Capítulo 10 #2
Harina, mantequilla, huevos, azúcar... Tenía todo lo que necesitaba para hacer algo sencillo, como las pastas pequeñas que su madre hacía los domingos por la mañana en Gracechurch Street.
Encendió la hornilla con la facilidad de quien lo ha hecho muchas veces.
Empezó a mezclar, y aquel simple gesto empezó a traerle una paz que hacía tiempo que no sentía. Mientras mezclaba los ingredientes, no hacía falta medir ni el tono, ni las palabras, ni nada que tuviera que vigilar para resultar natural.
Tan enfrascada estaba en lo que hacía que no oyó la puerta a su espalda.
Cuando levantó la vista, Cecily estaba en el umbral de la despensa con el pelo suelto y los ojos todavía medio dormidos, mirando la escena con una expresión entre el desconcierto y la fascinación.
—¿Qué estás haciendo? —preguntó, en voz baja.
—No podía dormir —se excusó Margaret.
—Ya. Me desperté y me di cuenta de que no estabas... —Cecily entró, miró la masa, el hornillo y por último, a Margaret—. ¿Estás... cocinando?
—Haciendo pastas.
—¿A las tres de la madrugada?
—El insomnio requiere soluciones ocurrentes —expuso con humor.
Cecily continuaba perpleja.
—Pero, ¿sabes cocinar de verdad? —preguntó con curiosidad.
—Sí —admitió sin poder esconder una ligera sonrisa.
Miró a su amiga y, durante unos segundos, dudó si debía seguir hablando.
Finalmente, fue su instinto quien decantó la balanza—: Mi madre me enseñó.
—Detuvo el movimiento de sus manos y estudió la reacción de la otra joven—.
Tengo que confesarte algo porque me siento mal guardándome un secreto que muy pocos saben.
Pero me has demostrado que puedo confiar en ti y no me gusta estar andando con mentiras.
—Hizo una breve pausa—. Mi familia es de otra clase; no pertenece a la alta sociedad como la tuya.
Por eso sé hacer cosas que aquí no están bien vistas.
Cecily no dijo nada durante un momento.
—¿Lo sabe lady Constance?
—Sí.
—¿Y la gente?
—No.
—Entiendo —dijo Cecily, devolviéndole una sonrisa tímida—.
¿Puedo quedarme a ver cómo lo haces? A mí no me han enseñado ni a encender un simple fuego.
De cocinar... mejor ni hablamos. Y si me paro a pensarlo, creo que resulta algo...
—buscó la palabra adecuada— aterrador. Si algún día me perdiera en medio de un bosque sola, estaría muerta en dos días.
Margaret rió.
—¿Y por qué te ibas a perder en un bosque?
—No sé... pero es la imagen que se me acaba de venir a la mente.
Margaret asintió y, con la cabeza, le señaló el taburete junto al estante.
—Anda, siéntate ahí si quieres —dijo—. Y no toques nada todavía. Primero miras.
Las pastas tardaron casi una hora en estar listas.
Cecily las observó todo el tiempo con profunda atención, aprendiendo de cada paso que daba su amiga.
Fue haciendo preguntas cada vez que le surgía una duda, y Margaret se encargó de contestar a todas.
Sin condescendencia, ni pedagogía excesiva, sino compartiendo el conocimiento adquirido durante muchos años.
Cuando las pastas salieron de la hornilla y las dejaron enfriar sobre el paño limpio que Margaret había encontrado doblado en el segundo cajón, Cecily las miró con una expresión casi de asombro.
—¡Madre mía, huelen increíble! —exclamó.
—Llevan canela y naranja. Mi madre las hace casi todos los domingos —explicó con orgullo.
—¿Huelen siempre así de bien o es que el hambre de estas horas las mejora?
—Las dos cosas… Y deja que las pruebes.
Comieron de pie, en la penumbra de la despensa, con la hornilla ya apagada y la vela bajando poco a poco. Aunque pasaron un buen rato comiendo a escondidas, lo mejor de todo para Margaret fue el olor que había quedado en la despensa y que le recordaba tanto a la cocina de su casa.
—Me gustaría poder hacer esto —dijo Cecily, entre bocado y bocado.
—¿El qué? ¿Pastas a escondidas?
—No, boba… Me refiero a hacer cosas con las manos que sirvan para algo de verdad.
—Miró la pasta que sujetaba con los dedos—.
Yo no sé hacer nada que no sea decorativo.
Y a veces pienso que, si por alguna razón mi familia dejara de tener lo que tiene, yo no sabría valerme por mí misma ni cinco minutos.
—Como perderte en el bosque, ¿no? —repitió en tono de broma.
—Por ejemplo.
—Eso no es culpa tuya —argumentó esta vez Margaret, con comprensión.
—Ya lo sé. Pero no es un gran consuelo.
No pudo alegar nada al respecto. Había verdad en las palabras de Cecily, pero así de diferente era la sociedad en la que cada una había crecido.
—¿Me enseñarías? —preguntó Cecily de repente—. No ahora, claro está. Pero alguna vez. Quizás podríamos empezar por algo sencillo.
—Por supuesto —contestó Margaret, sin dudar.
—Pero nadie lo podría saber…
—Lo sé.
Cecily asintió, como si eso fuera un trato.
Se quedaron en la despensa hasta que las pastas se acabaron y la vela llegó al límite de lo que podía dar.
Luego recogieron, guardaron lo que había quedado pendiente, dejaron la estancia como estaba al principio y subieron en silencio por la escalera de servicio para pasar lo más desapercibidas posible.
En el rellano del primer piso, Cecily se detuvo.
—Margaret…
—¿Qué?
—Lo de esta noche. Lo que me has contado de tu familia... Te prometo que no le diré ni una palabra a nadie.
Margaret le cogió la mano y se la apretó.
—Ya lo sé.
—Y quiero que sepas que esto no cambia nada de lo que pienso de ti. Nunca había tenido una amiga como tú.
Margaret la miró en la penumbra del rellano. Hasta entonces no fue consciente de la tensión que había supuesto para ella vivir veinticuatro horas del día en una mentira constante. Resultaba reconfortante saber que la única amiga que había conocido en aquel mundo elitista la aceptara tal y como era.
—No te imaginas cuánto me importan tus palabras. Gracias, Cecily.
Y con eso regresaron al cuarto que habían compartido con la intención de descansar unas horas en aquella noche tan movida.
Constance hizo llamar a Margaret a su despacho a media mañana del día siguiente. Apenas hacía cinco minutos que la señorita Farrow se había marchado cuando Bridget le anunció que la señora la había convocado a su presencia.
La joven suspiró y acudió a su cita. Tras cerrar la puerta a su espalda, pudo ver a Constance de pie junto a la ventana mirando el jardín. No se volvió de inmediato, pero cuando lo hizo, la postura corporal de la mujer dejaba a las claras que se encontraba molesta por algo.
Ni siquiera invitó a Margaret a que tomara asiento.
—Petterson me ha dicho que anoche había luz en la despensa de la planta baja. A las tres de la mañana.
Margaret no respondió.
—Y que la cocinera le había informado de que faltaba harina del segundo estante.
Tampoco contestó a eso.
—Y bien, ¿no tienes nada que decir?
Margaret inhaló aire profundamente antes de ofrecer su justificación.
—Sufría de insomnio, señora. Y pensé que podría bajar a prepararme algo para comer —se limitó a reconocer.
—¿Y la señorita Farrow?
—Me siguió —admitió—. Me oyó salir.
—Entiendo. —La miró con los ojos entrecerrados—. ¿Y qué fue lo que vio?
—A mí haciendo pastas de canela. —No tenía intención de mentir. No había hecho nada malo, bueno, salvo asaltar una despensa ajena.
Un gesto de irritación cruzó la cara de Constance.
—Margaret —su nombre sonó como un silbido apenas susurrado de sus labios—. Las jóvenes de buena posición no cocinan. Mucho menos por las noches y desde luego, nunca con las visitas. ¿Es que no tienes cabeza? ¿Qué habrá pensado la señorita Farrow de ti?
—Cecily es mi amiga y, además, es una joven discreta —dijo Margaret, con cuidado.
—Más te vale que lo sea, porque esto puede arruinar tu temporada , y lo que es peor, podría arrastrarme a mí, por haberme involucrado con la hija de una simple modista.
Margaret tuvo que hacer un gran esfuerzo para no contestarle. Lady Constance estaba más que molesta y no era el momento de llevarle la contraria.
—Lo lamento, lady Constance. Mi intención nunca fue causarle un agravio.
—En cualquier caso, ya no tiene arreglo. Confiemos en que tu amiga, como dices, sea de verdad… discreta.