Capítulo 12 #2
—Varias, de hecho —le contestó.
—Yo me refería a la que ha mantenido durante largo rato con la señora Aldridge.
Margaret alzó las cejas con sorpresa.
—Vaya, no sabía que estuviera tan al tanto de mis conversaciones… Sobre todo, teniendo en cuenta que no estaba presente mientras departía con ella.
Dorian chasqueó la lengua.
—Digamos que me ha llamado la atención cuando me lo han comentado.
—No veo por qué. Se trata de una mujer extraordinaria y muy culta. Ha sido de lo más agradable. Así que me sorprende que le resulte de interés algo tan simple.
—No es eso. Es solo que me parece encantador que haya tenido la deferencia de acercarse a alguien como ella —explicó al considerar que aquella era la respuesta que debía ofrecerle.
A Margaret no le gustó el comentario, pero antes de que pudiera responder, lord Vane apareció a su lado.
—Buenas noches, señorita Ashby. No he tenido la oportunidad de saludarla antes. ¿Está disfrutando de la noche?
—Claro. Debo reconocer que la cena estaba exquisita.
—Espero no haber interrumpido nada… —dijo en alusión a la conversación que mantenía con el marqués.
—En absoluto. Estábamos hablando sobre la señora Aldridge —le informó Dorian.
—Una mujer muy respetable, sin duda. ¿Sabía que toca el piano extraordinariamente bien? —comentó, volviéndose hacia Margaret.
—Lo tocaba —corrigió el marqués—, antes de que tuviera que vender el instrumento. Solía dar clases, hasta que alguien le hizo notar que dicha actividad no era compatible con seguir siendo recibida en ciertas casas. Así que eligió esto último. Una decisión más que comprensible, creo yo.
—¿Comprensible? —repitió Margaret, frunciendo el ceño.
—Por supuesto —aseguró Dorian con convicción—. Una mujer de su posición dando clases no es que sea algo de lo que uno pueda enorgullecerse. Hay formas más dignas de salir adelante.
—¿En serio? —dijo Margaret, tratando de contener el tono—. Dar clases de piano es una actividad perfectamente honrada. No entiendo por qué habría de ser motivo de vergüenza.
Dorian la miró con una expresión en la que se mezclaba diversión y condescendencia.
—No digo que sea deshonrosa, sino que no es lo que corresponde a una mujer de cierta posición. Hay una diferencia.
—La diferencia —continuó la joven eligiendo las palabras con cuidado— es que a ella le quedaban dos opciones: trabajar o depender de la caridad de personas que la invitan por cortesía y la sientan en el extremo de la mesa. No me parece que la primera opción sea la menos digna de las dos.
Hubo un silencio breve.
Callum no intervino en ningún sentido, ni para apoyar la postura de Margaret ni tampoco la de Dorian. Y ese silencio no le gustó a la joven.
—Vaya —afirmó Dorian con humor—. ¿Es usted de esas señoritas modernas que creen que las mujeres deben contribuir al sostenimiento de sus casas? Qué... refrescante.
Refrescante.
Y venga otra vez con la palabrita. La misma que había usado lady Fenton para dirigirse a ella en el salón de Belgrave Square.
Margaret sintió un calor repentino que le subía por el pecho. A duras penas trató de contenerse para no expresar lo que de verdad deseaba.
—Creo —dijo con una calma que le costó mantener más de lo que parecía— que el trabajo honrado no debería avergonzar a nadie. Y que juzgar a una mujer por haberse ganado la vida con su talento dice más de quien juzga que de quien trabaja.
Dorian la miró un momento.
—Por supuesto —rectificó el marqués, aunque era evidente que no pensaba así—. Tengo la impresión de que mis palabras la han molestado. Créame que no era mi intención ofenderla.
—Y no lo ha hecho —se limitó a contestar Margaret, aunque la tensión en su postura corporal evidenciaba todo lo contrario.
Se volvió ligeramente hacia Callum.
—¿Y usted, lord Vane? ¿Comparte la opinión del marqués?
Callum la miró directamente.
—Opino que la señora Aldridge tomó la única decisión posible con las opciones que le dejaron. Y condenarla por ello es injusto.
—Pero no hace nada al respecto —se quejó la joven en voz lo bastante baja para que solo él lo oyera.
Callum le sostuvo la mirada.
—No —reconoció con honestidad—. No hago nada al respecto.
No era una defensa. Era simplemente la verdad, dicha sin adornos ni florituras.
Margaret asintió sin más. No era lo que quería oír. Pero al menos había sido sincero.
Se excusó a los pocos minutos y se acercó a lady Constance para decirle en voz baja que no se encontraba del todo bien, que si era posible marcharse en breve.
La viuda la miró sin mostrar signos de preocupación.
—¿Qué te pasa? ¿Acaso estás enferma?
—Nada grave, señora. Solo un poco de cansancio.
Constance la estudió un momento y luego asintió.
—Está bien. Despidámonos de los Ravenswood y nos vamos.
En menos de diez minutos estaban ya en el recibidor con los chales y los guantes, esperando a que su carruaje llegara para llevarlas a casa.
Fue entonces cuando Callum apareció.
—Señorita Ashby, ¿me puede dedicar un minuto, por favor?
Margaret miró a Constance pidiendo su consentimiento, y esta se limitó a asentir. Giró la cabeza hacia la puerta, dando un poco de privacidad al barón y a su pupila que, no obstante, se alejaron unos pasos.
—Usted dirá, lord Vane.
—¿Está usted molesta conmigo? —preguntó Callum, de manera directa.
Margaret lo miró.
—No —contestó—. Entiendo su postura, aunque no la comparta.
—Hay cosas —expuso él como si necesitara justificarse— que uno ve con claridad y que aun así no puede cambiar. No al menos de la manera que uno querría.
—Lo sé —dijo Margaret con menos acritud que con la que se había apartado de los dos hombres unos minutos antes—. Y le agradezco que al menos lo reconozca.
Callum asintió.
—Espero que esto no afecte a nuestra amistad.
Aquellas palabras provocaron que el mal humor que la había acompañado durante el último cuarto de hora, se atenuase un poco.
—No es mi intención que eso ocurra.
—En tal caso, me quedo tranquilo. Buenas noches, señorita Ashby.
—Buenas noches, lord Vane.
Constance esperó a que el barón se alejara para acercarse de nuevo a su pupila. Por la mirada que le dirigió supo que estaba esperando una explicación.
—Solo ha sido un cruce de opiniones —dijo la muchacha sin más preámbulo.
—Ya me he dado cuenta. ¿Cuál ha sido el motivo?
—La señora Aldridge —reconoció—. Sobre si dar clases resultaba digno o no.
Constance la miró un momento.
—¿Y ese intercambio de… opiniones solo ha sido con lord Vane?
—No. También con lord Wycliffe.
Constance suspiró con cansancio.
—Margaret, últimamente te veo descuidar demasiado la farsa.
El otro día fue tu escapada a la cocina con la señorita Farrow.
Hoy, esto. No puedes ir haciendo comentarios sobre la señora Aldridge y su antiguo trabajo.
Esta noche, en la sala, había personas que son muy observadoras, y ese tipo de opiniones no pasan desapercibidas.
—Discúlpeme, lady Constance. Lo tendré en cuenta para el futuro…
—Más te vale.
Cuando se subieron al vehículo, Margaret se mantuvo todo el trayecto mirando por la ventanilla, consciente de que, en esta ocasión, su anfitriona llevaba razón.