La hija del dragón (El dragón de Hagure 1)
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Capítulo 1
SHIO
La llave no gira a la primera.
Meto la maleta en el hueco entre mi cadera y el marco de la puerta, sujeto el asa con la rodilla y fuerzo la cerradura con las dos manos.
El metal cede con un chasquido seco que resuena por todo el rellano.
El apartamento parece exhalar cuando abro: aire encerrado, tatami viejo, el fantasma de la pintura reciente que alguien ha usado para tapar las manchas del inquilino anterior.
Veinticinco metros cuadrados. Shimokitazawa, segundo piso sin ascensor, una ventana que da a un callejón donde alguien ha dejado una bicicleta oxidada y tres macetas con algo que quizá fue verde en algún momento de su vida.
Hogar, dulce hogar.
Arrastro la maleta dentro y cierro. No enciendo la luz todavía. Me quedo de pie en la oscuridad, con el abrigo puesto y la respiración agitada de subir las escaleras.
Y dejo que Tokio me encuentre.
El ruido llega primero. No tiene nada que ver con el ruido de Londres, un rugido constante de autobuses y sirenas y gente que grita por teléfono.
Tokio suena distinto. El murmullo del tráfico llega filtrado, educado, como si la ciudad pidiese permiso antes de entrar.
El traqueteo lejano de un tren. La melodía de un konbini a media manzana, esa cancioncilla electrónica que no ha cambiado en diez años y que me hace apretar los dientes porque la reconozco.
Mi cuerpo sabe lo que es antes que mi cabeza.
Igual que reconoce la humedad del aire, la presión atmosférica, el modo en que Tokio pesa sobre la piel de una forma que Londres jamás consiguió hacer.
Diez años fuera. Y la ciudad me recibe como si hubiera salido a comprar el pan hace diez minutos.
Enciendo la luz y parpadea dos veces antes de decidirse.
El apartamento es lo que pagué por él: un rectángulo con suelo de tatami, un futón enrollado en un rincón, una cocina que es básicamente un fregadero con un hornillo al lado y una nevera que me llega a la cintura.
El baño tiene un tamaño diminuto. Hay también un armario empotrado con puertas correderas que ocupa toda una pared.
Saco el portátil de la maleta y lo dejo sobre el suelo.
Luego la bolsa de aseo, la ropa, tres cargadores, y una carpeta de plástico transparente con documentos que cualquier agente de aduanas habría encontrado completamente normales: un contrato de trabajo, un currículum, una carta de recomendación de un profesor de la universidad.
Todo impecable. Todo mentira.
Bueno. Casi todo.
El máster es real. Las notas son reales. El nombre que aparece en el contrato de trabajo, Shio Aramaki, es el que llevo usando cuatro años y el que aparece en mi pasaporte, en mi cuenta bancaria y mi perfil de LinkedIn. Es un nombre limpio, sin historia, sin raíces. Un nombre de nadie.
Mi nombre real no lo pronuncio en voz alta desde que aterricé en Heathrow cuando tenía quince años y una maleta mucho más pequeña que esta.
Coloco la carpeta dentro del armario, en el suelo, y me quedo mirando el espacio vacío de la pared del fondo. Mañana compraré chinchetas. Cinta adhesiva. Rotuladores rojos. Empezaré a llenar ese vacío con lo que llevo diez años recopilando.
Pero ahora no. Ahora necesito comer algo o me voy a caer redonda.
***
El konbini de la esquina es un Lawson. Me lo imaginaba. En Shimokitazawa siempre hay un Lawson.
La melodía electrónica suena cuando abro la puerta y el dependiente levanta la cabeza del manga que está leyendo detrás del mostrador. Es un chaval de veinte y pocos con el pelo teñido de rubio ceniza y cara de no haber dormido lo suficiente en su vida.
—Irasshaimase —masculla sin mirarme.
Recorro los pasillos bajo la luz fluorescente. Onigiri de salmón, sándwiches triangulares, bentōs de pollo frito que brillan bajo el plástico. Y en la estantería del fondo, la hilera de vasos de ramen instantáneo.
Me detengo.
No es el hambre lo que me frena. Es el olor.
El ramen instantáneo de un konbini japonés huele a glutamato y a sal y a caldo artificial, y debajo de todo eso, si prestas atención, huele a vapor.
Solo a vapor. Y el vapor me lleva a un lugar que no quiero visitar ahora mismo, en un konbini a las once de la noche con jet lag y las manos temblando.
Cojo un vaso de tonkotsu, un onigiri de umeboshi y una lata de café frío.
—¿Eso es todo? —pregunta el chaval cuando dejo las cosas en el mostrador.
—Sí.
—¿Necesitas palillos?
—Sí.
—¿Bolsa?
—No.
Me mira un segundo más de lo necesario. No con sospecha. Con esa curiosidad perezosa de alguien que pasa ocho horas al día viendo entrar y salir gente y se ha vuelto experto en catalogar a los desconocidos.
—Acabas de mudarte, ¿no? —dice mientras escanea el onigiri.
Considero mentir. Pero mentir requiere energía y la mía se ha quedado en algún punto del trayecto entre Narita y aquí.
—Hoy.
—Bienvenida al barrio. —Mete los palillos en la bolsa que no le he pedido—. Te aviso de que el agua caliente de los pisos de arriba tarda un siglo en salir por las mañanas. Y la señora Ōta del primero deja la basura fuera del contenedor, pero no se lo digas o te pintará el buzón.
—Gracias por el aviso.
—Soy Ren, por cierto.
No le doy mi nombre. Hago una reverencia mínima junto con una sonrisa que no llega a los ojos, recojo mis cosas y salgo. La melodía electrónica me despide como una canción de cuna defectuosa.
***
El ramen instantáneo sabe a lo que tiene que saber. El problema es que mi cerebro no está aquí. Mi cerebro está en un restaurante de Shinjuku que ya no existe, sentada en un taburete alto de madera mientras un hombre con delantal manchado de caldo desliza un cuenco de comida por la barra hacia mí.
Noboru Enomoto. Mi padre. Un metro setenta, manos grandes, una risa que empezaba en el estómago y terminaba en las arrugas de los ojos. Hacía el mejor tonkotsu del barrio y lo sabía, pero nunca lo decía, porque eso no se hace.
“Mi marea”, me llamaba. Porque iba y venía por el restaurante como el mar, decía, metiéndome en todos los rincones, tocándolo todo, probándolo todo.
Yo tenía siete años y el caldo me parecía la cosa más importante del universo.
Él me dejaba remover la olla grande, la de los huesos de cerdo que llevaban hirviendo desde las cuatro de la mañana, y me explicaba que la paciencia era el ingrediente secreto para que todo saliese perfecto.
—Si apresuras el caldo, se nota —decía—. Si lo tratas bien, te lo devuelve.
Tenía quince años cuando dejó de existir.
No digo “cuando murió”. Decir que alguien muere implica que la muerte vino a buscarle.
A mi padre la muerte no le buscó. La provocaron.
Le cerraron los proveedores. Le revocaron la licencia.
Le fabricaron deudas. Le asfixiaron poco a poco, con la paciencia de un caldo que hierve a fuego lento, hasta que no le quedó nada.
Se quitó la vida en el almacén de su último restaurante.
No estuve allí. No me dejaron verlo. Mi madre me despertó a las tres de la mañana, me metió en un taxi con una maleta y un sobre con el billete de avión. La tía Keiko me recogió en Heathrow con los ojos hinchados y un abrigo que me quedaba grande.
Mi madre desapareció poco más tarde. Como si el aire se la hubiera tragado.
Dejo los palillos sobre la mesa. El ramen se enfría en el vaso de poliestireno. La ventana del apartamento muestra un trozo de cielo que no es del todo negro: Tokio nunca es del todo negro. Siempre hay un resplandor, un murmullo de neón que se filtra hasta los callejones más escondidos.
Me levanto y abro de nuevo la maleta. En el bolsillo interior, dentro de una funda de plástico, está la foto.
Mi padre sonríe detrás de la barra de su restaurante. Lleva el delantal manchado de caldo. Detrás, la pared está cubierta de notas de pedido y fotos de clientes habituales. Es la foto más normal del mundo. Un hombre en su lugar de trabajo. Un hombre que no sabe que le quedan tres meses de vida.
Meto la foto en la funda del móvil, entre la carcasa y la parte de atrás. Así la llevaré encima siempre. Así me recordará por qué estoy aquí cada vez que mire la hora, cada vez que descuelgue una llamada, cada vez que sienta la tentación de olvidar.
Porque mañana entro a trabajar en Onuki Holdings.
Mañana me siento en la mesa de la organización que destruyó a mi familia y les sonrío y les doy las gracias por la oportunidad.
Mañana empiezo a mentir con cada respiración.
Y necesito que cada mentira sea perfecta.
Porque mi identidad falsa tiene una grieta: antes de 2019 no existe ninguna Shio Aramaki en ningún registro digital de ningún país.
Es un vacío pequeño, difícil de encontrar si no sabes dónde mirar, pero está ahí.
Y si alguien lo encuentra, si alguien tira del hilo y llega al profesor Henderson en Londres, el profesor aguantará porque tengo suficiente sobre él para hundirle la carrera.
Pero si la presión es mayor que eso, si viene gente que no usa correos electrónicos sino golpes y amenazas de muerte, Henderson se derrumbará como un castillo de naipes.
Ese es el riesgo. Calculado. Asumido e inevitable.
Me arrodillo frente al armario abierto. La pared del fondo me devuelve la mirada, blanca, vacía, esperando.
—Te prometo que van a pagar, papá —susurro.
No sé si hablo con la foto o con el vacío del armario o con la ciudad entera que se extiende al otro lado de la ventana.
Lo que sé es que tengo hambre. No de ramen. De algo que lleva diez años cociéndose a fuego lento y que mañana, por fin, empiezo a servir.