La hija de la modista Capítulo 16
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Capítulo 16

Las visitas de Cecily a la casa de Belgrave Square se habían convertido en algo habitual.

Con cada día que pasaba, la amistad entre ella y Margaret iba en aumento, y los encuentros en el saloncito privado formaban parte de una rutina que, si bien no era diaria, sí se sucedía con cada vez más frecuencia.

Ambas se sentían cómodas en aquel pequeño espacio en el que podían ser y comportarse como querían, sin los ojos supervisores de nadie que vigilara cada uno de sus pasos.

—Ha llegado a mis oídos una información de lo más interesante —le dijo Cecily con entusiasmo.

—¿Sobre qué o sobre quién?

La mirada de la muchacha adquirió un matiz travieso.

—Sobre alguien que creo que te importa lo suficiente para ponerte nerviosa cada vez que te lo encuentras.

—¡Cecily!

—Es verdad...

—No sé de quien me hablas —comentó, pero con la boca pequeña.

—¿Y qué me dices de lord Vane?

Margaret no pudo evitar que un súbito calor la invadieron.

—¿Ves? Te has puesto colorada.

—Eso no es cierto. —Se llevó las manos a la cara y pudo sentir el calor que se desprendía de ella.

—Pero si no tiene nada de malo. Callum Vane es un hombre de lo más interesante. Sé que lady Constance te diría que el marqués de Wycliffe es un mejor partido, pero el barón... no sé. Tiene algo. Además, si es cierto lo que he oído decir, seguro que todavía te acabará gustando más.

—¿De qué se trata?

—Te interesa entonces, ¿no?

—¡Cecily!

—Vale, está bien. Se trata de una información de la que no se suele hablar en los salones, porque se consideraría... —buscó la palabra adecuada— excéntrico. Y más, viniendo de un hombre.

—¿Por qué? —Su curiosidad iba creciendo por momentos.

—Resulta que lord Vane patrocina una institución en Southwark.

Por lo visto, según me han contado, hace años que lo hace, desde antes de que volviera de sus viajes.

Se trata de una especie de escuela y refugio para familias de los barrios trabajadores, donde se atiende a niños que aprenden a leer, madres que reciben asistencia y jóvenes que aprenden un oficio.

Margaret reflexionó un momento sobre aquella información.

—No entiendo por qué resultaría tan excéntrico , como dices. ¿Acaso la alta sociedad no suele colaborar en obras de caridad? Tengo entendido que son actos que se venden muy bien frente a terceros.

—Cierto, pero no es habitual que sea un hombre quien se implique en dichos actos. Y mucho menos, que lo haga de manera directa. Parece ser que no lo hace a través de ningún intermediario, sino que él mismo va con cierta regularidad a supervisar cómo va todo.

Margaret la miró.

—¿Cómo te has enterado de todo esto?

—Mi padre conoce a alguien que a su vez conoce al administrador de las propiedades de Vane —comentó Cecily restándole importancia al origen del chisme—, y los oí hablar de ello cuando pasaba por delante de la puerta del despacho.

Así que, tratándose de quién era, me detuve un momento a escuchar.

Lo que me parece notable es que no le guste proclamarlo a los cuatro vientos, como haría cualquier otro.

No hay ninguna placa con su nombre en la puerta.

Nadie en los salones lo sabe, o si están al corriente, no lo comentan porque supongo que no tienen ni idea de cómo tomárselo.

En ese momento regresó a ella el recuerdo de Callum comprando canela en una pequeña tienda de Marylebone. Era un hombre que conocía las reglas del mundo en que vivía, pero que había decidido cuáles seguía y cuáles no.

—¿Dónde está? —preguntó de repente.

—¿El qué?

—¿Qué va a ser? La institución esa de la que has hablado.

—Ah... En Southwark. Cerca de Borough Market, según creo. —La estudió durante un instante—. ¿Acaso estás pensando en ir?

Margaret se encogió de hombros.

—Estoy pensando que sería interesante visitarla. Solo eso.

—Ajá.

—Con un propósito filantrópico, por supuesto.

—Claro, por supuesto...

—¿Me acompañarías?

Cecily sonrió.

—¿Cuándo vamos?

Lo organizaron con la discreción que la situación requería, para no tener que comentárselo a Constance hasta que fuera inevitable.

Por supuesto, ambas irían acompañadas por sus respectivas doncellas, como mandaba el decoro, pero no sin que antes Margaret informara a su anfitriona —que no era lo mismo que pedirle permiso.

—Quería comentarle que Cecily y yo tenemos intención de visitar hoy una institución de beneficencia en Southwark —le informó durante el desayuno, un par de días después.

Constance, que estaba a punto de tomar un sorbo de su té, detuvo el movimiento y la miró extrañada.

—¿Southwark?

—Sí. Por lo que me han contado, se trata de una causa interesante. Y tengo entendido que una joven de buena posición que muestra interés en obras filantrópicas causa buena impresión, ¿no es así?

Era verdad. Era exactamente el tipo de actividad que las guías de conducta social recomendaban a las jóvenes como muestra de carácter elevado y sensibilidad cristiana.

Visitar instituciones de beneficencia era perfectamente aceptable, siempre que fuera con la acompañante correcta, en carruaje, y sin prolongarse demasiado.

—Está bien. Pero que no sea por más de dos horas —accedió Constance.

—Por supuesto —dijo Margaret.

La zona de Southwark era diferente a lo que había conocido hasta entonces: calles estrechas, casas muy juntas, y multitud de mercados y talleres que hacían su trabajo sin preocuparse de si el Támesis olía bien o mal, según el día.

Margaret lo miraba todo desde la ventanilla del carruaje con verdadera atención.

—¿Es la primera vez al sur del río? —preguntó Cecily a su lado.

—Sí.

—Para mí también. Mi madre se habría desmayado si llega a enterarse adónde vamos.

—¿No se lo has dicho? Yo sí que se lo he comentado a lady Merrow y le ha parecido bien la idea.

—Yo no he querido arriesgarme. Mi madre es muy particular para algunas cosas, así que espero que Constance no se lo diga.

El carruaje se detuvo frente a un edificio de ladrillo en una calle lateral cerca del mercado. No tenía placa en la puerta que, a aquellas horas, se encontraba abierta de par en par. De su interior salía el sonido inconfundible de una multitud de gente reunida en un espacio relativamente pequeño.

Bajaron y se prepararon para afrontar lo que había más allá de la entrada.

La institución resultó ser más grande por dentro de lo que parecía desde fuera.

Había una sala principal donde varios grupos de niños de distintas edades trabajaban con maestros.

Algunos aprendían a leer, otros hacían cuentas con pizarrines, y había quienes simplemente escuchaban sin más.

Al fondo, una puerta abierta daba a otro espacio donde se oía el ruido de herramientas y donde jóvenes de quince o dieciséis años trabajaban la madera bajo la supervisión de un hombre mayor.

Una mujer de unos cuarenta años se acercó a recibirlas.

—Señoritas —dijo con cortesía, pero sin el exceso de protocolo de los salones—. ¿Puedo ayudarlas en algo?

—Buenos días. Hemos venido a conocer la institución —dijo Margaret—. Hemos oído hablar de ella y nos ha parecido una causa admirable.

La mujer las miró un momento y le sonrió con amabilidad.

—Bienvenidas sean pues. Soy la señora Collins, encargada de la administración diaria. Si lo desean, puedo enseñarles lo que aquí hacemos. Y si tienen preguntas, con mucho gusto trataré de atenderlas.

Empezaron a recorrer el espacio.

Margaret lo observaba todo fascinada. Los niños aprendiendo a leer, las madres que cosían, o las que aprendían un oficio para tratar de tener un futuro mejor.

Los maestros hablando con sus alumnos con paciencia, con respeto, y sin esa condescendencia que a veces muestran algunas personas que ayudan a otras por puro interés personal.

Pensó en su madre. En el taller de Gracechurch Street. En los años que había pasado como aprendiza, y en el valor incalculable de todo lo que Eleanor le había enseñado.

Había algo en aquel lugar que le pareció más honesto que cualquier salón que hubiera pisado en las últimas semanas.

—Margaret —la llamó Cecily, tocándole el brazo.

Esta siguió la mirada de su amiga.

Callum estaba al fondo de la sala principal, hablando con uno de los maestros.

Llevaba ropa sencilla, casi de trabajo. Mientras conversaban, un niño de unos ocho años se le acercó a tirarle de la manga.

Él se detuvo a mitad de frase, bajó la vista hacia el crío y lo escuchó con atención.

Sea lo que fuese lo que le dijese, el barón respondió, le revolvió el pelo con la mano, y el chiquillo se alejó de allí con la satisfacción dibujada en la cara.

Todo esto duró quizás treinta segundos. Pero fue suficiente para darse cuenta de que, mientras ese niño podía acercarse a Callum simplemente siendo quien era, ella no había podido hacerlo ni una sola vez sin llevar puesta la armadura de Margaret Ashby.

Aunque le resultara ridículo, sintió una envidia silenciosa hacia un niño capaz de mantener con Callum una relación más sincera que la suya.

Él volvió a la conversación con el maestro como si no hubiera habido interrupción.

Fue la señora Collins quien lo llamó, sacándola de la observación discreta a la que había sometido al barón.

—Lord Vane —dijo, acercándose—. Tenemos visita.

Callum se volvió y fue entonces cuando vio a Margaret.

Hubo un momento en que su expresión fue completamente genuina. Sin el filtro de los salones, ni la ironía habitual que mostraba cuando estaba entre sus iguales. Solo la confusión de encontrar a alguien donde no se lo esperaba.

—Señorita Ashby, señorita Farrow —dijo, cruzando la sala hacia ellas—. Qué sorpresa más inesperada, pero no por ello menos grata.

—Hemos venido a conocer la institución —expuso Margaret—. Nos había llegado información sobre ella y queríamos verla de primera mano por si podíamos colaborar de algún modo. No sabíamos que usted estaría aquí.

En parte, aquello era cierto.

—¿Y bien? —les preguntó—. ¿Qué le parece?

—Me parece —Margaret abrió los ojos de manera muy expresiva— extraordinario. Y muy verdadero.

—¿Verdadero?

—Sí, porque hay quienes apoyan causas con su nombre y su dinero desde la distancia.

Pero usted, en cambio, está aquí y eso lo hace diferente.

Cualquier otra persona hubiera puesto una placa con su nombre en la puerta a cambio de una donación generosa y ni siquiera se hubiera molestado en poner un pie en el centro. Pero es evidente que ese no es su caso.

Callum la miró un momento.

—Bueno, yo lo prefiero así, y obviamente lo de la placa en la puerta, me parece una pérdida de tiempo y recursos innecesaria.

—Ya lo he notado —dijo Margaret, porque esa forma de actuar encajaba mucho con el Callum que poco a poco había empezado a conocer de verdad.

Estuvieron en la sede casi una hora.

La señora Collins les explicó cómo funcionaba la institución, desde su forma de financiarse, de dónde venían los niños o qué ocurría con los jóvenes que terminaban el aprendizaje de un oficio.

Callum las acompañó durante parte del recorrido, respondiendo algunas de las preguntas que le formulaban las dos jóvenes.

Margaret lo observó hablando con un joven aprendiz que tenía un problema con la pieza de madera en la que estaba trabajando.

También cuando se detuvo a saludar a una mujer mayor que estaba cosiendo en la sala del fondo.

Y, sobre todo, lo observó con los niños y la facilidad que parecía mostrar para entenderse con ellos.

Cecily caminaba a su lado sin decir nada.

Pero en un momento en que Callum se alejó a hablar con la señora Collins sobre un asunto administrativo, Cecily se inclinó hacia Margaret y dijo, en voz muy baja:

—Ahora entiendo que te guste.

Se despidieron en la puerta.

La señora Collins les agradeció la visita mientras Callum las acompañó hasta el carruaje. Mientras Cecily y Agnes subían, se quedó un momento con Margaret junto a la puerta del vehículo.

—¿Volverá? —preguntó.

—Si me lo permiten, sí. Que no le quepa duda —aseveró con resolución.

—Siempre será usted bienvenida. La señora Collins apreciará la ayuda si alguna vez deciden ofrecerla. En lugares como estos, siempre faltan manos.

Aquella frase le arrancó una sonrisa a la joven, porque entendía a la perfección su significado.

—Lo tendré en cuenta, se lo aseguro.

Subió al carruaje y la puerta se cerró. Mientras el vehículo empezaba a moverse por las calles de Southwark, Margaret miró por la ventanilla el edificio de ladrillo hasta que dobló la esquina y desapareció de su vista.

Cecily no dijo nada durante el primer tramo del trayecto, pero al cabo de un rato no pudo contenerse.

—Es muy diferente a como se muestra en los salones, ¿verdad? Allí parece alguien que está en un sitio que tolera, pero en el que no termina de estar cómodo. Mientras que aquí...

—Aquí encaja perfectamente —terminó Margaret la frase.

—Exacto.

Siguieron en silencio durante un rato.

—Me alegra que hayamos venido —le dijo Cecily cuando se aproximaban a su casa.

—Sí, a mí también.

Y aunque Margaret no dijera el motivo de su conformidad, Cecily ya lo sabía.