Capítulo 24
Aquella noche no pudo dormir.
Lo había intentado de verdad, pero su cuerpo y, sobre todo, su mente, le negaban ese momento de paz necesaria para poder conciliar el sueño. Al cabo de un rato dando vuelta tras vuelta sobre el colchón, se incorporó hasta quedar sentada y encendió una vela que iluminó de manera tenue la habitación.
Era mucho lo que tenía que hacer, así que sin dudarlo un instante, se levantó para dirigirse al ropero y lo abrió.
Todos sus vestidos estaban ahí, en el orden en que Bridget los colgaba siempre.
Durante las últimas semanas, su guardarropa había ido aumentando con los vestidos que le había ido confeccionando su madre poco a poco.
Claro estaba que en absoluto se podía comparar con el armario de alguien que llevara años en ese mundo, pero lo que tenía frente a sí era más valioso para ella que todas las prendas de la alta sociedad juntas.
El único que no estaba guardado era su favorito: el de color verde, que había dejado sobre la silla cuando llegó, todavía con el peso de los acontecimientos de la noche.
Lo cogió y lo sostuvo un momento entre los brazos, para luego doblarlo con el mismo cuidado con que su madre lo habría hecho. Buscó con la vista el baúl que llevaba colocado en un rincón de la estancia desde que llegó, lo abrió y lo puso al fondo del todo.
Por supuesto, ni siquiera se planteó llamar a Bridget para que le ayudara a guardar sus pertenencias. No eran horas de estar despertando a nadie y además, lo que pretendía hacer, quería hacerlo sola, con sus propias manos, a su ritmo, y sin que nadie le diera ningún tipo de instrucciones.
Después le tocó el turno al vestido burdeos. Luego el azul. El plateado. El blanco... A continuación, la ropa de diario, los camisones de dormir, las prendas interiores...
Uno tras otro, cada uno fue ocupando su lugar en los baúles.
Lo último que recogió fueron sus enseres personales, como libros, cuadernos y útiles de aseo.
No había mucho más. Durante aquella temporada no había acumulado pertenencias de más, consciente de que tarde o temprano tendría que empaquetarlo todo para llevarlo de vuelta a casa.
Se podía decir que no había echado raíces en ese cuarto pequeño orientado al norte y que se iba con lo mismo que había traído.
O casi.
Antes de cerrar el baúl, abrió el cajón de la mesilla.
Las cartas que le habían escrito sus padres durante su ausencia estaban ahí. Las sacó y las leyó una vez más, y cuando terminó, también las metió en el baúl. Y entonces sí, lo cerró.
Se sentó en el borde de la cama con las manos en el regazo y la vela consumiéndose lentamente en su candil sobre la mesilla.
Gracechurch Street estaba a menos de una hora en carruaje, y pronto, muy pronto, estaría en casa.
Al llegar la mañana, Margaret se vistió con la muselina crema, la misma que llevara el primer día cuando llegó a Belgrave Square.
No lo había planeado, pero cuando lo tuvo en las manos, le pareció lo correcto.
Llegar y marcharse con lo mismo. Una simetría que nadie más notaría pero que a ella le importaba.
Poco a poco, oyó cómo la casa empezaba a despertar: el servicio empezando su jornada, los pasos de Bridget en el pasillo, el ruido lejano de la cocina.
Constance no bajaría a tomar el desayuno hasta las nueve.
Eran las ocho menos cuarto, así que todavía le quedaba un buen rato hasta poder hablar con ella.
Llamó a la puerta de la sala de uso personal de la viuda con los nudillos.
—Adelante.
Constance estaba en su sillón habitual, con el té y los papeles de la mañana, como si fuera un día cualquiera. Levantó la vista cuando Margaret entró y su expresión no cambió ni un ápice. Que Constance no se sorprendiera significaba que seguramente la estaba esperando.
—Siéntate —le dijo haciéndole un gesto en dirección al sillón que tenía frente a ella.
—Prefiero quedarme de pie. No voy a entretenerle mucho.
Constance la miró.
—¿Qué ocurre?
—Me voy —le informó sin más—. Vuelvo a mi casa. A Gracechurch Street.
Lo dijo con la misma calma con la que había doblado los vestidos durante la madrugada. Sin que sonara a tragedia y sin elevar la voz.
Constance dejó la taza sobre la mesa.
—¿Esta mañana?
—Así es.
El silencio se hizo dueño de la sala durante un minuto. Constance la observó de manera escrutadora y Margaret esperó a que la viuda asumiera la noticia. Cuando por fin percibió un gesto de asentimiento, se animó a continuar hablando.
—Lady Constance, antes de irme, quiero agradecerle todo lo que ha hecho por mí durante estas semanas.
Me ha enseñado cosas que no habría aprendido de otra manera —continuó Margaret—.
Me ha acompañado a lugares a los que nunca habría llegado sola.
Y me ha permitido cumplir un sueño que llevaba mucho tiempo siendo solo eso.
Soy consciente de que la situación puede volverse comprometida para usted.
Que lo de anoche puede tener consecuencias que van más allá de mí.
Y no quiero ponerla en un aprieto por mi culpa.
Por eso creo que lo mejor para las dos es que me vaya ahora, antes de que las cosas se compliquen más.
Si Margaret esperaba que ella correspondiera de alguna forma aquel agradecimiento, pudo constatar cuál era su verdadero interés cuando se limitó a decir:
—Espero que tu padre cumpla su parte del trato.
Margaret no se sorprendió por el comentario.
Era muy propio de... lady Constance. Aunque después de la noche que había pasado, la peor que ella recordara en toda su vida, no le hubiera venido mal recibir unas palabras que demostraran que aquella mujer, además del interés por el dinero, tenía un poquito de humanidad.
—No se preocupe. Thomas Hoper es un hombre de palabra. Puede estar tranquila en ese sentido.
Constance asintió levemente.
—Entonces, pediré el carruaje para que te lleve a tu casa —dijo cerrando la conversación.
—Se lo agradezco.
Y eso fue todo.
No hubo abrazo. No hubo ningún gesto de afecto. Ni ninguno de los pequeños ritos de despedida que se producen entre personas que han vivido bajo el mismo techo durante meses y que al separarse sienten algo.
Margaret salió del despacho y no miró atrás.
Bridget la estaba esperando en el recibidor, con el chal de Margaret en las manos. Los baúles ya habían sido llevados al coche y solo faltaba aquella última despedida. Le puso la prenda sobre los hombros y le apartó un mechón que le caía sobre la cara.
—La voy a echar de menos, señorita —le dijo con voz contenida—. Esta casa no va a ser la misma sin usted.
Margaret ignoraba cuánto sabía la que había sido su doncella, pero en cualquier casa de la alta sociedad que se preste, las noticias corrían como la espuma.
—Muchas gracias, Bridget. Por todo. Mi estancia aquí hubiera sido mucho menos llevadera de no haber estado tú. —Le tomó la mano y se la apretó con afecto.
—El carruaje aguarda por usted.
—Espera, tengo una última cosa para ti...
Margaret abrió su bolso de mano y sacó un pequeño papel que le entregó a la joven.
—Esta es la dirección de mi casa. Te prometí que te presentaría a mi modista algún día y que ella te haría algún vestido. Como ya sabrás, esa mujer es mi madre, y ella estaría encantada de coser para ti. Por favor, ven a verme.
—Señorita, esto no es necesario...
—Lo sé. Pero me gustaría poder hacer esto por ti, para agradecerte todas las noches que me has dedicado.
—Muchas gracias. Iré... No porque quiera ningún vestido, sino para verla a usted.
Margaret le sonrió y, entonces sí, salió para subir al coche que aguardaba por ella.
Poco a poco, el carruaje fue avanzando por las calles dejando Mayfair atrás. Margaret sabía que el trayecto era corto: ya lo había hecho meses atrás con los mismos baúles, la historia de Shropshire grabada a fuego en su cabeza y la ilusión guardada en su corazón desde que era una niña.
Ahora lo hacía al revés, con los mismos baúles y sin ninguna historia que sostener, y la certeza de que la sensación que la embargaba, más que ilusión, se aproximaba al alivio.
Las calles fueron cambiando de fisonomía. Más estrechas, ruidosas y, sobre todo, más familiares. Cuando el carruaje giró hacia Gracechurch Street, sintió que algo se le removía en el pecho.
La luz del día entraba por la ventana del taller, donde imaginaba que su madre se encontraría trabajando, como era habitual en ella. Ver aquellos cristales, después de tanto tiempo, le produjo una inmensa sensación de paz.
Por fin estaba en casa. En su hogar. En su lugar. En el único sitio donde podía ser ella misma sin sentirse observada o juzgada.
Se apeó del carruaje, y mientras el cochero sacaba los baúles, Margaret subió los escalones y llamó.
Pudo oír el sonido de pasos acercándose al otro lado hasta que, por fin, la puerta se abrió.
Allí estaba Eleanor que, al verla, abrió los ojos de par en par, para medio segundo después hacer lo mismo con sus brazos.
Margaret se refugió en ellos.
Ninguna de las dos fue capaz de articular palabra durante varios minutos. El abrazo era suficiente para sentir que todo encajaba por fin en su sitio. El olor a tela, a lavanda y a hogar que Margaret no había sabido que echaba tanto de menos hasta entonces.
Cuando se separaron, Thomas estaba en el pasillo.
La miró y pudo adivinar las lágrimas que habían sido derramadas no hacía mucho. Pero no dijo nada, solo se acercó a ella y la abrazó con todo el amor que sentía.
—Estoy muy cansada, padre. Esta noche no he pegado ojo y necesito dormir un poco. Si no os importa, hablaremos después.
—Claro, cielo. Tu cuarto está preparado. Siempre lo ha estado desde que te fuiste.
Eleanor le cogió la mano y la acompañó escaleras arriba.
Era reconfortante encontrarlo todo igual a cuando se fue: la misma cama, la misma ventana, los mismos libros ordenados en la estantería junto a sus muñecas de trapo.
Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si ella hubiera estado siempre ahí y la ausencia hubiera sido solo un paréntesis.
Se tumbó en la cama con la ropa puesta. Y en menos de cinco minutos, por primera vez en semanas, se quedó plácidamente dormida.
Abajo, en la cocina, Thomas y Eleanor se sentaron a la mesa.
Eleanor tenía las manos alrededor de la taza aunque el té ya se había enfriado. Thomas miraba las escaleras por donde habían subido.
—Ya está en casa —dijo Eleanor en voz baja.
Thomas le cogió la mano sobre la mesa.
—Sí, por fin.
No había nada más que decir. Los dos sabían desde el principio que esto podía pasar.
Que el sueño tenía un precio, y que ese precio a veces había que pagarlo antes de lo previsto.
Thomas lo había sabido con la claridad pragmática de quien ha calculado todos los escenarios posibles.
Eleanor lo había sabido con la claridad que proviene del corazón.
Y los dos habían dejado que su hija se fuera de todas formas.
Porque era su sueño. Y los sueños hay que vivirlos, aunque cuesten.