Capítulo 20
Margaret estaba leyendo en su salita, cuando recibió aviso por parte de Bridget de que la señora necesitaba hablar con ella urgentemente. Sin demora, fue a atender la petición de su anfitriona.
—¿Deseaba hablar conmigo, lady Constance?
Ella le hizo un gesto para que tomara asiento en uno de los sillones de la elegante sala azul.
—Un lacayo de la casa Wycliffe acaba de traer esto.
Le entregó un sobre y Margaret procedió a abrirlo con curiosidad.
Dorian Wycliffe, marqués de Wycliffe, tenía el honor de invitar a lady Constance Merrow y a su pupila, la señorita Ashby, a pasar el fin de semana en Wycliffe Park, su propiedad en Kent, donde su madre y su hermana estarían encantadas de recibirlas.
—Como ves, el marqués sigue muy interesado en ti.
Margaret la miró.
—¿Significa eso que iremos?
—¿Qué pregunta es esa? Por supuesto que sí —dijo Constance, con un tono parecido a la ofensa—. Una invitación de este tipo no se rechaza.
La joven miró la carta sobre su regazo. Conocer a su familia... En aquel mundo, aquellas palabras tenían un significado muy específico.
—¿Cuándo? —preguntó Margaret.
—El próximo fin de semana. Saldremos el viernes por la mañana y volveremos el domingo.
Margaret asintió.
Sabía que esto era algo que podía ocurrir en algún momento, pero si bien antes hubiera recibido la noticia con gran satisfacción, ahora lo único que le generaba era una profunda angustia.
—Espero que actúes como se espera de ti... —le advirtió la viuda.
—No se preocupe. Estaré a la altura de las circunstancias.
Sin embargo, nada más terminar el almuerzo pidió permiso a lady Merrow para visitar a Cecily, con la excusa de contarle las recientes noticias. La viuda accedió, imaginando que su pupila debía estar nerviosa por tan importante invitación y que era lógico que quisiera compartirlo con su amiga.
En efecto, Margaret la puso al corriente de la situación nada más llegar. Cecily la escuchó sin interrumpir y supo entender, por la expresión de su amiga, que no estaba tan emocionada como lady Constance suponía.
—Así que os vais a Kent…
—Sí, a Wycliffe Park. Quiere que conozca a su familia, Cecy. ¿Qué voy a hacer?
Cecily asintió despacio.
—Margaret, que tú conozcas a su madre y a su hermana no es lo que me preocupa. Seguro que sabrás desenvolverte a la perfección y doy por seguro que te van a adorar en cuanto te conozcan. Lo que me inquieta es qué va a pasar cuando sean ellos los que quieran conocer a la tuya.
No lo dijo con crueldad, sino para constatar un problema real al que tendría que hacer frente en cuestión de no mucho tiempo. Resultaba evidente que el marqués quería avanzar en una posible relación con la joven, y eso supondría que en algún momento no muy lejano, ambas familias deberían conocerse.
Margaret la miró.
—Ya lo sé. ¿Crees que no soy consciente de eso? —preguntó, cada vez más agobiada.
—Y entonces, ¿qué harás?
—No... no lo sé. Supongo que solo me queda la opción de darle a entender a Dorian que me es indiferente. Pero, ¿quién se va a creer que una chica de campo como yo no está interesada en un marqués joven y bien parecido?
—Es más: mucho me temo que un posible rechazo de tu parte incentive un mayor interés de él hacia ti. Tengo entendido que Wycliffe es un hombre al que le gustan los retos, y si tú se lo pones difícil, en lugar de alejarse...
—...podría poner más empeño en conquistarme. Me podría convertir en un juego para él, como si fuera una presa a la que tuviera que atrapar.
—Exacto. —Cecily dejó su taza sobre la mesa—. Y entonces tendrás un marqués cada vez más insistente, una Constance que ve cómo su plan funciona mejor de lo previsto, y una situación que habrá ido tan lejos que ya no podrás pararla sin que todo salte por los aires.
Margaret se recostó en el sillón y cerró los ojos un momento.
—Y lo peor, es que no he hecho nada para alentarlo. O al menos no de manera intencional. Simplemente... he seguido siendo yo. Y resulta que eso le gusta.
—Sí. Ese es exactamente el problema. —Cecily guardó silencio un instante mientras pensaba en otra cuestión a tener en cuenta—. ¿Y lord Vane?
Margaret abrió los ojos.
—¿Qué pasa con él?
—Nada. —Cecily la miró—. Solo me pregunto si él sabe lo que está pasando. Si ve lo mismo que veo yo.
—Me temo que Callum ve muchas cosas —afirmó Margaret, mirando la ventana—. Más de las que dice.
—Sí. Eso me parece a mí también.
Wycliffe Park era exactamente lo que su nombre prometía: una propiedad grande cubierta de años de historia que parecía destinada a impresionar a sus visitantes con solo observar su planta.
La casa principal era de piedra gris con ventanas altas que atrapaban la luz de Kent de una manera que Margaret no había visto en Londres, llenándolo todo de una claridad natural que los salones de Mayfair, con sus arañas y sus velas, nunca conseguirían de la misma manera.
Los jardines estaban bien mantenidos y el aire olía a campo en otoño, a tierra húmeda y a algo verde que le recordó, de forma inesperada y un poco dolorosa, a los domingos en Gracechurch Street cuando su madre abría las ventanas del taller para que se ventilara.
Lady Wycliffe, la madre de Dorian, era una mujer de unos cincuenta años, algo entrada en carnes, pero de apariencia apacible. Recibió a las invitadas en la entrada de la mansión con una calidez que a Margaret le pareció genuina, apartada del estricto protocolo que se seguía en Londres.
—Señorita Ashby —dijo la dama, tomándole las manos—, ¡qué ganas tenía de conocerla en persona! Dorian nos ha hablado mucho de usted.
Margaret sonrió.
—Es usted muy amable, lady Wycliffe.
—En absoluto. Estamos encantadas de que hayan venido. —Y se notaba que lo decía con sinceridad, lo que provocó que a Margaret se le tensara el estómago.
La hermana de Dorian, de nombre Charlotte, era una joven dulce y risueña de dieciséis años, que guardaba mucha semejanza en cuanto al físico con su hermano. Aunque si bien en los ojos del marqués siempre había un toque de humor, en los de la chica se podía leer la curiosidad.
—Dorian nos ha informado que es de Shropshire? —comentó Charlotte—. Nunca he estado allí. ¿Es bonito?
—Muy tranquilo —dijo Margaret, con la respuesta preparada—, pero tiene su encanto.
—También me ha dicho que baila usted extraordinariamente bien. Yo todavía tengo que contar los pasos con mi profesor para no equivocarme.
Margaret le sonrió y la sensación de ahogo se intensificó en su interior.
Tanto madre como hija parecían personas de trato fácil y sincero.
—Su hermano exagera, sin duda —se limitó a contestar.
Charlotte le devolvió el gesto, mientras Constance, que se había mantenido un paso atrás para ceder el protagonismo a Margaret, sonreía satisfecha.
Fue en ese momento cuando Dorian apareció desde el interior de la casa, y Margaret tuvo la impresión de que había calculado el momento justo para hacerlo.
—Señorita Ashby. —En su voz se percibía algo diferente al tono de los salones. Más tranquilo. Más suyo—. Bienvenida a Wycliffe Park.
—Es una propiedad preciosa, lord Wycliffe —dijo Margaret—. Entiendo ahora por qué habla de ella con tanto afecto.
La expresión de Dorian cambió. Parecía satisfecho por el comentario, como si de verdad su opinión le importase.
—Me alegra que le parezca así —dijo.
Luego saludó a Constance con la cortesía correcta, intercambió unas palabras con su madre y su hermana, y se hizo cargo del grupo mostrándose como el buen anfitrión que debía ser.
Pero sus ojos volvieron a Margaret más de una vez mientras conducía a las recién llegadas hacia el interior.
Charlotte lo notó. Y tuvo la delicadeza de no decir nada, aunque su sonrisa lo dijo por ella.
Pasaron dos días.
Dos días de desayunos en la sala principal con la luz de Kent entrando por las ventanas altas.
De paseos por los jardines que nadie había planeado pero que ocurrían porque la propiedad y el clima que los había acompañado invitaba a ello.
De conversaciones en el salón por las tardes, con lady Wycliffe hablando de música y de libros con una inteligencia que Margaret encontró genuinamente interesante.
De Charlotte haciéndole preguntas sobre Londres con esa curiosidad innata tan suya.
De Dorian mostrándole la propiedad —los establos, la biblioteca, el jardín de invierno que su abuela había mandado construir y que era, reconoció Margaret, extraordinariamente bello— con esa facilidad que siempre mostraba para las relaciones públicas, pero de una manera más relajada que en los salones, como si allí, en su casa, con su familia, Dorian se mostrara más como era en realidad.
Y eso era lo peor.
Porque Margaret podía manejar al Dorian de los formalismos. El que se mostraba encantador en su justa medida, el que mandaba flores para que llegara a oídos de todo el mundo y el de los cumplidos medidos.
Pero este Dorian —el que señalaba el árbol que había trepado de niño con una sonrisa que no buscaba producir ningún efecto, el que discutía con su hermana sobre algo completamente trivial, o el que se reía con franqueza cuando su madre contaba alguna anécdota de sus fechorías infantiles—, le resultaba más difícil de controlar.
No porque lo amara. Sino porque le recordaba que bajo todo lo demás había una persona real. Y eso hacía que lo que tendría que ocurrir tarde o temprano le resultara más cruel.
La segunda noche, mientras lord Wycliffe le enseñaba los retratos de su familia perteneciente a distintas generaciones, Margaret pensó en lo que sería presentar a Eleanor Hoper, modista de Gracechurch Street, en esa galería.
—Está usted muy callada esta noche, señorita Ashby —comentó Dorian en un momento dado, al percatarse de que la joven no parecía mostrar demasiada atención a sus explicaciones—. Espero no estar aburriéndola con la historia de mis antepasados, aunque pensándolo bien, tampoco me extrañaría...
—En absoluto —dijo Margaret, volviendo al presente—. Son... son retratos muy interesantes.
Dorian la miró y luego, sonrió.
—Miente usted muy mal, señorita Ashby —dijo, sin ningún reproche en la voz.
Margaret no respondió.
Se detuvieron frente a uno de los retratos del fondo perteneciente a una mujer de otra época que parecía estudiarlos desde su posición. Dorian estaba a su lado, lo suficientemente cerca para que Margaret fuera consciente de la escasa distancia entre los dos.
Luego se giró hacia la joven.
—Margaret... —Era la primera vez que se dirigía a ella por su nombre.
Ella lo miró. Dorian levantó la mano despacio y le tomó los dedos con suavidad.
—Llevo semanas —continuó en voz baja— pensando en cómo decirle algo que no sé si tengo derecho. Pero estando aquí, en esta casa... me resulta difícil no hacerlo.
Margaret sintió el peso de esa mano sobre la suya.
El corazón comenzó a latir apresurado y el miedo se apoderó de ella durante unos segundos.
No podía dejarle hablar. Y no porque no apreciara el gesto, sino porque cada palabra que él dijera en ese pasillo, con esos retratos mirando desde las paredes, era una palabra que se construía sobre algo que no existía.
Retiró la mano con suavidad. Despacio, pero de una manera muy evidente.
—Lord Wycliffe... —Para su sorpresa, consiguió mantener la serenidad—. Es usted muy amable. Y esta casa es... extraordinaria. Pero creo que no debería... No aquí. No así.
Dorian la estudió durante un momento.
Y luego, para su sorpresa, asintió sin más. Con una expresión que no era decepción sino algo más parecido al respeto.
—Tiene usted razón —dijo—. Le pido disculpas si la he incomodado.
—No, por favor, no hay nada que disculpar —contestó Margaret.
Y lo decía en serio. Eso era lo más complicado.
Siguieron caminando por la galería. Dorian retomó las explicaciones sobre los retratos y Margaret lo escuchó, esta vez de verdad, con la conciencia de saber que acababa de tomar la decisión correcta. Porque no había ninguna versión de esa historia que pudiera funcionar.
Cuando llegó el domingo por la mañana y la familia Wycliffe salió a despedir a sus invitadas, la madre de Dorian hizo el comentario que Margaret llevaba todo el fin de semana temiendo.
—Tendrá que traernos a su familia algún día, señorita Ashby. Me encantaría conocer a su madre. Dorian dice que está enferma en el campo, pobrecita. Pero cuando se recupere, sería un placer recibirla aquí.
Margaret se limitó a sonreír.
—Es usted muy amable —contestó, sintiendo como la mentira se le quedaba atravesada en la garganta.
Y Constance, ya en el interior del vehículo, le dirigió una mirada en la que se podían adivinar todos y cada uno de sus pensamientos.
De vuelta en Londres, Margaret fue a ver a Cecily esa misma tarde.
No lo había planeado, pero después del fin de semana que había pasado, necesitaba hablar con alguien y Cecily era la única persona en quien confiaba plenamente.
Se sentaron en la salita de siempre. Agnes se encargó de llevarles té y en cuanto se quedaron a solas, Margaret empezó a narrar todo lo acontecido.
La propiedad, la familia, y sobre todo, lady Wycliffe diciendo « traiga a su madre cuando se recupere» con esa sonrisa amable y sin ninguna mala intención.
Cecily la escuchaba con atención.
—Fueron tan amables —dijo Margaret, al terminar—. Si hubieran sido fríos, si hubiera habido algo a lo que agarrarse para decir que no encajaba... pero no. Fueron de lo más agradable y yo me sentí... como la peor persona sobre la faz de la tierra.
—No digas eso —trató de calmarla.
—Pero es la verdad. ¿Qué voy a hacer ahora? ¿Cómo voy a poder mirar a la cara de nuevo a Dorian?
No era la primera vez que se hacía aquella pregunta, pero la respuesta nunca terminaba de llegar. Al menos no una que la sacara del lío en el que se había metido ella solita.
Cecily la miró durante un momento.
—No lo sé. Pero está claro que no vas a poder alargar esta farsa durante mucho tiempo más. Sea lo que sea, eres tú quien tiene que decidirlo. Y pronto, porque la situación se te está yendo de las manos.
—Lo sé.
—Además, debes tener en consideración que toda esta historia no te afecta solo a ti. Piensa en lady Constance, por ejemplo. Si la verdad saliera a la luz, con Wycliffe involucrado de esta manera... ella también quedará mal.
Margaret la miró.
—También lo sé —repitió.
—No te lo digo para asustarte, pero creo que ha llegado el momento de que tomes una decisión.