La hija de la modista Capítulo 15
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Capítulo 15

El baile de los Cavendish era el tipo de evento que Constance denominaba de categoría media. Es decir, lo suficientemente importante para asistir, pero no tanto como para que un posible error tuviera consecuencias irreparables.

Siguiendo esa escala, Margaret había deducido que la fiesta de los Harcastle había sido un ensayo. La de los Ellsworth, un examen. Y la de los Cavendish, era algo intermedio donde uno podía actuar sin tanta formalidad como en un evento principal, pero sin descuidar las formas.

Tal y como le había dicho días antes, Cecily estaba allí con su madre, lo cual ya mejoraba la velada de forma considerable.

Su amiga llevaba un vestido color lavanda que le sentaba estupendamente.

Era de una tela delicada, con un trabajo de encaje en el bajo que requería cierto cuidado al moverse entre la gente.

Cogidas del brazo, se dirigieron a la mesa donde estaban dispuestos los refrigerios con la intención de tomar algo, con tan mala fortuna que un caballero pisó el dobladillo del vestido, haciendo que la tela se rasgara de forma considerable.

—Oh, mis disculpas, señorita Farrow —se disculpó el hombre al darse cuenta del problema que acababa de causar.

A Cecily no le quedó más remedio que sonreír y restar importancia al incidente, aunque por dentro estuviera maldiciendo por su mala suerte.

—No se preocupe, lord Mestfold. No ha sido nada.

El caballero en cuestión, al oír sus palabras tranquilizadoras, hizo una reverencia y se alejó como si no hubiera ocurrido nada. Pero el gesto de Cecily distaba mucho de ser tranquilo.

—Dios mío, se ha rajado todo el encaje y parte de la tela inferior. No puedo quedarme con el vestido así —se lamentó la muchacha.

Margaret examinó el desaguisado causado.

En efecto, el bajo del vestido había cedido en un tramo de unos quince centímetros, suficiente para que la tela colgara visiblemente y para que cualquiera lo notara. Bailar o moverse con normalidad con aquel descosido era imposible sin correr el riesgo de pisarlo de nuevo y empeorar la situación.

—Tendré que buscar a mi madre para decirle que debemos irnos —afirmó con pesar.

—De eso nada —refutó su amiga.

Cecily la miró.

—Margaret, no puedo estar aquí con el vestido así.

—Y no lo vas a estar, te lo aseguro —replicó—. Vamos, acompáñame y ten cuidado de no engancharte con nada.

Cada casa tenía sus espacios de servicio y salitas auxiliares que no eran públicos, pero tampoco privados.

Recorrieron la casa de los Cavendish hasta encontrar una antesala al fondo del pasillo de la planta baja, separada del baile por dos puertas y a suficiente distancia para que el ruido de la música llegara amortiguado.

Había un par de sillas, una mesita con objetos de tocador para los retoques de las señoras y dos lámparas de aceite que daban algo de luz.

—Esta sala servirá. Venga, entra —dijo Margaret, cerrando la puerta a su espalda.

Cecily miró el cuarto.

—¿Qué vamos a hacer aquí?

Margaret abrió el pequeño bolso que llevaba y sacó lo que había en su interior.

Aguja e hilo de un color que, si bien no era del todo correcto, era lo bastante discreto para que no se notara.

Cecily la miró.

—¿Llevas eso en el bolso?

—Siempre —dijo Margaret con naturalidad—. Ahora siéntate. O mejor, quédate quieta. Necesito ver el bajo.

—Margaret —dijo Cecily, con una voz que mezclaba asombro y un poco de desconfianza—. No tienes por qué...

—Sé lo que hago.

La joven se quedó quieta, tal y como le había indicado.

Margaret se arrodilló junto al bajo del vestido, evaluó el daño con los ojos y los dedos y empezó a trabajar.

Sus manos encontraron el ritmo en las primeras pasadas de aguja. Los puntos salían regulares, a la tensión correcta y con la distancia justa entre uno y otro.

—¿Cuánto tiempo llevas haciendo esto? —preguntó Cecily, en voz baja.

—Desde que tengo memoria —dijo Margaret, sin levantar la vista.

—¿Tu madre también te lo enseñó?

—Mi madre me enseñó todo lo que sé que vale la pena.

Cecily no dijo nada durante un momento.

—Ojalá la mía hubiera hecho lo mismo. Ahora mismo me siento como una inútil —dijo al fin.

Margaret levantó la vista brevemente y la reprendió con la mirada.

—Deja de decir eso que ya sabes cuánto me molesta.

Y, de nuevo, volvió al trabajo.

Solo le llevó poco más de diez minutos arreglar el descosido. Cuando terminó, se puso de pie y se retiró un poco hacia atrás.

—Muévete —dijo.

Cecily dio dos pasos. Miró hacia abajo antes de posar sus ojos de nuevo en ella.

—Está perfecto —afirmó, sorprendida.

—No, no lo está. Pero sí lo bastante pasable para que no se note y puedas terminar la noche. Mañana se lo das a tu doncella para que lo cosa como corresponde.

Cecily la miró durante un momento.

—Gracias —dijo con emoción.

Margaret le sonrió.

—Anda, vamos —respondió Margaret, guardando la aguja y el hilo—. Seguramente nos habremos perdido un baile.

Regresaron al salón de baile y la noche prosiguió como si nada hubiera ocurrido.

Cecily bailó. Margaret habló con personas a las que conocía de veladas anteriores y la noche en la residencia de los Cavendish siguió con sus asuntos habituales.

Sin embargo, un rato después, un comentario llegó a sus oídos de repente. Se trataba de una conversación captada en el aire entre dos personas que charlaban de manera distendida.

— ...han visto a la pupila de lady Constance en la antesala del fondo cosiendo el vestido de la señorita Farrow, con aguja e hilo y todo. Como una...

La voz bajó y Margaret no pudo oír el final de la frase.

No hacía falta.

Se quedó petrificada en el mismo lugar donde se encontraba. No se atrevió a girar la cabeza y pudo controlar su expresión para que el miedo no se percibiera en su rostro.

Buscó a Cecily con la vista y la encontró al otro lado de la sala, hablando con alguien, completamente ajena a lo que se estaba diciendo detrás de Margaret en ese momento.

A continuación, buscó a Constance.

Por la postura que mantenía, con una levísima rigidez en los hombros, supo que a ella también le había llegado el comentario.

Y si alguna duda le quedaba, su intuición quedó corroborada cuando lady Merrow se acercó.

—Te han visto en la antesala... —le explicó en voz muy baja, sin necesidad de aportar más detalle.

—Cecily tenía el vestido roto —dijo Margaret, en el mismo tono—. Se habría tenido que marchar.

—Ya. ¿Cuánto rato estuvisteis ahí?

—No sé. No más de quince minutos.

Constance no dijo nada durante un momento.

—Está bien. Trataremos de sortear esto como podamos —dijo al fin.

Y sin aportar nada más, se alejó con la misma calma con que había llegado, hacia otro grupo, hacia otra conversación.

Margaret se mantuvo donde estaba. Pero empezó a percibir miradas a su alrededor en las que se podía adivinar curiosidad, diversión, o sencillamente, el placer de tener algo novedoso de lo que hablar.

Y entonces vio a Constance desde el otro lado de un grupo de cinco o seis personas, mostrando una risa, discreta y perfectamente modulada, como si lo que hubiera contado resultara encantador, curioso o refrescante .

Entonces entendió lo que acababa de suceder.

Encontró a su amiga diez minutos después.

—¿Ha pasado algo? —preguntó Cecily al verle la cara.

—No —dijo Margaret—. Todo bien.

Cecily la miró un momento más.

—Margaret...

—De verdad. No es nada.

La joven no insistió, pero se quedó a su lado durante el resto de la velada.

Cuando el baile estaba ya en su recta final y la gente empezaba a despedirse en oleadas, Dorian se les acercó.

—He oído que tuvo usted una pequeña aventura esta noche.

Margaret clavó sus ojos en él, recelosa.

—¿Una aventura?

—Lo de la antesala —dijo Dorian, mirando primero a Margaret y luego a Cecily. Se podía percibir con facilidad la diversión en sus ojos—. Así que le gusta jugar con la aguja y el hilo. —Sonrió—. ¡Qué ingenioso!

Cecily, ajena hasta entonces a lo que había sucedido, se quedó de piedra.

—La señorita Farrow habría tenido que marcharse —se excusó Margaret, con una calma que le costó bastante mantener.

—Por supuesto —dijo Dorian—. Muy leal de su parte.

Leal. Como si hubiera hecho algo pintoresco que podía pasar como una simple anécdota.

—Sí —se limitó a contestar.

Dorian siguió sonriendo. Luego se excusó con esa elegancia suya de siempre y se alejó hacia otro grupo.

—Pero, ¿cómo ha sabido...? —empezó a decir Cecily.

—Déjalo estar y no preguntes, por favor.

Por fortuna, Callum no había acudido al baile aquella noche. Le daba miedo pensar qué opinión se hubiera forjado sobre ella y su forma de actuar.