La hija de la modista Capítulo 21
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Capítulo 21

La velada en casa de los Hartley llevaba dos horas en marcha cuando Margaret decidió que necesitaba tomar un poco de aire fresco.

Cierto era que en numerosas ocasiones sentaba bien salir un rato a la terraza de la casa de turno para alejarse del jaleo y del calor del salón abarrotado, pero en esta ocasión el motivo era otro bien distinto.

El causante de esa necesidad de alejarse se llamaba Dorian Wycliffe, que llevaba sin apartarse de su lado desde que llegara acompañada por lady Constance. Aquella atención suya que en otro momento le habría resultado halagadora y gratificante, en esta ocasión le parecía simplemente asfixiante.

No era culpa de él. Dorian no estaba haciendo nada incorrecto, sino que, por el contrario, estaba pendiente de ella presentándola a personas, incluyéndola en conversaciones y dedicándole una atención que la sala entera no dejó de notar.

Margaret lo notaba en las miradas. En las observaciones que le llegaban con esa amabilidad intencionada que resultaba imposible pasar por alto: « qué bien le sienta la temporada, señorita Ashby», «qué encantadora pareja hacen» , « tengo entendido que ha estado en Kent recientemente con la familia de lord Wycliffe».

Y Margaret sonreía, respondía a los comentarios, y trataba de aparentar una normalidad que no era real.

Hasta que no pudo más.

Aferrándose a una excusa cualquiera, se apartó del grupo en el que estaba y se dirigió hasta la puerta que daba al pasillo y que conectaba con el comedor. En él, había una cristalera que daba al jardín, y sin pensarlo siquiera, la empujó y salió al exterior.

El frío de la noche la recibió de golpe, pero aquel cambio de temperatura le resultó incluso agradable.

El jardín de los Hartley era pequeño para el tamaño de la casa, pero estaba bien cuidado, con un camino de gravilla que rodeaba un parterre central y dos bancos de piedra en los laterales.

Las ventanas iluminadas del salón daban algo de luz, pero no la suficiente como para ser vista con claridad desde dentro.

Margaret se alejó de la puerta lo justo.

Cuando el ruido del interior empezó a sonar amortiguado, se abrazó el cuerpo con los brazos, cerró los ojos un momento y respiró hondo.

Pensó en Wycliffe Park. En lady Wycliffe tomándole las manos. En Charlotte preguntando por Shropshire. En Dorian en la galería de retratos diciéndole « llevo semanas pensando en cómo decirle algo ...»

En la madre enferma en el campo que no existía.

En Cecily diciendo « debes decidirlo pronto .»

En que llevaba semanas sin pensar en volver a casa y que eso la asustaba más que todo lo demás.

—Señorita Ashby —la voz de Callum hizo que se sobresaltara.

—Lord Vane. —Margaret lo miró primero a él, y luego, más allá de su figura—. No debería estar aquí.

—Ni usted tampoco —contestó, sin moverse de su sitio.

—Solo salí a tomar un poco de aire.

—Y yo salí detrás de usted.

La manera en que lo dijo provocó que Margaret sintiera un escalofrío que no tenía nada que ver con el frío de la noche. Aquel encuentro no era casualidad, sino que resultaba premeditado por parte del barón.

Callum se le acercó un poco más, manteniendo en cualquier caso la distancia que el decoro permitía, incluso estando en un jardín oscuro con las ventanas iluminadas a sus espaldas.

—¿Cuánto tiempo lleva sin dormir bien? —le preguntó de repente.

Margaret parpadeó, sorprendida.

—¿Cómo dice?

—Ya me ha oído. Se le nota el gesto cansado y tiene el aspecto de quien lleva demasiadas semanas sin dormir bien, como si hubiera algo que le preocupara.

Margaret no respondió de inmediato.

—Estoy bien —se limitó a decir.

—Ya, pero no le he preguntado eso.

—No es nada. Últimamente tengo un poco de insomnio. Y ya sabe usted, son tantas fiestas, una velada tras otra... Puede resultar agotador.

Callum asintió, pero había algo en su forma de mirarla que decía que no la creía y que aquello no era más que una excusa. En cualquier caso, había otra cuestión que también le preocupaba y que había sido la causa de seguirla cuando la vio salir.

—¿Puedo preguntarle si es Wycliffe el motivo de su falta de descanso? —le preguntó, sin andarse por las ramas.

—¿El marqués? No entiendo por qué habría de serlo. Es un caballero muy atento y educado.

—Sí, y también resulta evidente el interés que muestra por usted. Pero lo que me gustaría saber, e igual me estoy metiendo en asuntos que no son de mi incumbencia, es si eso es lo que usted desea.

Margaret parpadeó varias veces.

—Creo que esa es una pregunta muy directa y personal, lord Vane.

—Soy un hombre muy directo. Sobre todo, cuando me importa el asunto —se limitó a admitir sin remilgos.

El jardín siguió en silencio. Desde el salón llegaba, amortiguado, el sonido de la música y las conversaciones.

—Lord Vane —Margaret se aclaró la garganta que, de repente, se le había quedado seca—. No creo que sea apropiado...

—No, no lo es. Y, aun así, no me retracto de mi pregunta ni de mis palabras.

Hubo un instante en que ninguno de los dos fue capaz de decir nada.

Callum la miraba con atención, la misma que mostraba a los aprendices que se acercaban a consultarle cualquier cosa en la institución de Southwark. Era esa mirada honesta y sincera que Margaret había empezado a apreciar.

—También me considero un hombre que dice las cosas tal y como las piensa, y hay algo en usted... que no cuadra.

Lo dijo despacio, sereno, mientras Margaret sentía que algo se le removía en el pecho.

—¿Qué quiere decir?

Callum ladeó la cabeza.

—Usted sabe a qué me refiero.

No era una acusación. No había dureza en la voz, sino la constatación de alguien que lleva demasiado tiempo observándola y que por fin ha llegado a una conclusión.

—No, no lo sé.

—La historia de Shropshire. La madre enferma en el campo.

Los Ashby de familia empobrecida. Hay cosas que no encajan, señorita Ashby.

Llevan tiempo sin encajar. Lady Constance no es de las que acoge a nadie para saldar una deuda de honor.

Bastante tiene con sus problemas como para estar preocupándose por el prójimo.

—La mirada de Margaret fue muy elocuente—.

No me miré así. Todo el mundo conoce la situación de lady Marrow…

La poca luz del jardín ocultó que el color había desaparecido de las mejillas de Margaret.

Se miraron un momento mientras la joven sopesaba qué respuesta debía ofrecer.

Lo más sensato sería negarlo, siguiendo una de las respuestas que tenía preparadas por si se daba el caso. Pero estaba tan cansada de mentiras que las palabras no llegaron a salir de su boca.

Y ese silencio fue para Callum una confirmación.

—Entiendo.

—¿Y qué pretende hacer ahora con esa información?

Él la miró durante un momento.

—Nada —contestó con calma—. No es asunto mío lo que haya detrás de esa historia. —Miró hacia atrás rápidamente para asegurarse de que seguían solos. Cuando confirmó que era así, se le acercó un poco más—. Lo que sí es asunto mío es decirle que, haya lo que haya, no cambia nada para mí.

Margaret no se apartó. Sus miradas se sostuvieron mientras ella asumía el significado de aquella afirmación.

—Lord Vane —dijo con voz algo temblorosa—. No sabe lo que está diciendo.

—Sí, lo sé perfectamente.

—Pero no conoce...

—No —la interrumpió con suavidad poniéndole uno de sus dedos enguantados sobre sus labios.

Un gesto muy atrevido, sin duda, pero que resultó inevitable para el barón—.

No conozco los detalles. Y tampoco voy a pedírselos esta noche.

—Hizo una pausa—. Pero la conozco a usted y eso para mí es suficiente.

Durante unos segundos, Margaret estuvo a punto de contarle la verdad. Porque sus ojos parecían gritarle que podía confiar en él.

Pero el miedo a no ser comprendida se impuso finalmente. Porque una cosa era admitir que la señorita Ashby, con su madre enferma en Shropshire, no era más que una invención, y otra muy distinta reconocer que era solo la hija de una simple modista de Gracechurch Street.

—Debería volver —dijo Margaret, rompiendo al fin el contacto visual.

—Sí. Los dos deberíamos hacerlo.

Sin embargo, ninguno se movió de inmediato.

—Una cosa más —acotó Callum. Margaret esperó—. He de admitir que Wycliffe es un buen hombre, con un nombre y una posición envidiable. Pero hay tipos de bondad que terminan exactamente dónde termina la conveniencia. Y usted lo sabe.

—Sí, lo sé.

Callum asintió y eso fue todo.

Entraron por separado; él primero y ella dos minutos después, con la gravilla crujiendo bajo sus pasos y el aire frío todavía en la cara. Dorian la encontró casi de inmediato y le dijo algo sobre haberse preocupado, a lo que Margaret se limitó a sonreír y ofrecer una disculpa inventada.

Callum había vuelto a su lateral habitual, con su copa, con su postura de siempre. Cuando sus miradas se cruzaron, ninguno de los dos hizo gesto alguno.

Pero lo que había ocurrido en ese jardín seguiría estando ahí solo para ellos dos.

En el carruaje de vuelta, Constance habló de la velada, de Dorian, de los comentarios que había oído y que confirmaban lo que ella ya sabía desde hacía semanas.

Margaret miraba por la ventanilla.

«No conozco los detalles. Y no voy a pedírselos esta noche.»

«Lo que hay detrás de esa historia no cambia nada para mí.»

¿Qué habría hecho si Callum le hubiera pedido la verdad? ¿Si hubiera dicho « cuénteme» en lugar de « no voy a pedírselo» ?

No sabía la respuesta.

Pero era consciente de que había una parte de ella que quería decirlo. Que llevaba semanas queriendo hacerlo. Y que lo único que lo había impedido hasta ahora era que nadie se lo había pedido de la manera correcta. Y si bien él tampoco lo había hecho, se había acercado más que nadie.