Capítulo 18
Margaret volvió a Southwark una semana después.
Esta vez fue sola —bueno, con Bridget—, porque Cecily tenía compromisos con su madre que no podía cancelar.
Pero eso no fue impedimento para que siguiera adelante con sus planes.
Callum le había dicho que allí siempre faltaban manos y desde entonces, no había dejado de pensar en aquellas palabras.
Para su sorpresa, Constance no había puesto objeciones. Solo le había dicho que debería estar de vuelta antes del almuerzo, y que no se olvidara de que por la tarde tenían visitas. Por supuesto, Margaret había dicho que sí a todo y había salido antes de que hubiera tiempo para más preguntas.
La señora Collins la recibió con la misma cortesía de la última vez.
—Señorita Ashby. Qué alegría verla de vuelta tan pronto.
—Le dije que lo haría —replicó Margaret.
—Ya, pero la gente dice muchas cosas, aunque luego...
—dejó la frase sin terminar, aunque era fácil deducir lo que daba a entender.
Por desgracia, la señora Collins estaba demasiado acostumbrada a promesas que nunca se cumplían—.
Pase, por favor. Hoy tenemos bastante trabajo en la sala de costura, por si le interesa participar.
Margaret sonrió de inmediato. Claro que le interesaba.
La sala en cuestión era una habitación en la parte trasera del edificio donde un grupo de seis o siete mujeres de edades diversas trabajaba en distintas prendas bajo la supervisión de una mujer mayor, la señora Webb.
Se encargaban de realizar arreglos de ropa que todavía podían resultar útiles, aunque su aspecto ajado no fuera el mejor.
Pero la norma que allí imperaba era que ninguna prenda se tiraba si todavía podía recomponerse.
Margaret se sentó a la mesa alargada junto a las demás y la señora Webb le puso por delante un par de pantalones infantiles con las rodillas deshechas. Sin dudar ni un instante, se lo puso sobre la falda para examinar por dónde afrontar el remiendo que había que hacerle.
La señora Webb la miró.
—¿Sabe usted coser ropa? —preguntó, con el tono de quien ha visto demasiadas señoritas de buena familia intentar ayudar con resultados muy dudosos.
—Sí —contestó Margaret con seguridad.
—Ajá.
Le acercó un pequeño costurero que estaba siendo usado por otra señora para que pudiera coger los utensilios que necesitara, y se quedó cerca para examinar con ojo crítico si realmente sabía desenvolverse como afirmaba.
Cuando comprobó que aquella señorita se manejaba bien con la aguja, se limitó a asentir, y regresó a su propio trabajo.
Margaret se dedicó a coser durante más de una hora, sin levantar la vista de su trabajo.
Departía con el resto de mujeres a su alrededor, riéndose y compartiendo algún comentario sobre lo que estaban haciendo, con una sensación de comodidad que no había sentido en ningún momento en los hermosos salones abarrotados de la alta sociedad.
Cuando terminó de remendar el pantalón, le pasaron un vestido rajado en un lateral, y siguió cosiendo, sintiéndose útil y valorada de verdad tanto por lo que era, como por lo que hacía.
Aquello era solo trabajo. Como el que le había enseñado su madre.
No se dio cuenta siquiera del momento en que Callum asomó la cabeza por la puerta, a cierta distancia.
La señora Collins le había informado de la llegada de la señorita Ashby, y no dudó ni un segundo en acercarse a saludarla.
Pero lo que él no esperaba era encontrarla de aquella manera. Riéndose, feliz, a gusto.
Se la veía tan natural que no pudo reprimir una sonrisa.
Alguna de las mujeres debió de hacerle algún comentario, porque en un momento dado giró la cabeza con rapidez en su dirección, hasta que sus miradas se encontraron.
Lo primero que observó Margaret fue que Callum llevaba la misma ropa sencilla de la primera visita, y aquello le agradó porque lo convertía en alguien más parecido a lo que era ella en realidad.
El barón cruzó el umbral y se le acercó.
—Señorita Ashby, me alegra mucho verla de nuevo por aquí.
—Es curioso. La señora Collins me dijo exactamente lo mismo. Es evidente que ninguno de los dos me creyó cuando afirmé que volvería.
Él se quedó de pie junto a la mesa, sin mostrar intención alguna de irse.
—¿Cómo le va con eso? —preguntó, señalando con la cabeza el trabajo que tenía entre las manos.
—Creo que bien, aunque la señora Webb viene a dar una vuelta de vez en cuando para comprobar que no he destrozado la prenda.
—Esa mujer lleva quince años en este lugar, y ha visto de todo.
Se preocupa de que la ropa que aquí se arregla quede en las mejores condiciones posibles, porque sabe que quienes las van a usar las necesitan.
De hecho, ella misma empezó como las mujeres que vienen ahora, así que valora mucho su trabajo.
Margaret levantó la vista.
—Entiendo.
—Se nota que usted tiene buena mano para la costura y que no es la primera vez que lo hace.
Margaret dejó la aguja sobre la tela un momento. Miró sus manos y recordó las instrucciones de lady Constance relativas a que no debía mostrarlas en sociedad, porque podían delatar su origen.
—No, no lo es —reconoció.
—¿Aprendió en Shropshire?
Margaret tuvo la sensación de que aquella pregunta, aunque ligera, no era casual.
Ya le había preguntado por su vida en el campo y siempre intuía que había una intención detrás.
Clavó sus ojos en los de él, pero no encontró ninguna señal de burla o escarnio.
Solo la curiosidad de alguien que de verdad quiere saber.
—Aprendí de mi madre.
Callum asintió.
Le hubiera gustado decirle que aquel era su oficio y que Eleanor Hoper era la mejor modista de todo Londres. Pero sabía que no podía, o no debía hacerlo.
Cogió la aguja y volvió al trabajo.
Callum se sentó en el borde de la mesa y durante un momento ninguno de los dos habló.
—¿Puedo preguntarle algo? —dijo él.
—Supongo que sí.
—¿Por qué ha vuelto?
Margaret consideró la pregunta.
—Porque usted me dijo que siempre faltaban manos.
—Cierto —asintió con la cabeza para reafirmar sus palabras—. Pero hay muchos otros lugares en Londres donde también faltan. ¿Por qué aquí?
Margaret lo miró de reojo, sin dejar de coser.
—Porque aquí el trabajo es honrado.
—Sí que lo es, y valoro que usted lo aprecie.
Callum se quedó en la sala durante la siguiente media hora, hablando con las señoras que seguían cosiendo prenda tras prenda, bromeando con él como si estuvieran acostumbradas a tratar con aquel barón tan particular que las trataba como a iguales.
Margaret siempre fue consciente de dónde estaba él en cada momento, y le gustaba observar cómo departía con el resto de compañeras, su naturalidad y sobre todo, su sencillez.
Poco tiempo después, Bridget apareció por la puerta, para advertirle que ya era hora de marcharse, si quería cumplir con la promesa que le había hecho a lady Constance. Margaret entregó la costura a la señora Webb y le agradeció el rato tan agradable que había pasado.
—No, señorita. Las gracias se las tengo que dar yo a usted. Tiene unas manos maravillosas para la costura, así que, si desea volver, no dude de que será más que bien recibida.
En ese momento, Callum cruzó la pequeña estancia para acercarse a ellas.
—¿Ya se marcha?
—Sí. Lady Constance me pidió expresamente que no me demorara y llevo casi dos horas fuera.
—Entiendo. Sería un placer volver a verla de nuevo por aquí. Ya sé que nos encontraremos en los salones de fiesta, pero aquí es como más...
Iba a decir íntimo, pero se contuvo a tiempo. Su intención no era incomodarla.
—Intentaré regresar tan pronto como me sea posible. Además, la señora Webb me ha dado su beneplácito para que lo haga —apostilló con humor.
—Si sirve de algo, el mío también lo tiene más que de sobra.
Bridget seguía esperándola en el pasillo, así que no podía demorarse más, aunque quisiera.
—Debo irme. Lord Vane…
—Señorita Ashby...
En el carruaje de vuelta, Margaret observó sus manos en el regazo.
Las manos que la señora Webb había mirado con ese asentimiento de quien reconoce un oficio. Las manos que Callum había visto , fingiendo que no se había dado cuenta de cómo eran en realidad. Las manos que Constance le había dicho que escondiera.
Aquel era su oficio y cada vez le gustaba menos tener que estar ocultándolo al mundo.
Hasta entonces había vivido con el miedo constante de que alguien la viera de verdad.
Pero Callum lo había hecho y no había pasado nada.
El mundo no se había derrumbado. Y, por primera vez, empezaba a preguntarse si todo aquel cuidado, todo aquel disimulo, no habría sido en vano.