La hija de la modista Capítulo 13
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Capítulo 13

Al día siguiente, Cecily llegó a la casa de Belgrave Square a media tarde con la excusa de devolver un libro que Margaret le había prestado y, sobre todo, con la intención de poder pasar un rato con su amiga.

—Te eché de menos anoche en la cena de los Ravenswood —le dijo Margaret cuando ambas se quedaron a solas en el saloncito del que la joven disponía para su uso exclusivo y personal.

—Ya. Me hubiera encantado ir, tal y como estaba previsto, pero mi madre se levantó con un horrible dolor de cabeza y no le quedó más remedio que avisar a lady Ravenswood por la mañana para excusar nuestra ausencia.

Hubiera sido inadecuado que sencillamente no hubiéramos asistido, dejando vacío nuestro hueco en la mesa.

—Sí, lo entiendo. Pero eso no quita que hubiera disfrutado mucho más de la noche si hubieras estado presente.

—De todas maneras, no dudo que lord Wycliffe y lord Vane consiguieron amenizar tu velada.

Por un instante fugaz, a Margaret se le contrarió el rostro; gesto que no pasó desapercibido para Cecily.

—Uy, ¿y esa expresión? ¿Acaso ha pasado algo?

—Te lo cuento mientras tomamos el té, ¿te parece?

Y así, la puso al corriente de lo sucedido la noche anterior: el comentario de Dorian sobre la señora Aldridge, la palabra refrescante dicha con esa sonrisa suya, su propia respuesta contenida a duras penas, y la honestidad incómoda de Callum admitiendo que no hacía nada al respecto.

Cecily la escuchó sin interrumpir y sin perder detalle.

—Dorian Wycliffe —comentó al fin, cuando Margaret terminó— es de los que dicen lo que piensan porque nunca ha tenido la necesidad de morderse la lengua a la hora de dar su opinión. Y lord Vane, al menos, fue honesto.

—Demasiado honesto para mi gusto —bufó Margaret.

—¿Hubieras preferido que te mintiera?

—No, lo cierto es que no.

Cecily asintió, conforme con su respuesta.

—Los hombres que dicen la verdad, aunque sea incómoda, son más escasos de lo que debería. Mi madre dice que eso es un defecto en un marido. Que una esposa no necesita que le digan la verdad, sino que la hagan sentir bien.

—¿En serio opina así? ¿Y tú qué crees?

—Que mi madre lleva casada treinta años con un hombre que le dice lo que quiere oír, y que eso no la hace especialmente feliz —contestó, no sin un toque de verdad camuflado de ironía.

Margaret miró su taza. Recordó a su padre cuando le habló de lo que podía encontrar en ese mundo antes de que ella entrara en él. Había sido sincero en todo momento, y aun así, ella quiso adentrarse en su interior.

—Por cierto, y hablando de madres —continuó Cecily ajena a los pensamientos de su amiga—, ¿cómo sigue la tuya? Me dijiste que estaba enferma y reposando en el campo.

Margaret meditó su respuesta. Había reconocido ante Cecily que su familia no pertenecía a la alta sociedad, pero no había desmentido ningún otro aspecto de la farsa que había creado para poder cumplir aquel sueño.

Y después de la advertencia de lady Constance la noche anterior, no sabía si era apropiado enredar todavía más la situación.

—Bien. Mejorando poco a poco, según me dice en sus cartas —se limitó a contestar.

—Entonces debes sentir un gran alivio. Me imagino que estarás deseando verla.

—No te imaginas cuánto.

—Me alegraría conocerla algún día —dijo Cecily con sinceridad—. Si se recupera lo suficiente para recibir visitas, intentaría convencer a mis padres para que me dejen ir contigo a Shropshire. ¿No crees que sería estupendo?

Margaret sonrió, como había aprendido a hacer, pero no pudo evitar que se le formara un nudo de angustia en el estómago.

La conversación continuó durante un rato más.

Cecily habló de su propia madre, de los planes para el final de la temporada, y hasta de una prima suya que se había comprometido recientemente con alguien que le parecía ser demasiado aburrido para su gusto.

Sin embargo, Margaret no estaba del todo atenta a la conversación.

El comentario inocente de su amiga de que le gustaría conocer a su madre seguía martilleándole la cabeza. Era como si con aquella frase tan simple se le hubiera abierto una grieta en el pecho.

Porque la madre enferma en el campo no existía.

Existía Eleanor Hoper, de Gracechurch Street, con sus tijeras y sus telas y su voz calibrada para las clientas.

Existía una mujer que cosía los vestidos de algunas de las personas que Margaret había conocido en las últimas semanas, y que previamente las había visto entrar y salir del taller sin ni siquiera percatarse de que había una hija al otro lado de la puerta.

Esa era su madre.

No una señora Ashby enferma en el campo de Shropshire que algún día, cuando se recuperara lo suficiente, recibiría visitas y escucharía cómo le había ido a su hija en la temporada londinense.

Esa madre no existía. Y si Cecily alguna vez la buscara —o cualquier otra persona de las que había conocido—, no la encontraría jamás.

—¿Te imaginas que el marqués de Wycliffe formalizara el cortejo contigo? —preguntó Cecily de repente, cortando de golpe el devenir de sus pensamientos.

Y aquella pregunta, inocente del todo, agravó la desazón que había empezado a invadirla.

Si eso ocurría… habría un momento inevitable e ineludible, en el que su prometido tendría que conocer a su familia. A los Ashby de Shropshire con su propiedad vendida y su historia de honor y deuda.

Y entonces… no habría nada que mostrar.

Porque ella era una Hoper, no una Ashby.

¿Y si Callum lo supiera?

Ese pensamiento fue diferente, porque no guardaba la frialdad calculada del anterior, sino que tenía algo más parecido al dolor.

¿Qué pasaría si Callum supiera que ella era solo Margaret Hoper, hija de una simple modista? Alguien que disfrutaba cocinando pastas de canela y que echaba de menos Gracechurch Street más de lo que había previsto.

¿Qué haría? ¿Qué pensaría de ella?

Lo cierto era que no lo sabía. Y esa falta de certeza era casi más aterradora que cualquier respuesta concreta.

—Margaret, ¿estás bien? Llevo un rato hablándote y no me estás haciendo ni caso.

La voz de Cecily consiguió sacarla de la espiral negativa donde la estaba llevando sus pensamientos.

La joven levantó la vista.

—Sí —dijo mostrando una leve sonrisa—. Perdona. Me he distraído un momento.

—¿Un momento? Llevas un rato muy callada.

—Es que… estaba pensando.

—¿En algo que me vas a contar?

Margaret la miró a los ojos y sintió que algo se rompía en su interior.

—No puedo —reconoció.

Cecily asintió, respetando aquello que fuera que ocultaba su amiga.

—De acuerdo. Pero sabes que, si necesitas algo, puedes contar conmigo.

Cuando llegó la hora de irse, Margaret acompañó a Cecily hasta la puerta. Agnes ya la esperaba en la entrada con el chal, que le entregó a la joven para que se lo pusiera antes de salir a la calle.

—La semana que viene hay una velada en casa de los Cavendish y mi madre ya ha confirmado nuestra asistencia. ¿Tú estarás?

—Supongo que sí —respondió Margaret—, aunque es lady Constance quien decide a dónde vamos.

—Entonces, espero verte allí... —Cecily la miró un momento, antes de salir—. Margaret.

—¿Qué?

—Lo que sea que estabas pensando antes cuando te quedaste callada. No sé qué era y no voy a preguntarlo. Pero quiero que sepas que...

—Espera... —la interrumpió—. Sé que te he dicho que no podía contarte nada, pero yo... necesito sacar esto que llevo dentro. Ya no aguanto más y tú eres la única amiga que tengo.

—No hace falta...

—No, no me interrumpas porque, si lo haces, puede que me eche atrás.

—Suspiró audiblemente para infundirse fuerzas—.

Mi apellido no es Ashby, sino Hoper. Mi madre es modista en Gracechurch Street, en la City.

Su taller está en los bajos de mi casa y yo me he criado entre telas, hilos y encajes.

Quería que al menos tú lo supieras, porque sé que en ti puedo confiar.

Y cuando me toque volver a mi casa, quiero que sepas dónde me puedes encontrar si algún día quieres venir a verme.

Cecily la miró y le dedicó una sonrisa sincera.

—Tu secreto está a salvo conmigo, lo sabes, ¿verdad?

—Lo sé —afirmó, devolviéndole la sonrisa.

Cecily asintió. Luego le apretó la mano brevemente y salió con Agnes a la tarde gris de Belgrave Square.

Cuando se quedó de nuevo sola, Margaret regresó a la salita y se sentó en el sillón junto a la ventana.

Fijó la vista en el pequeño jardín que desde allí se divisaba, sin dejar de pensar en las conclusiones a las que había llegado aquella tarde.

Si alguna vez imaginó que la farsa podía tener visos de continuidad, ahora se daba cuenta de que aquella idea no era más que una utopía.

Dorian vivía en su mundo ideal y no iba a renunciar a su posición por cortejar a una chica que no era de su mundo. Y en cuanto a Callum...

Por las preguntas que le hacía cuando se encontraban, era más que probable que sospechara algo de su historia.

Y si no, ¿a qué venía preguntarle tanto por Shropshire?

Seguramente no le había dicho nada por consideración, pero estaba más que convencida de que no había logrado engañarlo como a todos los demás.

Lo cierto es que llevaba semanas viviendo en una mentira que tenía fecha de caducidad y que esta se acercaba de manera inexorable.

Era consciente de que la mentira que había levantado no tenía salida. Al menos no una en la que nadie saliera herido. Tarde o temprano, todo volvería a su sitio; solo era cuestión de tiempo.

Encendió una vela y cogió un papel de su escritorio, con la intención de escribirle a su madre. No con las palabras típicas que le mandaba cada semana para decirle simplemente que estaba bien, o que los vestidos que habían seguido llegando eran maravillosos.

En esta ocasión se trataba de una epístola más personal. Más sincera.

Querida madre:

Hoy mi amiga Cecily me ha preguntado por ti. O, mejor dicho, por la madre que inventamos y me ha comentado que le gustaría conocerte algún día.

Y aunque en un primer momento dudé, al final he terminado por revelarle la verdad.

Seguramente padre no esté de acuerdo con mi decisión, pero hay momentos en que me cuesta sostener la mentira en la que vivo.

¿Por qué no puedo decir que mi madre está en Gracechurch Street y que cose los vestidos más hermosos de Mayfair?

Usted y mi padre son las personas más honestas que conozco, y siento que a veces me convierto en alguien que no soy yo.

Ahora creo saber lo que padre quería que entendiera cuando organizó todo esto.

Dejó la pluma y se echó hacia atrás en su asiento. Leyó lo que había escrito y, tras repasarlo, dobló el papel y lo guardó en el cajón de la mesita.

Tenía claro que no mandaría aquella carta a su madre. No quería preocuparla ni hacerle partícipe de sus angustias. Pero al menos al plasmarlo en papel, había conseguido un cierto desahogo.

Solo había otra cosa que podía ayudarla a apartar aquellos demonios que en aquel instante la acompañaban. Así que, sin dudarlo siquiera, encendió otra vela más y se puso a coser.