La hija de la modista Capítulo 17
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Capítulo 17

La noche siguiente tenían previsto asistir a la velada de los Brockhurst. Sin embargo, durante la tarde había llovido bastante y el carruaje que debía llevarlas no llegó a la hora acordada.

Cuando la demora se alargó durante más de treinta minutos, lady Constance supo que la salida que habían programado estaba a punto de ser historia.

En efecto, a eso de las siete y media, Bridget informó a su señora de que acababan de recibir un recado del cochero: a causa de un problema en el eje de una rueda, le resultaba imposible acudir a recogerlas, por lo que le pedía disculpas sinceras.

Inmediatamente, Constance mandó sus propias excusas a los Brockhurst para no quedar mal con aquella familia tan distinguida.

Así que no tuvieron más remedio que permanecer en Belgrave Square, sin nada que hacer más allá de ver la lluvia a través de los cristales.

Margaret había bajado al salón principal con el vestido de velada todavía puesto. Cuando Constance, sentada en su sillón habitual con una copa de jerez, la vio aparecer, le indicó que entrara y le hiciera compañía.

—Ven, Margaret. Siéntate un rato conmigo.

Permanecieron un rato en silencio.

—¿Leías mucho antes de la temporada? —preguntó Constance, de repente, buscando un tema de conversación cualquiera.

Margaret la miró.

—Sí, bastante.

—¿Qué tipo de lecturas?

La joven se encogió de hombros.

—De todo. Novelas, principalmente. También algo de historia o de floricultura. Mi padre tiene una biblioteca pequeña pero bien surtida.

Constance asintió, y levantó la vista para fijarla en un punto indeterminado.

—William, mi difunto esposo, no leía —dijo con una naturalidad extraña en ella, como si los recuerdos le hubieran hecho bajar la guardia—. Decía que los libros eran para la gente que no tenía suficiente vida real que atender. Él se consideraba más como un hombre de acción...

—¿Lo amaba mucho? —le preguntó Margaret sin poder contenerse, aun a sabiendas de que se trataba de un asunto muy íntimo y de que la viuda no solía hablarle de temas que resultaran demasiado personales.

—William era un caballero absolutamente encantador.

El tipo de hombre que hacía que todo el mundo se sintiera especial.

Las cenas, los eventos, las conversaciones...

Tenía ese don especial. —Se detuvo un momento, bajó la mirada hacia su copa y dejó escapar un suspiro—.

Lo que no tenía era criterio para el dinero, ni voluntad de admitir que no sabía cómo gestionarlo.

Margaret escuchaba con atención.

—Mi familia consideró que era un buen partido. Y en los términos en que se medían esas cosas, ciertamente lo era. Gozaba de título, posición y el encanto suficiente para abrir las puertas correctas.

—¿Y usted estuvo conforme con ese acuerdo? —preguntó Margaret, en voz baja.

Constance la miró.

—Yo tenía diecisiete años y había aprendido que las opiniones de las mujeres sobre sus propios matrimonios no eran especialmente relevantes en la decisión final —admitió sin amargura—. Así que me casé.

Hubo un silencio.

—Entonces, ¿fue infeliz?

Era una pregunta directa. Quizás demasiado, pero Constance no pareció sorprendida.

—No. No exactamente. Fui... competente. Hice lo que se suponía que debía hacer.

Administré la casa, mantuve las relaciones sociales, y me comporté como se esperaba de una mujer de mi posición.

Sin embargo, William hizo lo que era habitual en él: gastar lo que no teníamos y convencer a todo el mundo, incluido él mismo, de que las cosas iban bien.

Margaret recordó a su padre diciéndole a Eleanor que ella volvería a casa si el sueño se tornaba en pesadilla. Tenía la certeza de contar con una red de seguridad que la sostendría si llegaba el caso.

Pero, ¿cuántas mujeres en ese mundo no habían tenido esa red bajo sus pies?

—Si hubiera podido decirle algo para que cambiara su forma de actuar, ¿qué hubiera sido? —preguntó Margaret, sin pensar si estaba presionando demasiado a alguien que, por primera vez, se mostraba vulnerable.

La viuda la miró durante un momento.

—Que tenía miedo —reconoció al fin—. Que había tenido miedo desde el principio. No de él, sino de lo que vendría si las cosas salían mal. Por desgracia, ahora entiendo que mi temor no era infundado.

Margaret miró su taza sin saber qué decir.

Entonces Constance dejó la copa, se incorporó levemente en el sillón, y su expresión volvió a ser la de siempre.

—Ya basta de hablar de esto —dijo, recuperando el tono neutro de su voz—. Es tarde y no sirve de nada recordar cosas que ya no se pueden cambiar.

El breve momento de intimidad que habían compartido había pasado, y Margaret se dio cuenta de ello.

Después la conversación fue derivando a temas más generales, y sobre todo más seguras, como el tiempo o los planes que tenían para la semana siguiente.

No obstante, Margaret se quedó con esa sensación de intimidad que le había resultado cómoda por primera vez desde que llegara a Belgrave Square.

Daban las diez en el reloj cuando la joven decidió subir a su cuarto. Se sentó en el borde de la cama sin encender la vela, rememorando a oscuras la conversación que había mantenido durante la última hora.

Nunca hubiera imaginado que debajo de la fachada perfecta de lady Constance hubiera una mujer vulnerable.

Una mujer que tenía cuarenta y dos años y un matrimonio que le había brindado parte de lo que se esperaba de él: una posición, un nombre, una casa.

Pero que también le había dejado unas marcas profundas que seguían presentes, aunque las llevara ocultas.

Nadie que la mirara adivinaría el sufrimiento interior que había mostrado durante aquella noche.

Y quizás esa era la habilidad más perfecta que había desarrollado en ese mundo: convertir el dolor, o las preocupaciones, en algo invisible.

Sonreír en el momento preciso, responder con las palabras adecuadas, y mantener siempre una fachada tan impecable que ni siquiera ella misma pudiera ya distinguir dónde terminaba la máscara y dónde empezaba la verdad.

Margaret se dio cuenta de que llevaba semanas aprendiendo justamente eso. Y no sabía si aquello la hacía sentir más cerca de Constance o más lejos de sí misma.