La hija de la modista Capítulo 14
63%

Capítulo 14

Un par de días después, Dorian Wycliffe se presentó en la casa de Belgrave Square sin avisar, con un ramo de flores en las manos.

Como Constance estaba en casa, Margaret pudo recibirlo; sola, no hubiera sido correcto.

Cuando la viuda supo de su visita, dio instrucciones para que fuera conducido a la elegante salita azul, y no a la que Margaret solía usar a diario.

Al fin y al cabo, las apariencias importaban más que nada y un marqués no merecía menos.

—Señorita Ashby —se dirigió a ella al verla aparecer con una inclinación de lo más formal—. Le he traído este presente, esperando que sea de su agrado.

El marqués le entregó las flores y Margaret le dedicó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—Es usted muy amable, lord Wycliffe. Debo admitir que me ha sorprendido su visita.

—Esa era la intención —replicó Dorian, con una sonrisa—. ¿Acaso las visitas inesperadas no son más interesantes? Siempre tienen su punto de sorpresa.

—¿Le apetece sentarse?

—Sería un placer.

Margaret asintió y le indicó uno de los sillones, mientras le pasaba a Bridget el ramo para que lo colocara en un jarrón.

Constance, sentada en el asiento junto a la chimenea con su labor, no dijo nada. Pero por su expresión, se notaba que aprobaba lo que estaba sucediendo en aquella estancia.

Al cabo de un instante, Bridget trajo té sin que nadie lo pidiera.

Dorian era, sin duda, un hombre extremadamente guapo. Y cuando quería, también encantador, aunque se preguntó en silencio si aquel encanto era realmente genuino o, como las clases de baile, resultaba ensayado.

Aunque el marqués se encargó de acaparar la mayor parte de la conversación hablando de cuestiones como el baile de los Cavendish de la semana siguiente o del viaje que estaba considerando hacer en primavera, Margaret tuvo la sensación de ser el centro de su atención en todo momento.

—¿Ha pensado en lo que hará cuando termine la temporada? —le preguntó Dorian en un momento determinado.

Margaret lo miró.

—Supongo que volver... al campo.

—¿A Shropshire?

—En efecto —confirmó manteniendo la calma.

—Vaya, pues es una lástima —comentó Dorian de una forma que a Margaret le pareció sincera.

—¿Por qué?

La mirada que le dirigió entonces fue intensa y muy directa.

—Porque Londres es más interesante cuando usted está.

Hace unas semanas, esa frase le habría arrancado un rubor inmediato. Sin embargo, ahora la recibió con una sonrisa educada y poco más. No tenía sentido pensar en un futuro que nunca se haría realidad.

Cuando Dorian se marchó, Constance esperó a que el ruido del carruaje se alejara antes de hablar.

—Debes estar muy feliz, ¿no es cierto? —dio por sentado, dirigiéndose a la joven.

—¿Por qué habría de estarlo?

—¿Qué pregunta es esa, Margaret? Te ha visitado un marqués sin previo aviso. Y te ha traído unas flores preciosas. —Constance recogió la labor en la que había estado trabajando y se volvió hacia ella—. Eso tiene un significado muy deliberado en este mundo.

—Lo sé —afirmó.

—¿Y eso es todo? —inquirió, extrañada.

Margaret miró la taza vacía sobre la mesita.

—Lord Wycliffe es un caballero encantador... —empezó a decir.

—En efecto, lo es. Así que no entiendo que no te muestres dichosa por la suerte que tienes. ¿Acaso hay un pero?

—No, claro que no. —Pero había algo en su forma de decirlo que evidenciaba que aquello no le hacía especial ilusión.

—En efecto, no lo hay. Así que, si eres inteligente, deberías aprovechar la situación, porque dudo mucho que se te vuelva a presentar otra igual.

Por la tarde, Constance tenía compromisos propios que debía atender, así que Margaret decidió salir a caminar un rato acompañada de Bridget. Necesitaba moverse, que le diera el aire y escapar durante un rato de aquel ambiente suntuoso pero cerrado que era la casa de Belgrave Square.

Al pasar por una tienda de libros de segunda mano en una calle lateral de Marylebone, una voz desde el interior pronunció su nombre, haciendo que se detuviera.

—Señorita Ashby, qué sorpresa encontrarla por aquí.

Callum no llevaba en esta ocasión ni el abrigo formal con el que lo había visto en el parque, ni mucho menos, el frac de los salones. Llevaba una ropa mucho más sencilla, que lo hacía parecer más cercano.

—Lo mismo podría decir yo, lord Vane —contestó Margaret—. No sabía que frecuentara librerías de este tipo.

—Sí, bueno. A veces en este tipo de establecimiento se encuentran auténticas joyas literarias.

—Entiendo lo que dice. No hay que despreciar el contenido de un comercio solo por el aspecto exterior, o por la ubicación en que se encuentre.

—Estoy completamente de acuerdo con usted. ¿Puedo preguntarle si se dirige a algún sitio o solo paseaba por aquí?

—Lo cierto es que caminaba sin rumbo —admitió—. Solo me apetecía tomar un poco de aire fresco.

Callum la miró con intención.

—En tal caso, ¿me permite que la acompañe un rato?

—Será un placer.

Se pusieron a caminar en la misma dirección, uno al lado del otro, con Bridget a la distancia adecuada.

A Margaret le resultó una sensación agradable.

En aquellos instantes no había salón de baile, ni protocolo, ni la presión de actuar de una determinada manera a sabiendas de que todo el mundo está pendiente de lo que uno hace. Solo eran dos personas que se habían encontrado de manera casual andando por una calle cualquiera.

Margaret le preguntó si había encontrado algún libro que fuera de su interés.

—Estaba ojeando uno de geografía, justo cuando la vi pasar —dijo Callum.

—¿De algún sitio en concreto?

—Del Mediterráneo oriental. Hay una región entre Grecia y Turquía que tiene una costa que... —se detuvo buscando las palabras adecuadas—, es difícil de describir. Hay que ver esos lugares en persona para ser realmente consciente de lo que transmiten.

Margaret lo miró.

—¿Quiere volver allí entonces?

—A veces, sí. Pero soy consciente de que tengo responsabilidades que atender y que no siempre puedo alejarme cuando deseo.

—Es curioso, porque lady Merrow dice de usted que siempre hace lo que quiere y que es un hombre imprevisible... —Cuando se dio cuenta de lo que acababa de decir, se llevó la mano a la boca—. Oh, disculpe, no quería ofenderle.

Callum rio y aquella risa provocó un cosquilleo extraño en el estómago de la joven.

—¿Y quién ha dicho que me ofende? Al contrario, me gustaría pensar que usted ha tenido el interés de preguntar por mí a lady Constance en alguna ocasión. Lejos de ser un agravio, me resulta un elogio.

Las mejillas de Margaret se tiñeron de un ligero rubor.

Consciente de su incomodidad, Callum se detuvo frente a una tienda pequeña en cuyo escaparate había conservas, especias y tarros de cerámica con etiquetas escritas a mano. Un establecimiento de esos que no existen en barrios como Mayfair.

—¿Me disculpa un momento, por favor? —pidió Callum.

Entró en el comercio mientras Margaret esperaba en la acera con Bridget a su lado. Al cabo de un par de minutos, Callum salió con un paquete pequeño envuelto en papel marrón.

—¿Qué es? —preguntó Margaret con curiosidad.

—Canela —respondió—. De la buena. Hay un hombre que la importa directamente y que tiene el mejor género de Londres. Me lo recomendó alguien hace tiempo y desde entonces no compro otra.

Margaret lo miró.

Era imposible que él supiera nada de las pastas que hacía su madre, o incluso ella misma, pero el destino a veces juega unas cartas muy curiosas.

—¿Le gusta la canela? —preguntó Callum, mirándola con atención.

—Mucho. Me recuerda a mi hogar.

Él la miró un momento. Luego asintió, y le entregó el recipiente envuelto.

—Entonces, este es para usted. Para que mantenga el buen recuerdo de Shropshire, aunque se encuentre en la distancia.

Cuando se despidieron un poco más adelante, Margaret lo siguió con la vista antes de emprender el camino de vuelta a Belgrave Square.

Era curioso cómo se había desarrollado aquel día sin esperarlo siquiera. Por la mañana, había estado con Dorian que, gentil como se presupone en alguien como él, le había llevado un hermoso ramo de flores.

Y por la tarde, era Callum quien le había hecho un presente muy diferente, pero que para ella estaba más cargado de significado.

Lord Vane se había comportado como corresponde a dos conocidos que se cruzan por la calle y comenzaban una conversación cualquiera.

No tenía la intención deliberada que sí había tenido la visita de Wycliffe, mucho más directa y con un propósito bien definido.

Y, sin embargo, a Margaret aquel rato de charla inesperado le había resultado más gratificante que cualquiera de las frases que Dorian parecía llevar preparadas.

Esa era la diferencia. No que uno fuera mejor que el otro. Dorian no era un mal hombre, sino alguien que estaba acostumbrado a destacar. Mientras que con Callum no sentía que estuviera actuando para nadie.

El problema era que saberlo no cambiaba nada.

Porque ella seguía siendo una Hoper y no una Ashby.

Porque la mentira seguía sin tener salida limpia.

Porque estaba convencida de que Callum ya sospechaba algo y que si llegaba el día en que descubriera la verdad, sería también el día en que todo lo que había entre ellos —conversaciones, miradas, gestos de complicidad— se acabaría de inmediato.

Llegó a Belgrave Square cuando el cielo ya empezaba a oscurecer.

Cuando se cerró la puerta a su espalda, vio sobre la mesita del recibidor el jarrón con el ramo de flores que Dorian llevara por la mañana. Junto a él, había un sobre con la letra de su madre.

Lo cogió y lo guardó en el bolsillo sin abrirlo. Prefería dejarlo para un momento más íntimo donde, a solas, podía ser y sentirse como la verdadera Margaret Hoper.