Capítulo 26
Gracechurch Street no era un barrio que Callum desconociera. Había recorrido Londres de arriba a abajo: tanto el de los salones como el que mostraba las distintas capas que conformaban la ciudad.
A medida que el carruaje avanzaba, se iba fijando en los detalles que le rodeaba.
Se podía decir que se trataba de un barrio de clase media; ni se acercaba a la distinción de Mayfair, pero tampoco llegaba a la penuria del East End .
Era un barrio de comerciantes y artesanos, de gente trabajadora que luchaba por tener una vida normal.
Por la ventanilla veía comercios de todo tipo y condición, y pudo imaginar a Margaret recorriendo aquellas calles mientras realizaba recados.
Sí, ese barrio cuadraba con la Margaret que conocía, y por algún motivo ese reconocimiento consiguió arrancarle una pequeña sonrisa.
El carruaje siguió avanzando, hasta que al girar una esquina, por fin se detuvo.
—Hemos llegado, señor —le informó su cochero.
Callum bajó y contempló la vivienda que tenía delante.
La casa era exactamente lo que él habría esperado. Una fachada cuidada, pero sin pretensiones, con las ventanas limpias y la puerta bien pintada. A través de los cristales de la planta baja podía verse el movimiento de alguien inclinado sobre una mesa.
Aquello debía ser el taller. Luego subió los escalones y llamó.
Fue Thomas Hoper quien abrió la puerta.
Callum reconoció en él a un hombre de unos cincuenta años, corpulento sin ser grande, y con un porte que denotaba seguridad en sí mismo.
Los dos se miraron durante un momento.
—¿En qué puedo ayudarle, señor?
—Buenos días. Permítame que me presente. Mi nombre es Callum Vane…
—¿El barón Vane?
—El mismo. ¿Nos conocemos? —Callum no recordaba haberse cruzado con aquel señor, pero eso no significaba que no hubiera ocurrido en algún momento.
—No directamente. He oído hablar de usted, aunque jamás hayamos coincidido. En cualquier caso, no ha contestado a mi pregunta, señor Vane. ¿Qué lo trae a mi casa?
Tal y como había supuesto, su afirmación confirmaba que aquel era el padre de Margaret.
—Vengo a ver a su hija —le informó Callum.
Thomas no respondió de inmediato. Siguió observándolo con atención, mientras se debatía sobre qué hacer. Su hija no les había llegado a contar nada de por qué había regresado a casa antes de lo esperado. Y por la cara que traía… estaba claro que algo desagradable debía haber ocurrido.
—Margaret está descansando en estos instantes. Me temo que no puede recibirle.
—¿Podría hablar entonces con usted? Para mí resulta de vital importancia hablar con ella, y estaría dispuesto a esperar lo que fuera, si no tiene inconveniente —insistió el barón. Pudo ver la duda reflejada en los ojos del señor Hoper—. Por favor.
Finalmente, Thomas se hizo a un lado.
—Está bien. Pase usted.
De manera deliberada, Thomas no llevó a Callum al salón, sino a la cocina; un lugar muy poco apropiado para acoger la visita de un lord. Pero aquella era su casa, y él quería ver cómo se comportaba aquel hombre que tanto interés tenía en hablar con su hija.
Callum se dio cuenta del gesto, y lo tomó como lo que era: un acto calculado que daba a entender que en aquella casa aquella era la estancia donde se recibía a la gente de verdad.
No a las visitas de protocolo, sino a los que querían mostrar quiénes eran los Hoper en realidad: gente sencilla, honrada y trabajadora.
Se trataba de una estancia amplia y limpia.
Casi de inmediato, llegó a su nariz el reconocible olor de la canela que le hizo recordar el día en que se encontró con Margaret en Marylebone, cuando le regaló un bote que ella supo apreciar con una calidez que entonces no supo descifrar. Ahora sí pudo comprenderlo.
Había una mesa grande en el centro con sillas a ambos lados y una hornilla al fondo. Thomas le indicó que tomara asiento. Una vez que Callum se hubo sentado, Thomas hizo lo propio al otro lado de la mesa.
Lo miró directamente, con los brazos apoyados sobre la superficie.
—¿Qué quiere de mi hija? ¿Qué busca de ella? —preguntó sin ambages.
No era una pregunta hostil, pero sí se podía percibir en ella el instinto de protección de un padre hacia su hija. Era una forma de decirle: « ojo, mucho cuidado con lo que pretende».
—Ya se lo he dicho: solo hablar con ella. No sé si Margaret le ha contado algo de lo que sucedió anoche, pero no tuvimos ocasión de conversar. Necesito saber que está bien, tranquilizarla y…
Thomas lo interrumpió.
—Mire usted, señor Vane. No sé de lo que me habla ni qué fue lo que ocurrió anoche, tal y como usted comenta.
Lo único que sé es que mi hija se presentó aquí esta mañana con la angustia reflejada en la cara y sin haber dormido en toda la noche.
—Thomas asintió despacio—. Antes de irse, le dije que si alguna vez tenía algún problema, me escribiera y yo mismo iría a por ella a Belgrave.
Pero es evidente que no quiso esperar. En cualquier caso, su presencia en este barrio me hace suponer, sin temor a equivocarme, cuál ha sido el motivo del disgusto de mi hija.
Y justo por eso, no comprendo qué hace usted aquí.
Callum no dijo nada.
—Mi hija —continuó Thomas— lleva meses viviendo en un mundo que no era el suyo.
Ha tenido que mentir todos los días. Ha tenido que fingir ser alguien que no era.
Pero fue su elección y yo la respeté, porque sabía que no bastaba con que yo le advirtiera.
Debía vivir la experiencia de primera mano y darse cuenta por sí misma.
—¿Darse cuenta de qué?
—De lo que es la sociedad en realidad. De que jamás la aceptarían si se supiera su verdadera identidad. Pero también quería que conociera lo que ella solo había podido ver a través del taller de su madre, escondida tras una puerta.
—¿Y permitió que le hicieran daño solo por satisfacer su curiosidad?
Thomas meditó la respuesta.
—No exactamente. Si la historia se hubiera mantenido hasta el final, ella hubiera vuelto a casa con una experiencia que le habría servido para aprender que el brillo no es lo mismo que el valor.
Y que hay cosas que solo se aprenden viviéndolas.
Y aunque ahora se encuentre con la ilusión un poco rota, mi hija es demasiado pragmática y demasiado fuerte para que nada doblegue su espíritu.
Solo necesita tiempo en casa, con los suyos, para recuperarse.
—Señor, déjeme decirle que no todos somos iguales. Los valores de las personas no se miden por la clase social a la que pertenecen; hay gente buena y mala en todo tipo de estamentos sociales.
—Cierto es. ¿Y puedo preguntarle en qué bando se considera usted?
Callum clavó sus ojos en los del padre de Margaret.
—No soy un hombre perfecto, señor Hoper. Tengo mis luces y mis sombras, como todo el mundo. Pero siempre supe que había algo en su hija que la hacía diferente a las demás. Y precisamente por eso, siempre me importó.
—¿Acaso la ve como a un bicho raro?
—¡No! ¿Es que no ha oído nada de lo que le he dicho? Solo quiero que sepa que la respeto tal y como es. Y no como hizo… lady Constance.
—Lady Merrow fue la que permitió que su sueño se hiciera realidad.
—Sí, pero también fue la responsable de que la verdad saliera a la luz en el peor momento posible.
Por un instante, se hizo el silencio en la cocina.
—Lady Constance no es una mujer que me inspire un especial cariño, pero teníamos un acuerdo. Dudo mucho que ella…
—Pues lo hizo. Cuando se dio cuenta de que alguien de los suyos podía juzgarla por haber ayudado a Margaret encubriendo una mentira, prefirió ser ella quien lo difundiera para poder controlar el relato.
—¿Acaso ella se lo dijo?
—No de esa manera. Pero hay silencios que son más elocuentes incluso que las propias palabras.
Thomas lo escuchó, asimilando la información.
—Margaret está despierta —anunció alguien que Callum no había oído llegar.
Se giró y vio a Eleanor Hoper que estaba en el umbral de la cocina con las manos entrelazadas. Era evidente que había estado escuchando desde su posición, aunque ninguno de los dos hombres podía saber desde cuándo.
Los ojos de Eleanor y los de Callum se encontraron durante un momento. Ella lo estudió con la misma atención con la que estudiaba la calidad de las telas y a las clientas que las llevarían.
Luego se volvió hacia las escaleras.
—Margaret, cariño —la llamó con voz cálida—. Hay un caballero en la cocina que ha venido a verte.
—¿Un caballero? —se oyó la voz de la joven desde el piso de arriba.
La cocina quedó de nuevo en silencio.
De pronto, se oyeron pasos acercándose. Y en cuestión de segundos, Margaret apareció en el umbral.
Vestía ropa sencilla y cotidiana; la que era suya de verdad. El pelo le caía suelto sobre los hombros. Bajo los ojos todavía se apreciaban los signos de la dura noche que había pasado, y que no se habían diluido a pesar de haber dormido durante unas cuantas horas.
Al verlo sentado a la mesa de la cocina, se sorprendió.
—Lord Vane, ¿qué hace usted aquí?
—Vine a hablar con usted, señorita Ashby… —sonrió—. Quiero decir, Hoper. Discúlpeme, se trata de la costumbre.
—¿Por qué no me llama Margaret, sin más? Aquí no hay espacio para tantas formalidades, señor.
—Callum.
—Callum.
Thomas miró a su esposa, que permanecía de pie junto a su hija, y se levantó de su asiento.
—Eleanor, esta mañana me dijiste que querías mostrarme algo en el taller. ¿Vamos?
La mujer miró a su hija, que se limitó a hacer un ligero asentimiento con la cabeza.
—Está bien, Thomas. Dejemos a los muchachos que hablen.