La hija de la modista Capítulo 25
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Capítulo 25

Para Callum tampoco resultó una noche fácil.

Cuando llegó a su casa no se molestó siquiera en intentar conciliar un sueño que sabía que le iba a ser esquivo. Se sentó en un sillón junto a la chimenea con una copa que ni siquiera tocó y pasó las siguientes horas meditando en todo lo sucedido.

Aunque no hubiera estado presente, no podía sacarse de su cabeza la imagen que le habían narrado y que mostraba a Margaret cruzando el salón con la espalda recta.

Para muchos la actitud de aquella muchachita que, con aires de grandeza, había conseguido engañarlos durante meses, resultaba una ofensa.

Sin embargo, él siempre supo que había algo en ella que no encajaba. Porque había demostrado tener una humildad y unos valores poco frecuentes en un mundo en el que, tal y como ella había dicho, solo importaban las apariencias.

Ella no había ido a Southwark para aparentar ser un alma caritativa con los pobres, sino porque de verdad así lo había sentido. Y no solo eso, sino que había regresado para implicarse con la labor que allí se desarrollaba.

Margaret era distinta a cualquiera que él hubiera conocido. Y esa diferencia había despertado en él algo que no podía ignorar: la necesidad de estar a su lado y de no dejarla ir.

No podía dejar las cosas así.

Tenía muy claro lo que debía hacer. Solo había que esperar el momento adecuado.

Y cuando dieron las nueve, se levantó del mismo sillón en el que había pasado toda la noche, dejó sobre la mesa la copa sin tocar, y una vez se hubo cambiado de ropa, se dispuso a salir.

Belgrave Square estaba tranquila a esa hora de la mañana. Los criados salían a realizar los recados mientras otros se dedicaban a limpiar las fachadas y los escalones de las casas para que todo estuviera impecable.

Callum subió los escalones de la casa de lady Constance sin detenerse y llamó.

Fue Bridget quien le abrió y en su rostro se reflejaba la expresión de quien llevaba a sus espaldas una jornada difícil, a pesar de la hora.

—Buenos días. Vengo a ver a la señorita Ashby. De parte de lord Vane, por favor.

La tristeza se reflejó en los ojos de la joven doncella y Callum supo que algo no iba bien.

—La señorita Ashby ya no se encuentra con nosotros. Ha vuelto con su familia.

Vane tardó un momento en asimilar lo que acababa de oír, pero sabía que no era a la doncella a quien tenía que pedir explicaciones.

—Y lady Merrow, ¿está? ¿Sabe si podría recibirme?

—Acompáñeme, por favor.

Bridget lo hizo pasar al salón de visitas sin decir nada más de lo necesario.

—Voy a avisar a lady Constance.

—Muchas gracias.

Callum esperó de pie junto a la ventana.

Constance tardó cinco minutos en aparecer, con la misma compostura correcta de siempre.

—Lord Vane...

—Lady Constance.

Hubo un momento de silencio, mientras se medían con la mirada, conscientes ambos del motivo de la visita y de la conversación que se habría de desarrollar a continuación.

—¿Dónde está? —preguntó Callum, sin andarse con rodeos.

Constance no contestó de inmediato. Con su parsimonia habitual, tomó asiento en uno de los sillones y lo enfrentó.

—Ha vuelto donde le corresponde.

—¿Dónde corresponde? —La frialdad con la que la mujer había pronunciado aquella frase incomodó al barón—. ¿A Gracechurch Street?

—Es su casa —replicó Constance, encogiéndose de hombros—. Siempre lo ha sido.

Callum sopesó con cuidado sus siguientes palabras.

—Si aquella siempre fue su casa, ¿por qué le dio usted cobijo?

—Eso, lord Vane, no es de su incumbencia.

Había tanta frialdad en su forma de expresarse que Callum no tuvo ninguna duda de lo que decir a continuación:

—Fue usted.

No era una pregunta.

Constance no cambió de expresión. En su rostro no había señal alguna de sorpresa, indignación, o cualquier reacción propia de una persona inocente ante una acusación injusta.

—No sé a qué se refiere —se limitó a decir.

—Creo que sí lo sabe. La información sobre el origen de la señorita Ashby no salió sola. Alguien tuvo que ponerla en circulación. Y esa persona fue usted.

Constance lo miró, imperturbable.

—No sé de qué se sorprende o por qué me acusa a mí de tales hechos. Ya debería saber que en nuestro mundo las cosas funcionan así. Las noticias circulan, sin más.

—Señora... Las noticias no surgen de la nada. Siempre hay alguien que las coloca en el lugar y el momento apropiado.

Otro silencio.

—Lady Ashmore la reconoció —dijo al fin, con esa neutralidad de quien constata un hecho—. Era cuestión de tiempo que se supiera, así que preferí ser yo quien gestionara la situación antes de que lo hicieran otros.

—¿Gestionar la situación? —repitió Callum.

—Así es.

—¿Destruyendo a una joven que estaba bajo su tutela?

—No. Protegiendo mi posición, que no es lo mismo; aunque entiendo que le cueste distinguirlo.

Callum negó con la cabeza, incapaz de comprender tanta frialdad.

Quizás Constance no era cruel por placer. Era pragmática hasta el final, incluso cuando eso supusiera hacer daño a personas inocentes.

—Era una joven —dijo el barón— a la que usted tenía el compromiso de cuidar.

—No se equivoque: lo que tenía era un trato. Y no con ella, sino con su padre. Pero como le dije antes, no es asunto de su incumbencia. Le basta con saber que yo he cumplido mi parte.

—No, no conozco los términos del acuerdo que haya podido tener con el padre de la señorita Ashby. Pero si bien puede que haya cumplido con la letra, dudo mucho que lo haya hecho en espíritu.

La viuda soltó un suspiro que más bien se pareció a un leve bufido.

—Señor, en este mundo solo existe la letra. El espíritu lo inventan los que todavía pueden permitirse el lujo de creer en él.

Callum negó con la cabeza.

—Está claro que usted y yo no podríamos llegar nunca a ningún acuerdo. No me va a convencer de que sus razonamientos son los correctos.

—Es cierto, ni usted a mí —contestó Constance.

El barón se quedó de pie junto a la ventana un momento más. Poco más le restaba por hacer allí. Pero cuando estaba a punto de despedirse, la viuda volvió a dirigirse a él.

—¿Puede explicarme por qué le importa tanto? Si solo es la hija de una modista.

Y en esa simple pregunta, quedaban resumidas todas las reglas de la alta sociedad londinense.

—Precisamente por eso —afirmó convencido—.

Las personas que saben hacer cosas con sus manos, las que dicen la verdad aunque les cueste, las que defienden a los demás cuando no conviene defenderlos, las que trabajan en lugar de fingir que el trabajo no existe...

Esas personas valen más que todos los títulos y todas las fachadas de este mundo.

Y usted lo sabe, aunque le incomode admitirlo.

Callum recogió el sombrero de la silla donde lo había dejado.

—Buenos días, lady Constance.

—Buenos días, lord Vane.

De Belgrave Square a casa de los Farrow había menos de diez minutos a pie. Callum los recorrió en apenas cinco.

Al igual que había hecho al llegar a la residencia de lady Constance, llamó a la puerta y una doncella salió a recibirlo.

—Buenos días. Querría hablar con la señorita Cecily Farrow, por favor.

La chica lo examinó y comprobó que era un caballero, y por lo tanto, apto para ser recibido. No obstante, le habían dado unas instrucciones muy claras:

—La señorita Farrow no recibe visitas esta mañana —comentó, repitiendo lo que le habían ordenado decir.

—Dígale que soy lord Vane y que debo hablar con ella sobre un asunto urgente relacionado con la señorita Ashby.

La doncella lo miró un momento.

—Espere un momento, se lo ruego.

Cerró la puerta y Callum esperó pacientemente en la acera.

Dos minutos después la puerta volvió a abrirse. En esta ocasión no se trataba de la doncella, sino de la propia Cecily, con una expresión de quien lleva una mañana difícil.

—Buenos días, lord Vane. Me alegra que haya venido, pero mi madre no quiere que tenga contacto con nada ni nadie que implique a Margaret. Apenas dispongo de cinco minutos antes de que se den cuenta y me llamen la atención.

—Seré breve, se lo prometo.

—Si no le importa, prefiero atenderlo aquí fuera. Ya sabe, por si mi madre...

—Pierda cuidado.

Cecily salió a los escalones y cerró la puerta a su espalda.

—¿Sabe dónde está? —preguntó Callum directamente.

—¿No está en Belgrave Square? —preguntó a su vez, extrañada.

—Acabo de venir de allí, de hablar con lady Constance. Y me ha dicho que ha vuelto a su casa, en Gracechurch Street. Pero no confío en la viuda Merrow y yo necesito saber su dirección exacta. Es imperioso que hable con ella.

Cecily pareció meditarlo durante un instante, hasta que terminó por acceder.

—Está bien, le daré lo que me pide. Pero si la busca por el nombre de Margaret Ashby, no la encontrará. Su verdadero apellido es Hoper, hija de Thomas y Eleanor Hoper.

—Se lo agradezco mucho.

—Lord Vane, ¿podría pedirle un favor? —miró hacia atrás, esperando que en cualquier momento la puerta se abriera. Debía darse prisa.

—Por supuesto.

—Como le he dicho, mis padres me han prohibido el contacto con ella. No quieren que me relacione con… —Se detuvo, y durante un momento su voz se quebró—. Con alguien cuya situación pueda comprometer la reputación de la familia.

—Lo entiendo —dijo Callum, tratando de calmarla. Porque aquello no era culpa de Cecily, sino de la sociedad a la que pertenecían.

—Pues yo no. Margaret es la única amiga que he tenido de verdad y me duele tener que perderla... Pero soy consciente de que no puedo hacer nada por cambiarlo.

No tenía sentido ahondar en el dolor de la joven, así que Callum fue directo al grano.

—¿En qué puedo ayudarle, señorita Farrow?

—Tengo esto...

La joven sacó un sobre del bolsillo del vestido. Lo sostuvo un momento antes de entregárselo.

—La escribí esta mañana y no sabía cómo hacérsela llegar hasta que Agnes me dijo que usted estaba en la puerta. Como puede ver, la dirección exacta está en el sobre. Espero que ella comprenda lo que le pongo, y que no se enfade conmigo. Pero no puedo hacer otra cosa.

Callum cogió el sobre.

—Se lo haré llegar, se lo prometo. Y le hablaré de su preocupación sincera.

—Lo sé. —Cecily lo miró y por primera vez sonrió—. Por eso se lo doy a usted y no a otro.

Callum asintió.

—Tengo que entrar, lord Vane.

—Lo comprendo. Muchas gracias por todo, señorita Farrow.

Cecily lo observó alejarse calle abajo, con el sobre en la mano y el paso firme y decidido.

Se abrazó los brazos para protegerse del frío de la mañana, o quizás, del frío interior del que no había podido desprenderse desde la noche anterior.

Cuando al fin lo perdió de vista, abrió la puerta y volvió a entrar en su casa.