Capítulo 19
Cuando llegó de Southwark, se encontró con un sobre en el recibidor de la entrada que llevaba su nombre. Era más grueso de lo normal, pero nada más verlo, pudo identificar la caligrafía cuidada de su padre.
Si por ella hubiera sido, se hubiera dirigido a su salita privada para poder abrirla y leer la carta que acababa de recibir. Pero sabía que Constance la estaba esperando para almorzar, así que se guardó la carta en el bolso para cuando tuviera un momento de privacidad.
En efecto, cuando entró en el comedor, Constance ya estaba sentada a la mesa, con la servilleta sobre el regazo y una expresión que evidenciaba que estaba disgustada por el breve retraso.
—Buenas tardes, lady Constance.
Margaret se sentó de inmediato, la viuda hizo una señal al criado que aguardaba junto a la puerta, y dio comienzo el servicio.
—¿Qué tal la visita? —preguntó, mientras Bridget servía la sopa.
—Muy bien. He pasado la mañana cosiendo en la sala que tienen habilitada para ello. Es un trabajo sencillo, pero útil.
—Me alegra que hayas disfrutado. —Constance tomó la cuchara—. Aunque debo decirte algo al respecto.
Margaret la miró.
—Está bien que una joven de buena posición muestre interés por las causas de caridad. Es algo que habla bien de su carácter y que, bien gestionado, puede resultar favorable de cara a la sociedad. —Hizo una pausa—. Pero tampoco conviene que se convierta en una costumbre demasiado frecuente.
—¿Por qué no?
Constance detuvo el movimiento de su mano y la miró a los ojos de una manera muy directa.
—Porque viniste aquí con un propósito. Y ese propósito no era ir a coser ropa vieja al sur del río.
Si tu intención era integrarte en la alta sociedad londinense, no le encuentro ningún sentido que ahora dediques tu tiempo a relacionarte con personas de una clase social muy diferente a la que aspiras.
Ahora fue el turno de Margaret de dejar la cuchara sobre el plato con más cuidado del necesario.
—Con el debido respeto, señora, las personas que trabajan en esa institución no son menos dignas que cualquiera de los que frecuentan los salones a los que asistimos.
—No he dicho que lo sean —replicó Constance con esa frialdad que a veces solía mostrar—. He dicho que no es conveniente para ti. Que para eso, con todos mis respetos, te hubieras quedado en tu taller.
El silencio que siguió fue de los más tensos que Margaret recordara desde que llegó a Belgrave Square.
¿Dónde estaba la mujer que pocas noches antes le había hablado de su difunto marido y del miedo que había tenido cuando nadie le preguntó su opinión al casarla con diecisiete años?
En aquel momento, había logrado ver a una mujer muy diferente a la que ahora tenía sentada frente a ella.
—Mi familia —dijo Margaret, midiendo cada palabra— no es pobre, señora. Mi padre es un hombre de negocios que ha construido su fortuna con su propio esfuerzo. No somos iguales a las familias que ayuda esa institución.
—No. Pero tampoco sois iguales a aquellas con las que espero que te relaciones esta temporada.
Margaret miró el plato un momento. Luego dejó la servilleta sobre la mesa.
—Si me disculpa, señora, me temo que no tengo hambre. Además me duele un poco la cabeza.
Constance la miró y arqueó una ceja.
—¿Quieres que llame al médico?
—No, gracias. Solo necesito descansar un rato.
Se levantó, hizo una pequeña reverencia y salió del comedor sin esperar respuesta.
Se dirigió a su salita y cerró la puerta con la rabia todavía intacta. ¿Cómo se atrevía aquella mujer a hablarle de semejante manera? Llevaban conviviendo semanas bajo el mismo techo, y la manera en que le había hablado era una absoluta falta de respeto.
Se vio obligada a respirar varias veces para templar sus nervios.
Se acordó de la carta de su padre que tenía guardada en el bolso, y pensó que leer las palabras de su familia conseguiría apaciguarla. Siempre lo hacía.
Sin embargo, cuando abrió el sobre, se encontró con que había no una, sino dos cartas en su interior. Las miró rápidamente y comprobó que una era de su padre y otra, de su madre.
Cogió primero la de su padre. Se sentó junto a la ventana y comenzó a leer:
Mi amada Margaret:
Espero que te encuentres bien, mi querida hija. Por aquí todo sigue igual, echándote de menos a diario y contando los días que faltan para volver a tener noticias tuyas.
Me he dado cuenta de que tus últimas cartas se están espaciando cada vez más en el tiempo, por lo que supongo que estarás aprovechando la temporada tal y como querías, ahora que parece que el final se está acercando.
He pensado mucho en ti estos días. Quizás sea por la falta que nos haces, pero me encantaría que nos contaras cómo estás viviendo esta experiencia.
¿Lo estás disfrutando realmente? Aparte de la joven Farrow, ¿has conseguido hacer más amigos que consideres de verdad?
Apenas nos has hablado de tus pretendientes, porque no me cabe duda de que los tienes.
A veces me pone celoso que cambies el amor de tu padre por el de otro hombre, pero luego pienso que crecer forma parte de la vida, así que no prestes atención a los desvaríos de este pobre viejo.
En definitiva, solo hay una pregunta que me hago todos los días al levantarme, y que no tienes que responderla si no quieres: ¿eres feliz?
No me refiero a si las cosas van bien o si estás cumpliendo con lo que se espera. Me refiero a si eres feliz de verdad.
Tu padre.
Margaret leyó la carta dos veces y sintió como su corazón se estrujaba por dentro.
Si bien su padre siempre había sido un hombre que le había demostrado su amor y su respeto, aquellas palabras eran las más sentidas que le hubiera leído nunca.
¡Cómo le gustaría poder darle un abrazo en ese momento y decirle que tenía razón en... muchas cosas!
Pero eso sería preocuparlo y no deseaba algo así. Como bien había mencionado, el final de la temporada se estaba acercando y más pronto que tarde debería volver a casa. Porque no podría mantener su mentira indefinidamente.
Porque tampoco sabía si eso era lo que quería realmente.
«¿Eres feliz?», le había preguntado.
¿La felicidad consistía en lucir el vestido verde en el primer baile? ¿La conversación con Callum en el banco junto al estanque? ¿La sala de costura de Southwark con la señora Webb mirando sus manos? ¿La noche con Cecily en la despensa haciendo pastas de canela?
¿O era Gracechurch Street? ¿El olor del taller? ¿Los domingos en la cocina junto a su madre?
Sacudió la cabeza para apartar aquellos pensamientos.
Dejó la carta a un lado y tomó la de su madre.
Mi querida hija:
Tu padre me ha dicho que te va a escribir preguntándote si eres feliz.
Ya sabes cómo es él: directo como un alfiler.
Así que yo te escribo aparte para decirte lo que él no va a decir, que es que aquí te echamos de menos cada día, aunque los dos sepamos que no conviene que te lo diga porque entonces tú te preocupas y eso tampoco sirve de nada.
La señora Hargrove ha encargado un vestido nuevo, azul marino, para la boda de su hija en primavera. Me ha dado el doble de tiempo del que necesito, lo cual me hace sospechar que va a cambiar de opinión al menos tres veces. Ya la conoces.
He estado pensando mucho en ti últimamente. No con preocupación, o bueno, un poco sí. Porque imagino que debes estar haciendo algo importante y me frustra la idea de no estar a tu lado para verte brillar.
Lo que me pregunto —y esto no te lo digo para que te sientas culpable, sino porque creo que es importante que alguien te lo diga— es si estás siendo tú.
No Margaret Ashby. Tú. Margaret Hoper. La que cose de noche cuando no puede dormir.
La que defiende a las personas cuando consideras que es lo justo.
La que aprendió a ver el valor de las cosas.
Tu padre dice que este viaje te va a enseñar algo que no podías aprender de otra manera. Y creo que tiene razón, porque casi siempre la tiene. Pero yo pienso también en lo que puede costar ese aprendizaje.
Cuídate mucho. Come bien. Y si en algún momento decides que ya es suficiente, vuelve a casa. No tendrás que explicar nada.
Con todo mi amor, tu madre.
P.D. He metido un poco de hilo de distintos colores, por si los necesitas.
Al terminar, Margaret dobló la carta, la metió en el sobre junto a la de su padre y apoyó la cabeza sobre el cristal de la ventana.
No lloró. Pero tenía una sensación de ahogo interior que no sabía cómo deshacerse de ella.
Lo cierto es que, durante muchos momentos de la temporada, ni siquiera se había planteado volver a casa. Pero aquello terminó cuando la realidad le puso los pies en el suelo.
Desde entonces, había tenido momentos de debilidad.
Momentos en los que quería volver.
Otros en los que, por el contrario, deseaba que no terminase nunca.
Porque cuando volviera a ser Margaret Hoper, la hija de la modista, ya no tendría ni a Cecily, ni a Callum.
Le daba igual que Dorian o lady Constance desapareciera de sus vidas, pero aquellos otros dos...
Estaba segura de que la madre de Cecily no la dejaría tener contacto con ella si averiguaba la verdad.
Y en cuanto a lord Vane... sí, le había demostrado que era un aristócrata muy diferente al resto, pero había una serie de normas que un caballero de la alta sociedad debía cumplir.
Y entre ellas, no estaba la de casarse con la hija de un comerciante sin título y sin familia de renombre.
Así que disfrutaría de ellos el tiempo que pudiera para guardar aquellos momentos como parte de su tesoro personal.
Pasó el resto de la mañana intentando escribir la respuesta.
No fue fácil, pero al final y tras varios borradores que acabaron en la papelera, lo consiguió.
Mi querido padre:
Me preguntas si soy feliz. Voy a intentar responderlo con la misma honestidad con que usted me lo pregunta.
No lo sé.
Hay momentos que sí. Hay cosas que he visto y aprendido que no habría podido experimentar de otra manera, tal y como usted aventuró.
He descubierto que hay personas que valen la pena conocer y otras que no.
Da igual que aparenten tener una vida perfecta, porque si en su interior no hay valores, su posición social no los convierte en mejores personas.
Me gustaría poder contarle muchas cosas, aunque no creo que por carta sea la manera apropiada.
Quizás lo haga algún día, cuando volvamos a estar juntos.
Lo que sí sé es que usted tenía razón. No en todo, pero sí en muchos aspectos.
Con amor,
Margaret
La carta de su madre tenía un tono más íntimo.
Madre:
De nuevo, gracias por el hilo. El que me mandó con el último vestido lo había gastado y me vendrá bien tener un poco más para cuando me cueste dormir por las noches.
Quiero que esté tranquila. Me encuentro bien y no debe preocuparse por nada.
De lo que no estoy segura es de si sigo siendo yo, como me pregunta. Algunas partes de mí las reconozco todavía, pero hay otras que... no sé. Supongo que es lo que tiene vivir durante semanas entre dos mundos, aparentando ser quien no soy, pero sin querer perder todo cuanto he aprendido de ustedes.
Quería comentarle que he encontrado un lugar donde el trabajo es honrado y donde nadie pregunta de dónde vienes antes de ver lo que sabes hacer. Voy cuando puedo. Me hace bien y allí sí que soy feliz, porque me siento más cerca de mi verdadero yo.
Cuídese mucho usted también. Cada vez queda menos para poder vernos de nuevo.
Con todo mi amor, Margaret
Dobló las dos cartas, las metió en sus sobres, escribió las direcciones y las dejó sobre el escritorio para que Bridget las enviara.
Luego se quedó sentada un momento en la silla, con las manos en el regazo y la tarde avanzando al otro lado de la ventana.