La hija de la modista Capítulo 22
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Capítulo 22

La velada en casa de los Lennox era el tipo de evento donde se mezclaban círculos de distintas clases de personas que normalmente no coincidían, lo cual la hacía más interesante que las veladas habituales y también, por las mismas razones, más impredecible.

Margaret lo había notado desde el momento en que entraron. Pudo comprobar que había menos caras conocidas que en ocasiones anteriores y que también había más variedad de conversaciones. Lo cual era de agradecer para salir un poco de la monotonía en la que se había convertido la temporada.

La primera hora transcurrió sin mayor sobresalto.

Tanto Dorian como Callum estaban presentes; el primero acompañándola durante la mayor parte del tiempo, y el segundo, en su puesto de observación de siempre, o lo que era lo mismo, en un lateral de la sala.

Sin embargo, mientras Margaret conversaba con un grupo de cuatro personas que acababan de presentarle, tuvo la sensación de que alguien la observaba.

Lentamente, fue abarcando la sala con la vista, buscando el origen de aquella sensación, hasta que finalmente la encontró.

Lady Ashmore estaba a unos seis metros, en otro grupo, con una copa en la mano, mirándola sin ninguna discreción.

Llevaba el vestido que su madre le había confeccionado con encajes de Bruselas y que tantos quebraderos de cabeza le había dado antes de que diera comienzo aquella aventura.

Tenía una expresión en el rostro que hizo que a Margaret se le encogiera el estómago.

La evaluaba como si la conociera... Quizás no de forma total, pero era evidente que trataba de recordar dónde había visto antes su cara.

Cuando sus miradas se cruzaron un instante, lady Ashmore desvió la vista e hizo como si no se hubiera dado cuenta de que la habían descubierto en su escrutinio.

Margaret no tuvo más remedio que regresar a su conversación, pero una sensación extraña acababa de apoderarse de ella.

La vio un par de veces más durante la velada.

La segunda, Lady Ashmore estaba hablando con alguien y en mitad de la conversación levantó la vista hacia Margaret con la misma expresión, pero esta vez más definida, como si se encontrara más cerca del reconocimiento que de la simple familiaridad.

Y en la tercera, sus miradas se cruzaron directamente. Y en el gesto de aquella dama de cabellos blancos había algo más del simple « me suena» de las veces anteriores. Sin embargo, Margaret no se amedrentó . Le sostuvo la mirada con la serenidad que había construido semana a semana en ese mundo.

Fue lady Ashmore quien desvió la vista primero, pero al otro lado del salón, Constance se había percatado de lo sucedido y del reconocimiento existente entre ambas. Lo cual solo podía dar lugar a una cosa: si alguien descubría la verdad, también ella estaría perdida.

Llegaron a Belgrave Square pasada la medianoche.

Constance había estado más callada de lo habitual en el carruaje, mirando por la ventanilla en actitud pensativa. Cuando estaban a punto de despedirse para irse cada una a descansar, como hacían tras cada velada, Constance dijo:

—Acompáñame. Tenemos que hablar.

No era una invitación, así que Margaret la siguió.

El despacho de Constance era uno de los cuartos más privados de la casa al que Margaret había acudido en muy pocas ocasiones. Había una mesa, dos sillones, una gran librería y una lámpara de aceite que Constance encendió ella misma sin llamar a nadie.

Cerró la puerta y se sentó, aguardando a que la joven hiciera lo mismo.

—¿Qué ha pasado hoy con lady Ashmore? —le preguntó directamente.

Margaret la miró, sorprendida. No se había dado cuenta de que Constance se hubiera percatado de aquel encuentro silencioso ocurrido durante la velada.

—La he visto mirarme —contestó Margaret, tratando de mantener la calma—. Es una clienta habitual de mi madre, pero no creo que me haya reconocido. Que yo sepa, nunca nos llegamos a cruzar cuando iba al taller.

—El hecho de que no lo recuerdes no me tranquiliza…

Que tú no te hayas dado cuenta no significa que no haya ocurrido, porque por la forma en que te ha observado esta noche, me hace dudar de tu afirmación.

Y si ella te ha visto en algún momento, tarde o temprano lo recordará.

Lady Ashmore no es de las que sueltan una presa fácilmente.

A pesar de sus años, es una mujer muy sagaz y siempre sabe qué o quién está a su alrededor, aunque a veces no lo aparente.

El despacho se quedó en silencio unos segundos.

—¿Y qué propone usted que haga?

Constance la miró y suspiró de manera audible.

—Tú, nada. Ya bastante has hecho… Seré yo quien se encargue de gestionar la situación como mejor considere.

—¿Pero puedo ayudarla de alguna manera? ¿Debo hacer algo? —insistió Margaret.

—No. Llegados a este punto, es mejor que me lo dejes a mí.

Margaret la observó tratando de adivinar la deriva de aquellos pensamientos que parecían discurrir por la mente de su anfitriona como un reloj de precisión. Resultaba desconcertante no saber qué intenciones tenía, aunque poco o nada podía hacer al respecto.

—Entendido. Confío en usted.

La mirada que la viuda le dirigió fue fría y calculadora, como tantas otras. Pero esta vez Margaret tuvo la sensación de que escondía algo más.

—Bien. Descansa entonces. Mañana seguiremos con los planes habituales.

Cuando Margaret subió a su cuarto, se sentó en el borde de la cama sin molestarse siquiera en encender la vela.

Había confiado en que Constance manejaría lo que viniera, como siempre, pero no por ello se sentía tranquila. Una vez metida en la cama, mientras trataba de conciliar el sueño, algo en aquella conversación no terminaba de dejarle descansar.

No era lo que Constance había dicho, sino cómo lo había dicho, por no hablar de aquella mirada impasible que le dirigió.

Margaret se incorporó en la oscuridad.

La viuda nunca había sido un dechado de amabilidad, por decirlo con suavidad. Pero esta noche había algo diferente en la frialdad que había percibido en ella. Como si hubiera tomado una decisión que no incluía a Margaret, aunque ella fuera el centro del problema.

«Es mejor que me lo dejes a mí.»

¿Por qué?

Constance nunca hacía nada que no le beneficiara.

Eso lo había aprendido desde los primeros días en Belgrave Square.

No era crueldad, sino pragmatismo. Y esta noche, con lady Ashmore reconociéndola a medias en el salón de los Lennox y el riesgo de que todo saliera a la luz, la practicidad de Constance apuntaba en una dirección muy concreta.

A protegerse a sí misma. Lo cual no tenía que llevar aparejado, necesariamente, el hacer lo mismo con Margaret.