Capítulo 27
La cocina quedó en silencio cuando la puerta del taller se cerró al fondo del pasillo.
Margaret se sentó en la silla que había dejado libre su padre mientras Callum seguía al otro lado. Y, entre los dos, la superficie de madera clara con sus marcas de años de uso.
Él sacó el sobre del bolsillo del abrigo y lo dejó sobre la mesa.
—De la señorita Farrow.
Margaret lo cogió despacio y lo sostuvo un momento sin abrirlo.
—¿Te importa? —preguntó la joven. Le parecía una falta de respeto ponerse a leer una carta delante de él cuando había ido expresamente a hablar con ella. Pero también era cierto que quería saber de su amiga.
El barón hizo un gesto con la mano.
—En absoluto. La señorita Cecily estaba muy preocupada después de lo de anoche. Si lo deseas, puedo llevarle tu respuesta cuando me marche.
Margaret asintió y le sonrió a modo de agradecimiento. Luego rompió el sello y lo leyó.
Callum esperó.
No sabía lo que decía la carta —Cecily no se lo había dicho—, pero pudo ver cómo la expresión de Margaret iba cambiando mientras la leía.
Cuando terminó, dobló el papel con cuidado y volvió a dejarlo sobre la mesa.
—Entonces, ¿tuviste ocasión de hablar con Cecily esta mañana?
—Sí. Primero fui a buscarte a Belgrave Square, y tras hablar con lady Constance, que me informó de tu marcha, me dirigí sin dudarlo a casa de los Farrow. Supuse que ella sabría decirme dónde encontrarte.
—Entiendo. ¿Viste a sus padres?
—No; de hecho, ni siquiera llegué a entrar en su casa. Ella salió cinco minutos a la puerta para hablar conmigo.
Margaret miró la carta doblada sobre la mesa.
—Por lo que me cuenta, los Farrow le han prohibido todo contacto conmigo.
—Sí, lo sé. Ella me lo dijo.
Margaret bajó la mirada, pero antes de que lo hiciera, Callum pudo ver el dolor reflejado en sus ojos.
—Bueno, no puedo decir que me sorprenda, la verdad… —Hizo una pausa—. ¿Ella está bien?
Callum prefirió decirle la verdad.
—Está triste —reconoció con honestidad—. Pero está entera. Y quería que supieras que lo lamenta. Que, si pudiera hacer algo diferente, lo haría.
Margaret asintió.
—En la carta… me dice algo más. Parece ser que, según le contó su madre, fue la propia Constance quien se encargó de esparcir el rumor acerca de mi verdadera identidad. ¿Sabes algo de eso?
—Sí, es cierto. Lady Ashmore te había reconocido. Constance lo vio y decidió actuar antes de que la situación se le escapara de las manos. Prefirió poner la información en circulación ella misma, de manera controlada, antes de que saliera de otra forma que no pudiera manejar.
—¿Lo admitió entonces?
—No exactamente. Pero tampoco lo negó. Hay silencios que dicen más que cualquier respuesta.
Margaret asintió. Luego miró por la ventana de la cocina, que daba a un pequeño patio trasero, con su luz de mañana entrando a raudales a través del cristal. No tenía nada que ver con la luz de Belgrave Square, pero era, sin ninguna duda, más suya.
—No lo entiendo. ¿Por qué? No es que tuviéramos una relación muy estrecha, pero manteníamos una cierta cordialidad.
Y no puedo sino reconocer que me ayudó a desenvolverme en fiestas y eventos para que nadie notara que yo no…
bueno, que no era de esa clase. Por eso no llego a comprender el motivo de este cambio de actitud.
—Se detuvo un momento para hilvanar el siguiente pensamiento—.
Aunque, por otro lado, siempre fui consciente de que lady Merrow nunca haría nada que no le beneficiara.
—Se encogió de hombros—. Supongo que lo que no esperaba era que me lo hiciera a mí.
—No voy a justificar a la viuda, pero tuvo miedo de ver comprometida su posición si alguien se enteraba de que había participado de manera activa en este subterfugio.
Supongo que resulta más creíble y más apropiado dar a entender que ella misma fue víctima de la mentira para que sus iguales se solidaricen con ella, después de haber tratado de ayudar a una hija con su madre enferma que vivía en el campo.
—Eso es absurdo. Cualquiera que indague un poco en la historia que creamos se daría cuenta de que ese razonamiento carece de sentido.
—Margaret, la gente creerá la historia que resulte más fácil si con eso protege a uno de los suyos. Luego pasarán a otro asunto y será como si nada hubiera ocurrido. Como si tú jamás hubieras existido.
—Vaya, eso suena duro, aunque bueno, si ellos se olvidan de mí, tampoco me importaría demasiado.
Ojalá fuera así, de hecho. Llevo toda la noche pensando si todo esto podría pasar factura a mi familia, en especial a mi madre.
Ella lleva más de veinte años cosiendo vestidos para las damas de Mayfair, y no me perdonaría si por culpa de mi capricho de hacerme pasar por quien no era, pudiera causarle problemas en su trabajo.
—Yo no me preocuparía por eso. Te aseguro que ninguna de las señoras que conozco estaría dispuesta a renunciar a una buena modista por un simple chisme. Su vanidad es más importante.
Sus palabras tranquilizaron en parte a Margaret. Pero había otra cuestión, una que le importaba mucho más, y que todavía estaba pendiente de tratar.
—¿Por qué has venido, Callum? ¿Solo para traerme la carta de Cecily?
Sus miradas se cruzaron. Él alargó las manos sobre el tablero de la mesa, y aunque dudó un instante, terminó por tomar las de la joven entre las suyas.
—Sabes que no. De hecho, quise ir a buscarte anoche mismo cuando me enteré de lo sucedido. Mi primera intención fue la de ir contigo y ver cómo estabas.
—¿Y por qué no lo hiciste? —le preguntó directamente.
—Porque la señorita Farrow me lo impidió.
—¿Cecily?
—Me dijo que, si salía detrás de ti, lo único que conseguiría sería darles más carnaza aparte de lo que ya tenían para hablar.
—Callum mantuvo su mirada—. Que no era eso lo que necesitabas en aquel momento.
Y que hoy mismo podría hablar contigo. Así que le hice caso, aunque no fuera lo que quería.
Pero lo que sí hice fue marcharme de la fiesta.
Fui incapaz de quedarme en ese salón escuchando lo que se decía.
Margaret miró la mesa mientras parecía procesar la información.
—¿Te marchaste de allí… por mí? ¿A pesar de saber que yo solo soy… quien soy? —Margaret formuló esta última pregunta en voz baja.
—No podría estar en un lugar donde se está hablando mal de alguien a quien quiero y mantenerme impasible.
Ella levantó la mirada.
—¿A quién quieres?
—Vamos, Margaret. No puedes decir que no eras consciente de mis sentimientos.
—Yo… no sé qué decir. Creí que serías como todos los demás.
—Lo sé, y por eso aún siento más no haber seguido mi instinto y haber ido detrás de ti, aunque la razón fuera buena. Además, me vino bien para pensar... Y me di cuenta de que todo esto era, en parte, también culpa mía
Margaret lo miró sin comprender.
—¿Tuya? ¿Por qué?
—Porque si yo hubiera actuado siguiendo los dictados de mi corazón —dijo Callum apretándole las manos que aún mantenía sujetas—, la situación no habría llegado hasta donde llegó, ni se hubiera montado ningún escándalo.
Hubieras tenido otra salida. Una que no dependiera de que Constance decidiera cuándo y cómo debía saberse la verdad.
—Pero... no entiendo. No podías saber lo que ella iba a hacer.
—No. Pero podía haber dado un paso al frente mucho antes, aunque reconozco que me dio miedo. Porque estaba el marqués de por medio, y yo solo soy un barón.
Solo un barón... —le entraron ganas de reír. Como si a ella le hubiera importado alguna vez el título de ninguno de los dos.
Hubo un silencio.
—Si me hubieras aceptado, yo te hubiera podido proteger a tiempo.
—Lo entiendo. Y te agradezco tu sinceridad. Pero supongo que ya es tarde para eso.
—No, creo que no lo estás entendiendo, Margaret.
Solo es tarde si tú así lo quieres. Soy yo quien comprendería que quisieras alejarte del mundo putrefacto en el que vivo y que no quisieras volver a saber nada más de mí.
Mis sentimientos hacia ti están intactos, pero entiendo el daño que te han causado.
Y no sé si yo soy suficiente para poder aliviar ese dolor. Pero, si me aceptaras...
Margaret miró la mesa.
Todo lo vivido durante los meses anteriores pasó por su cabeza como un torrente de recuerdos.
Pero de entre todos ellos, había algunos que destacaban por encima del resto.
Eran aquellos momentos compartidos con el hombre que tenía sentado frente a ella y que le sujetaba la mano como si no quisiera soltarla nunca más.
El mismo que ahora se mantenía presente cuando todos los demás le habían dado de lado, y que acababa de confesarle que guardaba sentimientos hacia ella que no se habían alterado por el simple hecho de conocer su verdadera identidad y sus verdaderos orígenes.
Y eso era, sin duda, lo único que le importaba.
Levantó la vista.
—Cuando Cecily me preguntó por mi madre y le conté quién era en realidad, me dijo que le gustaría conocerla algún día.
—Callum la escuchaba con atención—. Fue entonces cuando entendí que la mentira no tenía salida.
Pude ver claramente que la historia creada para la señorita Ashby no tenía ningún futuro.
—Se detuvo un instante—. Entonces pensé en ti.
En que para estar contigo tendría que decirte la verdad.
Y que si eso ocurría… lo destruiría todo.
—¿Y qué piensas ahora?
Margaret sonrió levemente.
—Que me alegra darme cuenta de que me equivoqué, sobre todo respecto a esto último. Porque que estés aquí, así me lo demuestra.
Callum la miró.
—Margaret… —Tiró de sus manos hacia él, hasta posarlas sobre sus labios—. ¿Significa eso que me aceptas… a pesar de todo?
—Lady Constance decía que eras peligroso porque eras imprevisible y porque te gustaba actuar a tu libre albedrío.
Y creo que fue justo eso lo que siempre me gustó más de ti: el que no te dejaras llevar por la manada como hacían todos los demás.
—Esta vez su sonrisa fue mucho más abierta—.
Si tú no tienes inconveniente en unir tu destino a la hija de una simple modista, ¿quién soy yo para poner reparos a un simple barón?
Callum le besó los nudillos y eso fue suficiente.
Porque entre ellos no era necesaria ninguna declaración solemne, ni tampoco el tipo de gesto que uno imagina para estos momentos.
Tan solo eran dos personas en una cocina que olía a canela, mirándose con la confianza de quien ya no tiene nada que esconder.