Capítulo 23
La semana que siguió a la velada de los Lennox fue extraña.
Una de las cosas que más llamó la atención de Margaret fueron las continuas salidas de lady Constance. Y no es que la viuda tuviera la costumbre de informarle de sus movimientos, pero sí solía hacerle algún comentario al respecto durante el desayuno.
Sin embargo, durante la semana, no hizo ni una sola alusión a sus ausencias que, además, duraban más de lo habitual. Y cuando regresaba, mostraba una expresión aún más distante de lo que solía ser común en ella.
Era evidente que la actitud de Constance se había vuelto más comedida. Y un desasosiego interno se había apoderado de ella sin poder evitarlo. Porque aquellas palabras que le dijera, «e s mejor que me lo dejes a mí », la tenían inquieta, aunque no tuviera un motivo especial para ello.
Quizás fuera por culpa de aquel encuentro con lady Ashmore —bueno, no le cabía duda de que aquella era la causa—, pero no tenía ninguna razón de peso para que tuviera esa desazón interna que no la había dejado en paz durante aquella semana.
La noche del baile de los Winstanley, mientras Bridget le recogía el pelo, Margaret se miró en el espejo y pensó que no le apetecía ir.
No porque estuviera especialmente cansada, sino porque no tenía ganas de volver a repetir la misma rutina, ni tener que estar pendiente de cumplir con los mismos estándares de comportamiento de todas las noches de salidas formales.
Sin embargo, era consciente de que la temporada se acababa.
Lo sentía en el ambiente de las veladas, en el ritmo de los eventos, en las conversaciones que iban aventurando un nuevo cierre en la que muchas familias se retirarían al campo hasta el comienzo de la siguiente.
Unas semanas más y todo esto habría concluido.
Y con ello, también quedaría finiquitado un sueño.
Su sueño.
No el de aquella niña que miraba los vestidos que cosía su madre desde el otro lado de la puerta del taller.
Ese ya llevaba semanas desmoronándose, ladrillo a ladrillo, velada a velada, comentario a comentario.
Lo que finalizaría era la versión más pequeña y más real que había ido construyendo en su lugar.
En aquella otra realidad quedarían las conversaciones con Callum, ya fuera en parques, en fiestas o en una simple sala de costura de una institución benéfica; la de las tardes con Cecily paseando por el parque, o aquella noche en que terminaron haciendo pastas de canela; la de sus propias manos haciendo algo útil en Southwark donde nadie preguntaba de dónde venías antes de ver lo que sabías hacer.
Ese mundo también estaba a punto de llegar a su fin.
Y la diferencia era que este sí le iba a doler perderlo.
—¿Está bien, señorita? —preguntó Bridget, al percibir su mirada ausente.
La joven se obligó a dibujar una sonrisa en su rostro que en absoluto sentía.
—Sí, claro que sí. Gracias, Bridget.
Y cuando ya estuvo lista del todo, cogió los guantes, su chal y bajó.
La velada en casa de los Winstanley era uno de los eventos más importantes que quedaban en la temporada.
En esta ocasión, Margaret se vistió con el vestido verde, tal y como lo había lucido la primera vez que hizo aparición en sociedad en la velada de los Harcastle.
No porque Constance se lo hubiera indicado esta vez, sino que fue ella misma quien lo eligió deliberadamente. Porque algo en su fuero interno así se lo decía.
El verde era el vestido de su madre. Era el que Eleanor había reservado para cuando necesitara que la vieran. Y esta noche, por razones que no habría sabido explicar del todo, quería lucirlo.
Cuando llegaron, Margaret apenas tardó más de diez minutos en percibir que algo no iba bien.
No fue nada concreto. Más bien se trataba de un cambio en la forma en que los ojos de los asistentes se posaban en ella. Ya no se notaba el interés de las primeras semanas. Tampoco se apreciaba la evaluación que solía soportar cuando hacía acto de presencia acompañada de lady Merrow.
Estas miradas eran... diferentes. Más fugaces de lo normal. En cuanto cruzaban la vista con alguien que tuviera en frente, este desviaba los ojos hacia otro lado con rapidez, como si no deseara mantener el contacto visual durante demasiado tiempo.
No obstante, Margaret no dijo nada y se dejó llevar por Constance mientras la conducía hacia los grupos habituales. Allí se encontraba con los saludos, las conversaciones y el protocolo de siempre.
Pero no... algo había cambiado en el aire de esa sala.
Fue en una de estas conversaciones, cuando llegó el primer comentario por parte de una conocida de lady Constance a la que había visto en varios eventos, pero con la que había mantenido poco contacto.
—Señorita Ashby, qué vestido tan precioso. Su modista debe ser muy buena —le comentó mostrando una amabilidad un tanto exagerada.
Margaret la miró, manteniendo la compostura.
—Sí. En efecto, lo es.
La mujer sonrió y la conversación continuó.
Pero las palabras « su modista» habían sonado de una manera muy peculiar, y esa inquietud que la había acompañado durante los días previos, se intensificó. Porque Margaret supo con una claridad aplastante que el rumor sobre su origen había empezado a correr.
Buscó a Cecily con la mirada. Necesitaba la paz y el apoyo que su amiga sabía brindarle sin necesidad de que tuviera que hacer nada concreto. Su sola presencia y su comprensión, era para Margaret una balsa en medio de la tormenta que se avecinaba.
Consiguió localizarla al otro lado del salón, y cuando sus miradas se encontraron, vio en su expresión el reconocimiento de lo que ocurría. Cecily también lo sabía.
Luego, buscó a Dorian. No porque le importara especialmente, sino porque quería ver las reacciones de aquellos que hasta esa noche se habían mostrado más cercanos a ella. Y como era de esperar, lo encontró en el centro del salón, hablando con otro caballero.
Al verla, Dorian sonrió, pero esta vez su sonrisa no tenía la calidez que le había mostrado durante las últimas noches, y mucho menos, la complicidad que mostrara cuando fue su invitada en la finca de Kent.
Muy sutilmente, el marqués fue girando sobre sí mismo hasta que le dio la espalda por completo a Margaret.
« De acuerdo », se dijo, « Dorian ya lo sabe... Y ha tomado una decisión. »
Por último, trató de localizar a la persona que más le importaba: Callum. Pero por más que lo buscó en las orillas del salón, donde sabía que solía situarse, no lo consiguió ubicar.
Quizás no hubiera ido; o quizás no hubiera llegado.
Pero estuviera o no presente, no dudaba ni por un instante de que las noticias también llegarían tarde o temprano a él.
La noche se fue tornando lentamente en pesadilla. Y ella lo vio ocurrir, sin poder hacer nada por evitarlo.
No hubo confrontación. Ni tampoco palabras duras.
Más bien fue todo lo contrario. Un alejamiento disfrazado de elegancia que se convertía en una excusa por aquí, en una conversación que llevaba a alguien hacia otro grupo distinto, o una sonrisa lejana pero carente de sentimiento...
Y luego llegó la distancia. Física, concreta, medible en metros.
Dorian Wycliffe, marqués de Wycliffe, no se acercó a Margaret en toda la velada.
Margaret lo observaba todo manteniendo una férrea calma, como si aquello fuera algo que hubiera estado esperando durante semanas y ahora por fin se convertía en realidad. Pero no por esperado, resultaba menos doloroso.
No le dolía Dorian. Por más impresionante que fuera su título y su posición, nunca había albergado por él sentimiento alguno más allá de la admiración de las primeras ocasiones.
Pero lo que sí le afectaba era corroborar que en efecto era un hombre cuyo interés, tal y como había vaticinado Callum, terminaba exactamente donde finalizaba su conveniencia.
Le dolía que su padre hubiera tenido razón y que la ilusión de la niña que había crecido mirando vestidos se hubiera desvanecido como azucarillo en leche.
Se acercó a Cecily sin saber si también le daría la espalda. No porque ella así lo quisiera —que sabía que no, ya que era conocedora desde hacía tiempo de su verdad—, sino porque quizás no se lo permitieran. Cuando estuvo junto a ella, su amiga puso una mano sobre su brazo con suavidad.
—¿Estás bien? —preguntó, en voz baja.
—No, pero lo estaré tan pronto como salga de aquí. De momento, solo me queda aguantar.
Cecily asintió y se quedó a su lado.
Se mantuvieron apartadas en un lateral del salón, tratando de no llamar la atención. No quería ver ni tampoco ser vista. Pero en esa discreción buscada, le llegó un comentario de un grupo cercano que no se había percatado de su presencia.
—...la pupila de lady Constance. Ya saben de quién es hija, ¿verdad? De la modista de Gracechurch Street. Me lo ha confirmado alguien esta misma noche.
El grupo donde acababan de dejar caer la bomba quedó en silencio.
Margaret no se movió.
Sintió cómo el salón, en oleadas, empezaba a comentar el nuevo chisme que para muchos resultaba... refrescante.
Las conversaciones que se interrumpían de repente.
Las miradas que llegaban sesgadas...
—¿La hija de la modista? —dijo alguien de ese mismo grupo con un tono muy cercano a la repulsión—. ¿Cómo ha osado hacerse pasar por uno de nosotros? Pobre Constance, debe estar desolada al descubrir la verdad...
Margaret bajó la vista y sus ojos se encontraron con sus manos. Las mismas que la señora Webb había mirado con aprobación. Las mismas que Callum había visto trabajar y no había hecho comentario despectivo.
Las manos que Constance le había pedido que escondiera.
De repente, sintió que ya no se podía contener por más tiempo. Que ya era suficiente.
Dio un paso hacia el grupo que hablaba de ella sin pudor con una rabia fría pero contenida, que la impulsó a hablar al fin sin necesidad de levantar la voz. La serenidad que había construido semana a semana en ese mundo ya no estaba al servicio de la historia de Shropshire, sino de sí misma.
—Sí —dijo alzando el mentón con orgullo.
La palabra fue pronunciada con una claridad que no necesitaba ser dicha en voz fuerte para ser oída.
—Mi madre es modista. Cose los vestidos que llevan puestos en este momento varias de las personas que hay en esta sala.
—Paseó los ojos por cada uno de los rostros que se habían quedado estupefactos—.
Y mi padre ha saneado las deudas de más de uno de los presentes.
Si eso me hace inaceptable en este mundo, el problema no es ni quién es mi madre, ni quien es mi padre.
Sino de esta sociedad podrida que no ve más allá de los encajes y las apariencias.
Cuatro frases.
Las primeras completamente verdaderas que pronunciaba desde que había llegado a Londres.
El grupo quedó en silencio.
Y Margaret se mantuvo con la cabeza erguida, las manos quietas y la mirada al frente.
Al cabo de un instante, les dio la espalda a todos y salió del salón.
No corrió. Caminó con la suficiente dignidad para que todos vieran que no se avergonzaba ni un ápice de quién era. Cruzó el salón, el pasillo, el recibidor.
Y mientras se alejaba e iba tomando distancia, sintió cómo los ojos se le llenaban de lágrimas a causa de la rabia, el agotamiento y el peso de todos esos meses de mentiras acumuladas.
Bridget, como buena doncella al corriente de todo cuanto le sucedía a los señores, la esperaba fuera con el chal. Se limitó a asentir y Margaret le devolvió el gesto, al tiempo que tomaba la prenda.
Luego bajó los escalones y, junto a esta, buscaron su carruaje para regresar a Belgrave Square sin esperar a lady Constance.
Callum había llegado tarde a la fiesta, y cuando lo hizo, no tardó en enterarse de lo acontecido apenas veinte minutos antes.
La historia del origen de Margaret se había corrido por el salón como un reguero de pólvora, y aquellos que en su día le dieron la bienvenida al considerarla como una igual, se mostraban indignados al darse cuenta de que habían sido engañados por la hija de una simple familia burguesa.
La buscó por la sala, pero no la encontró. Había visto a lady Constance hacía unos minutos, por lo que supuso que Margaret debía de andar por alguna parte.
Al no hallarla, buscó a Cecily con la intención de preguntarle por su amiga.
—¿Dónde está? —No hacía falta que le dijera a quién se refería.
—Se ha ido, lord Vane.
—Tengo que hablar con ella...
Se giró con la intención de marcharse, pero Cecily apoyó levemente su mano sobre el brazo del barón a fin de detenerlo.
—No esta noche, señor. —Callum la miró—. Si la sigue, lo único que conseguirá es alentar más las habladurías de todos los que buscan cualquier excusa para despellejarla más si cabe. Y no es eso lo que ella necesita ahora mismo.
En los ojos de Callum se podía leer la indecisión.
—Mañana —insistió Cecily—. Mañana podrá hablar con ella.
Callum no respondió de inmediato.
Luego asintió, pero aunque no fue a buscarla, se marchó también de la fiesta.
No era capaz de soportar más murmuraciones malintencionadas hacia una joven que había demostrado más valores que muchos de los allí presentes.
Una vez a solas en su dormitorio, Margaret se sentó en el borde de la cama con el vestido verde todavía puesto y las mejillas húmedas por las lágrimas derramadas.
Pensó en el salón, en Dorian, en Cecily... Y, sobre todo, en Callum y lo que le dijera en el jardín de los Hartley: « lo que hay detrás de esa historia no cambia nada para mí .»
Pero por dentro sabía que aquello no era más que palabras vacías. Porque ningún lord, ningún barón, marqués o lo que fuera se rebajaría nunca a estar con una mujer de una clase inferior a la suya.
Eso fue lo último que pensó antes de que el agotamiento ganara la batalla.
Allí, con el vestido verde de su madre, los ojos llorosos y el corazón destrozado, la hija de la modista llegó a la conclusión de que era hora de volver a casa.