Odian que me adelante. Senda, el más viejo, el que se sienta siempre a la izquierda de mi padre, disimula algo parecido a una sonrisa detrás de su taza de té.

Senda es el único de esta mesa que no me subestima abiertamente.

No sé si es respeto o estrategia. Con Senda nunca se sabe.

—Bien —dice mi padre.

Una palabra. Es lo más parecido a un abrazo que voy a recibir.

La reunión continúa. Presupuestos, proyecciones, la fachada corporativa funcionando con la suavidad de una máquina bien engrasada.

Nadie menciona lo que hay debajo. En esta mesa no se habla de lo que hay debajo.

Para eso existen las otras reuniones, las de la noche, las que no dejan nada por escrito.

Igarashi está sentado al otro lado de la mesa.

Jō Igarashi. Wakagashira. El segundo de mi padre en la jerarquía que no aparece en ningún organigrama.

Sesenta y tres años, mandíbula cuadrada, manos anchas a las que les faltan tres falanges en total.

Lleva un traje que cuesta la mitad que el mío pero lo lleva como si le diera igual, porque le da igual, porque Igarashi no necesita ropa cara para que la gente le tenga miedo.

Noto que me observa. Lo hace a menudo. No con deseo. Igarashi me mira como se mira un obstáculo en un pasillo estrecho: calculando si es más fácil rodearlo o quitarlo de en medio.

A su derecha, Nishida. Joven para su rango, treinta y cinco, la mandíbula apretada y un irezumi de carpa koi asomando por el puño de la camisa.

Nishida debe su carrera a Igarashi. Es su sombra, su perro guardián, el primero en moverse cuando Igarashi levanta una ceja.

Me desagrada, pero lo respeto: la lealtad sin condiciones es un material de construcción excelente.

También es el primero que se rompe cuando los cimientos fallan.

La reunión termina. Mi padre sale sin despedirse. Los demás recogen sus carpetas. Igarashi se detiene junto a mi silla.

—Buenos números, directora —dice. El título suena a burla en su boca. Siempre suena a burla.

—Gracias, Igarashi-san.

—He oído que hay una nueva contratación en el equipo financiero. Una chica de Londres.

—Analista. Sí. Empieza hoy.

—¿La has revisado a fondo?

Le sostengo la mirada. En este mundo todo es geometría: quién mira a quién sin pestañear, quién ocupa más espacio, quién se queda de pie cuando el otro se sienta.

—Reviso todo a fondo, Igarashi-san. Todo.

Se va. La sala queda vacía.

Abro la carpeta que tengo debajo del bloc de notas. La carpeta de la nueva analista. Shio Aramaki. La he leído tres veces.

***

Hagure ocupa un local en una calle secundaria de Ginza que no encontrarías si no supieses dónde buscar.

Sin cartel exterior. Una puerta de madera de hinoki con un tirador de hierro negro.

Dentro: doce asientos en una barra de ciprés, una cocina abierta donde el chef Matsubara trabaja en silencio, y una iluminación tan tenue que parece diseñada para que los clientes se olviden de la hora.

Es mi restaurante. Lo construí hace cuatro años. Elegí personalmente cada tabla del suelo, cada pieza de cerámica, cada proveedor, cada número. Es lo más parecido a un hijo que voy a tener en mi vida.

También es una máquina eficiente de lavar dinero. Pero eso no tiene por qué ser contradictorio.

Son las seis de la tarde y el servicio de cena empieza en una hora.

Matsubara prepara el mise en place con la concentración de un cirujano.

Le observo desde la barra, comprobando la carta de esta noche: pargo de Tsushima con shiso, ostras de Miyagi sobre granizado de pepino, wagyu de Kagoshima con chalota encurtida.

Veintiocho platos. Omakase. Tres meses de espera para una reserva.

—El dashi de hoy tiene demasiado katsuobushi —digo.

Matsubara levanta la vista. Es un hombre de cincuenta años que ha dedicado su vida a la comida y que tolera mis opiniones culinarias solo porque firmo los cheques.

—Lo he ajustado al lote de bonito que llegó esta mañana. Es más graso de lo habitual.

—Entonces reduce la cantidad. No ajustes el método al ingrediente. Ajusta el ingrediente al método.

Asiente. No discute. Aquí nadie discute conmigo, tenga razón o no. Ese es el problema de dirigir un restaurante cuando tu apellido hace que la gente se trague las palabras: nunca sabes si tu dashi es bueno de verdad o si la gente tiene miedo de decirte que está salado.

Abro el portátil en el extremo de la barra y vuelvo a la carpeta.

Shio Aramaki. Con solo veinticinco años tiene un MBA por una prestigiosa universidad de Londres, con especialización en contabilidad internacional.

Inglés a nivel nativo. Experiencia en consultoría financiera.

Referencias impecables, incluyendo una carta de un tal profesor Henderson que la describe como “excepcionalmente meticulosa y dotada de una intuición analítica poco común.”

Todo perfecto. Justo lo que necesitamos ahora que los inversores internacionales exigen informes en formato IFRS. Exactamente el perfil que llevo dos meses buscando.

Exactamente.

Cierro el portátil. Miro la barra de ciprés, las vetas de la madera, los nudos que interrumpen las líneas rectas. La madera de ciprés tiene una propiedad interesante: cuanto más la pules, más revela sus imperfecciones. Parece más perfecta de lejos que de cerca.

Los currículums funcionan igual.

Shio Aramaki tiene un historial laboral sólido y referencias verificables.

Pero hay algo en el conjunto que no encaja.

No es un defecto. Es una ausencia. Llevo treinta años viviendo entre gente que miente de manera profesional, y he desarrollado una sensibilidad para la mentira bien construida.

No es lo que dice el CV. Es lo que no dice.

Es la conveniencia del timing: aparece justo en el momento en que la necesitamos, justo con las habilidades que nos hacen falta.

Estamos en guerra con el clan Mishio. Si quisiera infiltrar a alguien en nuestra estructura financiera, enviaría justamente esto: una mujer joven, brillante, sin conexiones visibles con el mundo criminal, con un perfil demasiado limpio para un sector donde nadie tiene las manos del todo limpias.

Podría estar equivocada. A veces lo estoy cuando se trata de personas. Soy excelente con los números y no tanto con la gente. Pero no estoy dispuesta a apostar la seguridad de esta operación a mis instintos.

Tampoco estoy dispuesta a rechazarla.

Porque si es una espía del Mishio-gumi, expulsarla ahora significa perderla de vista.

Y a un enemigo siempre, siempre, lo quieres donde puedas observarlo de cerca.

Le das acceso limitado. Le das una mesa con vistas a la ventana y vigilas qué mira por ella.

Le das lo suficiente para que se sienta cómoda y esperas a que cometa el primer error.

Y si no es una espía, entonces tengo una analista financiera excelente.

Gano en ambos casos.

Cojo el teléfono. Hisako descuelga al primer tono. Siempre descuelga al primer tono. Hisako Kuroda. Treinta años, más leal que cualquier perro de los que salen en las películas y bastante más peligrosa.

—La nueva analista. Shio Aramaki. Quiero un informe discreto. Historial en Londres, verificación de empleo, presencia digital. Sin que se entere recursos humanos. Sin que se entere nadie.

—¿Nivel de profundidad?

—Medio. Si sale limpio, archívalo. Si sale sucio, me llamas a cualquier hora.

—Entendido.

Cuelga. Hisako no hace preguntas innecesarias. Es una de las razones por las que es la única persona en este clan en quien confío parcialmente. Parcialmente es el máximo que ofrezco.

Miro la hora en el reloj de mi abuelo. Las siete menos cuarto. Los primeros clientes llegarán en quince minutos. Matsubara ha reducido el katsuobushi. El dashi huele limpio, con ese punto de humo que lo hace adictivo.

Me quedo un momento en la barra, sola, con el portátil cerrado y el teléfono boca abajo.

Hagure vacío es mi lugar favorito del mundo.

La madera, la luz tenue, el olor del caldo que empieza a hacer su trabajo.

Aquí no soy la hija de Kōzō Onuki. No soy la directora de nada.

Soy una mujer en un restaurante que ha construido con sus manos, sentada en una barra de ciprés, preguntándose si el dashi está en su punto.

Dura un minuto. A veces dos.

Luego vuelvo a ponerme la armadura y salgo a recibir a los clientes con la sonrisa que llevo perfeccionando desde que era una niña.

Shio Aramaki. El nombre se queda en algún lugar entre la carpeta y mi cabeza. Una pared nueva en un edificio viejo. Parece sólida. Pero llevo demasiados años en el negocio de la construcción para no comprobar los cimientos antes de cargar peso sobre ellos.

Mañana empieza. Veamos cómo acaba.