La hija de la modista Capítulo 11
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Capítulo 11

Era uno de esos días de primavera que Londres ofrecía en pocas ocasiones. Había amanecido con el cielo limpio, el aire un poco fresco pero agradable y con una luz matinal que parecía iluminarlo todo.

Era, sin duda, el día perfecto para salir a pasear. Así que Margaret había escrito una nota a Cecily para que se encontraran en Hyde Park. La respuesta no se demoró en llegar y acordaron verse a las once de esa misma mañana.

Ambas iban acompañadas de sus respectivas doncellas, Bridget y una chica joven y silenciosa llamada Agnes, que las seguían a la distancia correcta.

Era un protocolo que Margaret ya había interiorizado en las escasas ocasiones que había salido a dar un paseo matutino.

La doncella siempre debía estar visible, lo bastante cerca para que se notara su presencia, pero a la vez lo suficientemente lejos para respetar la privacidad de la señorita de turno.

Constance no había puesto ningún reparo.

Al contrario, había aprovechado para hacer un comentario referente a que le parecía una actividad perfectamente adecuada.

Una joven con buenas amistades causaba mejor impresión en sociedad.

Y la señorita Farrow, con todo lo que tenía de discreta, cumplía de sobra con esa función.

Al llegar a Hyde Park se encontraron con más gente de lo habitual aprovechando el sol: jinetes, grupos de paseantes y familias enteras.

Caminaron despacio, dejando que el sol calentara sus rostros. Cecily le comentaba que la temporada ya empezaba a pesarle, y que su madre había vuelto a sacar el tema de los pretendientes con demasiada persistencia, como si ella tuviera una varita mágica para lograr atraer a los hombres.

Margaret la escuchaba y respondía a sus observaciones, cuando de repente vio a una figura a lo lejos que reconoció de inmediato. Callum Vane estaba a unos veinte metros, caminando en la dirección contraria, con las manos metidas en los bolsillos del abrigo.

No dijo nada. Pero algo debió cambiar en su expresión, porque Cecily, que llevaba un rato hablando sobre el último libro que había comenzado a leer, se detuvo a media frase y la miró.

Luego volvió la cabeza en la dirección que miraba Margaret y pudo identificar qué había provocado el silencio súbito de su amiga.

De repente, señaló con discreción hacia el lateral del camino donde un grupo de mujeres se había detenido junto a un rosal tardío.

—Creo que esa es la señora Whitfield —dijo con total naturalidad—. Hace semanas que quiero saludarla. ¿Me disculpas un momento?

—Por supuesto.

Sus ojos se encontraron brevemente y Margaret pudo adivinar en los de Cecily un toque de humor.

—Agnes —llamó Cecily para que su doncella se acercara—. Acompáñame a saludar a lady Whitfield.

Bridget se quedó donde estaba, tres pasos por detrás, visible y silenciosa, mientras Margaret seguía caminando.

Callum Vane la vio cuando estaban a unos pocos metros. Manteniendo el mismo paso firme, no dudó en acercarse.

—Señorita Ashby —la saludó cuando la distancia se lo permitió.

—Lord Vane.

—¿Viene sola?

—No. Estaba con mi amiga Cecily Farrow, pero se ha acercado a saludar a unas conocidas.

—En tal caso, ¿me permite que la acompañe hasta que su amiga regrese?

—Por supuesto.

Se pusieron a caminar en la misma dirección. Bridget ajustó su paso al de ellos, a la distancia correcta.

—Un día como este es poco frecuente en Londres —comentó Callum, mirando los árboles.

—¿Lo dice por el tiempo?

—Por eso y por el hecho de que hay personas que han salido a aprovecharlo en lugar de quedarse en casa quejándose de que va a cambiar pronto. Hay quienes no saben apreciar las cosas buenas cuando se les presentan... aunque eso se limite a unos cuantos rayos de sol.

Aquel comentario arrancó una risa a Margaret, que le contagió al propio Vane.

—Lo que no quita que estén quejándose pensando que este tiempo durará poco y así tienen tema de conversación mientras les dure el paseo —replicó con ironía.

Callum la miró de reojo. Como siempre ocurría cuando estaba con ella, disfrutaba de aquella naturalidad genuina a la hora de expresarse.

—¿Suele venir al parque? —volvió a preguntar.

—No con frecuencia. Lady Constance considera que los paseos son más eficientes cuando tienen un propósito social concreto. Por suerte, como le dije, hoy he venido con la señorita Farrow, que tiene una opinión diferente sobre el tema.

—¿Y cuál es la suya?

Margaret consideró la pregunta.

—Me gusta pasear por simple placer. No concibo la necesidad de que haya una finalidad concreta para tener que hacerlo —reconoció sin más.

Callum asintió, conforme con aquella apreciación.

Caminaron un trecho en un silencio agradable.

—¿Echa de menos Shropshire? —preguntó Callum al cabo de un rato.

Era la tercera vez que le interrogaba respecto a su lugar de origen.

—A veces.

—¿Puedo preguntarle qué extraña de allí?

Margaret pensó un momento. La contestación honesta hubiera sido reconocer que todo: su casa, el olor del taller, los domingos con las pastas de canela, la voz de su madre al otro lado de la puerta, las conversaciones con su padre… Pero esa respuesta no podía ofrecerla.

—Sobre todo, la seguridad que me ofrece mi hogar —lo cual era verdad de algún modo.

Callum la miró.

—¿Acaso aquí no se siente a salvo?

—No es eso. Es que… cuando conoces un determinado ambiente y te sientes cómoda en él, supongo que tarde o temprano se tiende a extrañar lo que tanto se ama.

—¿Quiere eso decir entonces que no es feliz en Londres? ¿No está disfrutando de la temporada?

—Oh, claro que sí. Pero supongo que una cosa no está reñida con la otra.

—No, supongo que no.

Llegaron a uno de los estanques del parque. En él, había un banco junto al agua.

—¿Le apetece sentarse un rato? —le ofreció Callum señalando el asiento.

—Claro, ¿por qué no?

Uno de los patos del estanque se acercó a la pareja y se quedó mirándolos con fijeza.

—No tengo pan —le dijo Margaret.

Callum sonrió.

—¿Tiene usted la costumbre de hablar con los patos? —le preguntó con humor.

—Solo cuando me miran así.

—Y si un caballero la mirase como lo hace el pato, ¿qué haría usted?

Por la cabeza de Margaret asomó el recuerdo de Dorian Wycliffe que la observaba de una manera muy directa e intencionada, y por un momento relacionó al bueno del marqués con el pobre animal, lo que le arrancó una ligera carcajada.

El ruido provocó que el pato diera media vuelta y se alejara.

—Supongo que haría como él —le dijo señalando al ánade—: dar media vuelta y correr.

Callum hizo un gesto con la cabeza, reconociendo en silencio esa manera tan ingeniosa que acababa de mostrar Margaret para salir de una pregunta comprometida.

—¿Cuánto tiempo lleva en Londres? —De nuevo fue Callum quien rompió el silencio.

—Unas seis semanas.

—¿Y qué opinión se ha forjado de nosotros en ese tiempo?

Margaret consideró la pregunta con atención para poder ofrecerle una respuesta adecuada.

—Que este mundo —dijo, eligiendo cada palabra— es más complicado de lo que parecía desde fuera. Y también más pequeño.

—¿Más pequeño? ¿En qué sentido?

—Desde fuera parece enorme y pomposo. Pero una vez que lo vives desde dentro te das cuenta de que es un círculo cerrado en el que todo el mundo se conoce y todos saben qué esperar de la persona que tienes enfrente. Eso lo hace pequeño, aunque ocupe mucho espacio.

Callum la miró. Cuanto más hablaba con ella, más le encandilaba su forma de expresarse.

—¿Y eso es bueno o malo?

—Depende —reconoció la joven—. Para alguien que pertenece al círculo, supongo que es cómodo. Pero para alguien que… —Se detuvo. Había estado a punto de decir algo que no debía, y se había dado cuenta justo a tiempo.

Callum no completó la frase por ella. Se limitó a mirar el estanque evitando lo que le había parecido una situación incómoda.

—¿Y qué me dice de usted? Tengo entendido que ha viajado mucho —comentó Margaret para cambiar de tema—. ¿Le ha servido para descubrir algo diferente ?

Ahora fue el turno de lord Vane de meditar la respuesta apropiada.

—Que el mundo es más grande de lo que parece desde aquí —dijo Callum, sin dudar—. Y que este círculo, visto desde fuera, resulta mucho más pequeño de lo que resulta desde dentro.

Margaret lo miró.

—Eso es exactamente lo contrario de lo que yo acabo de decir.

—Sí —reconoció Callum—. Aunque si lo medita bien, es exactamente lo mismo.

Margaret tardó un momento en comprenderlo hasta que por fin lo logró.

Visto desde dentro, el círculo era pequeño porque era cerrado. Visto desde fuera, desde los viajes de Callum, desde otros países y otras formas de vida era pequeño porque era insignificante. Las dos cosas podían ser verdad al mismo tiempo.

—¿Y le gusta? —volvió a preguntar Margaret. Por algún motivo, su respuesta le importaba más de lo que imaginaba—. Me refiero a este mundo que considera pequeño. ¿Se siente cómodo siendo parte de él?

Callum meditó de nuevo su respuesta.

—Hay partes que conozco tan bien que ya ni siquiera las veo y otras, en cambio, que me recuerdan por qué estuve lejos tanto tiempo.

Pero también están aquellas, las inesperadas, las que todavía me sorprenden —dijo más despacio, mirándola directamente— que me han recordado durante las últimas semanas que hay cosas aquí por las que vale la pena quedarse.

Margaret no preguntó a qué partes se refería.

No hizo falta.

Sus miradas se quedaron engarzadas hasta que la voz de Cecily rompió aquel momento que se había creado entre los dos.

—Disculpa si me he retrasado, Margaret. Pero hacía mucho que no hablaba con la señora Whitfield y me he entretenido más de la cuenta.

Callum se puso de pie de inmediato y se giró hacia la recién llegada para saludarla.

—Señorita Farrow —dijo, con una inclinación breve.

—Lord Vane...

—Estaba haciendo compañía a la señorita Ashby mientras usted regresaba.

—Se lo agradezco muchísimo. Me angustiaba la idea de que mi amiga se quedara sola tanto tiempo por mi causa.

—Pierda usted cuidado, señorita Farrow. Y ahora que vuelven a estar juntas, me despido de ambas. Ha sido un verdadero placer mantener esta conversación con usted, señorita Ashby. Espero que podamos repetirla en más ocasiones. Señorita Farrow. Buenos días.

Y sin nada más que decir, siguió su camino por el parque con las manos en los bolsillos del abrigo y sin echar la vista atrás.

Margaret lo siguió con los ojos mientras se alejaba. Luego se volvió hacia Cecily, que la había estado observando con una expresión que mostraba a la vez curiosidad y diversión.

—Te gusta el señor Vane… —aquello no era una pregunta, sino una afirmación.

Las mejillas de Margaret se sonrojaron de inmediato.

—Así que la señora Whitfield… —dijo Margaret, llevándose las manos a la cintura.

—Una mujer encantadora —apuntó Cecily—. Muy interesante. Hablamos de muchas cosas.

—¿Ah, sí? ¿De cuántas?

—De las suficientes para que yo pudiera ocuparme de mis asuntos mientras tú te ocupabas de los tuyos. Y ahora ¿seguimos con el paseo?