La hija de la modista Capítulo 12
56%

Capítulo 12

La cena en casa de los Ravenswood era, según Constance, un evento de consideración.

Los Ravenswood eran una familia antigua. Si bien no eran de las más ricas, sí eran una de las mejor establecidas en la sociedad londinense. Su casa en Cavendish Square siempre se había erigido como un referente de clase y elegancia durante generaciones.

Para la cena en cuestión se había dispuesto una gran mesa que acogía hasta una treintena de comensales. Cada asiento estaba perfectamente medido, al igual que se había dispuesto quién se sentaba al lado de quién, para que la velada discurriera de una manera armoniosa.

Dorian Wycliffe estaba ya en el salón cuando lady Constance y Margaret llegaron.

Nada más verla, le dedicó una inclinación breve y una sonrisa que hubiera hecho suspirar a más de una jovencita, pero que a ella no le causó una impresión especial.

Se había acostumbrado a aquellas miradas directas que le dirigía y, ahora, cada vez que se encontraban, no podía dejar de pensar en el pato del estanque.

Por su parte, Callum Vane estaba en el extremo opuesto, hablando con el anfitrión con una expresión de educada cortesía.

Lo vio sin que fuera necesario buscarlo con la mirada, y él levantó la vista un instante, como si hubiera sentido los ojos de ella clavándose en él.

El gesto que hizo a continuación fue mínimo, pero suficiente para que Margaret lo notara, y luego siguió hablando con su interlocutor sin más.

Después de tantas semanas de asistir a fiestas, bailes y eventos diversos, Margaret prácticamente ya conocía a todos los asistentes que habían tenido la fortuna de ser invitados a aquella cena tan especial.

Sin embargo, junto a una de las ventanas y ligeramente apartada del grupo más cercano, vio a una mujer a la que no reconoció.

Tendría unos sesenta años, quizás menos, y llevaba un vestido que en otro tiempo había sido de buena calidad pero que ahora solo pasaba por aceptable. Tenía el pelo completamente blanco y una expresión tranquila en el rostro que Margaret no pudo descifrar.

—¿Quién es esa señora? —preguntó en voz baja a Constance.

La viuda siguió su mirada sin mover la cabeza.

—Es la señora Aldridge —le informó manteniendo su habitual tono neutro—. Viuda del coronel Aldridge. Los Ravenswood la invitan por cortesía hacia su difunto marido, que fue amigo del padre del actual lord Ravenswood.

—¿Vive cerca? No recuerdo haberla visto en ningún otro evento durante la temporada.

—En Clerkenwell —explicó Constance—. En una casa bastante más modesta de a lo que acostumbraba en otro tiempo.

Margaret conocía el nombre. Era un barrio respetable, pero muy alejado de Cavendish Square; una distancia que no se refería solo a las millas que había entre uno y otro barrio.

—¿Viene a menudo?

—A los Ravenswood, sí. A otras casas, cada vez menos. —Hizo una mueca con la boca—. Es la consecuencia natural de ciertas situaciones.

Y con eso dio por cerrado el tema y se dirigió a saludar a alguien al otro lado del salón.

Margaret se quedó donde estaba un momento más, mirando a la señora Aldridge, que sostenía una copa de jerez con las dos manos y sonreía a nadie en particular, como si se limitara a mantener las apariencias.

Cuando la cena dio comienzo, comprobó que los Ravenswood habían sentado a la señora Aldridge al extremo inferior izquierdo. No es que fuera el peor sitio de la mesa, pero dejaba en evidencia que quien lo ocupaba no podía aspirar a algo mejor.

Por el contrario, Margaret estaba a mitad de tabla, entre un caballero mayor cuyo nombre, para variar, había olvidado y una joven de la familia Ravenswood que hablaba con la persona de su izquierda sin dar oportunidad a ningún otro contertulio a poder meter baza en la conversación.

Lo cual tuvo como consecuencia que pasara la mayor parte de la cena con el caballero mayor, que resultó ser la mar de agradable, aunque solo fuera capaz de hablar de sus perros y sus tierras en Yorkshire.

Dorian estaba también cerca del centro de la mesa, en el sitio que correspondía a alguien de su rango, flanqueado por dos mujeres que competían por su atención sin ningún disimulo.

Margaret, con discreción, observaba cómo él las manejaba a ambas con una facilidad natural, dejando en evidencia que estaba acostumbrado a ese tipo de interés, a veces exagerado, hacia su persona.

Y, por último, de entre los presentes que a ella le importaba, estaba Callum, ubicado tres posiciones más abajo, al otro lado de la mesa.

Había intercambiado su lugar con alguien y ahora estaba junto a un hombre de mayor edad con quien parecía estar teniendo una conversación que, a diferencia de otras que se desarrollaban a su alrededor, sí retenía toda su atención.

Pero de entre todos los presentes, había alguien de quien no podía apartar la mirada: la señora Aldridge, en el extremo inferior izquierdo, que comía en silencio, sin departir con nadie.

Una vez finalizada la cena, fueron retirados los platos y se sirvió el vino para el postre.

A esas alturas de la noche, la conversación entre los presentes se había vuelto más fluida, o lo que es lo mismo, menos protocolaria.

Era el momento en el que los asistentes podían expresar su opinión de manera más relajada, envalentonados por el líquido ingerido durante las horas previas; pero eso sí, sin perder las formas en ningún momento.

—Es que ya no es lo que era… —oyó Margaret decir a lady Ravenswood sin ningún reparo—. Antes una familia sabía a qué atenerse. Ahora... —Un gesto vago completaba la frase sin necesidad de terminarla.

Habían seguido dos o tres comentarios similares de personas distintas, sin que Margaret alcanzara a comprender de lo que se estaba hablando en ese instante.

Hasta que alguien que la joven no llegó a identificar hizo un comentario sobre las dificultades de mantener el nivel adecuado cuando los ingresos ya no acompañaban. Quienquiera que lo hubiera dicho, lo había hecho en un tono educado, aunque era evidente que su intención no lo era.

Siguiendo un instinto, su mirada se deslizó hacia el extremo inferior izquierdo de la mesa. La señora Aldridge no decía nada. Seguía con su copa de vino, sin variar ni un ápice su expresión.

Pero algo en sus manos cambió. Apretaba con fuerza el tallo de la copa y Margaret supo reconocer el gesto. Era el de alguien que había recibido un golpe, pero que no estaba dispuesta a acusar el impacto donde alguien pudiera verlo.

El caballero de Yorkshire seguía hablando de sus perros, pero la mente de Margaret, de repente, estaba muy lejos de aquel salón concurrido.

Pensó en su madre, que debía mostrar una apariencia de serenidad y contención frente a sus ricas clientas, sin importar que en algún momento pudieran pronunciar algún comentario inapropiado hacia una simple trabajadora.

Y que ella, si quería mantener su reputación de modista, no le quedaba más remedio que tragarse cualquier consideración hiriente que pudieran dedicarle.

Por fortuna, eso había ocurrido en muy contadas ocasiones, pero fue consciente de lo que le esperaría a su madre si alguna vez dejara de ser útil.

Levantó la vista.

Callum Vane la estaba mirando desde el otro lado de la mesa con una expresión evaluadora.

Por un instante, tuvo la impresión de que él podía leer, o quizás sentir, la deriva de sus pensamientos, lo cual era absolutamente imposible.

Él desvió la mirada hacia la señora Aldridge de una manera fugaz y de nuevo la posó en Margaret, mostrándole así que había captado el comentario que se había realizado en la mesa.

No hizo ningún gesto ni ninguna alusión al respecto. Volvió a desviar la vista hacia su interlocutor y la conversación de la sobremesa continuó como si nada hubiera interrumpido su curso.

Dorian, tres posiciones más cerca del centro, estaba riéndose de algo que había dicho la joven a su izquierda. No había mirado hacia el extremo inferior de la mesa ni una sola vez en toda la noche.

Luego llegó el momento en el que los caballeros se retiraban para tomar su oporto, mientras las señoras se dirigían al salón para conversar.

La señora Aldridge ocupó el sillón más cercano a la puerta, y Margaret se dio cuenta de que nadie fue a sentarse a su lado. Aquello no le pareció bien.

—Señora Aldridge —dijo la joven, sentándose en el sillón contiguo—. Creo que no hemos tenido ocasión de ser presentadas. Soy Margaret Ashby.

La dama la miró con expresión de sorpresa, como si le resultara inverosímil que alguien perdiera su valioso tiempo en saludar a una mujer como ella.

—Lo sé —dijo, al cabo de un instante—. He oído hablar de usted. La pupila de lady Constance, ¿verdad?

—La misma.

—Es usted muy amable al sentarse aquí conmigo —dijo la señora Aldridge, con una sonrisa contenida—. La mayoría de las jovencitas presentes prefiere otras compañías.

—Pues estoy segura de que muchas de ellas se pierden conversaciones interesantes —replicó Margaret—. Mi madre siempre me ha dicho que se aprende mucho de la voz de la experiencia.

La señora Aldridge la miró y su expresión cambió a otra más dulce.

—¿Le gusta la música?

—Mucho —contestó Margaret—. Aunque no dispongo del conocimiento suficiente para poder mantener una conversación profunda al respecto.

La mujer dejó escapar una risa breve y genuina.

—Mi marido decía exactamente lo mismo, pero siempre me seguía la corriente cuando le hablaba de alguna composición.

—En tal caso, estaría encantada de que me instruyera al respecto.

Y así, hablaron de música durante cuarenta minutos, mientras el resto del salón seguía con sus asuntos. Durante ese tiempo nadie más se acercó al sillón junto a la puerta.

Ni falta que hacía.

Pasada la hora, los caballeros se reincorporaron al salón.

Nada más entrar, Dorian fue en busca de Margaret. No tardó en localizarla, como si hubiera desarrollado un instinto felino para poder encontrarla en cualquier lugar con facilidad.

—He oído que ha tenido una conversación muy interesante esta noche —dijo, con su habitual sonrisa encantadora.